Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Amor de madre

Aviso que lo que vais a leer a continuación son problemas del primer mundo. Quiero decir que, aunque lo cuente con un punto de melodrama, no deja de ser una batallita de madre intensa que trata de lidiar con su prole adolescente.

 

Hace poco mi hijo de 15 años nos anunció su deseo de hacerse un tatuaje. No es algo que esté planeando a largo plazo. Le gustaría hacerlo, como muy tarde, cuando cumpla los 16, que es la edad legal a la que ya podría presentarse en el taller de un tatuador y marcarse la piel de por vida, eso sí, con el consentimiento de sus progenitores.

 

Para empezar, no tengo nada en contra de los tatuajes. No penséis que soy una carca que los asocia a un “Amor de madre” en el pecho o el bíceps de marineros o presidiarios, por favor. Yo no me he hecho ninguno porque prefiero ver de lejos las agujas y soy poco masoquista. Lo de sufrir voluntariamente no va conmigo. Que una aguja vaya perforándome la piel mientras me inyecta tinta en cada agujero, como que no me pone. Pero allá cada uno. Admito que, desde el punto de vista estético, algunos me parecen auténticas obras de arte en el cuerpo de los demás, aunque me saturan los que ocupan amplias extensiones de piel.


Fotograma de reportaje emitido en La Sexta


Le he dicho a mi hijo que espere a los 18 años para hacerse lo que quiera y que, por supuesto, se lo pague él. No estoy dispuesta a financiárselo. Pero no me entiende. Y me enseña fotos y vídeos de amigos que -dice- ya están tatuados. ¿De verdad hay padres que dejan tatuarse a sus hijos menores de edad? No solo eso. En el último intento que ha hecho para convencerme, me ha contado que la familia de su mejor amigo, en una especie de gesto de hermanamiento o más bien diría en un arrebato de exaltación de los vínculos familiares, ha decidido tatuarse el mismo motivo. Padres e hijos, el pequeño de 15 años, han consensuado el dibujo y ya solo queda cerrar día y hora para compartir algo más que los rasgos genéticos o el libro de familia. Cuando he escuchado la historia me ha venido a la mente un rebaño de reses luciendo la marca que les practican con hierro candente para identificar la ganadería.

 

No lo entiendo. Me confiesa una madre que su hija con 16 se hizo uno y se lo ocultó. Era invierno y las mangas largas propiciaron que tardara semanas en detectarlo. Cuando lo vio, pensó que era una calcomanía, pero al comprobar que seguía en el brazo de su hija días después, ya se decidió a preguntar. Así fue cómo se enteró de que la niña había falsificado una denuncia de robo del DNI donde figuraba que era mayor de edad, así no precisaba de la autorización materna para que el tatuador estampara el dibujo de una flor sobre su piel. La niña ni siquiera llegó a preguntar a sus padres si le dejaban, dio por hecho que no les iba a gustar la idea y prefirió tomar la iniciativa. Ahora tiene dos tatuajes más en otras partes de su cuerpo, estos ya realizados de ‘manera legal’, con la autorización firmada por la madre, que asumió que la hija iba a hacerlo con o sin su colaboración.

 

A veces, cuando escucho este tipo de historias, me planteo si no estaré extralimitándome como madre. Me lo suelo preguntar también cuando mi polluelo me reprocha que no le deje hacer cosas que los padres de sus amigos sí les permiten. Por ejemplo, llegar a casa a las dos de la madrugada. Lo siento, pero a mí no me parecen horas para un quinceañero, sobre todo cuando no hay ningún evento o justificación para trasnochar, mucho menos ahora, con el coronavirus al acecho. El mayor exceso que hago es marcar la medianoche como límite, una hora que siempre suele llevar añadido un margen de 30 minutos extra como resultado de las intensas negociaciones. A mi hijo se le daría de miedo lo del regateo en un mercado persa. Puede llegar a ser tan insistente que muchas veces terminas tirando la toalla y dejándole ganar el pulso simplemente por dejar de escucharle. Por pesado, vaya.

