Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

sábado, 21 de noviembre de 2020

Tranquilos, los centros de educación especial no están en peligro

Hace unos años visité por trabajo un centro de educación especial, lo que me permitió aproximarme a una realidad que no suele mostrarse con frecuencia. Las veces que estuve en este colegio vi niños con parálisis cerebral, inmóviles en sus sillas de ruedas, que necesitan que les den de comer y les cambien el pañal. Otros sufren enfermedades degenerativas que les van inhabilitando en el aspecto motriz, pero mantienen intacta su capacidad intelectual, lo que les tiene frustrados y muy enfadados con el mundo. Los hay que presentan menor dependencia, pero difícil grado de integración. Encuentras chavales con diversos trastornos del espectro autista, que a simple vista podrían pasar por alumnos de cualquier escuela pública, hasta que intentas entablar una conversación con ellos y detectas que no razonan o actúan como lo harían aquellos. También hay adolescentes con síndrome de Down y algunos otros que, por sufrimiento fetal en un parto complicado, tardan más que el resto en asimilar conceptos. La mayoría son personas desinhibidas que no se rigen por los patrones sociales que nos coartan la libertad al resto. 

Resulta impresionante ver cómo interactúan con ellos los especialistas y monitores del centro y cómo las terapias de estimulación a las que les someten consiguen resultados que para el común de los mortales podrían parecer discretos, pero que para los expertos en la materia representan verdaderos triunfos.

El centro contaba con abundantes medios y personal para tratar cada una de las patologías de la manera más adecuada. Recuerdo ver sonreír sobre un caballo en una sesión de equinoterapia a una alumna que hasta entonces habían permanecido en un rincón ajena a la llegada de aquellos extraños que invadimos su espacio disturbando su rutina cotidiana. No se me olvidan tampoco las carcajadas silenciosas de un chaval, reclinado en su silla adaptada, cuando le salpicaron los compañeros que chapoteaban en una pequeña piscina hinchable instalada en el patio del colegio cuando el calor de junio invitaba a refrescarse con juegos de agua.

Durante esas visitas entendí que lo más valioso que aprendían todas estas personas era a reconocerse, aceptarse y valerse por sí mismos en la medida de lo posible. Escribir, leer y contar eran también objetivos de aprendizaje, pero no la prioridad. Los éxitos de cada día tenían más que ver con pequeños logros afectivos, como un abrazo, una palabra, un botón que entrara en el ojal o un gesto que confirmara que se sentían queridos y valorados.

Niño con discapacidad
Imagen de falco en Pixabay

Un recurso muy valioso

La importancia de estos centros de educación especial es tan grande que nadie en su sano juicio maquinaría para cerrarlos. ¿Quién querría suprimir un recurso tan valioso? Por eso me extraña que esté circulando como cierta la creencia de que la Lomloe (Ley Orgánica de Modificación de Ley Orgánica de Educación), aprobada recientemente en el Congreso y conocida como ‘Ley Celaá’ por la ministra, pretenda cerrar los centros de educación especial y eliminar este tipo de enseñanza. El texto de la ley no dice absolutamente nada de eso. Si no me creéis, aquí tenéis el párrafo en cuestión para que lo comprobéis vosotros mismos.

Disposición adicional cuarta. Evolución de la escolarización del alumnado con necesidades educativas especiales.

Las Administraciones educativas velarán para que las decisiones de escolarización garanticen la respuesta más adecuada a las necesidades específicas de cada alumno o alumna, de acuerdo con el procedimiento que se recoge en el artículo 74 de esta ley. El Gobierno, en colaboración con las Administraciones educativas, desarrollará un plan para que, en el plazo de diez años, de acuerdo con el artículo 24.2.e) de la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas y en cumplimiento del cuarto Objetivo de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, los centros ordinarios cuenten con los recursos necesarios para poder atender en las mejores condiciones al alumnado con discapacidad. Las Administraciones educativas continuarán prestando el apoyo necesario a los centros de educación especial para que estos, además de escolarizar a los alumnos y alumnas que requieran una atención muy especializada, desempeñen la función de centros de referencia y apoyo para los centros ordinarios.

