Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

martes, 12 de noviembre de 2019

Un aparcamiento no es la solución

El Ayuntamiento de Las Rozas ha iniciado los trámites para la construcción de un aparcamiento subterráneo en el bulevar de la calle Camilo José Cela, la arteria principal del Parque Empresarial del municipio. Se trata de un proyecto que figuraba en el programa electoral del partido que gobierna, el PP, como medida destinada a dar servicio a los numerosos trabajadores de las oficinas de esta zona, mejorar la movilidad y favorecer el uso del comercio local de proximidad.

Algunos vecinos del barrio, entre los que me incluyo, no vemos la necesidad de acometer esta obra. Quien no conozca el lugar no entenderá nuestro rechazo si lo que busca esta infraestructura es incrementar considerablemente las plazas de aparcamiento en el área. Por eso voy a tratar de explicar el trasfondo de la polémica haciendo un esfuerzo por no resultar muy pesada.

La zona de Las Rozas conocida como Parque Empresarial formaba parte en sus inicios, a finales de los años 80 del siglo pasado, de un desarrollo urbanístico con el que el Ayuntamiento planeaba atraer sedes de grandes multinacionales a su término municipal. Ubicándolas en esa zona, además, conseguía unir sus dos núcleos principales de población, entonces dispersos: el casco antiguo de Las Rozas y el barrio de Las Matas. Una década después, con el ánimo de ampliar el número de habitantes y viendo que los terrenos para oficinas no se vendían tanto como se esperaba, se recalificó el suelo para levantar viviendas.

Durante años ha existido una convivencia más que pacífica entre trabajadores y residentes. De hecho, los pequeños negocios de proximidad del bulevar central -bares, establecimientos de estética, tiendas de alimentación, bancos, librerías, clínicas dentales, farmacias, etc- tienen mucho que agradecer a los empleados que se desplazan desde Madrid o cualquier otro punto de la región de lunes a viernes. Pasan en Las Rozas casi todo el día, así que allí se alimentan, se depilan, se ponen un empaste, hacen compras de última hora e incluso se toman algo de afterwork.

Su presencia entre semana también se nota en las plazas de aparcamiento de las calles más próximas a las empresas y el eje comercial. A partir de las 7:30 de la mañana empiezan a ocuparse y a las 10 ya resulta complicado encontrar un hueco donde dejar el coche si uno decide visitar alguna de las tiendas de la zona. Eso provoca una constante doble fila, no solo generada por los vecinos de otros barrios que se desplazan en horario comercial a hacer sus recados, sino también por los propios propietarios de esos pequeños negocios que cuando van a abrir no encuentran un lugar donde dejar su vehículo y lo estacionan mal provisionalmente, a la espera de que alguien se vaya. Por no hablar de sus proveedores, que se las ven y se las desean para descargar la mercancía. Pero todo este caos desaparece cuando llega el fin de semana, momento en que el barrio recupera la tranquilidad y las bolsas de aparcamiento se quedan prácticamente vacías.


Por este motivo los críticos con el proyecto cuestionamos la conveniencia de gastar casi 12 millones de euros de dinero municipal –de todos- en una infraestructura que consideramos innecesaria y que, todo hace suponer, estará sin uso sábado y domingo, dado que esos días hay sitio de sobra para aparcar en superficie y gratis. Además, albergamos serias dudas de que los trabajadores de la zona vayan a utilizarlo masivamente entre semana, puesto que la mayoría parece aspirar a ocupar con su coche un hueco lo más cerca posible de su oficina sin que le cueste un céntimo. De hecho, a medida que uno se aleja del radio de acción de las distintas empresas, aumenta considerablemente el número de plazas libres para aparcar. Incluso a menos de un kilómetro de allí se encuentra el parking abierto, vacío y gratuito de un centro de ocio y un poco más allá está el recinto ferial con numeroso espacio para dejar el vehículo. Pero a nadie le apetece darse ese paseo ni antes ni después de trabajar.