 

A veces el muy mamón me hace reflexionar. En particular cuando, como si estuviéramos en la típica película americana de juicios, cuestiona la distinta manera en que afronto estos asuntos en función de quién los plantea. Y me recuerda que a su hermana le he permitido perforarse las orejas ya en dos ocasiones desde los 14 años. Sí, mea culpa. Así que mientras me deja meditar sobre el tatuaje, ha empezado a darme la turra con que también quiere ponerse un pendiente, igual que su hermana. En esta lucha tengo claro que no voy a desgastarme porque llevo las de perder. Como con los cortes de pelo. Este es el último.



Pero volviendo al tema que nos ocupa y por rematar, me gustaría que entendierais que la principal razón por la que me resisto a permitirle tatuarse es su volubilidad. Mi hijo está en una edad en la que lo que adora un día lo detesta al día siguiente. No sé si es la edad o su carácter. La verdad es que desde que llegó a este mundo se ha caracterizado por cambiar de opinión con frecuencia cuando se trata de sus caprichos. Ha sido del Atleti, del Barça y del Madrid en tres temporadas seguidas. En busca de su deporte favorito, ha practicado natación, tenis, karate, fútbol y baloncesto. Y todo se le daba bien al pedazo de capullo.  La camiseta que no se quitaba ni para dormir ha terminado en el contenedor de la ropa usada después de tacharla de su ‘fondo de armario’, y su bañador favorito ya no quiere verlo ni en pintura porque no conjunta con ninguna de sus camisetas.

 

¿Entendéis ahora mis reservas sobre su deseo de hacerse un tatuaje? Prefiero que tenga edad para tomar esa decisión con todas las consecuencias y que, si se arrepiente de ella en algún momento de su vida, no me eche la culpa y me acuse de ser mala madre por haberle dado todos los caprichos. Hasta ahí podíamos llegar.

 

viernes, 24 de julio de 2020

Tengamos la 'no-fiesta' en paz

El Gobierno de Canarias ha lanzado una campaña para concienciar a la población sobre la manera de evitar los brotes de coronavirus. Imagino que habréis visto el anuncio. Si no, aquí os lo dejo.

 


Como veis, se trata de una tradicional reunión familiar. El abuelo cumple años y toda la familia se junta en casa como si no hubiera pasado una pandemia por nuestra vida. Comparten vasos, se dan abrazos, se besan, soplan velas, no se respeta la distancia interpersonal, no hay una sola mascarilla… Así que la historia del cumpleaños termina con el abuelo abriendo el último de los regalos que le han hecho sus seres queridos: un respirador al que le van a tener que enchufar en un hospital si alguno de los presentes era asintomático y le contagia el coronavirus.

 

Impactante, duro, realista… son algunos de los adjetivos que se han utilizado para calificar este anuncio. Yo más bien diría que es muy acertado.

 

La mayor parte de los brotes que se están registrando vienen de reuniones sociales, en particular encuentros con amigos y familiares. Somos tan básicos que damos por hecho que son los desconocidos quienes pueden estar infectados, no nuestros amigos o familiares. Así que bajamos la guardia.

 

Yo misma entono el mea culpa. Hace unas semanas estuve en una barbacoa familiar. Participábamos solo ocho personas, una de ellas mayor, y estábamos al aire libre, pero nadie llevaba mascarilla, compartimos comida de los mismos platos, estuvimos cantando con un karaoke… En fin. Allí estaban mis propios hijos que, después de un confinamiento estricto en el que no echaron de menos la calle, ahora no entran en casa. ¿Qué hago? ¿Les encierro? Me temo que eso es inviable. El único recurso que me queda es repetirles las recomendaciones y los riesgos que corremos todos si no las siguen. Pero sé positivamente que bajan la guardia cuando están por ahí con sus amigos. Se abrazan, se besan, chocan las manos y lucen poco la mascarilla. Quién me dice a mí que no van a traerme a casa el coronavirus o llevárselo a sus abuelas cuando vamos a visitarlas.