Resumiendo: lo único que establece es que en diez años los centros educativos públicos deberán tener los recursos necesarios para atender a los alumnos con discapacidad, en un intento por favorecer la inclusión total de estos niños y que no se sientan apartados de los llamados “normales”. Eso es lo que lleva reclamando mucho tiempo el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI). Y, además, subraya que los centros de educación especial seguirán acogiendo a quienes necesiten atención más especializada.

Sobre quién y cómo decidirá el destino escolar de estos niños, la nueva ley apenas modifica la anterior, salvo para introducir un detalle que me extraña que no existiera en la anterior: la opinión de los padres, a los que a partir de ahora se les va a escuchar e informar. Aquí reproduzco exactamente lo que dice la reforma sobre el procedimiento que recoge el artículo 74 que se cita en el texto anterior:

Cincuenta. Se modifican los apartados 2, 3 y 5 del artículo 74 quedando redactados en los siguientes términos:

“2. La identificación y valoración de las necesidades educativas de este alumnado se realizará, lo más tempranamente posible, por personal con la debida cualificación y en los términos que determinen las Administraciones educativas. En este proceso serán preceptivamente oídos e informados los padres, madres o tutores legales del alumnado. Las Administraciones educativas regularán los procedimientos que permitan resolver las discrepancias que puedan surgir, siempre teniendo en cuenta el interés superior del menor.”

“3. Al finalizar cada curso se evaluarán los resultados conseguidos por cada uno de los alumnos y alumnas en función de los objetivos propuestos a partir de la valoración inicial. Dicha evaluación permitirá proporcionar la orientación adecuada y modificar el plan de actuación, así como la modalidad de escolarización, que tenderá a lograr el acceso o la permanencia del alumnado en el régimen más inclusivo.”

“5. Corresponde asimismo a las Administraciones educativas favorecer que el alumnado con necesidades educativas especiales pueda continuar su escolarización de manera adecuada en las enseñanzas postobligatorias; adaptar las condiciones de realización de las pruebas establecidas en esta Ley para aquellas personas con discapacidad que así lo requieran; facilitar la disponibilidad de los recursos y apoyos complementarios necesarios y proporcionar las atenciones educativas específicas derivadas de discapacidad o trastornos de algún tipo durante el curso escolar.”

Así que, a quienes decís que en el fondo todo responde a una maniobra maquiavélica de este Gobierno para ir vaciando estos centros poco a poco hasta hacer que cierren por falta de alumnos, siento deciros que, a la educación especial, lamentablemente, nunca le van a faltar alumnos.

Mucho tendría que cambiar la escuela pública

Me confieso defensora de la educación pública, de que todos tengamos las mismas oportunidades, de la integración y la inclusión. Mi hija ha coincidido en la escuela y el instituto con un niño con discapacidad sensorial, otro con síndrome de Down y varios compañeros con dificultades de aprendizaje a los que las maestras especialistas en PT (pedagogía terapéutica) realizaban adaptación curricular. Creo que enriquece a los niños comprobar que existen otros niños diferentes y socializar con ellos. Pero seamos realistas; esta valiosa experiencia solo es posible en casos leves. Hay muchos otros casos en los que el grado de discapacidad convierte en sencillamente inviable esta opción, por no hablar de que sería, además, perjudicial para el propio menor.

En una escuela pública en la que escasean los recursos me extraña que en diez años vayan a cambiar tanto las cosas como para reforzar el personal, contratar profesores de apoyo especializados, formar a los docentes en diversidad, acometer obras integrales para adaptar los centros o reducir las ratios en las aulas, algo que hasta ahora solo ha conseguido la pandemia. Para todo eso hacen falta medios y me temo que los que manejan las cuentas siempre encontrarán otras prioridades. A las pruebas me remito. Madrid contrató profesores de refuerzo este curso para ayudar a los niños que arrastraban carencias por ese último trimestre de clases que pasamos confinados y no piensa renovarles una vez que acaben estos tres meses de contrato porque económicamente no podrían afrontarlo.

