martes, 7 de febrero de 2017

En qué mundo viven los que desprecian la cultura

Imagina vivir sin libros. Que no hubiera uno sobre tu mesilla para leer al acostarte. Que no pudieras aprovechar tus trayectos en tren, en autobús o en avión para devorar el último ejemplar de bolsillo que te regalaron. Que nadie escribiera y nadie leyera. Que te privaran de la fascinante aventura de soñar con otras vidas pasando páginas. Y del intenso placer de dormir a tu hijo con un cuento. Un mundo con gente que no sabe explicarse como un libro abierto. Sin bibliotecas donde disfrutar de la lectura en silencio, ni librerías que huelan a papel y tinta, ni recomendaciones a amigos, ni regalos con mensaje, ni bookcrossing. 

Imagina vivir sin música. Que nadie programara conciertos. Se acabó el cantar en la ducha. Y el dar el cante. Y nada de ir con la música a otra parte. Y si no hay música, no hay danza. Conducir sin tararear las canciones que escupe la radio. Que las novias llegaran al altar sin una marcha nupcial con la que seguir el paso. Que en los desfiles de moda solo sonaran los flashes. Y en los homenajes a los fallecidos nadie interpretara El cant dels ocells de Pau Casals. Que los niños saltaran a la comba sin melodía. Los cumpleaños serían menos felices sin el cumpleaños feliz. Y en los campos de fútbol y en los mítines no sonarían ni himnos ni cánticos. Un mundo sin rock, ni clásica, ni pop, ni soul, ni blues, ni jazz, ni ska, ni house, incluso sin reguetón.

Imagina vivir sin arte. Que no hubiera museos. Que nadie pintara un lienzo, esculpiera una escultura o disparara su cámara para captar una fotografía. No se entendería el concepto de ir hecho un cuadro. Las paredes siempre vacías. Adiós a las exposiciones y a las galerías. Un agujero negro en lugar de impresionismo, realismo, romanticismo, dadaísmo y todos los ismos. Que resultara imposible expresarse con los colores. Que el pastel solo fuera un dulce, y la paleta, una chica de pueblo como yo. Que nadie te dijera ‘Qué arte tienes”. Que nadie te hiciera un retrato, aunque fuera con un seis y un cuatro.

Imagina vivir sin teatro. No habría teatreros, ni copleras, ni titiriteros. Ignorar el poder de un escenario sobre las emociones. Despedirte de sentir tu vello erizarse cuando se apagan las luces. Sería de todo punto imposible contar un chiste de los que empiezan con “Se abre el telón”. Nadie podría hacer mutis por el foro. No saber lo que es participar en un aplauso colectivo. Faltar como espectador privilegiado a las extraordinarias transformaciones que se producen sobre las tablas. No tener la posibilidad de meterte en la piel de otro. Y perderte la increíble experiencia de sentir mariposas en el estómago oculto entre bambalinas antes de ponerte bajo los focos. 

Imagina vivir sin cine. Que no hubiera más películas que las que se montan los caraduras. No existirían las cañas de después, ni las palomitas de antes. Ni pantalla grande, ni cinemascope, ni Dolby surround. Nadie podría colgarte la etiqueta de peliculero. Nada de reír con una historia de risa, ni llorar con una triste, ni gritar con una de miedo, ni cantar con un musical. Para ver las estrellas deberíamos conformarnos con mirar al cielo o golpearnos la cabeza. Ignoraríamos lo que es darse el lote con el primer amor en la última fila. Y lo que es peor, renunciaríamos a una de las maneras más entretenidas de conocer nuestra historia, saber de dónde venimos y a dónde vamos. 

Todo esto es cultura. Todo esto es vida. De modo que me pregunto en qué mundo viven los que menosprecian o directamente desprecian la cultura. Seguro que en uno muy aburrido. Eso suponiendo que estén vivos.




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada