Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

viernes, 14 de junio de 2019

Tenemos un problema y no queremos verlo

Recientemente la Red Jóvenes e Inclusión Social y la Universitat de Illes Balears presentaban los, a mi entender, muy reveladores resultados de un estudio sobre el consumo de pornografía online entre los jóvenes. No sé a vosotros, pero a mí saber que uno de cada cuatro chicos consume porno antes de los 13 años me deja helada. La edad de primera visualización se ha adelantado a los 8 años, no por la precocidad de los críos de ahora, sino por el puñetero móvil. A esa edad ya les dejamos manipular dispositivos digitales que les dan acceso a Internet donde ya no es ni necesario teclear en Google la palabra “Sexo”; accidentalmente, sin buscarlo, puede aparecer cualquier reclamo con ese tipo de contenido. Así que si te descuidas, el mismo día de la Comunión del chaval, después de recibir a Dios y tocar el cielo, puede enredar el diablo justo cuando estrenan el Xiaomi que les ha regalado la abuela e ir derechitos al infierno.


No es una cuestión de mojigatería. Veo normal que, a partir de ciertas edades, los críos se interesen o busquen ese tipo de contenido por puro placer o por curiosidad. El problema es cuando su única fuente de información sobre sexo es esa, vídeos en internet, y no cuentan con otra voz autorizada, cercana, fiable, que les pueda aconsejar. Alguien que les diga, por ejemplo, que el amor y el sexo son dos cosas distintas que nada tienen que ver, pero que unidas pueden convertir la experiencia en algo memorable. O explicar lo más básico, que lo que ven en la pantalla es ficción, cine para adultos, que por lo general sigue patrones no demasiado edificantes, de dominación del hombre sobre la mujer, y desarrolla unas dinámicas que no deben normalizar, porque poco o nada se corresponden con la realidad más común en una “primera vez” o con cualquier relación íntima satisfactoria sin cámaras.

Cuando escucho algunas voces contrarias a los talleres de educación afectivo-sexual que se ofrecen en los institutos me llevan los demonios. Suelen ser los mismos padres que se arrogan la potestad de ser ellos mismos quienes decidan cuándo, cómo y qué enseñarles a sus hijos sobre este “espinoso” tema, pero nunca encuentran el momento. En el fondo porque piensan que lo que no se verbaliza, no existe, y que sus hijos están mejor viviendo en la ignorancia. Los ignorantes son ellos si no se dan cuenta de que no pueden ponerle puertas al campo y que sus hijos, con o sin su colaboración, van a terminar hablando de sexo, viéndolo y probándolo. Será con los amigos, los compañeros de clase o en solitario, pero buscarán respuesta a sus dudas. Precisamente uno de los datos que aportaba el estudio antes mencionado es que el 70% de los jóvenes dice haber recibido una educación afectivo-sexual "insatisfactoria" y la mayoría acude a amistades o a Internet para resolver dudas. De modo que si dejas que sea el entorno el que les oriente, te arriesgas a que la cosa se te escape de las manos y terminen más desorientados.

Y luego, cuando creen que ya lo han aprendido todo, cuando encaran la veintena con el convencimiento de que ya saben todo lo que hay que saber y que son más listos que nadie, adoptan conductas sexuales de riesgo y se pillan una sífilis o una gonorrea. Sí, porque otros datos que hacía públicos el Ministerio de Sanidad español estos días tenían que ver  con la relajación en el uso del preservativo y el aumento alarmante entre los jóvenes de casos de enfermedades de transmisión sexual que se creían ya erradicadas. Olvidado el miedo al sida, en muchos casos nunca conocido, mezclado con el consumo de sustancias, como alcohol y drogas, que les hacen perder la percepción del riesgo, los jóvenes quieren gozar plenamente, piel con piel, y lo del condón se lo impide. Y en vista de que los contenidos audiovisuales que escupe la red no suelen dar ejemplo en ese aspecto, van al “aquí te pillo, aquí te mato” sin demasiados preliminares ni, en muchas ocasiones, protección alguna, sus consumidores terminan con la entrepierna en carne viva.