Por no mencionar otra triste realidad. Admitámoslo, tenemos un sistema educativo en el que el alumno que requiere más atención o va más lento resulta un estorbo, porque retrasa a la clase y da más trabajo al profesor. Y se trata de niños sin discapacidad. Me pregunto cómo afectaría a estos 'ritmos' una política educativa realmente inclusiva. 

Si nada de lo que acabáis de leer os ha hecho cambiar de opinión o, al menos, tranquilizaros, siempre os queda la esperanza de que antes de diez años cambie el signo político del Gobierno y el que venga derogue por enésima vez la Ley de Educación vigente.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Sociedad adolescente

¿No os pasa que cuando no podéis hacer algo, más os apetece? Y luego, cuando ya no hay cortapisas que valgan, lo que no tenéis son ganas. O fuerzas. O valor. O interés. O ya es demasiado tarde. 

Hablo del asombroso poder de la prohibición. Prueba a prohibir algo y ya verás cómo seguramente alguien que antes no había reparado en ello sentirá el irrefrenable deseo de probar lo prohibido. Las drogas, sin entrar a fondo en el debate, podrían servir como ejemplo. Aunque el más gráfico lo encontramos en el alcohol y el tabaco, sustancias cuyo consumo está vetado a menores de edad y que, en la práctica, terminan convirtiéndose en el muro que aspira a saltar cualquier chaval que tiene prisa por llegar a la edad adulta. 

Pienso también en la etapa de represión que vivió este país hace décadas, cuando las escenas eróticas en las películas eran censuradas y resultaba imposible ver un pecho, un pene o un culo en la gran pantalla. Ese batallón de guardianes de la moral propició que surgiera una generación de, por un lado, seres disfuncionales que se ponían como motos solo con contemplar un cuello o un tobillo femenino y, por otro, revoltosos que desafiaban al rancio sistema cruzando los Pirineos para refugiarse en algún cine de Perpiñán donde se proyectaba ‘porno de entonces’ sin cortes en los momentos más inoportunos. 

A veces ni siquiera es necesaria la prohibición. Basta con que algo no sea recomendable para asistir en primera fila a un combate de full contact entre tus bajos instintos y tu fuerza de voluntad. Pensad, por ejemplo, en aquellas personas condenadas a una vida monacal por culpa del resultado de una analítica. Su médico de cabecera les advierte de los peligros que entrañan los hábitos poco saludables para sus niveles de colesterol pero, a pesar de la advertencia o precisamente por ella, salen de la consulta deseando atiborrarse a grasa. 

Recomendar o prohibir

Observo que, por lo general, el individuo como parte de una colectividad necesita que le tutelen. Solo funciona con prohibiciones y obligaciones. Si no existieran un código de circulación, unos límites de velocidad, señales que indican cómo proceder y la amenaza de multas sobrevolando, pocos conducirían de manera responsable pensando en proteger su vida y la de los demás. 

Si este fin de semana largo no hubiera un cierre perimetral en la Comunidad de Madrid y otros territorios autonómicos así como restricciones relacionadas con el aforo, los horarios o la mascarilla, la gente seguiría comportándose como si estuviéramos en 2018, a pesar de las cifras que nos está dejando esta segunda ola de la pandemia. De hecho muchos ya lo hacen

Imagen de Wokandapix en Pixabay

Este domingo finaliza La Vuelta en Madrid y el Ayuntamiento de la capital ha recomendado a los vecinos que no acudan a recibir a los ciclistas para evitar aglomeraciones. Apuesto a que, a pesar de ello, el pelotón se encontrará arropado por aquellos que no renuncian a su libertad personal. Somos una sociedad adolescente que no entiende lo de la ‘responsabilidad individual’. De modo que las recomendaciones no sirven de nada. Para que la gente no haga algo hay que prohibírselo, como cuando un padre le dice no a su hijo, aún a riesgo de que se enfade, proteste y te monte una noche de disturbios

Ganas reprimidas

Confieso que desde que la pandemia se instaló en nuestras vidas yo también estoy experimentando más ese deseo de libertad, pero reprimo las ganas de romper las reglas.  Cosas de la madurez. Cuando nos confinaron en marzo el cuerpo me pedía kilómetros, avanzar, moverme, correr, salir, justo lo que no se podía hacer. Eso fue al principio. Luego, cuando llegó la relajación de restricciones, resultó que ya no me seducía la idea de tirarme a la calle con el resto de vecinos histéricos a los que observaba hipnotizada desde mi terraza. El paso del tiempo había contribuido tanto a mi adaptación a la nueva situación que la vida fuera de mis cuatro paredes me parecía sin sentido y peligrosa. 

Repuesta de esa anomalía pasajera, recobré también las ganas de viajar, pero la situación sanitaria era incompatible con la movilidad. De modo que mi pasaporte sigue caducado y mi ‘Lista de lugares que me gustaría conocer antes de morirme’ se mantiene intacta con los mismos tachones que hace dos años. Porque ahora que el coronavirus ha dejado el sector del turismo tiritando y algunas compañías aéreas ofrecen vuelos a precios de risa, la sola idea de tener que someterme previamente a una PCR, la necesidad de rastrear toda la geografía para saber en qué destinos tendría vetado el acceso por ser española o la obligación de ‘cuarentenarme’ diez o quince días al llegar al lugar elegido me retraen profundamente de viajar. 

Por poner algún otro ejemplo ajeno a la maldita Covid, los que tenéis hijos supongo que recordaréis alguna noche en la que os apetecía mucho algo de intimidad con vuestra pareja, pero no había manera de que vuestras criaturas conciliaran el sueño. Probablemente no os quedó otra que refrescar las expectativas y aplazar los deseos a una mejor ocasión. Quizá al día siguiente los críos cayeron rendidos pronto y entre sacar la libido a pasear o sumar valiosas horas de sueño, no hubo lugar a dudas. 

A veces pienso que la vida viene con errores de desarrollo, como algunas apps. Es como si no hubieran hecho todos los test de usuario necesarios para asegurarse de que las funcionalidades se ejecutan sin problemas. Cuando pasa el tiempo y tus hijos empiezan a ser más autosuficientes una vez superada la etapa de la infancia, te encuentras un fin de semana con toda la casa para ti y puede que lo que te pida el cuerpo no sea un maratón de sexo, sino de capítulos de tu serie favorita mientras te tomas un vino. No siempre, tranquilos. También alguna vez se alinean los planetas. Y ya sabéis, con esto pasa como con el comer y el rascar. Todo es empezar.

sábado, 17 de octubre de 2020

Generación Covid

Cuando comenzaba a escribir esto, eran las once y media de la mañana de un jueves y mi hijo de 15 años seguía metido en la cama. Ese día no le tocaba clase en el instituto. Es lo que llaman semipresencialidad

Para reducir el número de alumnos por aula han dividido las clases en dos grupos, de manera que lunes, miércoles y viernes de una semana mi hijo se sienta en un pupitre del centro con la mitad de sus compañeros y a la semana siguiente hace lo propio martes y jueves. El resto de los días, teóricamente debería dar clase a distancia. O eso nos habían vendido. Pero da la casualidad de que, por pitos o por flautas, no está siendo así. 

Yo, que soy una ingenua, había creído posible que un profesor instruyera a la vez a los que se encuentran físicamente en el aula y a quienes están sentados frente a un ordenador en sus casas. Sí, eso es posible, pero en el cine o en los colegios privados. En el instituto de mis hijos, para empezar, los ordenadores no disponen ni siquiera de cámara. 

