Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

miércoles, 3 de enero de 2018

Discutir por la cabalgata, toda una tradición de Reyes

Uno de los recuerdos de mi infancia, que no me han borrado ni la edad ni los fallos de mi disco duro mental, tiene que ver con la noche de Reyes. Me estoy remontando a finales de los años 70 del siglo pasado. En Toro, mi pueblo, por aquel entonces solían ser empleados municipales fácilmente reconocibles quienes encarnaban a Melchor, Gaspar y Baltasar. Como en la mayoría de pueblos y ciudades de España, al que le tocaba meterse en la piel de Baltasar le sometían a un incómodo proceso de teñido a base de betún porque, naturalmente, no era negro de verdad. No tenían “de eso” en la plantilla del Ayuntamiento ni tampoco en el padrón.

Creo recordar que aparecían montados en caballos y que les acompañaba un séquito discreto de grandes y pequeños, ataviados con ropas brillantes, coloridas y muy horteras, y cuyos rostros también me resultaban familiares. La verdad es que me daba igual. Nada de la puesta en escena me importaba. Yo lo que quería era recolectar caramelos, cuantos más mejor, y recordarle a gritos a Gaspar qué era lo que le había pedido. El caso es que después del desfile –y aquí llega lo que sí quedó grabado a fuego en mi mente infantil-, los Reyes Magos y sus pajes entraban en la sucursal del Banco de Bilbao y entregaban personalmente los regalos a los hijos de los empleados de esa oficina. El resto de los niños los mirábamos envidiosos a través de las puertas de cristal sin comprender por qué ellos disfrutaban de tan alto privilegio y nosotros no. Con el tiempo entendí. Y así fue como empecé a dejar de creer.


Desde que me estrené como tía y luego como madre, me ha tocado revivir a la fuerza la magia de la noche de Reyes. Durante 12 años consecutivos hemos tenido que ver in situ alguna de las cabalgatas que recorren la zona noroeste de Madrid -Las Rozas, Las Matas, Boadilla, Majadahonda, Pozuelo-, todas siempre muy pintorescas, como cualquier otra cabalgata de barrio. Nunca faltan zancudos, malabaristas, saltimbanquis, batucadas, grupos de peñas populares, niños disfrazados de superhéroes, clubes deportivos, asociaciones culturales, bailarines, bandas de música, animales, carrozas de personajes de la tele, vehículos patrocinados por negocios locales y hasta algún camión de bomberos. Porque hace frío y suenan villancicos, si no pensarías que estás en un desfile de las fiestas patronales. Da igual. Todos esos personajes, que son puro anacronismo si te empeñas en enfocar de manera purista la celebración, no dejan de jugar un papel de simples subalternos, teloneros de atrezo que te lanzan una lluvia de caramelos para amenizarte la espera hasta que llegan los realmente importantes: los Magos de Oriente. Entonces, cuando pasan, animas a tus hijos a que griten bien fuerte, para que Melchor, Gaspar y Baltasar les escuchen desde sus tronos, qué quieren de regalo y ellos te miran como pensando “Mi madre debe ser la única imbécil que no se ha dado cuenta de que esos no son los Reyes Magos de verdad”.

Sinceramente, no creo que sumar a esa miscelánea una carroza por la diversidad en la que vayan una drag queen, una bailarina de cabaret y una cantante de hip-hop con pijamas de peluche, vaya a alterar demasiado una cabalgata como la de Puente de Vallecas, que es la que este año protagoniza la polémica. Se está convirtiendo en todo un clásico eso de provocar puntualmente un conflicto a cuenta de la llegada de los Reyes Magos. Tampoco me parece que forme parte de una operación perfectamente planificada para acabar con las tradiciones religiosas, ni una manera sibilina de adoctrinar al público menudo. No pienso siquiera que ponga en peligro la ilusión infantil, por otra parte, a prueba de bomba, en vista de la numerosa artillería que insistimos en lanzarles los adultos sin pararnos a pensarlo.

A los niños no les importa si los Reyes van con la vestimenta clásica y capas de terciopelo o con diseños que parecen salidos del fondo de armario de Agata Ruiz de la Prada. Les da igual si son mujeres las que se esconden bajo la barba postiza o el tufillo del casting para seleccionar el séquito real. Pero si los adultos seguimos insistiendo en utilizar este tipo de celebraciones para reivindicar cada uno lo suyo, entonces sí terminaremos obligándoles a perder la inocencia y las cosas de los mayores les provocarán jaqueca antes de tiempo.

Haced un esfuerzo, echad la vista atrás y acordaos de vuestra infancia. Entonces recordaréis lo que realmente quieren los niños: Ellos quieren luces, música, caramelos, chocolate con roscón, que les toque la sorpresa e irse a la cama pronto para que los Reyes les dejen cuanto antes los regalos junto a sus zapatos. Y yo también.
   

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