 

No creo que el principal peligro esté en el ocio nocturno regulado, es decir, en locales de copas y discotecas. Los empresarios de estos establecimientos pueden responsabilizarse de que se mantenga el aforo establecido, que la gente lleve mascarilla, que no baile, que no se mezclen grupos, pero en el momento que sus clientes traspasan la puerta y hacen su santa voluntad, ya no se puede echar la culpa al ocio nocturno. Yo apuntaría más a las reuniones sociales y a quienes relajan las medidas de seguridad cuando están con su círculo próximo, esos que confían más en el pariente o el colega que en su compañero de asiento en el metro. Y no hablo ya solo de los adolescentes que, por mucha pedagogía que hagas, van a seguir sintiéndose invulnerables y haciendo su vida de vacaciones como antes de la covid. Miro más a los adultos que, a pesar de que se les presupone más sentido común, no renuncian a unos tintos de verano con la cuadrilla bien apretaditos.

 

Lo peor es que se acercan las ‘no-fiestas populares’, recambio de las fiestas suprimidas por los ayuntamientos para evitar los rebrotes. Espero que los gobiernos locales y sus policías lo tengan previsto. Sospecho que en más de un lugar, tanto imberbes como talluditos van a encontrar una excusa para organizar con sus peñas encuentros 'gastronómicos' para honrar al santo patrón. Porque un verano sin fiesta patronal y litros de alcohol no es un verano.


El triunfo de Baco


 

 

domingo, 12 de julio de 2020

Un bote, dos botes, aquí llega el rebrote

Imagino que habréis tenido oportunidad de ver las imágenes de los seguidores del Cádiz montando una bonita aglomeración en los aledaños del estadio Ramón de Carranza pre-celebrando lo que podría significar el ascenso de su equipo a Primera División si ganaba o empataba en su partido contra el Fuenlabrada. Algunos sí llevaban mascarilla, incluso bien puesta, pero si este elemento no se refuerza con el distanciamiento social y la higiene de manos, no resulta tan efectiva. Mucho menos si estás dando botes abrazado a tus colegas y poseído por el júbilo. No sé si será cosa del karma, pero al final el resultado del partido fue el único que no justificaba la fiesta. Perdieron. Así que los aficionados cadistas se anticiparon, pero podrán seguir jugando a la ruleta rusa e incluso contribuir a aumentar los 19 brotes activos y 349 contagios reportados este domingo en Andalucía.

Quizá también habéis visto la estampa que dejó un concierto de música electrónica en Niza la noche del sábado, con las mascarillas brillando por su ausencia y los miles de asistentes bailando, bebiendo y mezclándose sin ningún temor, como si no llevara el país vecino más de 170.000 casos de coronavirus detectados.

No son hechos aislados. Cada día las redes sociales se encargan de viralizar fiestas masivas en discotecas cerradas o botellones multitudinarios donde se comparten todo tipo de fluidos corporales, a pesar de que venimos de un confinamiento decretado para contener la expansión del coronavirus.


Pero no hay que irse de juerga para tentar a la covid. Yo misma he visitado esta mañana el IKEA de Alcorcón (Madrid) y en algunos pasillos de su exposición de muebles coincidíamos tantos clientes que resultaba complicado que corriera el aire. Aún sin música dance ni chirigotas que animaran a dar saltos o bailar, no teníamos nada que envidiarles a los de Cádiz y Niza. Eso sí, todos con mascarilla, pero sin control de aforo ni personal que facilitara el flujo ordenado.


Imagen de Prawny en Pixabay 

 

Yo no iba buscando una aglomeración, aunque es evidente que un domingo de la nueva normalidad IKEA va a seguir siendo lo más alejado a un retiro espiritual. Quiero decir que no es fácil querer reanudar la vida tal y como la conocíamos. Y no es por justificar a los que se comportan como si no hubiéramos tenido las UCI colapsadas y los féretros en pistas de hielo, pero comprendo que haya quien considera que vivir sin asumir riesgos no es vivir y mientras les dejen, van a seguir disfrutando del verano, el calor y el final de Liga. 


