Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de julio de 2024

Cortar el cordón

Se dice que los hijos deberían venir con un manual de instrucciones bajo el brazo. Suelen emplear esta expresión los padres primerizos desbordados por su nueva condición. Ignoran entonces que esa fase no es la peor y que van a necesitar, en adelante y cada día, altas dosis de paciencia, consuelo y comprensión en su labor de progenitores.

Cuando uno decide tener un hijo adquiere una enorme responsabilidad y un férreo compromiso. Algo le obliga a proteger a esas criaturas, cuidarlas y acompañarlas en su desarrollo y lo hace como buenamente puede, se le ocurre o le aconsejan. Y así el resto de su vida. Aunque sus retoños hayan crecido y ya no le vean como figura de autoridad ni punto de referencia, algo le empuja a seguir diciéndoles machaconamente lo que es bueno o malo para ellos.

Así que un día tu hijo te retará, cuestionará cada una de tus órdenes, se saltará prohibiciones, romperá reglas y menospreciará principios plenamente asentados hasta entonces en el seno familiar. No sabrás si lo hace por el simple placer de llevarte la contraria o por tantear hasta donde puede tensar la cuerda y tus nervios. 

Un verano decidirá exponerse al sol sin protección a pesar de tus recomendaciones y se quemará. Y le dirás que al menos se aplique crema hidratante para aliviar el destrozo y no lo hará precisamente porque se lo has dicho tú.

Le echará mahonesa y ketchup a todas las comidas, a pesar de que le insistes en que debería hacer un uso puntual de esas salsas y no convertirlo en costumbre si no quiere seguir la estela de sus ancestros y que le aflore una diabetes. “Ya soy mayor de edad, si quiero matarme, me mato”, tendrás que oír de su boca.

Llenará un día la nevera con bebidas energéticas sobre las que le has advertido en múltiples ocasiones por su alto contenido de cafeína y azúcar, y cuando le pidas explicaciones, te recordará que tú no te privas de tu vinito y tu caña de vez en cuando.

Le insistirás en que vaya al dentista a su revisión anual, como lleva haciendo cada año desde que le salieron todos los dientes definitivos, para comprobar que todo está en orden y que no ha heredado el bruxismo de su padre, y te dirá que ya irá cuando lo crea conveniente.

Se machacará en el gimnasio para desarrollar sus músculos por encima de lo que a tu entender resulta estético y querrá tomar todo tipo de mierdas para que ese levantamiento de peso obtenga rápidos resultados, por mucho que le aconsejes frenar.

Perderá soberanamente el tiempo mirando chorradas por internet en vez de dedicarlo a su formación para el futuro y cuanto más se lo reproches menos caso te hará.

Y por fin un día, después de muchos desvelos, entenderás que a esas alturas no puedes hacer más de lo que ya has hecho y que no queda otra que cortar el cordón umbilical que os conectaba, confiar en que conserve algún poso de los valores que has ido inculcándole a lo largo de su vida y que eso, en momentos críticos, marque la diferencia y le salve de sí mismo.

sábado, 17 de octubre de 2020

Generación Covid

Cuando comenzaba a escribir esto, eran las once y media de la mañana de un jueves y mi hijo de 15 años seguía metido en la cama. Ese día no le tocaba clase en el instituto. Es lo que llaman semipresencialidad. 

Para reducir el número de alumnos por aula han dividido las clases en dos grupos, de manera que lunes, miércoles y viernes de una semana mi hijo se sienta en un pupitre del centro con la mitad de sus compañeros y a la semana siguiente hace lo propio martes y jueves. El resto de los días, teóricamente debería dar clase a distancia. O eso nos habían vendido. Pero da la casualidad de que, por pitos o por flautas, no está siendo así. 

Yo, que soy una ingenua, había creído posible que un profesor instruyera a la vez a los que se encuentran físicamente en el aula y a quienes están sentados frente a un ordenador en sus casas. Sí, eso es posible, pero en el cine o en los colegios privados. En el instituto de mis hijos, para empezar, los ordenadores no disponen ni siquiera de cámara. 

De todos modos, los responsables del IES nos han explicado que la red del centro no soportaría tantas conexiones a la vez. Así que mientras esperamos que la Comunidad de Madrid resuelva ese ‘pequeño inconveniente’, conocido hace meses, los chavales se enfrentan a la lotería de que los profesores que les han tocado en suerte tengan mayor o menor disposición a aliarse con la tecnología y volcarse con ellos. 

Por ejemplo, en el caso de mi hija, que afronta este año su último curso de instituto y la temida selectividad, ahora rebautizada como EBAU, parece que el claustro docente está más concienciado en la importancia de esta etapa. De ahí que ella sí mantenga una actividad casi normal en los días en los que a su grupo le toca quedarse en casa. Hay profesores que utilizan sus propios medios para realizar la conexión on line, incluso fuera del horario lectivo, y tiene una media de tres clases a distancia. 



He leído que la Inspección educativa en Madrid pretende supervisar cómo se está desarrollando este sistema semipresencial y me ha entrado la risa. No hay profesores y va a haber inspectores. 