Todo está conectado. De hecho, según otro estudio que conocíamos estos días, casi la mitad del material porno que circula en la red contiene agresiones verbales y casi un 89% muestra agresiones físicas. Mucho más demoledor es conocer que el vídeo porno más visto de Internet recrea una brutal violación en grupo. Luego nos echamos las manos a la cabeza al conocer el triste final de una empleada de Iveco que se suicidó cuando una grabación propia de contenido sexual que había compartido con una antigua pareja empezó a circular de whatsapp en whatsapp por los móviles de sus compañeros. Montamos un par de días de debate para juzgar a todas las partes, a una por grabarse en esa tesitura y por enviarlo, al otro por gestionar el despecho de manera tan infame, y al resto por babosear y compartirlo. Pero enfriado el asunto, ya nos hemos olvidado. Tenemos un problema y no queremos verlo.

domingo, 9 de junio de 2019

Por 25 pesetas cada una

Era sagrado. Los viernes en casa se veía el Un, dos, tres. Después de cenar, nos sentábamos toda la familia frente al televisor en blanco y negro. Éramos seis y no teníamos sofá, solo dos pequeños sillones de escay y una butaca alta reservada para la abuela. El resto eran sillas. Así que yo prefería verlo tirada en el suelo, desde una posición inferior, como adorando aquel artefacto mágico.
Jugábamos a ser más listos que los concursantes.
-“Por 25 pesetas cada una, ciudades españolas que empiecen con la letra S, como por ejemplo Sevilla. Un, dos, tres, responda otra vez”.
-“Sevilla, Salamanca, Soria, Segovia, Santander… “.
-“¡Campana y se acabó!”
-“Son cinco respuestas acertadas por 25 pesetas cada una, 125 pesetas”.

Antes que a Mayra Gómez Kemp con su risa contagiosa, recuerdo al primero de sus presentadores, Kiko Ledgard, famoso por algunas de sus excentricidades, como llevar varios relojes de muñeca. Inolvidable también Don Cicuta, y la voz de los supertacañones. Cómo obviar a las bellas azafatas con sus enormes gafas redondas sin cristales, calculando lo ganado o presentando a los concursantes: “Conchita y Pepe, son amigos y residentes en Madrid”. Desde entonces todos éramos amigos y residentes en alguna parte.

Yo era un mico con una edad de solo una cifra y vivía intensamente el concurso, desde la parte de preguntas y respuestas, hasta la eliminatoria que ponía a prueba la habilidad de las dos parejas que menos habían acertado. Aunque el espectáculo llegaba con la subasta, donde el premio más codiciado solía ser “un fabuloso apartamento en Torrevieja (Alicante)”, ciudad que se convirtió en el paraíso para el imaginario colectivo. Los concursantes también se volvían locos cuando les tocaba un coche, siempre un Seat, que no supimos si era rojo, verde o azul hasta que llegó el color a las 365 líneas.

En mi memoria permanecen indelebles la calabaza Ruperta, tan temida por los concursantes pero que a mí me resultaba muy simpática; el “hemos venido a jugar”, pronunciado por alguno de los participantes justo antes de quedarse con la tarjeta que escondía un asco de premio; el “hasta aquí puedo leer” de Mayra que dejaba a los finalistas con la miel en los labios, a punto de descubrir la pista que les debía ayudar a elegir el mejor regalo; o los gags cómicos de Bigote Arrocet, Ozores, Raúl Sender, la Bombi…

Cuando en la tele solo había dos canales, no se medían tanto las audiencias y nadie imaginaba que algún día existirían Netflix o Internet, el recientemente fallecido Chicho Ibáñez Serrador inventó un entretenimiento que ha dejado honda huella, no solo en la historia de la creación televisiva en este país, sino también en la memoria de los que podemos presumir de haber tenido una infancia y recordarla gracias a Chicho.

domingo, 26 de mayo de 2019

¿Uniforme? No, gracias

De tanto en cuanto convertimos en noticia conflictos escolares relacionados con el uso del uniforme en centros privados y concertados. Mayoritariamente suelen tener su origen en la falda como atuendo obligatorio para las chicas. Ese es el caso de la última cruzada emprendida en un colegio de Madrid.