Ese es el problema. Queremos volver a hacer la vida que hacíamos antes del coronavirus. Queremos fiesta, barbacoa y perreo. Queremos que la economía remonte rápidamente y los negocios recuperen el ritmo perdido. Pero todo esto es incompatible con la nueva realidad. Y aunque las autoridades nos lo recuerdan, como no hay prohibición de por medio, vamos de rebrote en rebrote directos a una nueva desescalada por fases, pero en sentido inverso.   

 

viernes, 26 de junio de 2020

En qué piensas cuando saboreas un Conguito

Myriam es una francesa que lleva viviendo en España tres años y medio. Explica que una de las cosas que más le sorprendieron cuando llegó aquí fueron los Conguitos, las famosas bolas de chocolate rellenas de cacahuete. Y no porque fuera especialmente golosa, sino por el envoltorio. Le chocó que en este país se comercializara un producto que utilizaba como reclamo el dibujo de lo que supuestamente debían ser pequeños negritos congoleños. Ahora Myriam ha abierto una recogida de firmas en la plataforma Change.org para pedir a Chocolates Lacasa, empresa fabricante de la mítica golosina, que deje de utilizar la marca Conguitos y el dibujo asociado porque considera que estigmatiza a la población negra y perpetúa un racismo cultural. Además, sugiere que pida disculpas públicamente y que dedique parte de sus beneficios a organizaciones que luchen contra el racismo.

 

Myriam no es la primera que alucina con este dulce ni esta polémica es nueva. Hace tres años otro extranjero de paso por nuestro país compartía en redes sociales una foto de una bolsa de Conguitos que vio en el supermercado y que le dejó también desconcertado. Y antes que ellos, hubo otros. De hecho, a principios de este siglo una profesora universitaria inició una recogida de firmas para pedir el cambio de su imagen por considerar que hería la sensibilidad e insultaba a millones de africanos.

Hay que decir que Lacasa ha ido suavizando la imagen de este producto a lo largo de los años hasta llegar a 2011 cuando, para celebrar el 50 aniversario de la marca, lanzó un nuevo diseño que se parece más al que encontramos ahora en las estanterías de las tiendas, un dibujo que podría ser un crío congoleño sin orejas o simplemente la personificación del cacahuete chocolateado. Por supuesto, este es menos guerrero que su abuelo, que aparecía en grupo y con lanzas. Corría la década de los 60, el Congo se había independizado y los responsables de la marca quisieron aprovechar el tirón de la exótica moda. Hoy, evidentemente, no lo harían. Por eso durante los últimos años han ido tratando de “actualizar” su imagen para hacerla más políticamente correcta y adecuada a estos tiempos, pero sin modificar las propiedades del producto ni su nombre, que ya está completamente integrado en la memoria y el paladar del consumidor.


 

 

Una semana después que Myriam, otro usuario de Change.org también ha pedido lo mismo en esta plataforma, incluso replicando textualmente partes de la petición de la francesa. Preserva su identidad bajo el ya célebre eslogan Black Lives Matter, recuperado por un movimiento internacional antirracista surgido tras la muerte del negro George Floyd a manos de la policía en Minneapolis. Ha sido precisamente a raíz de este lamentable suceso cuando se han multiplicado las reivindicaciones para exigir la igualdad de las personas negras y las protestas contra todo aquello, nuevo o viejo, que aparentemente haga de menos a los individuos de esa raza, sin pararse a analizar el contexto. Así fue cómo tuvimos que asistir al sinsentido de ver a la cadena HBO retirar primero de su catálogo y volver a recuperar después la película 'Lo que el viento se llevó' porque algunos no entendieron que no hacía apología de nada sino que, sencillamente, reflejaba una época histórica.