Porque debo decir que, con todo, somos afortunados. Mis hijos ya tienen a todos sus profesores. Hay otros alumnos que aún no conocen a quienes les van a enseñar Lengua, Francés o Dibujo técnico porque no existen. Un mes después del comienzo de curso, aún no han llegado.
No es un caso aislado. Hace unos días me reenviaban por Whatsapp el lamento de una profesora de otro instituto del municipio donde resido. 

¿Por qué nadie habla de la falta de docentes en los centros públicos de nuestra comunidad? Un mes después del inicio de curso y aún hay grupos sin tutor o sin profesora de Matemáticas.(…)Adelanto los datos de mi centro (que es de los que mejor situación presentan): dos bajas sin cubrir desde inicio de curso y media jornada de otro docente aún sin asignar. 

Las familias se quejan a los que sí estamos presentes porque nadie ha sabido encauzar esa queja hacia las direcciones de área u otras administraciones. Pero los que vamos a trabajar a diario nos sometemos a cargas de trabajo ingentes por las guardias que hemos de cubrir y por las dificultades que supone un curso con semipresencialidad, mascarillas y alumnos o grupos completos confinados. Hemos perdido las fuerzas para batallar y quejarnos. Nos estamos, con perdón, aborregando. 

Según la Asociación de directores de institutos públicos de secundaria de Madrid, faltan 1.400 profesores (el 7,75% del total) en las plantillas de los institutos de secundaria de la Comunidad de Madrid. Y estamos hablando de profesores que tienen asignado un grupo de alumnos. Así que a esos chavales cada día se les presenta un profesor de guardia para intentar que esa hora no sea tiempo tirado a la basura, mientras a la vuelta de la esquina se aproximan los primeros exámenes. 

La Consejería de Educación admite que tiene problemas para encontrar profesores, sobre todo de algunas materias como Matemáticas, Inglés y Lengua. Se han creado más de 7.500 nuevos grupos de alumnos para ajustarse a las ratios establecidas, lo que exige contrataciones masivas en bolsas que ya están vacías, entre otras cosas porque la oferta de trabajo ha llegado demasiado tarde, cuando ya se habían adelantado a contratar otras comunidades donde, además, las condiciones salariales son más ventajosas. 

La guinda de todo este pastel la ha puesto la aprobación en el Congreso del Real Decreto que abre la posibilidad de que los alumnos pasen de curso y obtengan el título de ESO y Bachiller sin límite de suspensos y que se contrate a profesores que no tengan aún el máster que habilita para dar clase en esos niveles. 

Sinceramente, no sé cómo nos va a quedar esta generación Covid.

domingo, 19 de enero de 2020

Lo mejor para los hijos

Además de aprender matemáticas, lengua, ciencias, geografía o inglés, desde su más tierna infancia mis hijos han realizado en sus centros educativos todo tipo de actividades. Han celebrado el Día de la Paz, del Libro, del Niño y de San Isidro. Les han visitado escritores infantiles y juveniles. Sus profesores les han llevado al cine, al teatro, a patinar, remar y escalar. Han conocido museos y granjas, asistido a charlas educativas sobre el uso de nuevas tecnologías, practicado deporte inclusivo, entrenado en el arte del debate, actuado en todo tipo de festivales disfrazados de todo lo habido y por haber, participado en talleres de Seguridad Vial o recibido información básica y rigurosa sobre sexualidad, violencia de género y respeto a la diversidad. Y a pesar de ello, no detecto mayores traumas ni secuelas dignas de mención. En todo caso, cierta aversión al aburrimiento.

Los padres solemos ser informados con anterioridad sobre toda esta programación complementaria organizada por el centro educativo al margen de las tradicionales asignaturas curriculares, algo que agradecemos no porque necesitemos fiscalizar los contenidos que el equipo docente ha considerado de utilidad para la formación como individuos de nuestros hijos, sino simplemente porque nos sirve para cambiar impresiones con los chavales sobre cómo ha transcurrido su jornada. Quiero decir que si no dispusiera de esa información, yo no me sentiría inquieta. Doy por hecho que los profesionales del centro público a quienes he confiado una parte de su formación no van a hacer nada que pueda lastimarles, traumatizarles ni convertirles en personas irrespetuosas o intolerantes. Más bien al contrario.

Alguna vez han llegado a casa con un cierto grado de confusión por algún descubrimiento que les ha descolocado y hemos aclarado sus dudas o saciado la curiosidad que despierta lo nuevo. Por supuesto, nunca hemos cuestionado la clase de charlas divulgativas impartidas ni nos hemos negado a que participaran en ellas. Cuando, como padres, elegimos un centro educativo para nuestros hijos valoramos no solo la proximidad al domicilio familiar, sino también que ofreciera un buen proyecto, un reconocido equipo docente y una programación acorde con nuestro modo de ver la vida.

