Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 7 de marzo de 2021

O jugamos todos o pinchamos la pelota

Vaya por delante que no está el horno para bollos. Ahora que parece que remontamos frente al Covid, no es momento de tirar todo por la borda aglomerándonos en manifestaciones el 8M. Las mujeres que defendemos la igualdad tenemos un montón de maneras alternativas de celebrar esta fecha y reivindicar lo que queda por hacer. Desde enfundarnos la camiseta morada y pasearla todo el día allá por donde vayamos, hasta utilizar nuestras ventanas, virtuales y reales, para recordarles a todos que somos esa otra mitad de la población sin la que el mundo no funciona. 

Yo había descartado por completo asistir a una manifestación organizada por el Día Internacional de la Mujer. Y como yo, estoy convencida de que muchas más, por simple responsabilidad individual. Pero ni a esta movilización ni a otra. Puntualizado esto, también os digo que seríamos perfectamente capaces de mantener las mínimas medidas de seguridad si asistiéramos a cualquier acto conmemorativo de esta fecha al aire libre. Así que no entiendo por qué hay que prohibir las múltiples concentraciones populares de menos de 500 personas que se habían convocado en Madrid con motivo de este día, alguna de ellas incluso en una plaza acotada y con todas las medidas de seguridad. 

Pixabay

Solo espero que esta decisión de la Delegación del Gobierno, avalada por la Justicia, siente precedente y en adelante no se autoricen tampoco protestas de otro signo. De lo contrario, resultaría difícil de entender. Como decía aquel, o jugamos todos o pinchamos la pelota. 

Comprendo el desconcierto y el malestar de muchas mujeres ante esta decisión. Si no recuerdo mal, en lo que va de año hemos visto manifestarse en Madrid a hosteleros, trabajadores afectados por ERTE, negacionistas, neonazis, riders, pensionistas, contrarios al encarcelamiento de Hasel, defensores de la sanidad pública y algunos más que me dejo para no resultar pesada. La mayoría de estas convocatorias han sido autorizadas y eso que, en ciertos casos, su propio leitmotiv no era otro que cuestionar las normas sanitarias. 
 
No es necesario buscar movilizaciones reivindicativas. Basta con salir a la calle para encontrar concentraciones incompatibles con la salud pública. Hace dos días, primer viernes de marzo, en los aledaños de la Basílica del Cristo de Medinaceli en Madrid se formaron largas colas de fieles esperando a entrar en el recinto, pese a que el besapiés y demás celebraciones estaban suspendidas por el coronavirus. Pero "la tradición es la tradición", alegaban.

También había colas en otra puerta, la del Teatro Barceló, donde se agolpaban los chavales para entrar a una sesión de discoteca sin discoteca. No hay que ir muy lejos de allí para encontrarse también un gentío en fiestas y zonas de bares y terrazas. 

Por no centrarme solo en el ocio, mezclarse con el populacho a hora punta en andenes de Metro y estaciones de Cercanías para ir a trabajar parece también un ejercicio poco saludable, pero no queda otra. 
 
Ayer mismo, los exámenes de acceso a la escala básica de la Policía Nacional, aplazados por la pandemia, congregaron en el interior de un pabellón de Ifema en Madrid a 3.800 opositores

Sin embargo, anoche se celebró la gala de los Goya, con los candidatos desde su casa y un show reducido a la pareja de presentadores acompañados por un puñado de entregadores de premios alejadísimos entre sí. Por cierto, este año el 41% de los nominados a los Goya han sido mujeres. Todo un récord. Y por primera vez una mujer ha ganado en la categoría de mejor Dirección de Fotografía. No se me ocurre mejor manera de celebrar el 8M. Y esa no hay quien la prohíba.

sábado, 27 de febrero de 2021

Qué importa lo que diga Victoria Abril sobre la pandemia

Me impactó su Gloria en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de un debutante Agustín Díaz Yanes. Sufrí con su Marina en Átame, de Pedro Almodóvar. Odié a su Luisa en Amantes, de Vicente Aranda. Y me sedujo su Miranda de Entre las piernas, de Manuel Gómez Pereira. 

Victoria Abril nos ha regalado fabulosos momentos como actriz. Era y es una de las grandes y, por lo que dicen en la industria del cine, muy profesional en su campo. Se merece todos y cada uno de los premios que le han concedido por su carrera cinematográfica. También el Feroz de Honor que va a recibir el martes en la gala de estos premios que concede la Asociación de Informadores Cinematográficos de España.

