Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 16 de enero de 2022

Carnaza

No voy a alimentar más el debate sobre algo que el ministro de Consumo, Alberto Garzón, no dijo porque no tiene sentido y no merece la pena. Las polémicas artificiales construidas sobre ‘carnaza’ que unos dicen que alguien dijo pero que en realidad no dijo son de primero de propaganda política y ofenden al sentido común del ciudadano que quiere escuchar, sabe leer y entre las virtudes que le adornan puede presumir de comprensión lectora.

Dicho esto, prefiero plantearos una cuestión a los que os gusta la carne y la consumís habitualmente. Si pudierais elegir entre estas dos opciones, decidme qué preferiríais comer:

1.-Carne de un animal que ha pasado sus últimos años de vida correteando libremente por una granja o una explotación de ganadería extensiva, alimentándose con pasto y productos naturales y supervisado con mimo en su crianza. 

2.-Carne de un animal que ha estado hacinado en una macrogranja, sin casi poder moverse, con otros cientos de su especie, engordado a la fuerza y a gran velocidad mediante piensos baratos procedentes terceros países para su rápida ‘puesta a punto’ y sin casi contacto con ningún humano, dado que la instalación está totalmente tecnologizada. 


Yo particularmente elegiría siempre la primera carne, aunque quizá mis ahorros me bajarían de la nube de una bofetada y me harían elegir la carne que puedo pagar, la segunda, que resulta más barata porque el producto final llega al lineal del supermercado más rápido y con menos coste para el dueño del negocio. Quienes han cargado contra el ministro dicen que la calidad del producto es la misma. Permitidme que lo dude. Si así fuera no habría diferencia de precio. 

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), la ternera procedente de ganadería extensiva es un 30% más cara y el pollo casi un 70%. La pena es que solo adivinemos el tipo de carne que comemos cuando miramos el precio, porque la ley no obliga a incluir en el etiquetado de qué tipo de granja procede lo que nos comemos. Lo más que llegamos a saber es si es pollo de corral. Ahí es donde vendría bien que se centrara el señor ministro. 

Desengañémonos. Para cubrir las necesidades nutricionales de carne de toda la población no bastan las explotaciones del primer modelo. Lo ideal sería contar solo con ganadería extensiva, sí, pero no produce lo suficiente. Solo un 5% de la carne que consumimos viene de esas granjas de vacas, corderos, cerdos o pollos felices. Así que, salvo que de aquí a corto plazo proliferen las impresoras 3D que fabriquen a lo bestia proteína lo más parecida posible a lo que sería un chuletón, tenemos que permitir el modelo intensivo, pero bien regulado y ejecutado, nada que ver con el industrial que practican esa especie de factorías de carne que conocemos coloquialmente como macrogranjas, aunque sea un término que no aparece recogido en ninguna ley. Ahí también podía poner el ojo el ministro Garzón, en trabajar en una legislación y unos controles que evitaran las malas prácticas en ese tipo de explotaciones ganaderas. 

Os planteo una última cuestión a los carnívoros que defendéis el modelo de las macrogranjas, si es que hay alguno entre quienes lean esto. ¿Os gustaría que os instalaran una de esas explotaciones de 4.000 cerdos al lado de casa con todo su impacto ambiental? Imaginad convivir con sus olores, con la contaminación de los acuíferos por los purines y las emisiones a la atmósfera de amoníaco procedente de esta mezcla de orines y excrementos de tantos animales juntos. 

Algunos pueblos de la España rural y vacía han permitido el asentamiento de estas explotaciones en sus términos municipales con la esperanza de obtener buenos ingresos y revitalizar la economía de la zona. Pero al final la realidad se impone y el ayuntamiento termina pagando el arreglo de los caminos destrozados por el continuo paso de camiones, los trabajadores del pueblo siguen desempleados porque esas factorías apenas necesitan mano de obra y el fuerte hedor termina atrayendo a más moscas que turistas. Eso sí, lo que no les falta a los residentes es carne de cerdo estresado. 

Lo más delirante es que antes de esta ya cansina polémica todos los partidos rechazaban las macrogranjas, igual que el ministro. El propio PP se ha opuesto a este modelo de ganadería industrial en una treintena de municipios españoles. Y Castilla-La Mancha, una comunidad autónoma gobernada por el PSOE, con un presidente que también se lanzó al lodazal contra Garzón, acaba de aprobar una moratoria para no instalar macrogranjas hasta 2025. Los propios dueños de explotaciones de ganadería extensiva, el modelo ideal para el ministro y para el resto del arco parlamentario, son los más perjudicados por la ganadería industrial y los primeros en remarcar que es insostenible, pero se han visto arrastrados a este debate ficticio y, ya que les han puesto en el foco, quieren aprovechar para conseguir cariño y ayudas tras años de pasarlas canutas. 
 