Lo que me extraña es que las movilizaciones no respondan al propio uso del uniforme. No entiendo por qué estudiar en un colegio ‘elitista’ debe llevar aparejada una determinada forma de vestir. Entendedme, sí alcanzo a ver que es una manera de distinguir la marca y diferenciarse del resto, pero me parece muy básica. En mi opinión, resulta mucho más efectiva la estrategia de los datos, es decir, asentar la reputación del centro en los excelentes resultados académicos de sus alumnos, no en vestirlos a todos de verde o de azul.


Al hablar del uniforme siempre se confrontan pros y contras, pero yo no le veo las ventajas. Directamente soy contraria y hablo con conocimiento de causa. En mi infancia fui a un colegio de monjas, femenino y concertado, en el que teníamos que ir vestidas con uniforme y, cómo no, con falda. Yo soñaba con vestirme con mi pantalón de peto de cuadros y pata campana, pero tenía que ponerme cada día esa falda tableada, ese polo blanco que picaba, esa chaqueta azul marino monjil, esos calcetines que debían ir por debajo de la rodilla y yo siempre llevaba por los tobillos, y esos mocasines oscuros. Era triste a más no poder. E incómodo. Si a la hora del patio querías correr, saltar a la comba o jugar al churro estabas condenada a enseñar la ropa interior. El día que teníamos gimnasia era inmensamente feliz porque tocaba llevar pantalón de chandal, aunque el modelo tampoco fuera para tirar cohetes. Al final de mi etapa de EGB, el centro experimentó una apertura, permitió la entrada de chicos y eliminó el uniforme. ¡Qué liberación!

Dicen los partidarios que el uniforme homogeneiza. ¡Venga ya! En mis años de colegio, aunque íbamos todas vestidas igual, resultaba evidente quién ‘manejaba’ y quién no. Se distinguía por el paño de la falda, la etiqueta de la chaqueta, la piel de los zapatos, la lana de los calcetines, el lazo de raso de la coleta o simplemente por la seguridad con que interactuaban las que estaban por encima del resto. Tampoco parecía que lleváramos la misma ropa. Mientras que la percha de algunas les permitía lucir con gracia ese uniforme de monja seglar, a otras no les favorecía en absoluto. Vamos, que las primeras parecían Julie Andrews en ‘Sonrisas y Lágrimas’ y las otras, Gracita Morales en ‘Sor Citroen’.

Otro de los argumentos que esgrimen las madres que se posicionan a favor del uniforme es que les evita pensar qué ponerles cada día a los chavales. Francamente, van a disculparme, pero eso es una chorrada. ¿Pensar? ¿Qué hay que pensar? Con pillar del armario ropa deportiva o cualquier pantalón y camiseta, van que chutan. Además, no ha nacido el niño que vuelva del colegio sin una mancha en la ropa, lo que obligaría a tener varios uniformes de repuesto.

Lo del uniforme ya no se circunscribe solo a la educación privada o concertada. Atendiendo a la petición de algunas familias, la APA del colegio público en el que estudiaban mis hijos ofreció hace unos años la posibilidad de implantar un modelo de uniforme voluntario. Y la respuesta que obtuvieron fue sorprendente. Numerosos padres se interesaron por la propuesta y sospecho que en su decisión inconscientemente había mucho de imagen. Admitidlo, cuando veis a niños vestidos de uniforme, lo primero que pensáis es que van a un buen colegio de pago. ¿A que sí? No en si los padres renuncian a devanarse los sesos cada mañana a la hora de elegir la ropa con la que irán al colegio.

Todos somos distintos, cada uno con su propìa personalidad, y nuestro atuendo también contribuye a crear la imagen que queremos dar de nosotros mismos. Cuando veo a mi hija y a sus amigas comprarse la misma camiseta, cuando me cruzo con familias cuyos hijos van vestidos exactamente igual o, lo que es peor, cuando comparten adultos y niños el mismo modelo, como si los padres buscaran un ‘mini-yo’…  me da urticaria. Aunque más rabia me da coincidir en un lugar público con alguien que lleva puesta la misma ropa que yo en ese momento, algo muy fácil teniendo en cuenta que siempre son las mismas tiendas de las mismas cadenas las que acaparan todas las zonas comerciales.