Para ser justos, hay que decir también que a muchos empleados no les duelen prendas en pagar 40 euros al mes con tal de tener cerca una plaza de garaje donde dejar el coche mientras trabajan. La prueba está en que hay lista de espera para adquirir abonos mensuales en otro aparcamiento público ya existente en la zona, bajo la biblioteca Leon Tolstoi. Un parking, por cierto, que tiene una de sus dos plantas alquilada casi al completo por una de las empresas próximas.

Es probable que os estéis preguntando si los edificios de estas compañías no tienen su propio estacionamiento. Puede que incluso penséis que no debería darse una licencia de obra a proyectos que no contemplen la inclusión de garajes con plazas suficientes para cubrir las necesidades de sus futuras plantillas. Quizá no se fue demasiado estricto con ese asunto en su momento. El caso es que como he percibido en redes sociales cierta confusión al respecto, me he tomado la molestia de contactar con algunas de las más destacadas multinacionales radicadas en el Parque Empresarial para sondear si disponen o no de aparcamiento en sus instalaciones, si es gratuito o de pago, y si cubre la demanda de sus empleados. No todas han tenido la deferencia de atender mi petición, así que también me he visto obligada a recurrir a conocidos que forman parte de sus plantillas. Gracias a su testimonio ya podemos hacernos una idea más o menos general de los usos y costumbres de movilidad de sus trabajadores.

De momento, para empezar, no he encontrado ninguna empresa en la que cobren a sus empleados por dejar el coche. En cuanto a sus instalaciones, solo tres de las contactadas ofrecen plazas de garaje gratuitas a todos sus empleados. El resto tiene parking pero destinado a sus altos cargos y directivos con responsabilidades. Eso sí, la mayoría dispone de un servicio de autobuses lanzadera que unen la estación de Cercanías con sus sedes para facilitar el acceso a quienes optan por desplazarse en tren. No he podido contrastar con datos si son más los trabajadores que eligen el transporte público o los que optan por el vehículo privado, aunque yo díría que ganan los primeros por cómo llegan a primera hora de la mañana no solo los trenes, sino también las varias líneas de autobús que conectan Madrid con este punto del municipio en una media hora, si el tráfico lo permite.

Por cierto que no solo los trabajadores de la zona se pelean por los espacios para aparcar. También hay un instituto de reciente creación algunos de cuyos alumnos mayores de 16 años, con permiso para conducir coches sin carnet contribuyen con sus pequeños vehículos a sobrecargar la zona entre 8:30 y 14:30. Ellos también quieren aparcar a la puerta del instituto, claro. Imagino que si por ellos fuera, lo harían en el parking del centro, pero es solo para sus profesores. Hablando del instituto, el aparcamiento de la polémica se excavaría al lado mismo de este centro educativo, casi concluido tras una latosa construcción por fases de más de seis años. Es decir, después de haber soportado interminables obras habría que aguantar una más en una calle donde el trasiego de chavales es constante.

En definitiva, construir un aparcamiento subterráneo no es la solución. Creo que antes de afrontar una obra de esta envergadura y con tan alto coste, podrían estudiarse muchas otras medidas encaminadas a mejorar la movilidad. Por ejemplo:

-No sería descabellado recuperar y hacer efectiva la idea del Estacionamiento regulado solo en el bulevar central, en la zona del comercio de proximidad, para que haya mayor rotación en esas plazas y ‘animar’ a quienes las ocupan durante toda la jornada a que aparquen unos metros más lejos, donde no haya parquímetro pero sí sitios.


-Modificar la distribución de los espacios en las bolsas de aparcamiento para optimizar su uso y, por ejemplo, convertir en plazas de estacionamiento en batería lo que ahora son en línea, lo que permitiría ampliar el espacio.

-Existen dos centros comerciales en este radio de acción con amplios parkings ya construidos y gratuitos que podrían dar el mismo servicio que el que planea edificar el Ayuntamiento.


-Dado que muchos vecinos hacen el viaje al contrario, es decir, salen con su coche de su garaje particular a primera hora de la mañana para ir a trabajar a Madrid, quizá podrían estar interesados en contribuir a crear una bolsa de plazas en alquiler durante esas horas para quienes vienen a trabajar a Las Rozas.

-Fomentar una cultura del transporte público resulta primordial, siempre que previamente se mejore el transporte público, claro. Se podría empezar por crear una red interna de autobuses no contaminantes para que resulte más dinámico ir de un punto a otro del municipio y esto invite a los vecinos a dejar el coche en casa.