Hace un tiempo una compañera de mi hija se vio obligada a salir de la clase durante una de estas actividades -un taller sobre sexualidad- porque sus padres se habían negado a que recibiera esa información por parte de alguien distinto a ellos mismos y en ese momento de su adolescencia. No sé por qué pensé que precisamente esa niña era la que más podía necesitar orientación. No se pueden poner puertas al campo y esa criatura, por su edad y por la era de internet en la que nos ha tocado vivir, probablemente ya sabrá de qué va eso del sexo, aunque sospecho que su documentación al respecto presentará numerosas carencias al no haberse informado a través de una fuente de confianza, un experto divulgador educativo o unos padres desprejuiciados. Es más, me compadecí de ella al imaginarla viviendo la confusión propia de esas edades aumentada ante la posibilidad, por ejemplo, de que se sintiera atraída por personas del mismo sexo o luchara contra el deseo de darse placer por considerar aquel impulso una anomalía.


El PIN parental, que tanta polvareda ha levantado, otorga a los padres la potestad de privar a sus hijos de ciertas actividades complementarias que se imparten en el colegio o instituto diseñadas por un equipo de docentes para completar su desarrollo como individuos sanos, libres, tolerantes, empáticos y felices. En particular la polémica viene por los talleres sobre educación sexual, feminismo, violencia de género o diversidad LGTBI, que requerirían una autorización expresa. Los que defienden el veto argumentan que los hijos son suyos y se niegan a que sean adoctrinados por individuos externos al claustro, desconocidos y sospechosos de inocular el virus progre, radical y sectario que, según la derecha, se ha apoderado del sistema escolar público. No quieren que los manipulen, dicen, cuando la mayor manipulación, el mayor adoctrinamiento, es el que hacemos las propias familias con nuestros hijos en el día a día. Además de darles ejemplo (bueno o malo), nos pasamos la vida diciéndoles lo que deben hacer y pensar, e inculcándoles ideas o creencias, las nuestras, las que damos por buenas.

Los favorables a este veto de los progenitores van más allá y también reivindican su libertad para elegir los contenidos educativos. Quizá olvidan que esas materias las establece la ley. A mí me gustaría que se impartieran más horas de artes, que los alumnos llegaran alguna vez al tema de la Guerra Civil, siempre en las últimas páginas, que se le diera otro enfoque al bilingüismo o que el sistema no se basara tanto en memorizar, sino en aprender a pensar. Pero son los pedagogos y no yo quienes deciden lo que deben estudiar mis hijos en su etapa escolar. También me encantaría que no tuvieran que perder una hora de clase de tanto en cuanto para asistir a alguno de estos talleres, sino que el respeto a la diversidad, la sexualidad y la tolerancia se adquiriera de manera natural y espontánea en cualquiera del resto de las asignaturas, que aprendieran matemáticas, literatura, geografía, educación física a la vez que se empapan de valores, que la escuela y sus profesores les convirtieran en seres ilustrados, libres, con espíritu crítico y respetuosos. Pero como de momento esta utopía solo es eso, una utopía, acepto y acato el sistema que la escuela pública, conforme a la ley, ha considerado más óptimo, aunque no sea perfecto. Ojalá en este país concentráramos todas nuestras energías en alcanzar un Pacto de Estado por la Educación en vez de perderlas en discusiones estériles.

Por cierto, en esta confrontación los ‘pro-PIN’ cuestionan hasta qué punto el Estado tiene la potestad de meter sus narices en el modo en que los progenitores enfocan la crianza de sus hijos, lo que genera un interesante debate. Partiendo de la base de que una cosa es la patria potestad o la custodia, y otra la propiedad, el artículo 39 de la Constitución deja claras las responsabilidades de cada uno.

1.  Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia.

2.  Los poderes públicos aseguran, asimismo, la protección integral de los hijos, iguales éstos ante la  ley con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil. La ley posibilitará la investigación de la paternidad.

3.  Los padres deben prestar asistencia de todo orden a los hijos habidos dentro o fuera del matrimonio, durante su minoría de edad y en los demás casos en que legalmente proceda.

4.   Los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos.

En teoría, cualquier padre desea lo mejor para sus pequeños, salvo que sea un salvaje sin corazón ni conciencia. La “asistencia de todo orden” a la que se refiere el texto constitucional cuando menciona a los padres engloba alimentarles, cuidarles, vestirles, tranquilizarles cuando tienen pesadillas, curarles las heridas, tratar de hacerles felices, escolarizarles y transmitirles sus valores y principios. Son los padres los responsables de cubrir todas esas necesidades básicas y lo hacen de mil amores, sin necesidad de que se lo recuerde la Constitución.

Pensemos ahora en esos padres que sí, desean lo mejor para sus hijos, pero se saltan el calendario vacunacional obligatorio porque no creen en la utilidad de inyectarle virus o bacterias a sus retoños, poniéndoles en peligro y, por extensión, también al resto. Hay guarderías que han introducido como requisito para la matriculación acreditar que el alumno se encuentra al día de sus vacunas. Pensemos también en el perjudicial hábito de fumar, en particular hacerlo dentro del coche y con niños a bordo, una práctica prohibida ya por ley en muchos países y que en España llevamos años contemplando sancionar sin terminar de dar el paso. A pesar de que están acreditados los efectos perniciosos de exponer a los menores al humo del tabaco, muchos padres amantísimos lo hacen. E incluso cometen temeridades al volante sin pensar que están arriesgando la vida de sus cachorros, la suya propia y la del resto de conductores. Del mismo modo, los padres que les escamotean a sus hijos adolescentes un taller divulgativo sobre sexualidad impartido por monitores formados, concebido como un método bastante efectivo para evitar embarazos no deseados, experiencias traumáticas y riesgos para la salud de los más jóvenes, están restando, no sumando en su crianza y bienestar.