Qué manía con ser iguales. Si en la diversidad está la gracia. Creo que uniformarnos nos hace perder la singularidad para convertirnos en parte de un grupo. Dejemos el uniforme para los bomberos, la policía, los equipos de emergencia, los jugadores del mismo equipo de fútbol o el personal de un establecimiento comercial, para que cualquiera que los necesite los identifique claramente. Pero uniformar a los escolares, a mi entender, es innecesario. Que vayan con vaqueros, pantalón de tergal, chándal o falda, si les da la gana, no porque lo disponga el uniforme establecido.

sábado, 11 de mayo de 2019

Rubalcaba

Tuve la suerte, el placer y el honor de compartir un estudio de radio con Alfredo Pérez Rubalcaba hace muchos, muchísimos años. Allá por el 96 o el 97. Fue en el programa Déjate Besar, que conducía Jorge Albi en la extinta Onda 10, la entonces cadena musical de Onda Cero Radio. No me atrevería a atribuirme el papel de copresentadora, porque eso sería mucho decir. Más bien tenía una tarea organizativa en la trastienda de aquel caótico universo y aparecía de vez en cuando en antena para dar réplicas algo racionales a las disquisiciones filosóficas y oníricas de Albi.

El programa era básicamente musical, aunque contaba con colaboradores que presentaban secciones de todo tipo, donde lo mismo se hablaba de fútbol que de restaurantes o comics. De vez en cuando también había entrevistas. Por lo general, los que pasaban por allí eran cantantes y grupos de promoción discográfica, pero puntualmente invitábamos a otros personajes que nos resultaban interesantes.

Uno de los colaboradores de Déjate Besar era Nacho Goya, un tipo bonachón cuya hermana Pilar estaba casada con Rubalcaba. Aprovechando la coyuntura, Albi le pidió que utilizara el parentesco para convencerle de que viniera al programa. A mí aquello me pareció una temeridad. Yo que procedía de la “radio seria” no concebía que un político como él, que había sido ministro, aunque en aquel momento fuera un simple diputado en la oposición, perdiera el tiempo acudiendo a un programa tan loco como aquel. Pero resulta que aceptó y allí se presentó.


Descubrimos a un gran conversador, rápido de mente, inteligente y divertido, cercano y amable. Nunca tuve la sensación de que nos tratara con condescendencia, por eso de estar en una emisora musical de chichinabo y que el nuestro no fuera el programa de Iñaki Gabilondo. Más bien al contrario. Nos trató de tú a tú, participó activamente en la entrevista, habló de lo divino y lo humano, y nos hipnotizó por completo con ese movimiento de manos que le acompañaba al expresarse, y que convirtió en gag televisivo José Mota en un especial de Nochevieja, y con esa manera que tenía de contar las cosas.

Y es que a Rubalcaba daba gusto escucharle. Era un magnífico orador. Argumentaba como nadie. Cuando hablaba, brillaba. Y el resto no podía hacer otra cosa mejor que callar y seguir su discurso embobado. La retórica parlamentaria española perdió todo su lustre cuando él abandonó la primera línea de la política. Suya es la frase llena de retranca “En España enterramos muy bien”, que resumía las numerosas muestras de apoyo que recibió tras su renuncia, una sentencia llena de ingenio de las muchas que le hicieron célebre, como aquella con la que rechazó la oferta de la editorial Planeta para escribir sus memorias: “Lo que puedo contar no interesa y lo que interesa no lo puedo contar”, dijo.

Hace justo un año le escuchaba en una de sus últimas entrevistas, en el programa Más de Uno, de Onda Cero, con Alsina. Hablaba del fin de ETA, uno de sus mayores empeños durante su etapa en el Gobierno. Cuando acabó, no pude evitar mensajear a Carlos. De tanto en cuanto le doy la tabarra sobre la radio, por los viejos tiempos. Le imploré que fichara a Rubalcaba para el programa, ahora que estaba liberado del yugo de la política y era un simple profesor de Química. “No se deja”, me dijo. Lástima que ya no haya manera de insistir.