Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 19 de enero de 2020

Lo mejor para los hijos

Además de aprender matemáticas, lengua, ciencias, geografía o inglés, desde su más tierna infancia mis hijos han realizado en sus centros educativos todo tipo de actividades. Han celebrado el Día de la Paz, del Libro, del Niño y de San Isidro. Les han visitado escritores infantiles y juveniles. Sus profesores les han llevado al cine, al teatro, a patinar, remar y escalar. Han conocido museos y granjas, asistido a charlas educativas sobre el uso de nuevas tecnologías, practicado deporte inclusivo, entrenado en el arte del debate, actuado en todo tipo de festivales disfrazados de todo lo habido y por haber, participado en talleres de Seguridad Vial o recibido información básica y rigurosa sobre sexualidad, violencia de género y respeto a la diversidad. Y a pesar de ello, no detecto mayores traumas ni secuelas dignas de mención. En todo caso, cierta aversión al aburrimiento.

Los padres solemos ser informados con anterioridad sobre toda esta programación complementaria organizada por el centro educativo al margen de las tradicionales asignaturas curriculares, algo que agradecemos no porque necesitemos fiscalizar los contenidos que el equipo docente ha considerado de utilidad para la formación como individuos de nuestros hijos, sino simplemente porque nos sirve para cambiar impresiones con los chavales sobre cómo ha transcurrido su jornada. Quiero decir que si no dispusiera de esa información, yo no me sentiría inquieta. Doy por hecho que los profesionales del centro público a quienes he confiado una parte de su formación no van a hacer nada que pueda lastimarles, traumatizarles ni convertirles en personas irrespetuosas o intolerantes. Más bien al contrario.

Alguna vez han llegado a casa con un cierto grado de confusión por algún descubrimiento que les ha descolocado y hemos aclarado sus dudas o saciado la curiosidad que despierta lo nuevo. Por supuesto, nunca hemos cuestionado la clase de charlas divulgativas impartidas ni nos hemos negado a que participaran en ellas. Cuando, como padres, elegimos un centro educativo para nuestros hijos valoramos no solo la proximidad al domicilio familiar, sino también que ofreciera un buen proyecto, un reconocido equipo docente y una programación acorde con nuestro modo de ver la vida.

Hace un tiempo una compañera de mi hija se vio obligada a salir de la clase durante una de estas actividades -un taller sobre sexualidad- porque sus padres se habían negado a que recibiera esa información por parte de alguien distinto a ellos mismos y en ese momento de su adolescencia. No sé por qué pensé que precisamente esa niña era la que más podía necesitar orientación. No se pueden poner puertas al campo y esa criatura, por su edad y por la era de internet en la que nos ha tocado vivir, probablemente ya sabrá de qué va eso del sexo, aunque sospecho que su documentación al respecto presentará numerosas carencias al no haberse informado a través de una fuente de confianza, un experto divulgador educativo o unos padres desprejuiciados. Es más, me compadecí de ella al imaginarla viviendo la confusión propia de esas edades aumentada ante la posibilidad, por ejemplo, de que se sintiera atraída por personas del mismo sexo o luchara contra el deseo de darse placer por considerar aquel impulso una anomalía.


El PIN parental, que tanta polvareda ha levantado, otorga a los padres la potestad de privar a sus hijos de ciertas actividades complementarias que se imparten en el colegio o instituto diseñadas por un equipo de docentes para completar su desarrollo como individuos sanos, libres, tolerantes, empáticos y felices. En particular la polémica viene por los talleres sobre educación sexual, feminismo, violencia de género o diversidad LGTBI, que requerirían una autorización expresa. Los que defienden el veto argumentan que los hijos son suyos y se niegan a que sean adoctrinados por individuos externos al claustro, desconocidos y sospechosos de inocular el virus progre, radical y sectario que, según la derecha, se ha apoderado del sistema escolar público. No quieren que los manipulen, dicen, cuando la mayor manipulación, el mayor adoctrinamiento, es el que hacemos las propias familias con nuestros hijos en el día a día. Además de darles ejemplo (bueno o malo), nos pasamos la vida diciéndoles lo que deben hacer y pensar, e inculcándoles ideas o creencias, las nuestras, las que damos por buenas.