 

Otras marcas, al rebufo de la polémica, han aprovechado este momento tan idóneo para anunciar que cambian nombre e imagen por estar tradicionalmente basados en estereotipos raciales. Es el caso de los siropes y tortitas Aunt Jemina, comercializados en EEUU, en cuya etiqueta aparecía claramente la imagen de una esclava negra, personaje real de la cocinera en quien estaban inspirados. Paradojas de la vida, la parte interesada, es decir, la propia familia de la mujer protagonista de esta gama de productos rechaza el cambio porque siempre han considerado un orgullo que su imagen represente a la marca desde 1925.

 

Siento desilusionar a Myriam y a ‘Black Lives Matter’, pero me temo que ninguna de sus peticiones va a prosperar. Me extrañaría que Lacasa estuviera dispuesta a renunciar a un nombre ya asentado y reconocido, más cuando técnicamente no se trata de ningún gentilicio que pueda asociarse a los niños oriundos del Congo, por mucho que los más viejos no puedan evitar relacionarlos. Tampoco el dibujo actual refleja a un crío congoleño, ni su variedad en chocolate blanco pretende recordar a un albino africano. Admitámoslo, lo único que quedan son reminiscencias de aquella decisión empresarial, más o menos acertada, estereotípica e ingeniosa para su época, que terminó con el nacimiento de Conguitos. Estoy segura de que las nuevas generaciones de consumidores lo único que ven en el envoltorio es el propio snack, es decir, el cacahuete chocolateado en forma de mascota, con su cabeza y extremidades. Yo misma, las pocas veces que cae en mis manos alguno, confieso que lo saboreo sin pensar más que en el exceso de azúcar.


De todas formas, si me equivoco y lo que ahora es una simple anécdota se convierte en un clamor popular que obliga a Chocolates Lacasa a reconsiderar la petición, le sugiero a la empresa que sustituya el nombre de Conguitos por 'Lacasotes' -dado que Lacasitos ya está pillado y M&M's también- y al diseñador creativo, que se limite a cortarle cabeza y extremidades al pobre muñeco y a evitar los labios carnosos. Al final puede que el cambio no sea tan traumático. Recordemos que Don Limpio antes era Mister Proper.

 

Mientras tanto, seguiremos entretenidos con el acalorado debate que se ha encendido en las redes a cuenta de la iniciativa de estos ciudadanos a quienes, por cierto, invito a que después de esta cruzada sigan recogiendo firmas contra otras marcas o denominaciones que, en base a su argumentación, quizá también deberían desaparecer. Podrían empezar por el Ron Negrita y seguir con el brazo de gitano.


Por cierto, la República Democrática del Congo es noticia estos días por haber superado un nuevo brote de ébola en el este del país. Así que imagino que allí tienen otras preocupaciones.

viernes, 12 de junio de 2020

Si llego a octogenaria

Cuando llegue a octogenaria, si es que llego, y ojalá que sea en plenas facultades, me gustaría seguir viviendo en mi casa, durmiendo en mi cama y disfrutando de mis cosas: mis libros, mi música, mis películas, mis trastos, mis amigos… 

Como no espero nada de mis hijos y tampoco querría ser una carga o un motivo más de disputa entre ellos, me conformo con que me quede una paguita o algún ahorro para contratar a un tipo 'buenorro' que venga puntualmente. No penséis mal. Hablo de alguien que cambie un halógeno cuando se funda y repare cualquier avería que surja, me dé masajes en las piernas de vez en cuando para activarme la circulación, vaya al mercado y cocine para mí, tenga una conversación interesante cuando me acompañe al médico, a dar un paseo o a tomar un vino y, además de todo esto, me alegre la vista. 

He verbalizado este deseo en más de una ocasión delante de mi marido, quien me mira con resignación y se abstiene de pronunciarse. Imagino que es porque piensa que va a sobrevivirme y, por tanto, considera que mi sueño es irrealizable. Puede que tenga razón. Veremos. En cualquier caso, preferiría no pasar mis últimos años encerrada en una residencia rodeada de desconocidos tan viejos como yo, viendo pasar la vida del otro lado de los barrotes del jardín. 

