Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Perder los papeles

Hondarribia celebra cada 8 de septiembre su Alarde, una fiesta en la que los vecinos emulan a un batallón de antiguos soldados y desfilan hasta el santuario de la virgen de Guadalupe para cumplir la promesa que hicieron en 1638. En plena guerra de los 30 años, asediada la ciudad por las tropas francesas, los hombres le rogaron a la virgen que les echara una mano en la contienda. Después de 69 días, por intercesión divina o humana, vaya usted a saber, consiguieron liberarse del sitio galo. Desde entonces cada año peregrinan a ritmo de marcha recreando otros tiempos en una tradición milenaria que, en principio, reservaba los principales papeles a los hombres.  Si las mujeres querían participar tenían que conformarse con interpretar el rol de cantineras. 


Si os fijáis en esta imagen de 1919, tomada por el fotógrafo Ricardo Martín y titulada 'Celebración del alarde de Hondarribia con motivo de la celebración de sus fiestas patronales', podréis distinguir una sola mujer -la cantinera- entre todos los hombres. 

Así era hasta que en 1996 un grupo de mujeres reivindicó su derecho a hacer también de soldados. Entonces se creó una compañía mixta, Jaizkibel, en la que desfilan con su uniforme y su escopeta tanto hombres como mujeres.

Los más puristas están en contra de la participación de las féminas y cada año se lo hacen saber. La crispación es tal que las compañías tradicionales y las igualitarias desfilan por separado. Aunque ya han pasado 22 años desde aquel primer Alarde con chicas en sus filas, se siguen dando protestas. En la última edición los críticos cubrieron el itinerario que debía recorrer la agrupación con plásticos negros, prepararon un pasillo en el que se colocaron exhibiendo carteles con el lema Betiko Alardea (Alarde tradicional, en euskera) y montaron un follón ensordecedor pitando con silbatos para impedir que se escuchara la música que iba interpretando la compañía con sus pífanos y tambores.

Lo más llamativo del caso es que la mayoría de las personas implicadas en el boicot eran mujeres. Mujeres enfadadas porque otras mujeres quieren poder hacer lo que durante años ha estado reservado a hombres, osando poner en peligro una tradición. No lo entiendo. Y que me disculpen los de Hondarribia si me falta algo de terruño para asimilarlo. Digo yo que el Alarde no es más que una escenificación, un gesto, un teatro, una liturgia, una tradición que nace de recrear un hecho histórico. Lo importante es desfilar uniformados, que suenen las marchas militares y que todos los vecinos del pueblo celebren felices que no son franceses gracias a la virgen. Qué más da si en las filas de los soldados hay mujeres con boina, pantalón y fusil. Que alguien me expliquen qué terrible catástrofe puede desatar la presencia de varias mujeres vestidas de hombres recordando también a sus antepasados. Máxime en los tiempos que corren. Es evidente que en 1638 quienes lucharon contra los franceses fueron hombres, pero no va a cambiar la historia porque ahora haya mujeres participando en el Alarde.

Me ocurría lo mismo con las cofradías de Semana Santa que prohibían la participación de mujeres nazarenas. Con mantilla y peineta, lo que quisieran, pero con capirote no. Afortunadamente van entrado en razón. Es una escenificación, un ritual, un teatro, un ceremonial… Cualquiera con ganas y un mínimo de implicación puede formar parte de la celebración, independientemente de su género. Y que me perdonen los piadosos si he cometido involuntariamente un sacrilegio.

Todo esto me recuerda, salvando las distancias, un par de polémicas que ha dado el cine últimamente. En el mes de julio de este año la actriz Scarlett Johannson rechazaba un papel de hombre transgénero en “Rub & Tug” cuando la presión popular se volvió insoportable. Poco después a Paco León también le llovieron las críticas por interpretar a una mujer trans en la serie “La casa de las flores”. En ambos casos la crítica principal procedía de colectivos transexuales que criticaban que no se contara con actores o actrices trans para interpretar esos papeles. Bueno, ni esos ni los otros, porque precisamente su condición les cierra muchas puertas en el cine. Ni encasillarse pueden. Entiendo su postura y lo difícil que lo tienen todavía, pero siento decirles que el cine es ficción, mentira, interpretación. Y el mayor talento de una película y de un intérprete es que nos los creamos tanto que nos hagan olvidar que debajo del personaje hay alguien haciendo un papel. Sea como sea.