Lo más gracioso es que llegará un día en que, a no ser que los mantengan aislados del mundo exterior dentro de una burbuja, los hijos de quienes defienden el PIN parental terminarán siendo como quieran ellos y pensando lo que les dé la gana, no por los sermones que reciben de sus padres, sino porque lo dice su grupo de amigos, porque se lo han escuchado al youtuber de moda o porque sencillamente emerge su propia personalidad.

“Tus hijos no son tus hijos”, dice el famoso poema del libanés Khalil Gibran. Y prosigue: “Son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen.
Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados.
Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”.

lunes, 4 de febrero de 2019

Más que autoestima

Existe una nueva tendencia pedagógica, defendida incluso por la propia ministra de Educación, que sostiene que hay que proteger la autoestima de los chavales por encima de cualquier otra cosa. De hecho la reforma de la Ley educativa en la que trabaja el Gobierno contempla, por ejemplo, dar todas las facilidades posibles a los estudiantes de Bachillerato para que terminen esa etapa, incluso dejarles avanzar al siguiente curso con asignaturas suspensas y ampliando el tiempo en el que pueden completar esta formación. Alega Isabel Celaá que repetir puede rebajar la autoestima y ese es el peor castigo que puede recibir nadie.

En línea con esta era de sobreprotección de los menores, leo en una información que empieza a imponerse, en algunos centros escolares de este nuestro 'primer mundo', la costumbre de no decir las notas en voz alta ante los alumnos ni publicarlas en ningún lugar visible, de manera que no se pueda estigmatizar a los que suspenden ni, por extensión, tampoco felicitar u odiar a los brillantes. No acaba ahí la moda de algodonar a nuestros retoños. Algunas competiciones de deporte base, en particular baloncesto, establecen que a partir de 50 puntos marcados por el equipo ganador, el tanteo queda congelado. De esta manera el equipo perdedor no se desmotiva con una  diferencia de puntuación demasiado abultada. La Federación Andaluza ha ido más allá y se ha inventado la iniciativa ‘Valorcesto’ que, entre otros muy buenos propósitos, elimina directamente el marcador, para que los críos solo disfruten participando, no tratando de ganar al contrincante.  

Resumiendo: A tomar vientos la competitividad, una capacidad inherente al ser humano que desarrollada de manera sana, puede ser muy constructiva. Nadie ha pensado que quizá, en el deporte, lo mejor sería no mezclar en el mismo grupo equipos de distinto nivel, para que todos compitieran en igualdad de condiciones. O, en el caso de las notas ocultas en los colegios, quizá el mejor favor que se les puede hacer a quienes suspenden es dedicarles tiempo y atención.

No sé si al preocuparnos tanto por el ánimo de nuestros niños les estaremos haciendo un flaco favor de cara a su etapa adulta. Sospecho que este exceso de celo les marcará negativamente cuando tengan que enfrentarse al mundo real.


Resulta curioso que lo que antes nos curtía de chavales, ahora está considerado políticamente incorrecto además de anticuado. Lo que antes estimulaba nuestro aprendizaje, ahora no está pedagógicamente aceptado. Ha evolucionado la manera de aprender, de educar, de jugar, de relacionarnos con los niños. Y aquí es donde quería llegar. Ahora la consigna es protegerles. No queremos que sufran, por favor, que no se traumaticen, que nada pueda afectar a su autoestima. 

De este modo, hay padres que les dan lo que les pidan: un móvil de 800 euros, anoraks que cuestan más que el sueldo mínimo interprofesional de Venezuela, entradas de reventa para conciertos o para el fútbol, 20 euros para que se vayan a comer a un restaurante con sus amigos… Lo curioso es que luego esos mismos padres, en su vida cotidiana, no les ahorran sus neuras. Al contrario, les torturan a conciencia con sus miserias laborales. Les hacen espectadores forzosos de sus discusiones de pareja. Desde el asiento de atrás del coche, esos menores asisten sin querer a la terrible visión de su padre transformado en un energúmeno en cuanto coge el volante. Progenitores que emplean palabras malsonantes, jerga soez y lenguaje faltón en presencia de sus adorados vástagos, dándoles un ejemplo poco edificante. Adultos ‘políticamente hiperexcitados’ que adoctrinan a sus hijos durante la cena con mensajes ideológicos que van calando en su cerebro aún en proceso de maduración. Que si Franco, que si Vox, que si el PSOE, que si el PP, que si Ciudadanos, que si la bandera, que si feminazis, que si fascistas, que si podemitas, que si independentistas, que si izquierda, que si derecha, que si pitos, que si flautas… Os aseguro que así les hacemos más daño que borrando notas o marcadores. Porque luego llegan a clase, con gran autoestima, eso sí, y reproducen la misma crispación del mundo exterior pero a escala 'teenager'. Y la política agitada con la revolución hormonal y la creencia de ser el ombligo del mundo sí que es una buena bomba de relojería.  


