Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

lunes, 11 de junio de 2018

Mi difícil relación con los mamógrafos

Hace unos días me tocó hacerme una mamografía. Afortunadamente no tenía ningún síntoma alrmante, pero las autoridades sanitariasque se preocupan por cuidar mi salud y la del resto de los ciudadanos, me lo aconsejaron. Lo llaman medicina preventiva y a la larga dicen que resulta más rentable que esperar a que enfermemos para empezar a invertir en nuestra recuperación. El caso es que el sistema informático debió chivarles que ya iba tocándome pasar por el cribado. Automáticamente me enviaron una carta para informarme al respecto y luego me telefonearon para citarme. Todo muy rápido, la verdad. Aproveché la llamada para avisar de que no estoy lo que se dice muy dotada. Solo una vez en mi vida me he sometido a este tipo de prueba, precisamente porque mi anatomía no colabora. Vamos, que no hay suficiente teta que aplastar. De hecho, tras aquel intento fallido, casi que me aboné a la ecografía como método para descartar males mayores.

Bien, pues a pesar de que les advertí de este subdesarrollo mamario, la mujer que estaba al otro lado de la línea debió pensar que exageraba y, tras una risita pícara que sonó a “Me tenía que tocar a mí la acomplejada de la mañana”, me citó para la prueba. Me chocó que me preguntara antes si tenía alguna prótesis. A ver, si tuviera unos implantes de silicona no me quejaría de estar plana. Pero bueno. El protocolo es el protocolo y supongo que la encargada de contactar con las pacientes sigue órdenes y debe ajustarse a un patrón. De vez en cuando se echa en falta que haya menos autómatas en este tipo de puestos que sirven de enlace entre médico y paciente.

Curiosamente el día que me presenté a la prueba, el técnico en radiodiagnóstico me volvió a preguntar lo mismo que la persona que me citó.
-“¿Alguna mamografía en los últimos dos años?”.
-“No, solo una en mi vida hace muchos años y con dificultad, porque tengo poco pecho”.
-“¿Implantes?”. 
Era evidente que el caballero aún no había levantado la vista de esos papeles en los que escribía sus notas, si no se habría ahorrado la pregunta. De todos modos, yo muy educada le respondí.
-“Pues no, como ya le he dicho no tengo apenas pecho y lo notará en cuando quiera hacer esta prueba”.
Ahí ya no le quedó más remedio que mirarme y lo hizo como diciendo: “No sabe usted con quien está hablando, soy el número 1 de mi promoción en lo de conseguir las mejores placas de las mamas, así que no dude de mi fiabilidad”. Pero no lo verbalizó. Es más, eludió hacer ningún comentario al respecto y pasó inmediatamente a darme las indicaciones para proceder. Era evidente que no entendió que yo trataba de quitarle hierro a ese trance -al menos para mí- algo embarazoso.


Descúbrase de cintura para arriba, recójase el pelo, colóquese ligeramente escorada… Y  yo, obediente, fui siguiendo las órdenes hasta llegar al momento crítico, ese en que intentas situar la mini-masa que es tu mini-teta sobre una especie de plataforma de metacrilato para que otra plancha similar la presione por arriba hasta hacer un bocadillo de glándula, en mi caso de pezón, porque casi no quedaba carne que pudiera salir en la foto.

El señor técnico se plantó unos guantes para manipular mi pecho tratando de ayudarme de la manera más aséptica posible en el difícil proceso de colocación. En ese momento me dio por pensar en su trabajo y cómo le afectaría en su vida privada. Todo el puñetero día tocando tetas. Supuse que al llegar a casa le quedarían pocas ganas de seguir con lo mismo. Es como el pastelero que termina aborreciendo el dulce o el fisioterapeuta que acaba por la noche tirado en el sofá después de una larga jornada de liberar contracturas y teme ese momento en el que a su pareja se le antoje un masajito en los pies.

El pobre sudaba. Cuando ya parecía que había logrado capturar todo el mondongo sobre la bandeja, apretaba más el emparedado de pecho y salía disparado hacia su pantalla para captar la imagen de RX. “No respires” me decía, como si cuando a una le están aplastando una teta fuera capaz de hacer otra cosa que no sea pensar en la santa madre del capullo que te está ayudando a ver las estrellas.