La actriz Linda Hunt interpretó a un hombre en “El año que vivimos peligrosamente”, de Peter Weir, y se llevó un Oscar. Si no habéis visto la película, deberíais. Consigue que te olvides de que es una actriz la que da vida a un fotógrafo bajito. John Travolta en “Hairspray” hace de una rechoncha madre sobreprotectora de los años 60 y su caracterización no desentona con la estética de la película. Hasta el punto de que a los diez minutos dejas de fijarte en el Travolta travestido y ya solo ves a Edna. Y qué me decís de Jared Leto… En Dallas Buyers Club era trans y VIH, pero nadie concibe que en el casting para el papel se considerara un plus ser seropositivo. Por rizar un poco más el rizo, Octavi Pujades y Ana Cela son médicos de verdad además de intérpretes. ¿Qué hacemos? ¿Les damos solo a ellos papeles en Anatomía de Grey y echamos a la impostora que hace de Meredith?

domingo, 2 de septiembre de 2018

Trenes que pasan cuando ya no los esperas

A comienzos de septiembre suelen abundar los reportajes y noticias relacionadas con el síndrome posvacacional. Siempre me han parecido rellenos muy ofensivos, sobre todo por su poca sensibilidad hacia aquellos que no pueden permitirse el lujo de disfrutar de unas vacaciones y, por supuesto, el único estrés que les atenaza es no encontrar un empleo. Hace un año yo estaba así y os puedo asegurar que detestaba escuchar hablar de lo duro que se les hacía a algunos volver al trabajo. Afortunadamente ahora las cosas han cambiado para mí, pero sigo pensando que el síndrome posvacacional es un bluf y que los medios deberían evitar ese contenido tan irrelevante.

Este verano no he tenido apenas vacaciones porque he estado laboralmente ocupada. La suerte, el destino, el cielo, un mecenas, un hada, un duende o yo qué sé quién… ha querido devolverme a la radio, de donde, por cierto, nunca debí salir. He regresado a este medio para reafirmarme en que lo amo ciegamente y descubrir que es el lugar donde la frase “trabajar es un placer” cobra sentido. Además, por primera vez me ha sucedido algo que siempre les pasaba a los demas y nunca a mí: estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Enrolarme en Onda Madrid para cubrir la baja maternal de una redactora pocas semanas antes de comenzar septiembre y con él una nueva temporada radiofónica, me va a permitir asistir a uno de los momentos más emocionantes en la radio. En este caso, además, la emoción es máxima porque hay muchos cambios, grandes fichajes, destacadas apuestas y nuevas aventuras en cuyos inicios tendré el honor y el gusto de participar. Formaré parte del equipo del programa informativo matinal, “Buenos Días, Madrid”, que conducirá desde el 3 de septiembre un gran profesional, Juan Pablo Colmenarejo, con el que nunca he trabajado y del que seguro aprenderé un montón. Tendré que alterar mis biorritmos para adaptarme a un horario de trabajo de madrugada, que ya he sufrido anteriormente, pero espero que el entusiasmo le gane la partida a los efectos secundarios de la vida nocturna.