-Lo de poner multas tiene muy mala prensa, pero en ocasiones es lo único que funciona con determinados individuos. Así que animaría a los agentes municipales a multar sin miedo ni recato a quienes dejan el coche o la moto tirados donde quieren y como quieren con tal de no tener que andar. ¡Ojo! A cualquiera, sea residente o visitante.

-No es cuestión de espantar a las empresas que generan riqueza en el municipio, es cuestión de dialogar con ellas para que procuren la máxima ocupación de sus aparcamientos, fomenten el vehículo compartido y también se busquen conjuntamente fórmulas para premiar con incentivos a los empleados que contaminan menos. ¿Qué tal si se gratifica a quien elige el transporte público con, por ejemplo, un día libre extra mensual, la invitación a un menú semanal, un descuento en su abono transporte o un par de entradas para un espectáculo de la programación cultural del municipio? Sí, aunque suene a locura.

Ojalá el Ayuntamiento recapacite sobre el proyecto. Ahora que nos encaminamos inexorablemente a una crisis, desaceleración, recesión o como quieran llamarlo, más que nunca convendría que las administraciones públicas repensaran en qué invierten el dinero de todos.

viernes, 8 de noviembre de 2019

La muerte del puerta a puerta

Hace algunos días sonó el timbre de mi casa. Justo acabábamos de comer, así que serían las tres y media de la tarde. Al abrir la puerta encontramos a una pareja de jóvenes ataviados con un chaleco de la Cruz Roja. Venían buscando nuevos socios con una estrategia, a mi entender, bastante arriesgada: hacerse los graciosos.  “¿Qué? ¿Llegamos a comer?”, creo recordar que preguntaron muy dicharacheros. Cuando les cortamos el rollo con eso de “no queremos comprar nada”, rápidamente precisaron que no venían a vender sino a ofrecernos la posibilidad de asociarnos a esta organización humanitaria mediante el insignificante donativo de un euro al día. Les dimos las gracias por la oferta, que declinamos, y cerramos la puerta. Por supuesto que la causa solidaria que defendían me parece muy loable, pero ni era la hora para presentarse en ningún domicilio particular ni la mejor manera de captar socios, donantes o voluntarios en pleno siglo XXI.

No es la única visita inesperada, inoportuna e incómoda que hemos recibido en casa a lo largo de estos años. Han llamado a la puerta de mi piso vendedores de luz, gas, cosméticos, congelados…y hasta unos misioneros mormones, aunque cada vez son menos y todos reciben la misma respuesta.

Nunca me ha gustado la venta a puerta fría. Siento que invaden mi territorio, mi intimidad. Me provoca rechazo que un desconocido se presente en mi casa a ofrecerme sus productos sin invitarle. Por eso no entiendo cómo en estos tiempos todavía algunas organizaciones mantienen esa técnica anacrónica de la venta a domicilio. Mejor dicho, entiendo que quienes insisten en explotar esta fórmula lo hacen pensando que no todo el mundo es tan borde como yo. Y también confiando –supongo- en que las personas mayores son más educadas y tienen mayor predisposición a tragar el anzuelo. Todos conocemos casos de abuelos que han sido víctimas de estafas por parte, por ejemplo, de falsos revisores de luz o gas que se aprovecharon de su buena fe. No olvidemos, por cierto, que desde finales de 2018 en España está prohibido comercializar a domicilio sin cita previa este tipo de suministros.

Con esto no quiero decir que todo el que se busca el pan peregrinando vivienda a vivienda sea sospechoso. Imagino que no le queda otra y que también sufre los numerosos inconvenientes de ese trabajo: toparse con gente como yo, tener que poner buena cara a pesar del cansancio, aguantar los portazos, al jefe que le aprieta para hacer cuadrar los números... Lo que me reafirma en mi postura de que este tipo de práctica comercial terminará extinguiéndose más pronto que tarde dado que hoy en día existen otras muchas maneras de llegar al cliente sin necesidad de interrumpir su vida cotidiana ni violentarle.