jueves, 19 de octubre de 2017

Mis dudas sobre la Ley de gratuidad de libros de texto

La Comunidad de Madrid está haciendo un sondeo por los centros escolares públicos para saber qué familias estarían interesadas en participar en el Programa Accede, el sistema de préstamo de libros de texto y material curricular gratuitos en la enseñanza básica que pretende implantar el ejecutivo regional a partir del próximo curso. Según la circular, hay que remitir esta información al centro educativo como muy tarde el día de hoy, 19 de octubre, fecha que algunos padres han interpretado como limite para apuntarse. Lo cierto es que la encuesta pretende hacer una estimación del número de alumnos con que se contaría, pero no es nada definitivo o que comprometa ni a los apuntados ni a los que han olvidado rellenarlo a tiempo. Tranquilos, la Administración tampoco ha terminado de hacer su trabajo.

Os digo esto porque precisamente hoy, la Asamblea de Madrid debate por segunda vez esta Ley de gratuidad de los libros de texto. Y os preguntaréis, ¿pero no estaba ya aprobada? ¿No nos la vendieron ya en verano a bombo y platillo? Es más, los propios padres acogimos el anuncio con alborozo; quizá a algunos la incredulidad les hizo tardar en reaccionar y celebrarlo a lo grande –ahora vemos que obrar con cautela es siempre una virtud-, pero en general todos nos alegramos porque al fin teníamos un argumento positivo entre las noticias sobre educación. Pues resulta que había algunos flecos que cortar o alguna imprecisión que pulir. Se ve que en su momento, por el error de una diputada popular que equivocó el sentido de su voto, se introdujeron en el texto unas enmiendas presentadas en el último momento por el PSOE que ahora se quieren eliminar. Da la casualidad que esas partes de la norma hablan de ayudas económicas directas para las familias, imagino que al estilo de Andalucía, donde se manejan con el chequelibro, o la Comunidad Valenciana, donde también hay dinero de por medio. El caso es que a estas alturas, cuando los centros educativos ya han remitido a las familias la circular informándonos sobre el programa y solicitando que rellenemos el cuestionario rapidito, la ley está aún siendo retocada. En fin…

Es en esta misma misiva que hemos recibido las familias donde figura la madre del cordero de este sistema que cuanto más analizo, más me inquieta. “Para participar en esta iniciativa será indispensable que los alumnos conserven sus libros y el material curricular en perfecto estado a partir del presente curso 2017-2018”. Es decir, que la base de este proyecto pasa, de entrada, por que las familias entreguemos los libros que hemos pagado este curso y recibamos a cambio los del curso siguiente, que a su vez habrán pertenecido a otra familia que los ha pagado y se desprende de ellos a cambio de otros, y así sucesivamente. Toda una cadena de favores de unos padres a otros, pero con el centro educativo de por medio. Hasta donde logro entender el primer año de este plan es perfecto, a la Administración le cuesta bastante poco, los que prestamos somos los padres, no el centro, que simplemente hace de organizador e intermediario. Algo que, por cierto, ya hacíamos muchas familias por nuestra cuenta, intercambiar libros de texto con conocidos e incluso revenderlos a un módico precio, cualquier cosa menos soportar el abuso de tener que soltar el equivalente a la mitad del sueldo mínimo interprofesional para que nuestros hijos reciban formación en la escuela pública.

El caso es que me surgen varias dudas acerca de cómo se va a gestionar este programa. A saber:

-¿Qué pasa si un alumno no conserva en perfecto estado el material? Porque los padres podemos ser muy pesados y machacones con eso de ‘Cuida los libros’, ‘No escribas en ellos’, ‘Trata bien tus cosas’, pero al final algunos ya son autónomos y no puedes estar supervisando lo que hacen todo el día. Entonces, si las esquinas del libro de matemáticas están dobladas y en alguna hoja del de Lengua un día alguien pintó un garabato que no se quita, ¿qué pasa? ¿Se le excluye del sistema? ¿Se le sanciona? Después de repasar algunas de las claves sobre esta Ley, supongo que habrá un desarrollo de la norma para saber cómo actuar en estos supuestos, pero no descartéis las sanciones y con ellas los conflictos.

-A pesar de la advertencia de esta circular, todavía hay profesores que les dejan e incluso piden a sus alumnos que rellenen los ejercicios en el libro, aunque sea con lápiz. No estaría mal que se coordinaran en ese aspecto. Además, siempre hay material de un solo uso, el workbook de marras. Entiendo que ese se facilitará nuevo cada año. Incluso, bien mirado, puede que ahora que la Administración corre con los gastos, envíe una consigna a los centros para que alarguen la esperanza de vida de los libros y no cambien de editorial con tanta frecuencia, así se ahorran unos eurillos.