La actriz se ha ganado a pulso todo el reconocimiento de los críticos, el público y la profesión. Aunque luego en las entrevistas y en los discursos deje brotar la mala leche que lleva dentro. No creo que sus salidas de tiesto le pillen a nadie por sorpresa. Fuera del set de rodaje y de la pantalla grande, Victoria Mérida Rojas siempre ha tenido un carácter muy particular. Impertinente, marisabidilla, por no decir sobrada, antipática, borde, maleducada, visceral, excéntrica, insoportable… Todos estos calificativos encajan con la mujer que proyecta cuando no está representando ningún personaje. Y a esa lista hay que añadirle ahora el de ‘cuñada’ negacionista. Bueno, nadie es perfecto y cada uno tiene lo suyo.

A mí no me ha escandalizado lo que ha dicho Victoria Abril sobre la pandemia. Ese discurso no es nuevo. Lo comparten muchos otros ciudadanos que cuestionan la Covid-19, las medidas sanitarias, las vacunas exprés y las restricciones adoptadas para combatir el virus. La diferencia es que esos ciudadanos anónimos no tienen unos preciosos minutos de atención mediática para esparcir sus teorías sin fundamento. Pero ni ellos ni la actriz tienen ninguna autoridad como líderes de opinión en esa materia específica. El problema es que alguien pueda adoptar como propias esas ideas tan descabelladas y dar crédito a quien las verbaliza por el simple hecho de ser un personaje popular

Que conste que defiendo el derecho de Victoria Abril y cualquier otra celebridad a hablar y opinar sobre lo que le dé la gana, aunque no tenga que ver con su oficio. Igual que hacemos el resto. Si no, la vida sería un aburrimiento y los temas de conversación se nos acabarían pronto. 

Afortunadamente vivimos en un país donde hay libertad de expresión, así que todos opinamos sobre todo y creemos entender de todo. De fútbol, de política, de música, de educación, de salud o de la pandemia. Pero asumamos, eso sí, que cuando se trata de materias sensibles que no dominamos y en las que hablamos de oídas, nuestro punto de vista importa lo mismo que el de Victoria Abril. Es decir, una mierda. 

Dejadme acabar con alguien que explica todo esto mucho mejor que yo: el entrenador de fútbol alemán Jürgen Klopp. Al comienzo de la pandemia en Europa, allá por marzo de 2020, le preguntaban en una rueda de prensa si estaba preocupado por el coronavirus y él respondía así.

   

La opinión de Jürgen Klopp sobre el coronavirus no es relevante. Ni la de Victoria Abril. Ni la mía. Lo que de verdad importa es lo que tengan que decir quienes tienen en su mano la solución a esta crisis sanitaria. No le demos ya más vueltas. 

sábado, 20 de febrero de 2021

Resistir hasta que se cansen

He visto un vídeo de Betevé, el canal de televisión de Barcelona, que refleja muy gráficamente el momento que vivimos y que incluso podría ser interpretado como una metáfora de por dónde podría pasar la solución a la violencia en las calles

En la imagen aparecen varios de los alborotadores de estas guerrillas urbanas que durante las últimas noches han provocados disturbios en distintos puntos del país tras la entrada en prisión del rapero Pablo Hasel. Están en una calle de la capital catalana e intentan sin éxito derribar una jardinera. Por mucho que la zarandean, en solitario o en equipo, la jardinera se mantiene anclada al suelo y no hay quien la tumbe. 

El vídeo dura 35 segundos e ignoro si el intento desesperado por destrozar ese elemento es previo al momento en que alguien le dio a grabar, aunque sospecho que no. Estoy convencida de que los chavales fueron incapaces de llegar siquiera al minuto de empeño, una actitud muy a tono con la vida actual, donde impera la filosofía de la inmediatez, el deseo satisfecho al instante, el “lo veo, lo quiero”. Cualquier cosa que implique un esfuerzo extra, una dedicación, un sacrificio o un proceso lento, se desecha, deja de ser interesante, no merece la pena perder el tiempo en ella. 

No he podido evitar fijarme en el gesto final de uno de los derrotados por la jardinera. Ese que se rendía ante la evidencia de que aquel elemento del mobiliario urbano estaba más enraizado en la ciudad que él mismo, pero evitaba asumir su suspenso en 1º de Vandalismo. Y me ha dado por pensar que quizá ahí está la clave. La democracia sería esa jardinera. Si está bien anclada, soportará cualquier embestida. El resto es resistir y esperar a que los que la atacan se cansen. 

Imagen de Pablo Hasel en uno de sus vídeos

Por cierto, yo tampoco creo que Pablo Hasel deba estar en prisión, por muchas barbaridades que diga en sus rapeos, tuits y entrevistas. En alguna ocasión he hablado en este blog sobre las canciones que sonaban en los bares de mi pueblo allá por los años 80, que coreábamos y bailábamos a pesar de lo delirante de sus letras. Que yo recuerde, ninguna de las bandas de rock radical vasco que firmaban esos temas, desde La Polla Records a Eskorbuto o Kortatu, terminaron en un proceso judicial ni esas letras nos incitaron a cometer ningún delito. 

