lunes, 5 de diciembre de 2016

Naranjas en agosto, uvas en abril y niños al gusto del consumidor

Los niños ya no nacen cuando les toca. Ahora se les dice cuándo tienen que salir. El diario El País ha analizado los datos de nacimientos registrados en la Comunidad de Madrid durante 35 años, desde 1975 hasta 2010 -que fueron 2,3 millones, por cierto-, y ha llegado a la curiosa conclusión de que cada vez nacen menos niños en sábado, domingo y festivo. Es decir, en los últimos tiempos, los partos programados, las inducciones y las cesáreas se dejan para días laborables, cuando está el centro sanitario a pleno rendimiento. De modo que, los bebés que llegan al mundo en fin de semana, cuando se supone que los paritorios están atendidos por el personal de guardia, son realmente los valientes que han decidido por sí mismos, con la inestimable colaboración de la madre naturaleza, en qué momento nacer.

Se planifican los partos en función de la comodidad de doctores, matronas y servicios sanitarios, o de las necesidades de la madre atendiendo a razones laborales (para que la maternidad no altere en exceso sus aspiraciones profesionales) o sociales. ¿Que engendraste a tu hijo nueve meses justos antes de la Navidad? Pues ya nos encargamos de nos estropearte la cena familiar y adelantamos el feliz alumbramiento. ¿Qué sales de cuentas coincidiendo con las vacaciones de tu ginecólogo? No pasa nada. Programamos el parto para que, mientras con una mano saca al bebé de tu vientre, con la otra sujete la maleta para salir pitando.

En este mundo práctico en el que vivimos ya ni respetamos los tempos biológicos ni los procesos naturales. El desarrollo consiste en ganar calidad de vida para perder espontaneidad y valiosas experiencias vitales, y a qué precio.

El sábado pasado en un hipermercado me regalaron varios productos de promoción de la marca Mary Lee, uno de ellas era un preparado de repostería que simplemente con mezclar el contenido de la bolsa con leche y mantequilla -creo recordar- obtenías la masa perfecta para hornear y fabricar deliciosos muffins auténticamente americanos, en tiempo récord y sin apenas manchar. Eso sí, entre los numerosos ingredientes –la gran mayoría acabados en ‘ina’, ‘trato’ y ‘ante’- había de todo, por no hablar de que la mitad del sobre era azúcar. En las estanterías y congeladores de cualquier tienda de alimentación hallamos numerosos productos para hacer nuestra vida más sencilla, menús precocinados, listos para calentar en un microondas y deglutir sin tan siquiera tener que manchar un plato para servir, y en cuyo envase los elementos de su composición ocupan más espacio en la etiqueta que las instrucciones para prepararlo. Las máquinas expendedoras ya no venden solo bolsas de patatas, sándwiches o dulces, también han introducido en su oferta ensaladas servidas en envases herméticos y botes con piezas de fruta, conservadas con algún producto mágico que impide que se pongan mustias como nos pasa en casa cuando tardamos en hincarles el diente.

Tradicionalmente no se discutía que las frutas y verduras de nuestro menú variaran en función del calendario. Ahora la gente se resiste a tener que consumir solo fruta y verdura de temporada. Por qué renunciar al sabroso melón o a las cerezas en enero, se preguntan algunos, que están dispuestos a pagar lo que sea por saborear en cualquier época del año su fruta favorita. No caen en la cuenta de que la tierra es sabia y nos da en cada momento lo que necesitamos. Así, las variedades invernales nos aportan las vitaminas necesarias para combatir los rigores de la estación más fría, mientras que en verano abundan aquellas que nos refrescan y alivian los efectos de las altas temperaturas. Todo está milimétrica y mágicamente calculado. Así que cuando nos empeñamos en llevarle la contraria a lo establecido de manera natural, ‘naranjas en agosto y uvas en abril’, forzamos en el mejor de los casos que se importen de otras zonas del planeta, con el consiguiente gasto, y en el peor de los casos, que se cultiven esas frutas en condiciones forzadas, con ayudas químicas y daños colaterales. Un comportamiento poco sostenible por un simple capricho. 

Las nuevas tecnologías, esas que evolucionan a ritmo de vértigo y condicionan cada uno de nuestros movimientos, están también alterando algunos de los procesos sociales tradicionales. Ya no perdemos el tiempo en hacer una llamada para felicitar el cumpleaños a alguien; ahora ponemos un whatsapp o aprovechamos que Facebook nos avisa para cumplir sin perder más de 10 segundos. Nos guiamos por la vida siguiendo las indicaciones de Google Maps, en vez de estudiar un mapa, leer los carteles o preguntarle a alguien cómo llegar. Ya no miramos si el cielo está estrellado para saber si al día siguiente amanecerá despejado, sino que consultamos con la aplicación del tiempo para conocer exactamente las condiciones meteorológicas de la próxima jornada. Los modernos han dejado de ligar en los bares de copas o las discotecas; ahora se apuntan a portales virtuales de citas y se ahorran los aburridos preliminares… Y yo que había empezado hablando del milagro de nacer y termino cerrando el círculo con otro proceso biológico de algún modo relacionado... 

En fin, como diría Sabina, ‘Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad’. Aunque no sé si nos hemos parado a pensar en que quizá, en algunos ámbitos, por querer ir demasiado deprisa, estamos retrocediendo más que avanzando.

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