-Este sistema es universal, puede participar cualquiera, es decir, no se va a tener en cuenta la renta para adjudicar los libros, así que tienen el mismo derecho la familia que gana 5.000 euros al mes que la que tiene a alguno de sus miembros en paro y va ahogada. Y ya se sabe cómo son estas cosas. Cuando se ofrece algo gratis, se apunta hasta el más pintado. Creo que si yo tuviera una posición económica holgada no entraría en esta rueda, de hecho nunca he reclamado ayuda ni beca para ninguno de mis hijos; pero quizá el resto no son como yo, y aunque no les suponga un roto el pago anual de los libros de texto, prefieren que les salgan gratis los libros y dedicar el dinero que se ahorran a mandar al niño a esquiar o simplemente a una mariscada. Lo veo poco justo, la verdad.

-Si este primer curso salen más peticiones de cursos inferiores que de superiores, es decir, si no hay suficientes libros usados para prestar, entonces digo yo que se recurrirá a la compra de los libros a las editoriales. Entonces, con qué criterio se van a repartir los nuevos. Todo el mundo prefiere estrenar libros, así que ¿harán un sorteo o será aleatorio? Lo único que está claro es que los del último curso tendrán libros nuevos y gratis. Ellos sí tendrán el honor. Que se queden tranquilos los editores, van a seguir recibiendo pedidos. ¡Ah! Los de Bachillerato que se olviden. Lo mismo que los de Infantil de 3 a 5 años. Ellos están fuera de la educación obligatoria.

-¿Y quién se va a comer el marrón de organizar este trueque? Porque no van a ser ni uno, ni diez, ni veinte los alumnos que van a apuntarse en cada centro. Me apuesto lo que queráis a que será como mínimo más del 50% del alumnado por colegio o instituto. La logística para recibir todo ese material y distribuirlo no me parece fácil. Para empezar necesitas un espacio amplio donde almacenar los libros, seleccionarlos, organizarlos, entregarlos... Sospecho que, como siempre, la inestimable colaboración de las AMPAs va a resultar de vital importancia.


Vale, sí, probablemente todo esto que me planteo son menudencias si se comparan con el fondo de la cuestión, la gran idea de evitarnos pagar entre 300 y 400 euros cada curso. Demos tiempo al tiempo y empecemos por ver si nuestros políticos se aclaran con la norma, para después esperar al final de curso y descifrar todos estos misterios.



-->

viernes, 2 de diciembre de 2016

'Inspiring girls'. Porque las niñas pueden y deben aspirar a llegar bien alto.

Miriam González, la abogada española casada con el político británico, Nick Clegg, ha presentado esta semana en nuestro país el movimiento internacional ‘Inspiring girls’. Se trata de un proyecto impulsado por esta mujer con el objetivo de mostrarles a las niñas que, con esfuerzo, pueden aspirar a ser cualquier cosa que se propongan. Así, ha estado reclutando a mujeres profesionales que trabajan con éxito en distintos ámbitos y las cone en contacto con centros educativos para que cuenten a las niñas en qué consiste su trabajo y lo que han hecho para llegar hasta allí. Me parece una valiosa iniciativa para contribuir a borrar los roles tradicionales, las desigualdades y la discriminación que aún se mantienen en el ámbito laboral. 

Hace algunos días conocíamos la noticia de que España es el tercer país de la OCDE con más diferencia de rendimiento en Matemáticas entre chicos y chicas. Lo dice el Estudio Internacional de Tendencias en Matemáticas y Ciencias publicado por la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA). El conocido como informe TIMSS mide cada cuatro años el rendimiento en Matemáticas y Ciencias de los alumnos de 4º de Primaria de unos cincuenta países.

Al tratar de encontrarle un motivo a esa brecha de género una de las causas que se manejan es el propio prejuicio social, dentro y fuera de la escuela. Ese prejuicio que nos lleva, sin apenas meditarlo, a asociar a los niños con los números y a las niñas con las humanidades. Al final todo se reduce a eso, a lo que esperas de ese otro pequeño ser humano y cómo se lo transmites. Si te sale por defecto hablar de carreras marcando siempre el mismo género, es decir, si te sale decir ingeniero y maestra, ya inconscientemente estás transmitiendo un modo de construir la vida. En la Universidad son mayoría las chicas, pero las carreras de ciencias, las ingenierías en particular, son coto mayoritario de los chicos. Algo de culpa debemos tener todos cuando vemos lógico que el niño sea un trasto, experimente y se arriesgue, y no nos sorprende que la niña sea más miedosa, tranquila y poco aventurera. Cuando se invierten esos perfiles los padres se suelen descolocar.

Yo no he hecho distingos, al menos conscientemente, a la hora de educar a mis hijos. Reclamo que ambos realicen las mismas tareas y les animo a explorar, aprender y descubrir en todos los campos. He de confesar que las Matemáticas y yo siempre hemos tenido una difícil relación, pero he tratado de no transmitirles mi poca empatía con los números. Es más, me ven en casa haciendo las cuentas de gastos y reclaman que les eche una mano -con la inestimable ayuda de Google- cuando se les atasca algún problema. En cambio sí hago abiertamente apología de las letras y trato de estimularles para que disfruten del placer de leer y de escribir, por supuesto, sin faltas de ortografía.

A pesar de ello, observando a mis hijos y sus amigos encuentro datos muy reveladores. Mientras los chicos quedan y se reúnen con sus ordenadores para jugar partidas de vídeojuegos en línea, las chicas en sus encuentros se dedican a hacer vídeos musicales con sus móviles o a curiosear en las redes sociales qué es lo que hacen otras chicas.