Otra cosa es que después de enaltecer el terrorismo y sembrar odio, Hasel haya reincidido y desafiado al Código Penal rociando de lejía a un periodista y amenazando a un testigo. Debería entender que la violencia ni sale gratis ni es la solución, por muy amargado y frustrado que esté. Lo único que ha ganado, eso sí, es que ahora su nombre suene más de lo que han sonado y sonarán nunca sus canciones. 

Aún así, defiendo el derecho de los que no piensan como yo, porque no se han informado o porque les pierde la pasión antisistema, a salir a manifestarse y exigir que dejen libre a Hasel. Ahora, también espero que sean conscientes de que insultar, escupir y arrojar botellas a los policías que vigilan las protestas dista bastante de considerarse defensa propia. Las ideas tampoco se defienden quemando contenedores, reventando lunas, saqueando comercios o atizándole a un ‘madero’ con un adoquín. Más bien se desinflan.

Imagino que algunos pueden sentirse tentados de aprovechar el barullo para comprobar si la descarga de adrenalina que experimentan con los videojuegos en su habitación es similar a la lucha real en la calle. Si lo hacen, habrán cruzado la línea entre la realidad y la ficción. Pasarán al lado oscuro de verdad y se arriesgarán a ser detenidos y acabar mal. No podrán alegar que ejercían su libertad de expresión. Ese derecho no se ejerce lanzando piedras, sino argumentos.

sábado, 30 de enero de 2021

No contéis conmigo para lapidar al Rubius

No conozco a nadie que disfrute pagando impuestos. ¿Os imagináis a alguien sucumbiendo a la arrebatadora excitación de ver entre los movimientos de su cuenta bancaria, por ejemplo, el cargo del IBI? ¿O a un contribuyente eligiendo la opción menos favorable de su declaración de la renta porque le pone cachondo? No digo que no exista, que de todo hay, pero no suele ser frecuente en este país donde todavía te preguntan eso de “¿La factura con IVA?”. 

Aunque soy muy de soñar despierta, me reconozco incapaz de imaginarme ganando un sueldo de 6.000 euros al mes. Tampoco me arriesgo a afirmar con rotundidad si, en ese hipotético y más que improbable caso, me molestaría que la Agencia Tributaria se quedara la mitad. Supongo que sí, como a cualquiera, aunque esté claro que con 3.000 euros tendría más que suficiente para mantener mi austero estilo de vida en pandemia. La única certeza que atesoro es que esta circunstancia concreta no me empujaría a emigrar. Debería haber algo de más peso que solo la posibilidad de duplicar el saldo de mi tarjeta oro para hacerme abandonar el lugar donde tengo mi vida. 

El caso es que no queda otra que pagar. El argumento siempre es el mismo: "Hacienda somos todos" y cada uno tenemos que aportar en función de nuestros ingresos para sostener el país, construir infraestructuras o costear servicios para el ciudadano, como la sanidad y la educación públicas. Al final, vendido así, parece que recibimos más de lo que damos. 

A pesar de todo, no seré yo quien critique al Rubius. En mi modesta opinión, el único error que ha cometido ha sido contar que se iba a mudar a Andorra. ¿Qué necesidad había de desvelar públicamente sus intenciones? ¿Es que va a cambiar algo el contenido que ofrece a través de Youtube o Twitch? No. Sus seguidores van a seguir viendo sus vídeos o directos, y la escenografía seguirá siendo la misma, una habitación que podría estar en Madrid, Oslo, Andorra o Castelflorite

Si hubiera omitido ese pequeño detalle que pertenece a su vida privada y es totalmente legal, por cierto, ahora no estaría siendo objeto de un desproporcionado linchamiento público, ni se habría orquestado esta operación de acoso y derribo, por otra parte, muy de este país. 


Qué queréis que os diga. El youtuber está en su derecho de cambiar su país de residencia por el motivo que considere. Por estar más cerca de sus colegas, buscar tranquilidad, conseguir mejores condiciones de vida o pagar menos impuestos. Faltaría más. Lo mismo que han emigrado a otros países un montón de jóvenes sobradamente preparados en busca de una oportunidad laboral que no encontraban aquí. Os recuerdo que España tiene un 40% de paro juvenil, casi triplica la media europea. 