Los favorables a este veto de los progenitores van más allá y también reivindican su libertad para elegir los contenidos educativos. Quizá olvidan que esas materias las establece la ley. A mí me gustaría que se impartieran más horas de artes, que los alumnos llegaran alguna vez al tema de la Guerra Civil, siempre en las últimas páginas, que se le diera otro enfoque al bilingüismo o que el sistema no se basara tanto en memorizar, sino en aprender a pensar. Pero son los pedagogos y no yo quienes deciden lo que deben estudiar mis hijos en su etapa escolar. También me encantaría que no tuvieran que perder una hora de clase de tanto en cuanto para asistir a alguno de estos talleres, sino que el respeto a la diversidad, la sexualidad y la tolerancia se adquiriera de manera natural y espontánea en cualquiera del resto de las asignaturas, que aprendieran matemáticas, literatura, geografía, educación física a la vez que se empapan de valores, que la escuela y sus profesores les convirtieran en seres ilustrados, libres, con espíritu crítico y respetuosos. Pero como de momento esta utopía solo es eso, una utopía, acepto y acato el sistema que la escuela pública, conforme a la ley, ha considerado más óptimo, aunque no sea perfecto. Ojalá en este país concentráramos todas nuestras energías en alcanzar un Pacto de Estado por la Educación en vez de perderlas en discusiones estériles.

Por cierto, en esta confrontación los ‘pro-PIN’ cuestionan hasta qué punto el Estado tiene la potestad de meter sus narices en el modo en que los progenitores enfocan la crianza de sus hijos, lo que genera un interesante debate. Partiendo de la base de que una cosa es la patria potestad o la custodia, y otra la propiedad, el artículo 39 de la Constitución deja claras las responsabilidades de cada uno.

1.  Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia.

2.  Los poderes públicos aseguran, asimismo, la protección integral de los hijos, iguales éstos ante la  ley con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil. La ley posibilitará la investigación de la paternidad.

3.  Los padres deben prestar asistencia de todo orden a los hijos habidos dentro o fuera del matrimonio, durante su minoría de edad y en los demás casos en que legalmente proceda.

4.   Los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos.

En teoría, cualquier padre desea lo mejor para sus pequeños, salvo que sea un salvaje sin corazón ni conciencia. La “asistencia de todo orden” a la que se refiere el texto constitucional cuando menciona a los padres engloba alimentarles, cuidarles, vestirles, tranquilizarles cuando tienen pesadillas, curarles las heridas, tratar de hacerles felices, escolarizarles y transmitirles sus valores y principios. Son los padres los responsables de cubrir todas esas necesidades básicas y lo hacen de mil amores, sin necesidad de que se lo recuerde la Constitución.

Pensemos ahora en esos padres que sí, desean lo mejor para sus hijos, pero se saltan el calendario vacunacional obligatorio porque no creen en la utilidad de inyectarle virus o bacterias a sus retoños, poniéndoles en peligro y, por extensión, también al resto. Hay guarderías que han introducido como requisito para la matriculación acreditar que el alumno se encuentra al día de sus vacunas. Pensemos también en el perjudicial hábito de fumar, en particular hacerlo dentro del coche y con niños a bordo, una práctica prohibida ya por ley en muchos países y que en España llevamos años contemplando sancionar sin terminar de dar el paso. A pesar de que están acreditados los efectos perniciosos de exponer a los menores al humo del tabaco, muchos padres amantísimos lo hacen. E incluso cometen temeridades al volante sin pensar que están arriesgando la vida de sus cachorros, la suya propia y la del resto de conductores. Del mismo modo, los padres que les escamotean a sus hijos adolescentes un taller divulgativo sobre sexualidad impartido por monitores formados, concebido como un método bastante efectivo para evitar embarazos no deseados, experiencias traumáticas y riesgos para la salud de los más jóvenes, están restando, no sumando en su crianza y bienestar.

Lo más gracioso es que llegará un día en que, a no ser que los mantengan aislados del mundo exterior dentro de una burbuja, los hijos de quienes defienden el PIN parental terminarán siendo como quieran ellos y pensando lo que les dé la gana, no por los sermones que reciben de sus padres, sino porque lo dice su grupo de amigos, porque se lo han escuchado al youtuber de moda o porque sencillamente emerge su propia personalidad.

“Tus hijos no son tus hijos”, dice el famoso poema del libanés Khalil Gibran. Y prosigue: “Son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen.
Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados.
Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”.

viernes, 10 de enero de 2020

Periodista 24/7

Empecé en esto del periodismo haciendo crónicas para la desaparecida emisora de radio Antena 3 en Zamora después de seguir los partidos que jugaba cada domingo la Unión Deportiva Toresana, el equipo de mi pueblo.

Me estrené en Onda Cero dando noticias serias desde las siete de la mañana en ‘Bienvenido a la Jungla’, un programa despertador desenfadado, y luego empalmé con un programa veraniego de fin de semana. Pasé también varias temporadas trabajando en el equipo que sacaba adelante ‘El Callejero’, una hora de radio local cada tarde de lunes a viernes, mientras a la vez preparaba el programa ‘Protagonistas del Domingo’, de cinco horas de duración en las mañanas dominicales, lo que en la práctica me dejaba solo un día libre a la semana.