Entonces, si todos estamos de acuerdo, ¿dónde está la polémica? A ver si va a ser porque hay unas elecciones autonómicas en Castilla y León el 13 de febrero.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Fallece Santiago Chivite, periodista, escritor, buena persona y gran amigo

Una mala noticia me ha abofeteado al despertarme esta mañana. Ha muerto Santiago Chivite. Para quienes no le conocierais, era periodista, escritor, compañero, excelente persona y gran amigo. En estas fechas he echado de menos sus mensajes de Whatsapp pidiéndome que le ayudara a confeccionar su felicitación navideña digital. Estaba ingresado en la UCI de un hospital de Burgos tratando de recuperarse de los numerosos daños sufridos en un accidente de tráfico, así que permanecía ajeno al móvil.

El último whatsapp que recibí de él me llegó el 5 de noviembre, pocos días antes de que perdiera el control de su vehículo en una carretera de Soria. Me felicitaba porque era el día de Ángela de la Cruz y consideraba que era mi santo, algo que yo ignoraba porque nunca he controlado el santoral como él. Me preguntaba si estaba bien y me anunciaba la próxima presentación de su libro ‘Encuentros con Jesús de Nazareth’. El mismísimo Cardenal Carlos Osoro iba a ser el maestro de ceremonias, “¡Toma ya!”, escribía. Lo leí con prisa, porque estaba trabajando, y le contesté con un escueto “¡Gracias!, Todo bien, espero que vosotros también”. Añadí un emoticono de guiño y beso. Lo que se dice una mierda de mensaje de cortesía.


Cuando pocos días después su hijo Javi me contó lo que había pasado y me trasladó la gravedad de la situación, me sentí fatal. No solo por lo ocurrido, sino por la posibilidad de que muriera sin haberle contestado algo más profundo, sincero o efusivo. Debería haberle llamado para que me contara lo emocionado que estaba con este nuevo libro religioso que iba a terminar encasillándole en la temática mística. Bromearíamos y me contaría su próximo viaje a Cintruénigo con su mujer, Dori, para ver a la familia, y yo le diría que disfrutara de la excursión. Pero no lo hice. No le llamé. 

No sé si durante este mes y medio, en el que parecía que iba recuperándose, alguien le llegó a decir que me acordaba mucho de él y que estaba deseando que le dieran el alta para que volviera a darme la turra con sus felicitaciones navideñas o con el montaje anual de fotos de sus nietos que coleccionaba para ir viendo la evolución de los cinco pequeños y no tan pequeños. 

Parecía que había remontado. Su salida de la UCI, su alta del Hospital de Burgos y su traslado al Gregorio Marañón en Madrid daban a entender que había Chivite para rato. Pero ayer, la víspera de Nochebuena, en plenas navidades, una época del año tan especial para un creyente como él, Santiago Chivite falleció. Lo escribo y todavía no me lo creo. 

Chivite fue mi jefe en el Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Las Rozas; mi maestro en comunicación política, institucional y de crisis; mi compañero de vinos blancos en la terraza de Los Amigos; mi narrador de apasionantes batallitas sobre el diario Ya y sobre el PP de Fraga; mi parapeto para salir indemne del veneno de la política; mi organizador de aperitivos de San Fermín, con su chistorra y su pañuelico, como buen navarro; mi amigo y confidente. Envidiaba su amor por Dori, cómo presumía de hijos y nietos, su villa en Carabaña, su sentido del humor y su profunda fe. 


Para mí fue todo esto durante los dos años años que compartimos despacho y después, cuando nuestros caminos laborales se bifurcaron en 2011 por unas nuevas elecciones municipales en la que Las Rozas cambió de alcalde, pero no de siglas. A un año de su jubilación, le mandó al paro el mismo Partido Popular al que consagró buena parte de su vida profesional. 