¿Qué les hace diferentes? ¿Por qué evolucionan distinto? Algo tan sencillo como el entorno, los propios modelos que nos vende la publicidad, un simple catálogo donde se perpetúan esos modelos, van conduciendo a los menores en una u otra dirección, siguiendo algo muy parecido a la teoría del reflejo condicional del perro de Paulov. Las niñas siguen queriendo ser maestras, quizá porque en las aulas sigue habiendo mayoría de mujeres docentes, así que los pequeños relacionan esa carrera con el género femenino. Y los niños aspiran a ser futbolistas, astronautas, bomberos o youtubers… campos donde los más sobresalientes o expuestos suelen ser hombres.

Lo cierto es que en esos campos también hay mujeres, menos, pero las hay, y es fundamental que las niñas lo sepan, que tengan espejos en los que mirarse y que deseen dedicarse a cualquier oficio sin tener que ceñirse a lo que tradicionamente se espera de ellas. Por eso ‘Inspiring girls’ es un acierto y por eso cada padre y madre deberíamos comenzar por enseñar a volar a nuestras hijas, animarlas a ser ambiciosas a la hora de elegir su camino y demostrarles que, con esfuerzo, no hay brecha de género que valga.



domingo, 6 de noviembre de 2016

Incongruencia parental

Me temo que las siguientes palabras no me van a hacer muy popular. Mejor dicho, despertaré más antipatías que simpatías entre los que me lean. Eso si alguien lo llega a leer… o aguanta hasta el final.

Hace poco estuve viendo la exposición de World Press Photo 2016 en el Colegio de Arquitectos de Madrid. Al ser una muestra de fotoperiodismo, abundaban las imágenes de tragedias, supervivientes de catástrofes, víctimas de la guerra, gente en situaciones difíciles, niños con miradas profundas cuyos ojos transmiten una mezcla de sufrimiento, desconcierto y dignidad. Y entonces pensé: aquí, en esta pacífica parte del mundo en la que vivimos, andamos histéricos con la protección de datos y los derechos de imagen, vamos con pies de plomo cuando se trata de que les hagan fotos a nuestros hijos, nos dan a firmar un millar de autorizaciones, nos la cogemos con papel de fumar en cuanto alguien va a filmar a nuestras criaturas y demandamos información exhaustiva sobre el tratamiento que se le va a dar a ese material. Y ahí ves a esa pobre gente en 'puntos calientes' del planeta, que bastante tienen con preocuparse por sobrevivir. No me imagino al corresponsal de turno ni al medio de comunicación en cuestión trasladando una pila de formularios a la zona de conflicto y dándoselos a firmar a los responsables de esos críos para que quede constancia de que están de acuerdo en que se les haga una foto y circule por todo el mundo. Todo lo contrario. Imagino que albergan la esperanza de que esa imagen dé visibilidad a su miseria. Vale. Pero también son niños, como los nuestros, y aparecen en portadas sin pixelar. Y supongo que a los legalistas que defienden aquí el pixelado del rostro de los menores, les da exactamente igual que la cara de los de Siria o Sierra Leona quede al descubierto.

Broken Border-Bulent Kilic
Broken Border-Bulent Kilic (Spot News, third prize stories World Press Photo 2016)

Hace unos días, un padre del colegio de mi hijo criticaba las bases de un concurso de dibujo navideño organizado por el APA del centro porque señalaban que ‘serían rechazadas aquellas obras que no cumplieran con un mínimo de calidad’. Denunciaba que, claro, si el niño era muy pequeño o no dibujaba bien pero quería participar, se frustraría en caso de que le rechazaran. Nunca se ha rechazado ningún dibujo en el citado concurso y, además, se valora el esfuerzo y originalidad en función de la edad y las capacidades. Este mismo padre añadía que se pedía información personal del participante sin mencionar la Ley de Protección de Datos. No sé a los demás, pero a mí me parece obvio que solicitar esa información (nombre, curso y teléfono) es básico para poder saber quién ha ganado y comunicárselo, no para abrir un fichero de datos y vendérselo a cualquier empresa. ¿Que debería figurar una advertencia sobre la ley? Pues probablemente, aunque me parece excesivo tratándose de lo que es. En ocasiones el ser humano bordea el ridículo. Terminaremos presentándonos los unos a otros con el BOE entre los dientes… Eso sí, reivindicamos unas normas y nos pasamos por el forro otras, en función de que nos gusten más o menos. En fin.

Vivimos en una sociedad que protege a sus niños, los padres nos preocupamos mucho por no estresarles, que no se agobien, por favor, reclamamos huelga de deberes, que las tareas escolares en el hogar no les quiten el sueño a nuestros retoños, eso sí, que no les falte formación extraescolar de todo tipo, que sean plurilingües, que toquen varios instrumentos, que metan goles como Ronaldo o que bailen como la Plisetskaya… pero les damos un móvil cuando todavía no se saben las tablas de multiplicar, les permitimos abrirse perfil en todas las redes sociales sin saber leer del todo y, lo que es peor, no tenemos ningún control sobre lo que publican o con quién y cómo interactúan en Internet. 

