Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

lunes, 20 de agosto de 2018

Un pirulí que todos quiere saborear

Desde que Rosa Mª Mateo fue designada administradora única de RTVE, leo en redes sociales muestras de hastío por los numerosos cambios y sustituciones que se están anunciando entre los profesionales de primera línea en la Corporación. He encontrado casi tantos testimonios de solidaridad con los caídos como de celebración por los relevos. Pero ciñámonos al último cese conocido, el de Víctor Arribas, que conducía La noche en 24 horas. Mientras unos medios resaltan que fue un controvertido fichaje, otros hacen hincapié en que conseguía muy buenos datos de audiencia y que, a pesar de todo, le han defenestrado.

Coincidí con Víctor en la radio y creo que algo puedo opinar. Me parece un buen periodista, un correcto profesional con tablas y mucha escuela. Es culto y, como punto extra a su favor, le gusta el cine clásico. Además la cámara le mima. Es atractivo y domina el medio televisivo, donde se ha ido curtiendo desde que debutó en Telemadrid. Salvo que tiene sus ideas y las ha compartido públicamente en su época de tertuliano (es lo que hace precisamente un opinador: opinar), como editor no me parece especialmente tendencioso y quienes denuncian algunos casos de manipulación en su programa, me parece que se la cogen con papel de fumar. Puestos a sacar punta, cualquier periodista manipula desde el momento que elige unos temas y no otros, un determinado orden de presentación y unos tiempos para cada asunto. Por muy objetivo que pretenda ser, el periodista es un ser humano, no un robot, tiene una ideología, una forma de pensar que se va filtrando en su manera de transmitir lo que cuenta. Unos disimulan más y otros ni lo intentan.

A pesar de todo, creo que a Arribas no le habrá sorprendido la noticia. Estoy convencida de que desde que Pedro Sánchez se estrenó como presidente, él sabía que tenía las horas contadas. Es así de triste. Los sabía él y todos los que como él desembarcaron en RTVE en la etapa en que gobernaba el PP, ya fuera como fichaje estella o como parte de eso que algunos llamaban “redacción paralela” donde, por cierto, conozco a algún otro profesional que, por haber aterrizado vía dedazo político, sobrevive con dificultad en medio del entorno hostil que es una redacción posicionada en contra y sin tener oportunidad de demostrar que su valía estaba por encima del enchufe.

Quiero recordar que ese mismo puesto lo ocupó Xabier Fortes –tan profesional y atractivo como Arribas- en época de Zapatero. Fue retirado del espacio cuando pasó a gobernar el PP y decidieron poner en su lugar a un hombre que -debieron pensar- se ajustaba más a la nueva línea editorial, Sergio Martín, quien luego pasaría el testigo a Víctor.

Es decir, cuando cambia el signo de los gobiernos (nacional o autonómico), los que entran tienden a colocar a gente de su confianza al frente de las televisiones públicas. Y esas personas, en un efecto dominó, suelen rodearse de otros afines. Cuando pasa en los medios públicos lo llaman politización, sea cual sea el partido que gobierne. Pero también ocurre en los medios de comunicación privados, donde esas prácticas obedecen a intereses más crematísticos. Y pasa, por supuesto, en las empresas de cualquier signo. Pasa en todas partes.

Durante seis años estuve trabajando en un gabinete de prensa de un ayuntamiento. A los dos años de empezar, hubo un cambio de alcalde, que no de partido, y prescindieron del que era mi jefe para darle el puesto a otro periodista de la confianza del regidor entrante. A mí me repescaron por tener a alguien –digamos- que pudiera servir de enlace entre lo viejo y lo nuevo. Cuando ese segundo alcalde concluyó su mandato y una serie de circustancias le impidieron seguir, el nuevo primer edil entrante decidió no continuar con el gabinete de prensa que existía e incorporar a otras personas a las que conocía y con las que había trabajado previamente. En ningún momento se planteó si el personal que realizaba esas funciones hasta entonces era bueno, malo o regular. Cortó por lo sano. Y yo me quedé en la calle. Ni me pilló por sorpresa ni me sentí traicionada. La vida del personal eventual tiene esas cosas. Tu nombramiento y cese van asociados al del alcalde y están sujetos a algo tan arbitrario como un decreto que puede decidir firmar el susodicho en cualquier momento. Ya me lo advirtieron cuando entré en el maravilloso mundo del personal de confianza. Sabía a lo que me arriesgaba.

De modo que estoy curada de espanto. Ya no me escandaliza todo este cambio de cromos. Los que mandan tratan de rodearse en su trabajo de amigos y conocidos porque así se aseguran de que no les torpedearán. Todo lo contrario. Van a cubrirles las espaldas. Desengañémonos, hay quien escoge lo malo conocido antes que lo bueno por conocer para evitarse sorpresas. En muchos casos también hay que pagar favores o proteger a quien un día te sirvió. En ocasiones todo se reduce a seguir consignas o instrucciones de arriba. Otras veces te ciegan los prejuicios. O simplemente todo se reduce a una cuestión de gustos.

A lo largo de mi carrera,  me han apeado de dos programas de radio que dirigía y presentaba. Una vez fue aprovechando un inoportuno embarazo que, por cierto, hoy se llama Bruno. En la otra simplemente porque los directivos prefirieron apostar por alguien con más nombre y recorrido. En ambos casos asumí que no había sido lo suficientemente buena para conservar el puesto. Con el tiempo he domado a mi parte más autocrítica y he entendido que no se le puede gustar a todo el mundo.

Resumiendo: Una pena lo de Víctor Arribas. Como también fue una pena en su día, hace seis años, lo de Xabier Fortes. Ahora cambian las tornas y le toca a este último volver a ser querido. Dirigirá Los Desayunos de TVE, dejando fuera de juego al que hasta ahora lo hacía, Sergio Martín. Y si en un año o dos cambia el color del gobierno, estoy segura de que volverán a cambiar las caras, aunque sea un color nuevo. Todos quieren tener el control sobre la radiotelevisión pública. Todos quieren saborear el pirulí. Lo peor es que ya estamos acostumbrados. Lo hemos visto demasiadas veces.


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