De todos modos, los responsables del IES nos han explicado que la red del centro no soportaría tantas conexiones a la vez. Así que mientras esperamos que la Comunidad de Madrid resuelva ese ‘pequeño inconveniente’, conocido hace meses, los chavales se enfrentan a la lotería de que los profesores que les han tocado en suerte tengan mayor o menor disposición a aliarse con la tecnología y volcarse con ellos. 

Por ejemplo, en el caso de mi hija, que afronta este año su último curso de instituto y la temida selectividad, ahora rebautizada como EBAU, parece que el claustro docente está más concienciado en la importancia de esta etapa. De ahí que ella sí mantenga una actividad casi normal en los días en los que a su grupo le toca quedarse en casa. Hay profesores que utilizan sus propios medios para realizar la conexión on line, incluso fuera del horario lectivo, y tiene una media de tres clases a distancia. 



He leído que la Inspección educativa en Madrid pretende supervisar cómo se está desarrollando este sistema semipresencial y me ha entrado la risa. No hay profesores y va a haber inspectores. 

Porque debo decir que, con todo, somos afortunados. Mis hijos ya tienen a todos sus profesores. Hay otros alumnos que aún no conocen a quienes les van a enseñar Lengua, Francés o Dibujo técnico porque no existen. Un mes después del comienzo de curso, aún no han llegado.
No es un caso aislado. Hace unos días me reenviaban por Whatsapp el lamento de una profesora de otro instituto del municipio donde resido. 

¿Por qué nadie habla de la falta de docentes en los centros públicos de nuestra comunidad? Un mes después del inicio de curso y aún hay grupos sin tutor o sin profesora de Matemáticas.(…)Adelanto los datos de mi centro (que es de los que mejor situación presentan): dos bajas sin cubrir desde inicio de curso y media jornada de otro docente aún sin asignar. 

Las familias se quejan a los que sí estamos presentes porque nadie ha sabido encauzar esa queja hacia las direcciones de área u otras administraciones. Pero los que vamos a trabajar a diario nos sometemos a cargas de trabajo ingentes por las guardias que hemos de cubrir y por las dificultades que supone un curso con semipresencialidad, mascarillas y alumnos o grupos completos confinados. Hemos perdido las fuerzas para batallar y quejarnos. Nos estamos, con perdón, aborregando. 

Según la Asociación de directores de institutos públicos de secundaria de Madrid, faltan 1.400 profesores (el 7,75% del total) en las plantillas de los institutos de secundaria de la Comunidad de Madrid. Y estamos hablando de profesores que tienen asignado un grupo de alumnos. Así que a esos chavales cada día se les presenta un profesor de guardia para intentar que esa hora no sea tiempo tirado a la basura, mientras a la vuelta de la esquina se aproximan los primeros exámenes. 

La Consejería de Educación admite que tiene problemas para encontrar profesores, sobre todo de algunas materias como Matemáticas, Inglés y Lengua. Se han creado más de 7.500 nuevos grupos de alumnos para ajustarse a las ratios establecidas, lo que exige contrataciones masivas en bolsas que ya están vacías, entre otras cosas porque la oferta de trabajo ha llegado demasiado tarde, cuando ya se habían adelantado a contratar otras comunidades donde, además, las condiciones salariales son más ventajosas. 

La guinda de todo este pastel la ha puesto la aprobación en el Congreso del Real Decreto que abre la posibilidad de que los alumnos pasen de curso y obtengan el título de ESO y Bachiller sin límite de suspensos y que se contrate a profesores que no tengan aún el máster que habilita para dar clase en esos niveles. 