Hasta esta misma semana en que se ha anunciado su cierre, el Círculo de Lectores seguía funcionando mediante este sistema, el puerta a puerta. Cuando todo el mundo se pone nostálgico recordando al agente vendedor que le hizo socio de ese club de lectura y le llevaba puntualmente la mercancía, a mí lo que me sorprende es que todavía existiera. El Círculo de Lectores tenía sentido en pequeños núcleos de población donde no había biblioteca y la única librería abierta disponía de un catálogo muy básico. En una época, además, en el que no temías que quien llamaba a tu puerta fuera con malas intenciones. Pienso en Toro, el pueblo en el que nací. Allí sí tenía buena clientela. Mi amiga Carmen, sin ir más lejos, era una fiel socia que siempre encontraba en su revista algún libro como obsequio en los cumpleaños. Yo misma conservo algunos de sus regalos en mi estantería. Pero hoy en día, en este mundo digital, con las nuevas tecnologías, hasta en los pequeños pueblos se tiene acceso ya a las novedades literarias de muchas otras maneras y sin necesidad de esperar la llegada de la revista del Círculo. Que en paz descanse. Igual que, en breve, el puerta a puerta.



jueves, 31 de octubre de 2019

Ojo al dato

El Instituto Nacional de Estadística ha anunciado que va a monitorizar los teléfonos móviles de los españoles durante ocho días para realizar un estudio sobre hábitos de movilidad de los ciudadanos que resulte más preciso que las simples encuestas. Para que nos quedemos tranquilos puntualizan que la información va a ser anónima con fines estadísticos, es decir, no van a “espiar” a cada individuo, sino que las operadoras de telefonía proporcionarán datos en bruto, como el número de móviles que hay en determinadas posiciones en cada tramo horario seleccionado o cuándo se desplazan los dueños de los terminales. Toda la información obtenida permitirá a las administraciones, por ejemplo, rediseñar y optimizar la red de transporte o hacerse una idea precisa de cuánta gente trabaja fuera o en el mismo lugar donde reside.


La noticia ha sido recibida por los ciudadanos de a pie con una mezcla de sorpresa e indignación. La mayoría han puesto el grito en el cielo ofendidísimos por lo que consideran una intromisión del Estado en su intimidad. Incluidos algunos expertos en ciberseguridad. Me sorprende esta reacción. Pensaba que todo el mundo era perfectamente consciente del grado de hipervigilancia al que estamos sometidos y asumían con resignación la cruda realidad: que nuestros datos andan por ahí fuera y están siendo convenientemente explotados vaya usted a saber por quién. Se me ocurren varios ejemplos:

-Las tarjetas de fidelización, ¿qué pensabais que eran? ¿Un premio a vuestros arrebatos de compra compulsiva? Me temo que no. Para los negocios es la mejor manera de obtener información personal del cliente y conocer sus hábitos de consumo. Cada vez que mostramos la tarjeta de cliente en el supermercado, en la gasolinera, en la tienda de deportes o en la peluquería quedan registrados nuestros movimientos, costumbres, frecuencias de uso, si somos de darle al tinto o a la cerveza, si preferimos el tenis al fútbol, si nos pasamos el día en la carretera o si nos teñimos una vez al mes. Así que cada descuento que conseguimos, creedme, lo estamos pagando con algo más valioso que el dinero, nuestros datos.

-Cuando entramos en cualquier página de internet, toda nuestra navegación termina registrada en las famosas cookies. ¿Por qué creéis que a veces la red nos lee el pensamiento? Porque le hemos ido dando muchas pistas de cómo somos y qué buscamos. La nueva Ley de Protección de Datos ha servido para que al menos el usuario sea consciente del terreno que pisa, aunque todavía hay empresas que se arriesgan a bordear la legalidad por un puñado de datos.

-Otro tanto ocurre con las redes sociales, en particular Facebook. Cuenta con un perfil único de cada uno de sus usuarios eleborado gracias a la información que voluntariamente facilitamos. Así que el famoso algoritmo decide por nosotros lo que aparece en nuestro muro y la publicidad con la que nos bombardea en función de nuestros ‘me gusta’ y de las interaciones con nuestros ‘amigos’. Al final vemos lo que considera Facebook que debemos ver, no lo que queremos ver. Precisamente esta red social sigue en el punto de mira y afronta una multa millonaria por el mal uso que dio a los datos personales de muchos de sus usuarios.

-Cuando nos registramos para acceder de manera gratuita a cualquier aplicación, nos damos de alta en un servicio o participamos en un concurso en el que debemos rellenar campos como nuestro nombre, dirección, teléfono, fecha de nacimiento, etc, estamos regalando nuestros datos personales y nos arriesgamos a que comercien con ellos. Luego no deberíamos sorprendernos que nos lleguen ofertas comerciales por correo o por teléfono de empresas que no sabemos por qué tienen nuestros datos.

-Si vamos por la calle con el móvil encendido o un reloj inteligente estamos geolocalizados. Si pasamos por cualquier lugar donde hay cámaras, nos han pillado. Si entramos con nuestro coche a un parking con lectura automática de matrícula, estaremos fichados. Nuestros movimientos y patrones de conducta están siendo monitorizados constantemente y lo peor es que muchas veces no sabemos por quién ni qué uso podrá darle a esa información.

-En la tranquilidad del hogar tampoco estamos a salvo desde que se inventaron eso que llaman ‘el internet de las cosas’. Los electrodomésticos inteligentes que prometen facilitarnos la vida lo hacen a costa de nuestra privacidad. Desde las neveras que detectan cuándo van acabándose los huevos, hasta los televisores que te permiten hacer casi todo sin moverte del sofá, pasando por los sensores de luz, el encendido de la climatización a distancia o el robot de limpieza que, mientras absorbe pelusas, rastrea el mapa de la casa. Lo último son los asistentes virtuales de voz, ya sabéis, los cariñosos Ok Google o Alexa, un espía entre nosotros.

Si a pesar de todo esto, seguís negándoos en redondo a colaborar con el INE, lo tenéis sencillo. Dependiendo de la operadora que os proporcione el servicio, podéis excluiros de colaborar. Y en último extremo, siempre podéis apagar el teléfono móvil los días en que se realizará el seguimiento.

Por mi parte no tengo ningún inconveniente en que los del INE me rastreen. Al menos el big data terminará beneficiándome, si es que -como dicen- esto va a servir para diseñar planes y estrategias de movilidad realmente efectivos y que mejoren nuestra calidad de vida. Sinceramente, en toda esta historia, más que ser stalkeada, lo que me duele es que las operadoras (Telefónica, Vodafone y Orange) vayan a enriquecerse doblemente a nuestra costa.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Reivindicando la equidistancia

Llevo días remoloneando para no escribir sobre la tensión en Cataluña tras la sentencia del procés porque es un asunto delicado y espinoso. Me refiero a que digas lo que digas, alguien se sentirá molesto, de modo que resulta inevitable salir trasquilado. Al final me he armado de valor pensando que quizá haya más personas que compartan mi actitud y sientan cierto alivio al comprobar que no son unos bichos raros.

Empiezo por confesar que soy un poco pusilánime. Sí. No me avergüenza admitirlo. Según el diccionario, soy una persona que “muestra poco ánimo y falta de valor para emprender acciones, enfrentarse a peligros o dificultades o soportar desgracias”. Entendedme, disfruto discutiendo en el sentido estricto de la palabra, es decir, me gusta defender mi punto de vista ante personas que no piensan como yo, pero sin intentar imponerles mi argumento ni actuar como si estuviera en posesión de la verdad absoluta. A pesar de ello, suelo huir de peleas y conflictos. En el momento en que mi interlocutor se vuelve irracional, eleva el volumen, noto su aliento en mi cara y recrudece su lenguaje, una menda se retira. “¡Para ti la perra gorda!”, pienso. Me da igual si lo interpreta como una victoria por su parte. En mi orden de prioridades existenciales no aparece jugarme el pellejo por ganar un debate de oratoria.

Dicho esto, ya habréis adivinado que no encontraréis en esta líneas una nueva militante para ninguna causa. No me van las trincheras y, como ya he dicho en este mismo blog, no soy de enarbolar banderas. Si acaso, la blanca. Así que no voy a defender ni culpabilizar de manera ciega absolutamente a nadie. Para mí no todo es negro o blanco. De hecho tengo cierta tendencia a ver una amplia gama de grises.