Pasamos al seno izquierdo y de nuevo la misma operación. Toma mi pecho en sus manos como si fuera plastilina y lo estira en múltiples direcciones para ver si es posible capturar la mama en todo su esplendor, pero de nuevo nos enfrentamos a demasiadas dificultades. “Sitúese más a la izquierda. No, a la derecha. Gírese. Póngase recta. Mire arriba. Suba la barbilla. No se gire tanto. No levante tanto…”. Y mientras, mi pobre busto molido, mi infinita paciencia a la baja y mi sentido del humor, que era generoso cuando crucé la puerta de la cabina, reduciéndose al mínimo.

A ver, señora”. Esa fue la gota que colmó el vaso. Ahí definitivamente la cagó. ¿Señora? –pensé-. ¡Me ha llamado señora! Es lo que me faltaba. “Por favor, no me llames señora”, le espeté con toda la mala leche que había ido acumulando.

Ahí la conexión entre el técnico de radiodiagnóstico y la paciente, a la sazón yo misma, terminó por enfriarse del todo y ya apenas si intercambiamos más palabras. Las justas para pedirme repetir la teta derecha dado que, por lo visto -o por lo no visto-, no habíamos logrado el objetivo esperado en el primer intento.

Al final, para cubrirse las espaldas, mi pobre torturador dejó caer que quizá podrían llamarme para hacer una ecografía si con las imágenes que había conseguido no era suficiente. Después, un frío aviso: “En unas semanas recibirá los resultados en su casa. Si no, vaya a su médico de atención primaria”. Y siempre el usted. Con lo bien que me habría venido a mí un tuteo y una palabra de ánimo en medio de esa situación tan ridícula.

El programa de detección precoz del cáncer de mama a partir de los 50 parece la mejor medida para aumentar las posibilidades de detectar un posible tumor en fases tempranas y aplicar un tratamiento más eficaz y menos invasivo para esta patología. Pero personalmente creo que le falta a este enfoque una cierta personalización. No vale con saber que la paciente ha llegado a la edad crítica y someterla a una batería de preguntas comunes sobre si ya se ha hecho la prueba con anterioridad o si lleva prótesis mamarias. No está de más conocer las particularidades de cada paciente, escuchar sus inquietudes, si -como es mi caso- tiene un micropecho incompatible con la correcta y efectiva realización de una mamografía, y luego decidir si está o no indicada la prueba. Que conste que es voluntaria. Si la paciente en edad de riesgo se niega, no se la hace y punto. Imagino que marcarán en su historial esa negativa y si en el futuro, por la mala suerte, la naturaleza o la simple vida, decide brotarle un cáncer, la administración sanitaria podrá decir que hizo todo lo que estuvo en su mano.

Que conste que no quiero sonar exagerada. La mamografía es una prueba molesta pero soportable. Dura escasos minutos (a no ser que las tengas enanas como yo, que entonces se eterniza), pero lo importantes es que a partir de cierta edad te curas en salud. Cuando le contaba a unas amigas esta ‘experiencia religiosa’ divagaba sobre cómo era posible que en pleno siglo XXI, con lo que hemos avanzado, siendo capaces de inventar coches que aparcan solos, construir casas con impresoras 3D o interactuar con la inteligencia artificial, no exista una manera menos latosa que comprimir el pecho para detectar lesiones en el tejido o cualquier anomalía. Una de ellas me dijo que sí existía; un TAC podía ser igual o más efectivo que una mamografía, pero era demasiado caro, además de conllevar una radiación extra, riesgo que apenas existe en las mamografías tradicionales y que es nulo en la ecografía, que es una exploración por ultrasonidos más cómoda, barata y que, en mi caso, hasta ahora había sido igual de útil, ligeramente menos vergonzosa e infinitamente menos dolorosa.

En este punto me vienen a la cabeza nombre de mujeres que saben lo que es padecer un cáncer de mama. Y entonces se me olvida el rato incómodo que pasé, el color rojizo de mi escote después de la prueba y hasta el “señora” con el que me castigó el controlador del mamógrafo, ese diabólico aparato con el que esta nadadora siempre ha mantenido una compleja relación.

2 comentarios:

  1. Pues si te cuento mi experiencia con la misma prueba... (sí, a los hombres también se la hacen, o eso creía), te comprendo.
    PD: yo también prefiero una ecografía ;-)

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    1. Me encantaría escuchar tu experiencia. Sí, había oído lo de los tíos. Imagino que si conmigo el técnico sudaba, con pacientes hombres ya ni te digo... Bss.

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