Sinceramente, no sé cómo nos va a quedar esta generación Covid.

sábado, 19 de septiembre de 2020

No tengo ni idea de cómo se frena una pandemia

Con el comienzo del mes de septiembre, mi trabajo ha pasado a ser semipresencial, con lo que un par de veces por semana tengo que desplazarme hasta mi oficina, en plena Gran Vía de Madrid, desde la ciudad dormitorio en la que vivo a 21 kilómetros de la gran ciudad. Para llegar hasta allí utilizo el transporte público. Primero un autobús interurbano y luego el metro. 

Soy afortunada, mi entrada al trabajo no coincide con la hora punta, en la que es materialmente imposible mantener ningún tipo de distancia con nadie, así que hasta ahora estoy pudiendo evitar sentarme codo con codo con algún extraño. Sí, todos llevamos mascarilla y, por lo general, la mayoría bien puesta. Además, procuro ir con las manos limpias y echarme gel hidroalcohólico cuando termino los dos trayectos. Nunca se sabe si la barra en la que me agarro para no caer en los frenazos la ha tocado algún asintomático. Luego trato de mantener las distancias con el resto de pasajeros con los que me cruzo por los pasillos del suburbano y las aceras de la calle, pero es complicado porque no depende solo de uno. El otro día en unas escaleras mecánicas, por cada peldaño que yo bajaba para separarme de la persona que iba detrás de mí, demasiado cerca para mi gusto, ella bajaba también otro. Y así estuvimos hasta que llegamos al final. 


Cuando escucho decir que el transporte público es un lugar seguro y que hasta ahora no se ha podido documentar ningún brote asociado, no puedo evitar preguntarme cómo están tan seguros. No puedo creer que ninguno de los positivos que están aflorando como setas últimamente en Madrid no haya usado un autobús o un metro en los días previos. Me gustaría saber cómo detectan que el origen del contagio se encuentra en un lugar y no en otro. Si yo ahora diera positivo en Covid y tuviera que aportar al rastreador de turno el nombre y teléfono de las personas con quienes he tenido contacto esta semana solo sería capaz de mencionar a mis conocidos; pero imagino que todos los desconocidos que han ido conmigo en los cuatro autobuses y cuatro vagones de metro en los que he viajado deberían también ser alertados, algo materialmente inviable ni con un millón de rastreadores. 

Entre esos viajeros seguro que había alguno que reside en Usera, Puente de Vallecas, Villaverde o en cualquiera de las zonas en las que desde este lunes la Comunidad de Madrid va a restringir la movilidad. Ellos podrán seguir saliendo de su territorio confinado si van a estudiar o a trabajar. Y eso harán, porque hay personas para quienes su disyuntiva vital es Covid o hambre. 

El día que conocíamos las nuevas restricciones, la presidenta regional manifestaba su preocupación porque en Madrid 1.500 personas se habían saltado en los últimos tres días la cuarentena a la que están obligados por contagio de coronavirus o por contacto estrecho con un positivo. 

Entre esas personas imagino que hay trabajadores precarios que no pueden permitirse faltar al trabajo porque de ello depende el pan de sus hijos. Ni siquiera se atreven a plantear a su jefe la situación por miedo a que les eche. Y probablemente aciertan. No todos los empresarios acogen de buen grado las bajas inesperadas en la plantilla y menos sin que medie una enfermedad que impida trabajar. 

Quienes no guardan la cuarentena quizá no son conscientes de que ponen en riesgo al resto de la gente o, si lo son, no ven otra alternativa que arriesgarse a ser una bomba vírica. En otros casos se saltan el protocolo sanitario por puro desconocimiento. Por no hablar de que muchos de ellos puede que vivan en casas pequeñas con hijos, parejas, padres, en un espacio reducido donde resulta imposible mantener un aislamiento preventivo del resto de los convivientes. 

La cifra de 1.500 ‘irresponsables’ que mencionaba la presidenta regional puede ser solo la punta del iceberg, porque no hay rastreadores suficientes como para controlar que todos y cada uno de los ‘cuarentenados’ están cumpliendo. 