Después de esta gran faena, mantuvimos el contacto, las llamadas en cumpleaños, los mensajes con consultas sobre ordenadores -¡Ay, él y la tecnología...!-, los mails con instrucciones para algún 'favorcito', los vinos blancos aprovechando alguna de sus visitas al pueblo y las comidas de Navidad


A estas alturas del año ya nos habríamos reunido junto con otro grupo selecto y variopinto de personajes conectados a través de aquel ayuntamiento. Habríamos compartido menú y lotería. El año pasado suprimimos la quedada navideña por el Covid. Este año tampoco ha podido ser. Ya nunca más podrá ser. 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Un extraño en la habitación de mi hijo

De un tiempo a esta parte sospecho que mi hijo no es mi hijo. Juraría que alguien me ha dado el cambiazo. Hay detalles que no me cuadran. No parece el mismo. Y no me refiero solo a su aspecto físico. Doy por hecho que a los 16 años han dado el estirón, derrochan una fuerza que no controlan, les brotan granos en las mejillas, les asoma un bigote de cuatro pelos y parece que tienen siempre el pelo sucio. Así que todo eso no me extraña. Son otros detalles de su comportamiento los que me hacen sospechar.

Por ejemplo, antes dormía con la puerta abierta y ahora la mantiene cerrada todo el santo día. Antes me abrazaba y besaba de manera espontánea sin motivo aparente y ahora me hace la cobra cuando intento aproximarme. Antes colocaba su mano sobre mi hombro cuando caminábamos por la calle y ahora evita ser visto conmigo en público. Incluso disimula para no saludarme si nos cruzamos accidentalmente por la calle y va acompañado de unos amigos que ya no conozco y con los que nunca he hablado. 

Recuerdo que a mi hijo se le daban bien todos los deportes y le encantaba practicarlos. Desde su más tierna infancia fue enlazando natación con tenis, luego karate, después fútbol y más tarde baloncesto. Sin embargo, este que se hace pasar por él solo practica con asiduidad el ejercicio de mover el dedo índice de la mano derecha para manejar el ratón del ordenador. Para ser honestos, últimamente también se machaca en el gimnasio con el propósito de ponerse "mamadísimo”. Como extra, se ha apuntado por sorpresa con sus amigos a un equipo de futbol 7 sin tener siquiera botas de tacos ni interés en comprarlas. Así que juega con las que le van dejando. Por supuesto, este extraño me ha prohibido acercarme a verle jugar, prueba inequívoca de que no es mi hijo. A él nunca se le ocurriría dejarme al margen a mí, que le enseñé a chutar y a entrar a canasta cuando era un renacuajo y que no me he perdido ninguno de sus partidos. Cuando le he pedido explicaciones, este adolescente borde, que es imposible que haya salido de mi útero, me ha venido a confesar que mi sola presencia le avergonzaría delante de sus colegas. Así, con todo su cuajo.

Pero tengo más pruebas e indicios de que ese que duerme en la cama de mi hijo no es mi hijo. El que yo parí recuerdo que me buscaba la víspera de un examen para que le preguntara la lección. En cambio, este que alimento y alojo en casa ni siquiera me cuenta que tiene exámenes. A mi pequeño traté de enseñarle la tabla de multiplicar; la diferencia entre hay, ay, y ahí; el verbo to be, y un montón de competencias educativas más. Pero este ser que convive conmigo prefiere ilustrarse con vídeos de Youtube y directos en Twitch, mientras descuida su ortografía en sus mensajes de Whastapp. Voy más allá. A pesar de ser poco aficionado a estudiar, mi hijo siempre encontraba alguna materia que le fascinara: la ciencia, la tecnología, las matemáticas… Hoy, este que vive en mi casa echa pestes del sistema educativo, despotrica por tener que estudiar cosas que no le van a servir para nada, reniega de la memorización y pone a parir a todos los profesores que le aburren en sus clases.

Sé que este impostor no es mi niño porque, de cada cuatro palabras que emite, una es “puta”. Es su calificativo más frecuente. “Me cago en mi puta raza” es una de sus frases favoritas. Pero también sale de su boca con frecuencia “Cierra la puta puerta” o “Esto es una puta mierda”. Cuando este desconocido se frustra, eleva la voz, da golpes en las mesas y portazos, algo que nunca hacía mi hijo, que no era respondón ni malhablado ni faltaba al respeto. Tampoco cuestionaba mis órdenes ni discutía mis planteamientos, algo que se ha convertido en una costumbre para este intruso que de vez en cuando zanja los debates con un “Ok, boomer”.

Echo de menos cuando jugábamos juntos o cuando vivíamos los viajes como una aventura. Este desalmado que se hace pasar por mi hijo no quiere ni jugar ni viajar ni hacer nada que suponga pasar tiempo conmigo.