Mi animadversión hacia este tipo de centros no es un efecto de la pandemia. Más bien la pandemia ha venido a corroborar mis impresiones y a poner al descubierto una triste realidad. No voy a cuestionar que las residencias son un gran alivio para quienes no tienen sitio en casa, ni tiempo, ni fuerzas, ni preparación, ni medios para atender el abuelo. Porque así es. También son la solución para aquellos mayores sin familia que voluntariamente deciden recluirse en un centro cuando experimentan los primeros achaques y necesitan sentirse bien cuidados. Y ahí se acaban los supuestos. 

A mi entender, el modelo de atención de los centros de mayores que existen en este país cuadra para quien ha alcanzado un alto grado de dependencia o es un ser asocial, pero no es ni mucho menos una respuesta a la vejez. Hemos convertido las residencias en lugares donde aparcamos a los ancianos que estorban, nos los quitamos de en medio, les sacamos de la sociedad, les aislamos y solo nos acordamos de ellos cuando hay que pagar impuestos, votar o culpar a alguien de tener tiritando la hucha de las pensiones y saturada la Sanidad. 

Por eso me parece de una hipocresía absoluta que muchos de los que no se han preocupado nada hasta el momento por la situación de las residencias, con plantillas tan mal pagadas como sobrecargadas y no suficientemente formadas, ni por sus ancianos inquilinos, ni porque se haya estado vendiendo como sociosanitario un servicio que solo llegaba a socioasistencial, ni por la factura sin pagar de la dependencia, se rasguen las vestiduras ahora porque en estos centros hayan muerto más de 19.400 personas en España afectadas por el coronavirus. Deberían reflexionar. 

Tal y como está el asunto, me declaro firmemente partidaria de llevar los servicios de geriatría a los mayores y no los mayores a los geriátricos. De hecho, las empresas que gestionan este tipo de centros deberían replantearse las cosas y explorar este nicho de mercado. El modelo ideal, a mi entender, pasaría por mantener a los viejos en su entorno y que allí reciban la ayuda que necesiten, ya sea sanitaria, terapéutica, de acompañamiento, asistencial o social. Si sus últimos días tienen que pasarlos de la cama al sofá y del sofá a la cama, que sean su sofá y su cama. Y si algún problema de salud aconseja ingresarlos en un hospital, que ningún borrador ni orden de la autoridad competente se lo impida, independientemente de su edad, su estado o sus expectativas. El problema, lo sé, es que ese modelo hay que pagarlo. Y no es barato.


Puestos a desear cómo envejecer, yo firmaría por imitar a cuatro matrimonios amigos que se han construido un edificio a medida en Barcelona con un apartamento para cada uno donde podrán retirarse juntos. No está mal tampoco, aunque yo soy más urbanita, la iniciativa de un grupo de jubilados que ha comprado una aldea deshabitada en Galicia para envejecer por sus calles y devolverle la vida. Existen otras alternativas en nuestro país, como el cohousing, un fenómeno en el que nos llevan la delantera, como casi siempre, los nórdicos. Se trata de viviendas colaborativas autogestionadas donde se suelen alojar personas mayores con lazos familiares, de amistad o afinidad que, cuando llegan a la jubilación, deciden ser vecinos, seguir disfrutando del ocio juntos y ayudarse mutuamente. Su objetivo es mantener la independencia y la privacidad que da residir en la vivienda propia dentro de un vecindario de confianza y sintiéndose arropados por amigos con los que comparten espacios, servicios y beneficios. 

Estos días cuando he salido por mi barrio, donde se sitúa una residencia muy golpeada por la covid-19, me he fijado en que muchas de las terrazas de bar reabiertas están ocupadas por supervivientes de la pandemia, personas mayores que celebran poder salir del confinamiento para tomar una caña y socializar. He pensado que no hay nadie que se merezca más ese capricho que ellos. Y lamento que los otros supervivientes que milagrosamente han esquivado a ‘la bicha’, a pesar de acecharles desde el otro lado de la puerta de su habitación en los cientos de geriátricos invadidos por el coronavirus, incluido el de mi barrio, tengan que seguir encerrados sin poder sumarse a esta fiesta.