No tengo ni idea de cómo se frena una pandemia. Para eso están los expertos epidemiólogos. Yo solo sé mirar y hacerme preguntas.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Yo sí habría reconocido a Mercedes Ferrer

La cadena de televisión Antena 3 acaba de estrenar una nueva temporada del concurso de talentos La Voz. En el primer programa tenían preparado todo un sorpresón. Se presentaba como candidata en las audiciones a ciegas Mercedes Ferrer, una de las principales rockeras que ha dado este país, creo yo, junto con Luz Casal, Aurora Beltrán y Christina Rosenvinge. Una compositora cultivada -estudió en la Sorbona-, con amplia experiencia sobre los escenarios y una dilatada carrera que comenzó allá por mediados de los años 80, en plena Movida Madrileña. Figura relevante del panorama musical no solo en este país, sino también en Latinoamérica, llegó a codearse con Yoko Ono en Nueva York, telonear a The Cure y o colaborar con Nacho Cano y Bumbury. 



Puede que los menores de 30 años con pocas inquietudes artísticas no sepan quién es Mercedes Ferrer, vale. Pero por encima de esa edad, cualquiera mínimamente entendido en música y con dos oídos sabría de quién estamos hablando, le resultaría familiar su nombre o, al menos, le sonaría su inconfundible voz. 

Así que, cuando Mercedes salió al escenario y se puso a cantar ‘Vivimos siempre juntos’, una de las canciones más conocidas que ha interpretado a lo largo de su carrera, y vi que los tres coaches, Antonio Orozco, Pablo López y Alejandro Sanz, eran incapaces de reconocerla, aluciné. Pero cuando ya ni siquiera se dieron la vuelta, sentí un desgarro. Laura Pausini tiene justificación porque en la época de La Movida Madrileña todavía una cría que vivía en un pueblo italiano.


No lo vi en directo. Casi mejor, así el episodio no me pilló tan por sorpresa cuando recuperé la grabación para comprobar con mis propios ojos lo que había sucedido. Sanz, López y Orozco no se volvieron porque pensaban que la concursante estaba imitando demasiado a la artista real. “Sonaba igual que la voz original”, le dijeron después. Claro, como que era la voz original. Pero ninguno mencionó el nombre de la artista, probablemente porque ni se acordaban de cómo se llamaba aquella colega que cantaba la canción de Nacho Cano. 

Me dio por pensar que probablemente ni Mick Jagger pasaría la criba de las audiciones a ciegas. Porque ¿qué criterio mueve a los coaches de este programa a escoger a uno u otro participante? Que no esté inventado, es decir, que suene distinto, único y genuino, parece. Al final todo se reduce a una cuestión de piel. En Twitter un compositor lograba condensar en su mensaje algo de lo que me bullía a mí por dentro.

Una vez superado levemente el cabreo inicial, me surgió otra duda: ¿Por qué una mujer como Mercedes Ferrer pasa por esto? Imagino que las cosas están difíciles a todos los niveles, mucho más en el sector musical. Por lo que veo, su penúltimo disco, C+V, lo publicó en 2018 gracias a una campaña de micromecenazgo y este año ha sacado el álbum Tiempo Real 2020, que incluye 14 canciones remasterizadas. Por cierto, lo he estado escuchando y merece mucho la pena. Lo tenéis a 6 euros en versión digital a través de su web. 

Viendo que la grabación del programa se realizó antes de la pandemia, Mercedes quizá simplemente se lo planteó como un desafío, una manera de ponerse a prueba, un divertimento que también podía servir para darse a conocer ante otro público que está fuera de los circuitos tradicionales en los que ella se mueve. 

Como a todo hay que tratar de buscarle el lado positivo, me voy a quedar con eso. Sí, lo bueno de este episodio en La Voz es que quizá haya gente que ha descubierto ahora a Mercedes Ferrer o que está aprovechando para 'revisitarla', como yo, que mientras escribo esto suenan de fondo todas las canciones que hay de ella en el bendito Spotify.