Respeto las leyes y entiendo que cuando alguien las incumple se arriesga a que le detengan, le juzguen y, si es declarado culpable, cumpla su pena. Si a un ciudadano le parece injusta una ley, la democracia le proporciona los mecanismos para reclamar y, más aún, convencer al legislador de que estudie la posibilidad de revocar esa ley. Si alguien es detenido, juzgado y declarado culpable por una ley o un tribunal que considera injustos, la legislación le permite recurrir a otras instancias superiores. Y si definitivamente no hay marcha atrás, contempla su derecho a protestar e incluso a solicitar un indulto o la amnistía.

Comprendo que haya catalanes que deseen la independencia, aunque los nacionalismos me parecen tan demodé como levantar fronteras en un mundo globalizado e hiperconectado. Pero me gustaría que ellos también entendieran que la manera de llegar a ese punto no es a las bravas, sino empezando por el principio. Confirmando primero que una mayoría de los catalanes está de acuerdo. Planteando entonces su proyecto al Parlamento, promoviendo una reforma de la Constitución que contemple la posibilidad de que haya un referéndum y que, dado que es una parte del Estado español, todos los ciudadanos de este país podamos también expresarnos en las urnas sobre esa hipotética independencia. Todo lo que no sea seguir esa vía es ir contra el sistema, saltarse las reglas del juego y buscar camorra. Y en esas siguen.


Estaremos de acuerdo en que si hay un camorrista antisistema principal en este conflicto es el propio presidente de Cataluña, Quim Torra, digno heredero de Carles Puigdemont y, para muchos, marioneta de este. La historia juzgará a ambos como se merecen. Nada más conocerse la sentencia, e incluso antes de hacerse pública, Torra fue el primero en animar a los catalanes, de manera muy irresponsable, a salir a la calle a hacerse oír. ¿Cómo? Alterando el orden público de Cataluña. Cortando calles y carreteras, paralizando aeropuertos y vías férreas… En resumen, fastidiando al resto de catalanes y a los turistas, un sector que representa el 12% de su PIB. Lo que vulgarmente se llama escupir para arriba. Ambos han inspirado ese Tsunami Democràtic y acciones pacíficas, pero tan poco cívicas, como tirar bolsas de basura ante la Delegación del Gobierno en Barcelona, arrojar pintura contra un furgón de los Mossos o echar a peder con Fairy el agua de la fuente de la Plaza de España. Y lo peor, han dado alas y gasolina a los pirómanos que han convertido el centro de la capital catalana en su campo de batalla, condenando a los vecinos de la zona a noches infernales y a la ciudad entera a ver cómo se esfumaban tres millones de euros en desperfectos.

No existe justificación para la agresividad de los causantes de los disturbios y nada tiene que ver esa violencia con el independentismo. Hablamos de unos bandarras camorristas que saquean la propiedad privada, destrozan mobiliario urbano, retan a la autoridad y se encaran con muy malas pulgas con quien les llama la atención. Bajo esos pañuelos y capuchas con los que protegen su identidad, adivino a jóvenes como los demás, que comparten sus proezas en redes sociales y parecen moverse en un mundo paralelo. Como si jugaran a un videojuego de realidad aumentada y lo de tirar adoquines de 3 kilos a las cabezas de los policías fuera una travesura, sin pensar que las consecuencias de romperle la crisma a un antidisturbios de carne y hueso son mucho peores que el Game Over en el Fortnite Battle Royale. Lo peor es que son lo que entre todos hemos creado y representan nuestro fracaso: el de un sistema educativo que a lo mejor confundió valores con doctrinas, el de sus progenitores que aplauden el arrojo del niño, y del propio Gobierno que les hace promesas que luego no cumple.  