En verano, Semana Santa o Navidad, épocas en las que desciende el consumo de radio y las estrellas de los programas se cogen vacaciones, a los mindundis como yo les daban la oportunidad de su vida (así nos lo vendían): tomar las riendas de esos espacios o inventar algo para cubrir esas horas de antena vacías. De modo que con frecuencia me ha tocado trabajar en agosto, de noche y en fin de semana. Consecuentemente he tenido que devanarme los sesos para encontrar temas de rabiosa actualidad en épocas vacías, informativamente hablando, invitados interesantes que accedieran a atenderte a horas intempestivas y, lo más difícil, oyentes fieles dispuestos a encender la radio para sintonizar tu emisora. Esto sin mencionar a la sufrida familia, que asumía las ausencias como algo consustancial al oficio.

Sé lo que es trabajar en Nochebuena, Nochevieja, Navidad, Año Nuevo, Reyes, Jueves Santo, Viernes de Pasión, la Virgen de 15 de agosto, la fecha de menor actividad en este país, sin duda, y hasta el 1 de Mayo, santo Día del Trabajador. Por si no fuera suficiente, me ha pasado el último año entrando de turno a las dos de la madrugada en Onda Madrid. 

¿Qué quiero decir con todo esto? Que el periodista, como el médico, el policía, el bombero, el juez de guardia, el camarero, el conductor de cualquier medio de transporte de viajeros y todo aquel que ocupe un puesto en sectores considerados de servicio público esencial, y ahí incluyo también a los políticos, sabe que entre sus obligaciones se encuentra la de ejercer sus funciones a cualquier hora y en cualquier día del año. Luego cada uno establece sus turnos, se rige por sus convenios y decide si le compensa o no.

Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa
Os suelto todo este rollo inspirada en las quejas, más o menos veladas, de algunos colegas periodistas que cubren la información política, por la tendencia de Pedro Sánchez a hacerles trabajar en fin de semana o fiestas de guardar. Me inspira ternura ver cómo emplean en Twitter el dardo irónico de la conciliación para censurar la agenda del presidente. Conciliación y periodismo en la misma frase… ¡Ja! No me hagáis reír. 

Entiendo que a todos nos está resultando muy largo el proceso de formar Gobierno en España, especialmente a ellos, pero si tanto les molesta tener que cubrir esta importante noticia en un día en el que tradicionalmente descansan, lo tienen fácil: Que cedan el testigo a sus colegas de fin de semana. Conozco a muchos profesionales asentados en estos ‘horarios demenciales’ deseosos de que ocurra algo interesante, o simplemente algo, durante su jornada laboral para poder contarlo. También ellos tienen derecho a que Pedro Sánchez cite a la prensa en domingo o que la presidenta del Congreso convoque la sesión de investidura en un fin de semana y con la fiesta de Reyes de por medio.  

De todos modos, no creo que ningún periodista de raza fuera a renunciar a la oportunidad de cubrir un gran evento. Se lleva en el ADN. He tenido compañeras que arrastraban su enorme vientre de ocho meses de embarazo a cubrir voluntariamente incendios devastadores; colegas que, terminado su turno, regresaban a la emisora al enterarse de que se había producido un atentado; y otros que sobrevívían de milagro a un especial elecciones y, tras una breve siesta, reanudaban su jornada habitual para seguir contándolo. Algunos ajenos al oficio piensan que están enfermos, que son una especie de ‘workaholic’, que sufren dependencia de la adrenalina que segregan con la actividad informativa. Puede que tengan razón. Por eso dudo que cualquiera de los que despotrican por tener que trabajar el domingo para cubrir la comparecencia del nuevo presidente y conocer de su boca la composición completa de su gabinete -y más con lo cotizadas que son sus apariciones y lo que cuesta hacerle preguntas- estuviera dispuesto a perdérselo. Una adicción no se supera tan fácilmente.

martes, 7 de enero de 2020

El Congreso convertido en la casa de Gran Hermano

Imaginad que en vuestro trabajo abuchearais e insultarais a un compañero que piensa diferente a vosotros, que le impidierais hacerse oír pateando en el suelo cuando os molestan sus manifestaciones, o que mostrarais carteles con indirectas para descalificarle porque, por ejemplo, sabéis que tiene menos formación que vosotros. Pensad también por un momento en el otro extremo. Suponed que en la oficina aplaudierais a rabiar cada vez que uno de los que piensan como vosotros suelta una frase que consideráis brillante, o que dejáis salir la pasión que lleváis dentro para celebrar haciendo la ola las ocurrencias de los que son de vuestro palo. Inconcebible, ¿verdad? Pues eso es a lo que se dedican nuestros representantes en el Parlamento español, como pudimos ver en la sesión de investidura y auguro seguiremos viendo a lo largo de esta legislatura.