Lo de menos es si mi estancia en este paraíso tiene una fecha de caducidad marcada por las 16 semanas reglamentarias del permiso de maternidad que se cumplen a finales de diciembre o si las circunstancias permitirán alargarla. Lo importante es que podré vivir ese subidón del primer programa, la piel de gallina con los primeros acordes de la sintonía de estreno, los nervios en el estómago cuando se enciende la luz roja, la (casi) orgásmica sensación de salir al aire, el vértigo del directo, el chute de adrenalina de la noticia de última hora…


Hay trenes que pasan cuando ya no los esperas y a los que sabes que te tienes que subir porque es difícil que pase ninguno más. A veces la vida te da una última oportunidad para corregir errores o, simplemente, para devolverte a la infancia, cuando soñabas fuerte pensando que así los deseos se hacían realidad.


jueves, 30 de agosto de 2018

Lo único que puedo decir sobre el 'unboxing' de Franco

Aviso. Me voy a meter en un jardín. Voy a hablar de Franco. Más concretamente de su exhumación. O como lo llaman los más ingeniosos, el unboxing de Franco. Yo tenía siete años cuando murió el dictador. Los recuerdos que tengo de mi vida en dictadura son… dejadme que piense… ¡ninguno! Como mucho, creo mantener algo fresco en mi memoria el momento en que nos dieron vacaciones en el colegio porque estábamos de luto. Si me apuráis, también recuerdo las imágenes en blanco y negro de la televisión en las que se podían ver colas kilométricas de españoles que querían pasar por la capilla ardiente del conocido como Generalísimo. Visto con la perspectiva que da el tiempo, seguro que entre tanto partidario los había que simplemente querían asegurarse de que estaba muerto. Dudo si pertenece a aquel día la imagen de mi abuela acumulando legumbres y otros alimentos de primera necesidad para aprovisionar bien la despensa. Por lo que pudiera pasar. O quizá eso fue con el 23F. No sé. El caso es que si conocéis algún niño o niña de siete años, entenderéis que a esa edad no comprendiera la magnitud del acontecimiento ni lo que suponía para el futuro. Es decir, a no ser que vivas alguna experiencia muy traumática durante la infancia, es complicado que conserves nítidos esos primeros años de vida. Así que tengo la impresión de haber vivido siempre en democracia.

Ya de adulta solo he estado una vez en el Valle de los Caídos. Me llamaba la atención esa gran cruz de piedra que se divisa a kilómetros de distancia. A pesar de que el entorno natural es privilegiado, cuando estuve allí me pareció un sitio frío, extraño. Sentí cierto desasosiego. Hice alguna foto desde debajo de aquella descomunal cruz y me fui pensando en todos los pobres diablos que trabajaron en la construcción del monumento, la mitad de ellos presos del bando perdedor de la guerra enviados para doblar el número de manos de obra y acelerar los trabajos. Estremece saber que allí hay enterradas más de 33.000 personas de ambos bandos. Que aquello es una gran fosa común. Muchos restos fueron introduciéndose en las cavidades de la edificación antes de concluir su construcción y con el tiempo se han ido fundiendo con ella. Es imposible extraerlos. Y es una pena. Imagino que las familias que saben que sus antepasados fueron enterrados allí, preferirían tenerlos en una tumba familiar donde rezarles el día de los Santos o incinerar sus huesos para esparcir las cenizas donde les diera la gana. No tener que pagarle a Patrimonio Nacional cada vez que quieren acercarse a Cuelgamuros para dejar flotando unas plegarias en el mismo lugar donde reposa el que se los arrebató. Devolver a los muertos a sus familias bien podría ser una prioridad. Igual que sacar de las cunetas y fosas comunes a los asesinados en la guerra. O, ya puestos, diseñar planes especiales de empleo para mayores de 50, dotar de mayores recursos a la investigación científica, legislar mejor contra el acoso sexual, apostar por romper techos, brechas y estereotipos femeninos o seguir ganando competitividad económica como nación a nivel mundial.  