Tampoco puedo aplaudir a los agentes que, según hemos podido ver en imágenes, han podido extralimitarse en la represión de algunos de los alborotadores y, de rebote, de otras personas pacíficas e inocentes que el único delito que cometieron fue no estar encerradas en casa hasta que escampara. Pero me pongo en la piel de los policías y mossos que están a pie de calle cumpliendo con su deber, que es proteger el orden público, y entiendo la situación de estrés que debe generar una lluvia de piedras sobre tu cabeza y ser el blanco de una turba enloquecida e hiperexcitada a la que el subidón de adrenalina le impide poner a funcionar la única neurona que maneja su raciocinio. Por cierto, nunca he desobedecido a ningún policía ni cuestionado las órdenes de un representante de la autoridad. Si pensara que comete un error, trataría de planteárselo educadamente y, en todo caso, presentaría una queja formal a posteriori. Nunca se me ocurriría insultar a un agente de la autoridad ni resistirme a una detención. Y eso que España no es EEUU, donde la Policía no permite ni media gilipollez. ¡Ah! Y tampoco me atrevería a pasearme con una bandera de España por medio de una manifestación de independentistas catalanes. Ya sé que todos tenemos tanto derecho como ellos a pisar las calles y exhibir los símbolos que nos representan pero, como dije antes, soy pusilánime y creo que tal gesto sería visto como una provocación, lo que derivaría en problemas, y eso es precisamente lo que prefiero evitar. Como trato de evitar los callejones oscuros, el metro de madrugada, una pelea de ultras en los alrededores de un estadio, montarme en un coche con un conductor bebido o manipular material pirotécnico, cualquier cosa que pueda hacerme sufrir y acabar conmigo en el hospital.

Por cierto, ya que menciono el hospital, no me gusta que el personal sanitario, ese al que confiamos nuestra salud y nuestras vidas, ataviado con su uniforme y durante su jornada laboral, se dedique a gritarle al presidente del Gobierno -sea Sánchez u otro, sea mejor o peor- cuando visita a los policías ingresados tras los disturbios. Si al menos lo hubieran hecho reivindicando más medios para la investigación de enfermedades o menos recortes en la Sanidad Pública, todavía tendrían un pase. Espero mayor profesionalidad y menos partidismo de unos servidores públicos. No obstante mi empatía me lleva a entender que quizá la mitad de ellos no tienen otra alternativa que secundar protestas y huelgas si no quieren ser señalados y perseguidos por los que se han arrogado el título de defensores de la república catalana. Mientras que la otra mitad imagino que simplemente actúan como se espera de alguien que ha sido sometido durante años a un pensamiento único. Como todos esos que atacan e insultan a los periodistas al grito de “Prensa española manipuladora”.

Por cierto, no penséis que a la prensa no le voy a poner ningún pero. A pesar de que los reporteros han cumplido más que dignamente su labor en un entorno tan hostil, he echado de menos algo de filtro. La competencia del smartphone como aliado del periodismo ciudadano, junto con las horas eternas de emisión de especiales, han generado una inútil ansiedad por ofrecer todas y cada una de las imágenes compartidas por los usuarios de redes sociales. Tal vez olvidan que la misión del periodista, hoy más que nunca, es desenmascarar fakes y contextualizar la información, no soltar a chorro y en bucle cualquier material venga de donde venga, sin pararse a analizar la conveniencia o no de su emisión. Al final, como las redes, se arriesgan a magnificar los acontecimientos, sobreexcitar al espectador e inocular en la audiencia mayor confusión. En las primeras ediciones de Gran Hermano recuerdo que se repetía mucho una frase que terminó convirtiéndose en una expresión de pitorreo empleada como muletilla por cualquiera. Decían los concursantes “Es que aquí dentro todo se magnifica”, dando a entender que el aislamiento, la falta de libertad de movimientos y la convivencia con las mismas personas durante mucho tiempo te llevaban a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier nimiedad y a ser incapaz de razonar. Me acordé de este experimento televisivo cuando las protestas alcanzaban su máximo apogeo y contacté con mis familiares de Cataluña para saber cómo lo llevaban. Mi madrina estaba pendiente de una operación de cataratas, así que andaba la pobre doblemente preocupada. Estas fueron sus palabras: “Nací en una guerra y no quiero morirme en otra”.

Ahora podéis llamarlo equidistancia y no me molestaré. Es más, reivindico mi derecho a ser equidistante y, si hay que militar en algo, hacerlo en el equilibrio, la sensatez, la prudencia y la cordura.