Pero quien sea que ha secuestrado a mi hijo y ha dejado a este suplantador aquí, en ocasiones se despista y deja escapar a mi retoño, que reaparece de nuevo en casa en vez del insoportable. Suele coincidir con alguna oferta en una web de ropa de marca. Y como yo le he echado tanto de menos, a veces pico y se la compro. O cuando se acerca el fin de semana. Entonces sé que es él porque se sienta a mi lado, me dedica su mejor sonrisa, suelta un “tenemos que hablar” y despliega todo su atractivo para convencerme de que le dé permiso para llegar tarde a casa o quedarse a dormir con alguno de esos amigos cuyos progenitores están de viaje y no tienen inconveniente en dejar a su prole menor de edad sola en casa como Macaulay Culkin.

Debo admitir que mi adorado hijo también aparece cuando interactúa con otras personas, sus abuelas, sus tíos y otros adultos. Entonces sí reconozco a la persona cariñosa, educada y simpática que ha criado esta boomer. De momento, tendré que conformarme con eso.


sábado, 6 de noviembre de 2021

La jungla a la puerta del colegio

Una de las cosas que más agradecí cuando mis hijos crecieron y pasaron del colegio al instituto fue dejar de tener que llevarlos o recogerlos. Quien no tiene críos en edad escolar ignora que el salvaje oeste era un juego de niños comparado con el entorno de un colegio a la hora de entrar o salir de clase. No imagina la transformación que sufren padres, madres y resto de adultos encargados de la penosa tarea de acercar a la chavalería hasta los centros educativos o recogerla una vez que concluye la jornada escolar. 

Afortunadamente, por incompatibilidad de horarios, yo no llevé mucho a mis hijos al colegio, fue su padre quien se encargó. De lo que no me libré fue de recogerles a la salida. Y puedo asegurar que ese ejercicio cotidiano lo vivía como un martirio. 

La mayoría de las veces, como la proximidad a nuestra casa lo permitía, solía ir andando, aunque lloviera, que para eso están los paraguas. El problema surgía aquellos días que coincidían extraescolares -natación, tenis, gimnasia, música…- y los horarios nos obligaban a salir pitando de un lado a otro. La situación requería entonces llevar el coche al lado del colegio con media hora de antelación para encontrar sitio donde aparcar y esperar. En ese rato era testigo de la locura. Mi propio coche conserva en sus laterales las huellas de los golpes recibidos por las puertas de otros vehículos introducidos casi a presión en un hueco imposible. 


En esos años que no añoro he visto cosas que no creeríais: madres sin ninguna discapacidad aparente aparcando “un minutito” en plazas para personas con discapacidad; padres estacionando en pasos de peatones sin ruborizarse; adultos hechos y derechos tirando el coche en doble fila delante de la puerta del colegio para evitarse andar 50 metros. Incluso recuerdo que una vez una conductora pretendió retirar a algunos padres de la acera para aparcar su coche allí. No lo consiguió, a pesar de echar sapos por la boca. 

El colegio donde han estudiado mis hijos, Los Jarales, colinda con otro, La Encina, cuyo terreno a su vez limita con una escuela infantil, Juan Ramón Jiménez, que tiene en su parte trasera un colegio de educación especial, el Monte Abantos. En total se concentran cuatro centros escolares de Las Rozas en una misma manzana con plazas de aparcamiento limitadas, lo que se traducía entonces en colapsos de tráfico de unos quince minutos cada mañana y tarde. 

Las alternativas para evitar ese estrés al volante eran ir caminando, en autobús o en bicicleta. Caminando íbamos quienes vivíamos cerca y no teníamos nada urgente que hacer después. La opción del autobús solían utilizarla las cuidadoras sin vehículo que acompañaban a los alumnos que vivían a cierta distancia del colegio. En cuanto a ir sobre dos ruedas, era un mínimo porcentaje el que se animaba, pese a poder utilizar el carril bici que llega hasta la puerta y dejar la bici en los aparcamientos específicos de que dispone el colegio. Por cierto, en la época en que mis hijos eran alumnos nunca los vi ocupados. 

Al principio pensaba que la alta concentración de centros escolares públicos en poco espacio, el escaso aparcamiento y la falta de civismo tenían la culpa del caos. Pero resulta que con el tiempo vi esa misma estampa en otros dos colegios de barrios próximos. Casualmente ambos eran concertados. Además, ellos sí que contaban con aparcamientos ‘disuasorios’ en los que dejar el vehículo para recorrer andando el último tramo de unos 100 metros hasta la puerta del colegio. Pero se ve que hay conductores que no están dispuestos a que les digan dónde tienen que estacionar y lo hacen donde les apetece, en doble fila, impidiendo el paso de los demás vehículos, o en la acera, obligando a los peatones a salir a la calzada. Es decir, que lo único que compartían unos y otros colegios es el poco civismo exhibido por los adultos en las entregas y recogidas. 

