Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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sábado, 29 de octubre de 2016

El tiempo perdido

Mi hijo de 11 años tiene la costumbre de discutirlo todo y negarse por sistema a acatar cualquier orden. Su estrategia es la de desgaste. Puede tirarse todo el tiempo que sea necesario cuestionando lo que se le ha pedido, regateando como si estuviera en un mercado persa, probando suerte a ver si su interlocutor pierde la paciencia y/o los nervios, para al final, librarse del marrón por agotamiento del contrincante o terminar asumiéndolo a regañadientes bajo amenaza. Ya le he cogido el truco. El secreto está en no claudicar. Armarse de paciencia, aguantar el tirón y esperar. ‘Pon la mesa’. Y antes de terminar la frase oyes que dice ‘no, que yo ya la puse ayer’. Y comienza una ristra de reivindicaciones y agravios comparativos que te despiertan la tentación de hacer tú misma lo que estabas pidiendo. Si no caes en la trampa de dejarle que gane, sabes que al final lo hará, aunque tengas que esperar casi un año. Y luego, cuando termina de poner la mesa, le intentas hacer ver -con escaso éxito- que no tiene sentido toda esa pérdida de tiempo y que si hubiera obedecido desde el principio nos habríamos ahorrado la discusión, los gritos, las amenazas y, sobre todo, ese valioso tiempo perdido.


Hace más de 10 meses los españoles fuimos a las urnas con la intención de elegir un nuevo gobierno para este país y resultó que nuestros votos enriquecieron con otras tonalidades el paisaje bicolor del Congreso. El PP ganó las elecciones, pero sin mayoría absoluta, lo que le obligaba a encontrar la manera de entenderse con el resto de fuerzas políticas, cada una de su padre y de su madre, pero cuyos votos sumados doblaban holgadamente a los obtenidos por el partido vencedor. El mensaje había quedado claro. Los ciudadanos pedían una nueva era en la que el diálogo y el consenso fueran las palabras mágicas, el abracadabra del nuevo país. Pero pedíamos un imposible. Así que, en vista de que nadie daba su brazo a torcer, tuvimos que volver a votar. Y de nuevo las urnas escupieron el mismo mensaje. Y una vez más se repitieron las líneas rojas y los reproches. Y a punto hemos estado de pasar por el tercer trance electoral consecutivo en busca de un resultado más claro que les permitiera a unos y otros saltarse el engorroso protocolo negociador. Afortunadamente parece que hoy los elegidos democráticamente van a poner punto final a este episodio de la misma manera que podría haberse puesto punto final en su momento: Con una abstención que no compromete a nada y sirve para desbloquear la situación. ¡Tantos escrúpulos para unas cosas y tan pocos para otras...!

Se han portado como mi hijo. Si desde el principio hubieran sido capaces de entender y afrontar la orden de los votantes y hubieran obedecido, nos habríamos ahorrado discusiones, escenas y sainetes. Hemos perdido casi un año que solo ha servido para que cada uno se retratara. ¡Ah! Y para regalarle a Rajoy un año extra de Moncloa 'en funciones'. Por el camino también se ha perdido un secretario general del PSOE, un partido que tal día como hoy, en 1989, ganaba por tercera vez consecutiva las elecciones generales con el mismo candidato, Felipe González, pieza clave en todo este 'twister' que les ha dejado descabezados. Definitivamente, son como niños.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Un pico en el Congreso

La expresión pico tiene varias acepciones. Está el pico que va en pareja con la pala, expresión obrera y lema de cabecera en su momento de Esperanza Aguirre. Está el pico que entra en vena y que se llevó por delante en otra época a muchos pobres diablos atrapados por la droga. Está el pico que corona la montaña, la cima más alta, la que solo se puede alcanzar cargado de coraje y paciencia. Está el pico de oro, la labia, el dominio de la oratoria, una cualidad difícil de encontrar por ahí. Está el pico de gallo, la genuina salsa mejicana, un acompañamiento a base de verduras frescas cortadas en dados. Y está el pico que más me gusta, el pico cariñoso, el beso fugaz en los labios, la antítesis del morreo, un signo de afecto entre dos personas que no necesariamente deben mantener una relación sentimental. Hay sectores donde suele ser más frecuente utilizar el pico como saludo habitual entre colegas, básicamente los oficios relacionados con el arte, el cine o el teatro, gente de escena, bohemia, que suele ser más de tocarse y abrazarse para hacer visible su admiración, cariño o respeto. No es la política uno de esos sectores. O no lo era hasta ahora. Dos diputados han roto el hielo. Pablo Iglesias (Podemos) y Xavier Domènech (En Comú Podem) se han fundido en un abrazo y han sellado con un pico en los labios y los ojos entornados la satisfacción del primero por el discurso del segundo durante la sesión de hoy del debate de Investidura de Pedro Sánchez. 


¿Homenaje? ¿Gesto? ¿Pose? ¿Mensaje subliminal? Cuando se trata de sastres que no dan puntada sin hilo es difícil saber si hay o no que leer entre líneas. Entiendo que la emoción de una primera vez es difícilmente reprimible, pero se me antoja un pelín excesiva la reacción, por muy buena que haya sido la intervención de Domènech -que no entro a valorar-, ni por muy íntima que sea la relación entre ambos, que no es el caso -que se sepa-.

No seré yo quien critique las muestras de afecto en un entorno como el Congreso, donde resuenan los ecos de la bronca más que de los “mua”. De hecho quizá si hubiera algo más de amor en el aire, le iría a este país mejor. Pero que no se carguen las tintas contra los testigos en primera fila del pico, los ministros De Guindos, Alonso y Tejerina, cuyas caras eran un poema para enmarcar. Una imagen de sorpresa impagable, pero lógica. ¿Qué quieren? No están habituados a ver tantas efusividades desde su escaño. Habrá que irse acostumbrando por si este baboseo es otro signo de la nueva política.