Los que salimos perdiendo con la marcha de todos ellos, también del Rubius, somos el resto, los que nos quedamos. España no se puede permitir el lujo de dejar escapar el talento, en el campo que sea, porque es un activo para el país. Y sí, aunque a algunos os caigan como una patada en el estómago, más por envidia que por otra cosa, y otros no entendáis este fenómeno, lo único cierto es que cuantos más youtubers multimillonarios tengamos cotizando en el país, mayores ingresos reportarán a las arcas públicas. Y eso es riqueza para todos

A lo mejor lo que había que plantearse es cómo podemos retener al Rubius y al resto de jóvenes youtubers que han cambiado España por Andorra. Y también cómo conseguir que regresen todos los jóvenes sanitarios, ingenieros e investigadores españoles que un día dejaron este país en busca de una oportunidad y se han asentado en Reino Unido, Alemania, Francia o EEUU, donde sí les ofrecieron un presente y un futuro. Ahora los necesitamos a todos más que nunca.

miércoles, 13 de enero de 2021

La pandemia no nos ha hecho mejores, ni Filomena tampoco

Claro que no estábamos preparados para esto. Nos habían avisado, pero nadie podía imaginar la gran nevada que se nos venía encima con el paso de Filomena. Deberíamos haber sabido interpretar lo de la "alerta roja". El problema es que hemos desvirtuado el sentido de esa palabra y ese color. 

Lo de “la nevada del siglo” que anunciaban los meteorólogos también era bastante gráfico, pero después de tantos “partidos del siglo” la expresión ya ha perdido su fuerza. En estos tiempos estamos tan acostumbrados a excesos, exageraciones y fakes, que nos hemos inmunizado frente al peligro y relativizamos cualquier barbaridad y, por extensión, cualquier alarma.

Los avisos eran claros pero las propias autoridades no los vieron o no quisieron verlos. Probablemente por no alarmar y, mucho más, me temo, por lo impopular de imponer a la población otro confinamiento, esta vez por la amenaza climatológica. A ver quién era el valiente que dictaba un decreto que ordenara el cierre de empresas y establecimientos comerciales y la prohibición de circular por las carreteras después de las seis de la tarde del viernes 8 de enero, hora a la que comenzaba la alerta roja en Madrid. Seguro que le caía un recurso judicial y algún magistrado consideraba que la medida vulneraba los derechos fundamentales de los ciudadanos. 

De hecho, Filomena parece habernos hecho olvidar durante unos días que el festín navideño ha vuelto a disparar la incidencia de casos de Covid en lo que ya es la tercera ola, pero nadie se atreve a mencionar la idoneidad de otro encierro.

Resulta estéril discutir ahora por lo que se hizo mal antes de la llegada de la gran nevada cuando lo prioritario, creo yo, es centrarse en solucionar cuanto antes los efectos del temporal. Que la nieve para un rato está bien, pero más de un día se hace pesada.

En el municipio en el que resido las redes sociales están que echan humo por la gestión del Ayuntamiento en esta crisis, en particular por la lentitud en la retirada de la nieve de calles y calzadas para poder recuperar la movilidad. Pero no es el único. La crítica frente a la mayoría de administraciones públicas es generalizada. 

La realidad es que las autoridades no dan abasto con los medios de que disponen para recuperar la normalidad. La estrategia común está siendo liberar en primer lugar las vías principales y las que conducen a hospitales y centros esenciales. Sin embargo, de nada sirve si en tu calle tienes un metro de nieve y no puedes llegar a esos ejes, no ya con tu vehículo, ni siquiera andando, a no ser que te excite el riesgo y la aventura de caminar sobre placas de hielo por las bajas temperaturas.

Somos un país sin tradición de nevadas de este calibre en cotas medias y bajas, así que lógicamente los recursos no se invierten en medios suficientes para afrontar escenarios como el que ahora tenemos en la Comunidad de Madrid. Y no hablo solo de las administraciones públicas. ¿Quién tiene una pala en su casa

Es lo que más he echado de menos estos días. Al margen de un todoterreno, por supuesto. Por eso el domingo no me quedó más remedio que tirarme al patio de mi urbanización con una bandeja de horno para tratar de liberar de nieve un sendero desde mi portal a la puerta de la calle, ante el cachondeo del personal que me miraba como si me hubiera dado un brote sicótico. Menos mal que se me unió otra vecina armada con una tabla de cortar. No era tan grande y resistente como mi herramienta anti-Filomena, pero resultó perfecta para el trabajo fino. 

Por cierto, han pasado tres días y todavía tengo agujetas en lugares del cuerpo que no sabía que pudieran doler: las palmas de las manos, los dedos, los antebrazos, los laterales del cuello, las lumbares… Imagino que si viviera en Quebec, Helsinki o Fargo ya estaría acostumbrada y no acusaría tanto el esfuerzo. Incluso tendría todo lo necesario para moverme con desenvoltura en este ambiente, igual que mis vecinos. 

Porque si de algo me ha servido esta experiencia es para comprobar la cantidad de gente del barrio que guarda en sus trasteros esquíes, tablas de snowboard, raquetas, trineos y la ropa más adecuada para pasar el día en la nieve. Yo que antes del temporal ya me veía fuera de lugar en el vecindario, ahora directamente me he sentido como una intrusa en Baqueira.