Los padres de hoy en día nos presentamos ante la tutora de turno hechos una hidra cuando la docente recrimina a nuestros hijos su mal comportamiento e interpretamos que un compañero les hace el vacío por no invitarles a un cumpleaños, pero luego les dejamos salir por ahí de paseo con los amigos sin ninguna supervisión, incluso quedarse solos en unas fiestas patronales con la única indicación de que estén en un punto concreto para recogerles a la hora fijada, bien puede ser la medianoche. Les decimos que el tabaco es malo, pero fumamos en su presencia. Les pedimos que no beban, pero nos han visto tantas veces tomar vino o cerveza que asocian su consumo a un hábito normal en la edad adulta. 

Esta semana conocíamos la terrible historia de una niña de 12 años que fallecía tras no poder superar el coma etílico que le produjo la ingesta de alcohol en un botellón de Halloween. Todo el mundo se echa las manos a la cabeza y apunta hacia el establecimiento que vendió la bebida, al adulto que se la facilitó, a las pocas oportunidades de ocio para adolescentes que proporciona el Ayuntamiento... Pero nadie menciona a sus progenitores. Imagino que la gente piensa que bastante tienen esos pobres padres con el drama de haber perdido a una hija y de esa manera tan absurda. Pero es que esa menor era su responsabilidad, mucho más ahora que sabemos que no era la primera vez que el alcohol le pasaba factura. Soy consciente de que esa edad es complicada, que la rebeldía adolescente es difícil de torear, que los padres tenemos nuestros propios problemas, que los horarios de trabajo nos dejan poco margen para estar encima de nuestros hijos y que, cuando llegan a una determinada edad, ellos mismos rechazan la presencia de una canguro. Pero estamos obligados a abrir los ojos y hacerles saber quién manda en casa, aún a riesgo de provocar una guerra mundial en el entorno del hogar. El problema, me temo, es que los padres ya no sabemos decir que no y, por extensión, nos vemos incapaces de enseñarles a ellos a resistir la presión del grupo. Tampoco tenemos costumbre, ni paciencia, ni ganas, ni tiempo de hablar con los hijos para educarles, conducirles hacia un ocio saludable o hacerles ver qué es lo más adecuado para ellos. Recomiendo que leáis esta entrevista a Eva Millet autora del libro “Hiperpaternidad”. Tiene más razón que un santo. Yo iría más allá: Hemos pasado, sin solución de continuidad, de pelarles la fruta de la merienda a darles un bonobús y 10 euros para que se busquen la vida.

En este tema de cómo ejercer de padre hay mucha contradicción. No entiendo esta doble tabla de medir, ese distinto rasero. Los mismos padres que solucionan las crisis de sus hijos, que les ayudan ante cualquier obstáculo y les consultan antes de confeccionar el menú de la semana, son los que cuando el menor llega a los 10 años e insiste en empezar a volar solo, le cuelgan unas llaves de casa al cuello y se despreocupan. Hace poco he tenido que discutir con mis hijos (de 11 y 13 años) porque no entendían que no les dejara ir solos al recinto ferial instalado con motivo de las fiestas patronales y quedarse merodeando por allí con sus amigos hasta las tantas, “como todo el mundo”. Yo les explicaba que aún no tenían edad, que la ley en España puede sancionar a la familia e incluso retirarle la custodia del niño si los servicios sociales consideran que el menor está en una situación de riesgo, que hay unos deberes inherentes a la autoridad parental que hay que cumplir, entre ellos no abandonar moral ni materialmente al hijo, y que cuando tuvieran 14 años hablábamos. Resumiendo, que si les pasaba algo o se metían en lío y yo no estaba presente, se me podía caer el pelo. Por lo tanto les permitía ir a la feria, pero siendo yo quien les llevara y permaneciendo en el recinto el tiempo estipulado mientras ellos se divertían montando en las atracciones. Bien, pues estoy segura que más de un padre o madre me considera una histérica, y sospecho que en el círculo de amistades de mis hijos ya me han puesto el cartel de tirana.

También podríamos debatir sobre los motivos que han provocado un adelanto en la edad en que comienzan nuestros jóvenes a beber, y a fumar y a practicar sexo. Creo que una de las razones es el propio sistema educativo, sí señor. Eso de adelantar el salto de los niños al instituto y hacerles creer que ya son mayores con 11 o 12 años, ha sido definitivo para todo. Antes, en mi tiempo, el de la EGB, el despertar de los problemas venía a partir de los 14, más maduros, menos aniñados, más curtidos. Ahora se condena a críos que aún duermen con una luz piloto en su habitación a convertirse a pasos agigantados en borregos malhablados que se mueven por las calles en manada. 

He tardado en abordar este asunto porque me veo demasiado reflejada, tanto que a ratos me siento parte de ese colectivo de progenitores incongruentes y otras veces creo situarme en las antípodas de ese tipo de paternidad. Y no he mencionado cómo se altera la relación de pareja cuando los cónyuges defienden puntos de vista opuestos sobre cómo afrontar la autoridad parental. Eso da para otro post.