jueves, 16 de febrero de 2017

Un sobresaliente muy deficiente

Hoy me he acordado de una anécdota de mi etapa escolar. Cuando mis hermanas y yo teníamos algún examen y estábamos preocupadas por el resultado, mi padre –imagino que para rebajar la tensión- solía decirnos que nos tranquilizáramos, que no pasaba nada, que él se encargaba de enviarles a las monjas un jamón y asunto resuelto. Todo sobresalientes. Evidentemente estaba bromeando. Ni las monjas se dejarían comprar a cambio de un jamón ni, por supuesto, mi padre estaba dispuesto a tener que pagar tan alto precio por los aprobados de sus hijas.

El caso es que una de mis hermanas no entendió el chiste y, más chula que un ocho, a la primera ocasión, ante una reprimenda de su profesora por el resultado de una prueba, le soltó: “Bueno, da igual, ya os mandará mi padre el jamón”. Imaginad lo poco que tardaron en comunicar a mis padres el episodio y el bochorno que tuvieron que pasar. No se volvió a bromear con las notas.

Me ha venido a la memoria este chascarrillo al leer en el periódico que el Tribunal Supremo ha dictado la primera condena a un docente por prevaricación. Se trata de un profesor de la Universidad de Granada que aprobó por la cara a una alumna. Y es un decir. No es que tuviera el examen suspenso y decidiera hacer la vista gorda. No señor. Es que directamente la alumna ni se presentó al examen. Y -¡ojo!-, que pudiendo haber tirado del aprobado raspado, encima fue generoso y le puso un sobresaliente. Pensaréis que quizá había una relación estrecha entre ellos y que por eso él decidió echarle una manilla. Pues no exactamente. Por lo que cuenta la información, ni se conocían ni se habían visto nunca. 
Resumiendo el culebrón, la estudiante de Pedagogía estaba trabajando en Cádiz, por lo que compaginar este empleo con sus estudios en Granada se le hacía complicado. Necesitaba aprobar alguna asignatura para poder acceder al derecho de compensación y obtener así el título por la vía rápida y fácil, es decir, sin dar un palo al agua. Tenía prisa por abrir su Gabinete Pedagógico así que le contó sus penas a una administrativo del departamento que, conmovida, se prestó a ayudarla y hacer de intermediaria con este profesor tan ‘enrollado’.

La gracia les va acostar a ambos siete años de inhabilitación por delito de prevaricación. Me pregunto si ese arrebato de generosidad fue sin esperar nada a cambio. Te prestas a aprobar un examen sin que la persona vaya a tus clases, ni se presente a un examen, ni esté matriculada en plazo... ¿y todo por nada? Disculpadme por ser una desconfiada. Pero, si fue así, hay que arrodillarse ante el talento de la estudiante y su poder de persuasión.

Por cierto, ¿y a esa pedagoga? Lo mismo que se condena a profesor y funcionaria, ¿nadie la va a retirar el título y obligar a repetir las asignaturas no aprobadas legalmente? Es probable que no. De cualquier modo, no sería el primer caso de título regalado. Está el mercado laboral bien nutrido. Lo que sí me gustaría es saber el nombre del negocio de la tramposa. No cuestiono que sea una gran profesional y que domine la Pedagogía -lo desconozco, de hecho, así que no puedo juzgar-, lo que sí ha demostrado es tener una cara más dura que un piano. La pena es que siga saliendo tan barato coger atajos. 

Profesores que regalan sobresalientes, rectores que plagian sus trabajos, alumnos que presumen de títulos que no poseen… Entre todos contribuyendo a hundir más en la crisis a la ya de por sí maltrecha institución. Larga vida a la Universidad española… ¡Y un jamón!


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