Pedro Sánchez ha descartado la idea de hacer en el Valle un memorial por la reconciliación. Prefiere que se quede como lo que es, un gran cementerio civil de las víctimas de la guerra y posguerra. Lo difícil es darle el carácter de 'civil' a una basílica religiosa. En todo caso, creo que no es necesario hacer grandes monumentos. Basta con asegurarse de que la memoria histórica no se borre, que en las escuelas los niños sepan lo que es el Valle y lo que allí paso. Y que quien visite la zona, al margen de las familias de los fallecidos, sepa dónde están pisando. El problema es qué se les contará. Qué versión se escribirá en los libros de historia, qué sonará por las audioguías o qué se podrá leer en los carteles. Porque hay tantas versiones como bandos. Pensábamos que el paso del tiempo había cerrado las heridas de la guerra, que la mayoría de los que vivieron el trauma ya se habían muerto y los que quedaban eran tan viejos que casi lo habían olvidado, pero está visto que siempre quedan cicatrices. Encontrar el relato más justo, ese va a ser el mayor desafío para la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

En cuanto a Franco, personalmente me es indiferente lo que hagan con sus restos. He vivido todos estos años sin que me afectara la ubicación de su cadáver y no va a cambiarme la vida ahora porque lo saquen de allí, pero entiendo a quienes sufrieron la pérdida de familiares en la contienda y comparto sus argumentos. Franco no fue víctima de nada, murió de viejo después de años ejerciendo como dictador del país. Está claro que sus huesos no deberían estar en la basílica y menos en sitio tan preeminente. Así que trasladémoslo donde decida su familia, a un lugar privado al que los nostálgicos, que parece que aún quedan, puedan peregrinar el 20N o cuando lo deseen, sin ostentación ni cámaras. Pero hagámoslo bien. Sin desatender otros asuntos de más enjundia. Sin prisas. Sin saltarnos pasos. Llegando a acuerdos. Atando cabos. Y sobre todo, sin que la broma nos pase factura en todos los sentidos.

lunes, 20 de agosto de 2018

Un pirulí que todos quiere saborear

Desde que Rosa Mª Mateo fue designada administradora única de RTVE, leo en redes sociales muestras de hastío por los numerosos cambios y sustituciones que se están anunciando entre los profesionales de primera línea en la Corporación. He encontrado casi tantos testimonios de solidaridad con los caídos como de celebración por los relevos. Pero ciñámonos al último cese conocido, el de Víctor Arribas, que conducía La noche en 24 horas. Mientras unos medios resaltan que fue un controvertido fichaje, otros hacen hincapié en que conseguía muy buenos datos de audiencia y que, a pesar de todo, le han defenestrado.

Coincidí con Víctor en la radio y creo que algo puedo opinar. Me parece un buen periodista, un correcto profesional con tablas y mucha escuela. Es culto y, como punto extra a su favor, le gusta el cine clásico. Además la cámara le mima. Es atractivo y domina el medio televisivo, donde se ha ido curtiendo desde que debutó en Telemadrid. Salvo que tiene sus ideas y las ha compartido públicamente en su época de tertuliano (es lo que hace precisamente un opinador: opinar), como editor no me parece especialmente tendencioso y quienes denuncian algunos casos de manipulación en su programa, me parece que se la cogen con papel de fumar. Puestos a sacar punta, cualquier periodista manipula desde el momento que elige unos temas y no otros, un determinado orden de presentación y unos tiempos para cada asunto. Por muy objetivo que pretenda ser, el periodista es un ser humano, no un robot, tiene una ideología, una forma de pensar que se va filtrando en su manera de transmitir lo que cuenta. Unos disimulan más y otros ni lo intentan.

A pesar de todo, creo que a Arribas no le habrá sorprendido la noticia. Estoy convencida de que desde que Pedro Sánchez se estrenó como presidente, él sabía que tenía las horas contadas. Es así de triste. Los sabía él y todos los que como él desembarcaron en RTVE en la etapa en que gobernaba el PP, ya fuera como fichaje estella o como parte de eso que algunos llamaban “redacción paralela” donde, por cierto, conozco a algún otro profesional que, por haber aterrizado vía dedazo político, sobrevive con dificultad en medio del entorno hostil que es una redacción posicionada en contra y sin tener oportunidad de demostrar que su valía estaba por encima del enchufe.

Quiero recordar que ese mismo puesto lo ocupó Xabier Fortes –tan profesional y atractivo como Arribas- en época de Zapatero. Fue retirado del espacio cuando pasó a gobernar el PP y decidieron poner en su lugar a un hombre que -debieron pensar- se ajustaba más a la nueva línea editorial, Sergio Martín, quien luego pasaría el testigo a Víctor.

Es decir, cuando cambia el signo de los gobiernos (nacional o autonómico), los que entran tienden a colocar a gente de su confianza al frente de las televisiones públicas. Y esas personas, en un efecto dominó, suelen rodearse de otros afines. Cuando pasa en los medios públicos lo llaman politización, sea cual sea el partido que gobierne. Pero también ocurre en los medios de comunicación privados, donde esas prácticas obedecen a intereses más crematísticos. Y pasa, por supuesto, en las empresas de cualquier signo. Pasa en todas partes.

Durante seis años estuve trabajando en un gabinete de prensa de un ayuntamiento. A los dos años de empezar, hubo un cambio de alcalde, que no de partido, y prescindieron del que era mi jefe para darle el puesto a otro periodista de la confianza del regidor entrante. A mí me repescaron por tener a alguien –digamos- que pudiera servir de enlace entre lo viejo y lo nuevo. Cuando ese segundo alcalde concluyó su mandato y una serie de circustancias le impidieron seguir, el nuevo primer edil entrante decidió no continuar con el gabinete de prensa que existía e incorporar a otras personas a las que conocía y con las que había trabajado previamente. En ningún momento se planteó si el personal que realizaba esas funciones hasta entonces era bueno, malo o regular. Cortó por lo sano. Y yo me quedé en la calle. Ni me pilló por sorpresa ni me sentí traicionada. La vida del personal eventual tiene esas cosas. Tu nombramiento y cese van asociados al del alcalde y están sujetos a algo tan arbitrario como un decreto que puede decidir firmar el susodicho en cualquier momento. Ya me lo advirtieron cuando entré en el maravilloso mundo del personal de confianza. Sabía a lo que me arriesgaba.

De modo que estoy curada de espanto. Ya no me escandaliza todo este cambio de cromos. Los que mandan tratan de rodearse en su trabajo de amigos y conocidos porque así se aseguran de que no les torpedearán. Todo lo contrario. Van a cubrirles las espaldas. Desengañémonos, hay quien escoge lo malo conocido antes que lo bueno por conocer para evitarse sorpresas. En muchos casos también hay que pagar favores o proteger a quien un día te sirvió. En ocasiones todo se reduce a seguir consignas o instrucciones de arriba. Otras veces te ciegan los prejuicios. O simplemente todo se reduce a una cuestión de gustos.

A lo largo de mi carrera,  me han apeado de dos programas de radio que dirigía y presentaba. Una vez fue aprovechando un inoportuno embarazo que, por cierto, hoy se llama Bruno. En la otra simplemente porque los directivos prefirieron apostar por alguien con más nombre y recorrido. En ambos casos asumí que no había sido lo suficientemente buena para conservar el puesto. Con el tiempo he domado a mi parte más autocrítica y he entendido que no se le puede gustar a todo el mundo.

Resumiendo: Una pena lo de Víctor Arribas. Como también fue una pena en su día, hace seis años, lo de Xabier Fortes. Ahora cambian las tornas y le toca a este último volver a ser querido. Dirigirá Los Desayunos de TVE, dejando fuera de juego al que hasta ahora lo hacía, Sergio Martín. Y si en un año o dos cambia el color del gobierno, estoy segura de que volverán a cambiar las caras, aunque sea un color nuevo. Todos quieren tener el control sobre la radiotelevisión pública. Todos quieren saborear el pirulí. Lo peor es que ya estamos acostumbrados. Lo hemos visto demasiadas veces.