Tras el atropello en el que perdió la vida esta semana una menor a la salida de un colegio en Madrid y otras dos resultaron heridas, ha vuelto a surgir el debate sobre la conveniencia de restringir el tráfico en los entornos escolares y hacerlos más seguros. Yo no tengo dudas. Aunque ya no me afecte, o porque ya no me afecta, digo sí.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Feminismo sangrante

Hay nueva polémica en las redes. En realidad, no deja de ser una anécdota si miramos a nuestro alrededor. El centro cultural Medialab-Prado que depende de Madrid Destino, empresa pública del Ayuntamiento de Madrid, tiene un grupo de trabajo denominado ‘Gente que sangra’ cuya función es ser “una red abierta e inclusiva de divulgación y aprendizaje menstrual”. Fue creado para organizar actividades que creen “un espacio de sororidad en torno a la menstruación” y, de paso, mantengan vivo el “activismo contra el heteropatriarcado”. Uno de sus talleres, ofertado con motivo del Día de la Visibilidad Menstrual, instruía sobre la confección de compresas de tela reutilizables.
Aunque han pasado tres meses, ha sido ahora cuando se ha prendido la mecha en Twitter. Algunas asociaciones feministas lo han considerado, por hacer un juego de palabras, ‘sangrante’. Critican la denominación ‘Gente que sangra’ porque consideran que ofende a las mujeres, las invisibiliza y las anula, cuando recuerdan que es precisamente por ser mujeres por lo que tienen el periodo durante una buena parte de su vida, es decir, que solo las mujeres menstrúan. Hoy en día esta afirmación, circunscribir la regla a las féminas, se considera tránsfobo, porque se excluye a los hombres trans.

En esa línea se sitúa el planteamiento inclusivo de los impulsores de estos talleres que invitan a participar a “todas aquellas personas dispuestas a compartir su vulnerabilidad, identidades no binarias, mujeres autoidentificadas mujeres y varones cis con ganas de escuchar", señala literalmente su presentación. 

Una parte del feminismo, el llamado ‘clásico’, defiende que la menstruación es un proceso biológico exclusivo del género femenino y que son muchos años los que las mujeres llevan defendiendo que no se considere sucio ese aspecto de su biología ni se oculte lo específico de su sexualidad, algo a lo que creen que conduce este tipo de términos genéricos. 


Sin ánimo de entrar en esta guerra, yo iría a la raíz de la cuestión. Es decir, el nombre ‘Gente que sangra’. Admitamos que la elección de esa denominación es fallida. En realidad, todos sangramos. Por la nariz, por una herida o por la menstruación. Y de todos ellos, lógicamente, las personas que podrían estar más interesadas en la fabricación de compresas serían las que tienen la regla. De modo que, a mi entender, sería más apropiado ‘Gente que menstrúa” o “Personas menstruantes”, expresiones que ya emplean en estos círculos, aunque una parte del feminismo siga pensando que también deshumanizan e insultan, porque siguen borrando de esa realidad a la mujer. Al final, este nuevo feminismo tan inclusivo parece provocar el efecto contrario. Por incluir a una minoría, excluye a la mayoría y hay quien cree que se convierte en el mejor aliado del machismo. 

Aunque lo que me extraña es que el debate no se haya centrado en el tema del taller, la fabricación casera de compresas reutilizables. Ahí sí que me pinchan y no sangro. Será una práctica todo lo ecofriendly que quieran, pero nos retrotrae a la época de nuestras abuelas, que una vez al mes se pasaban los días lavando a mano paños higiénicos. Tanto tiempo tratando de avanzar para ahora volver a retroceder. Asumo que el uso de compresas y tampones genera un exceso de residuos que no benefician al medio ambiente, pero si es por eso, merece mayor promoción como producto de higiene íntima la copa menstrual, que da libertad a quien la lleva, no condena a hacer constantes coladas y a la larga resulta más económica. 

No quiero terminar sin mencionar a las mujeres menopáusicas que se han sentido agraviadas con este asunto. Algunas se preguntaban:” Y las que ya no sangramos, ¿qué somos?”. Yo les contestaría: Afortunadas.