Resulta preocupante contemplar la hasta ahora sagrada sede de la soberanía nacional convertida en el fondo norte de un campo de fútbol o, si me apuráis, en lo más parecido a un sucio bar de barrio antes de la hora del cierre, cuando ya solo quedan borrachos, pendencieros y pelmazos intercambiado insultos tabernarios y perdiendo los papeles ante el hastío del camarero.

Por lo que refleja Twitter, que es el termómetro demoscópico más perverso, entre los espectadores que siguen en directo las sesiones parlamentarias los hay que desearían poder estar allí, en la Carrera de San Jerónimo, pateando y silbando con sus señorías, pero deben conformarse con trasladar la bronca a la red del pajarito, y también los hay que se avergüenzan de sus representantes políticos. Gracias a estos últimos podemos decir que todavía hay esperanza. Aunque no sé por cuánto tiempo. El efecto contagio del Parlamento a la calle podría emular al de la peste y convertirse en devastador.

Algunos medios de comunicación no ayudan a neutralizar los efectos de este lamentable espectáculo. Me refiero a esos que han decidido no aplacar los ánimos, sino encenderlos más y aprovechar el tirón en su propio beneficio. Es decir, captar audiencia en ese río revuelto de ciudadanos poseídos por un odio exacerbado al contrario. Y eso solo se consigue empleando el mismo código que ellos. Así que no es extraño escuchar a “profesionales” adornando las noticias con adjetivos calificativos –algo que sobra en el buen periodismo- cuando no participando como analistas políticos vociferantes en tertulias que cada vez se parecen más a las del corazón. Es entrando en ese juego de la crispación, de enfrentar a 'las derechas' y 'los progres', cuando la prensa comete, a mi entender, una grave irresponsabilidad. Tan grave como la de los diputados que se portan en el Congreso como si habitaran la casa de Gran Hermano.

Queremos informadores, no líderes de opinión tendenciosos. Buscamos profesionales que nos ofrezcan todos los datos sin escamotear ninguno que resulte de interés para formarnos nuestro propio criterio. Al menos yo. Entiendo que haya ciudadanos que busquen en los medios su propio pensamiento y se pongan cachondos cuando escuchan o leen a periodistas que verbalizan sus mismas ideas con vehemencia. Son muchos los que no tienen tiempo ni ganas de pararse a analizar la realidad o contrastar los datos que les llegan, que tienen una postura previa inamovible y que dan por buena la munición que reciben de los medios que consideran de cabecera porque van en su línea. Pero deben ser conscientes de que su sectarismo les priva de otros interesantes puntos de vista.

Sé que es complicado asumir que pueda hacer uso de la palabra en el Parlamento una formación política emparentada con el terrorismo y que vierta críticas desde el atril contra las más altas instituciones del Estado, pero es que sus representantes ya han saldado cuentas con la justicia, han recibido los votos que establece la legislación electoral para contar con representación parlamentaria y además, como se encargó de recordar la presidenta del Congreso, nuestra Constitución defiende la libertad de expresión.

También entiendo que a muchos les escuece ver cómo jóvenes políticos con escasa formación o ninguna experiencia laboral previa ocupan puestos de responsabilidad y cobran al mes lo mismo que ingresan los mileuristas en medio año. Pero es que la ley no exige que los integrantes de una lista electoral deban tener una carrera. De hecho no he visto ninguna mención al respecto, por lo que entiendo que hasta un analfabeto podría ser candidato.

Y, por supuesto, soy consciente de que muchos pueden sentirse inquietos ante los posibles peajes territoriales que le toque pagar a Pedro Sánchez a cambio de los apoyos a su investidura. A los que no entiendo, por cierto, es a los del gatillo fácil con esa ridícula arma del boicot. Pienso que tan legítima es la postura del diputado de Teruel Existe, Tomás Guitarte, decidido a darle un SÍ a Pedro Sánchez a cambio de compromisos para reflotar su tierra, como la de Ana Oramas, de Coalición Canaria, rompiendo la disciplina de su partido y cambiando la abstención por un NO en coherencia con su discurso. Aunque lo que más parece preocupar es en qué se traducirá en un futuro próximo el apoyo de los independentistas catalanes. Será por mi naturaleza naif, pero no creo que se vaya a romper España porque ERC permita con sus votos un gobierno de coalición de izquierdas, como se hartan de repetir algunos. Más me preocupa que de tanto marear la perdiz y retrasar la formación de un Gobierno, estemos desatendiendo la resolución de problemas mucho más reales, como el paro, las pensiones, las ayudas a la dependencia, la sanidad pública o una educación de calidad para todos. 

Espero que algún día, más pronto que tarde, los diputados recapaciten y empiecen a actuar con la educación que se les presume y el respeto que un servidor público le debe a quienes le votaron. Si esto no puede ser, entonces cruzo los dedos para que al menos fuera del hemiciclo mantengamos el sentido común y no terminemos a la gresca.