Llevo 40 años viendo la ceremonia de los Goya en televisión. No me he perdido ni un año la gala de los Oscar, desde que se emite en España a través de alguna cadena. A todas esas noches viendo entregar premios tengo que sumar también los Forqué y los Feroz que he seguido desde que los inventaron y alguna cadena o plataforma de streaming los ha retransmitido. Este es mi bagaje para poder hablar con cierta autoridad sobre este tipo de espectáculos o, al menos, con la experiencia que da ser espectadora recurrente. Desde ese lugar, voy a tratar de explicar dónde acertó y dónde falló la gala del 40 aniversario de los premios del cine español que pudimos ver este sábado 28 de febrero.
Antes de nada, soy contraria a la tendencia de elegir para conducir el evento a dos e incluso tres presentadores -como la edición de los Javis y Ana Belén-, a no ser que sean una pareja cómica con química, como Andreu Buenafuente y Silvia Abril. La elección de este año de emparejar a Luis Tosar y Rigoberta Bandini no la he entendido. No creo que empastaran bien ni tuvieran el perfil para conducir una gala así. Además, si lo de fichar a la cantante para este cometido era por hacer un guiño a Barcelona introduciendo a alguien catalán, se me ocurren miles de opciones alternativas.
A mi entender, basta con un buen maestro de ceremonias, con gracia y desparpajo, al estilo de la añorada Rosa María Sardá, y un guion inteligente para hacer de la gala un buen espectáculo. Y cuando hablo de presentador, me refiero a una persona que no solo abra y cierre la ceremonia, sino que también vaya teniendo breves apariciones de entidad a lo largo de la velada llevando un hilo conductor, no como ocurre últimamente, que llegas a olvidar quién presentaba la gala porque no vuelves a verlo sobre el escenario.
En cuanto a las interacciones con las estrellas del patio de butacas, soy partidaria de incluir pequeños gags con algunos de los asistentes previamente pactados, porque suele ser raro que ese tipo de encerrona funcione cuando pillas por sorpresa a alguien, siempre que no sea un rey de la improvisación, claro. Mejor contar con cómplices que sepan que van a jugar un papel en el espectáculo y que la sorpresa esté bien ensayada. Más que nada por el bien del espectador, del presentador y del sorprendido. Como ejemplo, el momento en el que Rigoberta Bandini interactuó con Óliver Laxe, que a mí me resultó incómodo y ortopédico. Sobre todo, cuando la artista, de repente, se puso a cantar dejándole de pie parado sin saber qué tenía que hacer.
Otros momentos donde el guion se revela como fundamental son aquellos en que las parejas ‘entregadoras de premios’ van presentando cada una de las categorías. Todos estos años de tragarme estas fiestas del cine me han enseñado que en solo un minuto se puede mantener un diálogo ingenioso entre los dos entregadores antes de dar la estatuilla. Sin embargo, en la última gala, salvo contadas excepciones, como la de Toni Acosta, que improvisó con ironía uno de los mejores chistes de la noche sobre la duración de la gala cuando dijo “Queda poquito. Porque empezamos en febrero y estamos ya en marzo", el resto se limitaron a que uno diera paso al vídeo con los cinco nominados y el otro a abrir el sobre y desvelar el nombre del ganador. Puede que haya sido ese papel tan frío que les ha tocado jugar este año el que haya influido en esa imagen de poca complicidad que mostraban los dúos. A saber quién y con qué criterio ha emparejado a los entregadores de este año porque no se ha dado mucho ‘match’. En vista del resultado, hubiera bastado con un único entregador. Ahí tenemos como ejemplo a Victoria Abril en solitario entregando el premio a la mejor actriz con un monólogo convertido en uno de los momentos más divertidos y brillantes de la gala.
Otro aspecto que no logro entender es por qué se empeñan en meter con calzador números musicales que no tienen nada que ver con las películas que compiten. Creo que funcionaría mejor que las cinco actuaciones fueran las canciones nominadas, interpretadas por los propios artistas o, en su defecto, un único montaje en el que se repasaran extractos de las candidatas en voces de otros cantantes.
En la última ceremonia no me sobró el inicio musical con el clásico de Joan Manuel Serrat ‘Hoy puede ser un gran día’, por sus múltiples simbolismos. También fue muy acertado el ‘Si te vas’ de Robe Iniesta como banda sonora del In memoriam. Pienso que con esos minutos musicales habría bastado. Y eso que la versión de 'Bámbola' que hicieron Ana Mena y Guille Milkyway de La Casa Azuel no estuvo mal, pero no venía a cuento. Sí parece que tenía más justificación ‘La rumba de Barcelona’ que se montaron Rigoberta Bandini, Bad Gyal y Arrels de Gràcia, aunque personalmente me parezca innecesario que haya que homenajear cada año a la ciudad donde se celebran los Goya introduciendo ‘algo muy de allí’ en el espectáculo.
Por otro lado, la cifra redonda de 40 años que cumplían los premios exigía un ejercicio de memoria como el que hizo la Academia mostrando imágenes icónicas de todas las galas vividas hasta ahora, de las películas premiadas en estas cuatro décadas y testimonios de sus protagonistas, aunque creo que se les fue la mano. En estos tiempos de inmediatez y consumo rápido de contenidos en redes sociales, para mantener la atención del público, los vídeos no deberían superar el minuto y medio. Ajustándose a esa duración, podrían haber ido soltando piezas para desengrasar y marcar el ritmo de la gala. En cambio, optaron por vídeos que, aunque interesantes, se me antojaron demasiado largos.
Quizá eligiendo la primera opción, habrían acortado la duración de la gala que, por mucho que se empeñan año tras año, no hay edición que no supere las tres horas. Esta duró tres horas y 10 minutos, 20 minutos menos que la del año pasado. Controlar lo controlable es la única manera de ajustar el tiempo. Si resulta incontrolable que, en medio de la euforia, el Goya de Honor, el Internacional o el propio presidente de la Academia, ciñan su discurso al tiempo que se les ha marcado, mucho más los es que los ganadores no se excedan del minuto que les dan para expresar sus agradecimientos bajo ameneza de ser expulsados del escenario a golpe de música si se exceden.
De hecho, los emotivos discursos de Alba Flores al recoger el Goya a la mejor canción por la película ‘Flores para Antonio’, que puso a cantar ‘No dudaría’ al patio de butacas, y el de Miriam Garlo, mejor actriz revelación por su papel en la película ‘Sorda’, reivindicando la importancia de la lengua de signos, superaron con creces el tiempo asignado. Y estoy segura de que a nadie se le hicieron largos. El tiempo siempre es relativo.
