Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

lunes, 19 de julio de 2021

El sistema no perdona los errores

Como dicen que de los errores se aprende, hoy voy a contaros la historia de un error que veremos si se traduce en aprendizaje.

Cuando solicitas plaza para estudiar una carrera universitaria en el llamado Distrito Único y Abierto de Madrid hay que confeccionar una lista con tus preferencias independientemente de a qué universidad pertenezca la facultad en la que te gustaría estudiar. Se supone que debes aspirar a entrar en grados con una nota de corte inferior a la nota obtenida en la Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad (EBAU). Pero como la esperanza es lo último que se pierde, pones el grado de tus sueños como primera opción, aunque sea Biotecnología en la Universidad Politécnica de Madrid, con solo 88 plazas y una nota de corte de 13,295, mientras que tu calificación de la EBAU es un 12,811. Sí, 0,4 inferior. 

Todo lo haces muy deprisa, porque el adulto responsable en este salto del Bachillerato a la Universidad es tu profesora de la materia en la que has encontrado tu camino, la Química. Porque has tenido una epifanía y en el futuro te ves dedicada a la investigación en un laboratorio, por ejemplo, de genética. 

Entonces te pones a solicitar la lista de carreras por orden de preferencia pensando que, de esa lista de diez, seguro que te llaman de aquellas para las que te da la nota y puede que, si los aspirantes de las otras son peores que tú, incluso te seleccionen en alguna de las difíciles. Por soñar, que no quede. Así que cometes el error de poner en los tres primeros puestos tres carreras con una nota de corte superior a la tuya y a partir de la cuarta, sin pensar bien el orden, otras que intuyes, sin ahondar en ello, que te asegurarán pasar tiempo en un laboratorio. 

Pero resulta que llega el día en que te tienen que contactar las universidades para decirte que cuentan contigo y te choca que solo te envíen mensaje de una, de la cuarta opción, a pesar de que tienes también nota para entrar en las siguientes. Y de repente te enteras de cómo funciona realmente el sistema. Tan solo te dan admisión a un grado, el primero para el que tengas nota de corte suficiente. Del resto, olvídate. Es decir, el orden de elección era más que importante, pero eso nadie te lo había dicho y tú tampoco te habías detenido a leer bien las instrucciones ni habías investigado lo suficiente sobre cada una de las opciones. Estabas a otras cosas, por ejemplo, a repetir la EBAU para sacar aún mejor nota por recomendación de tu profesora, aunque supusiera arañar solo unas décimas y tener menos vacaciones que tus amigos. 

Entonces se te cae el mundo encima porque el grado en el que has sido admitida es Ingeniería Química, que no sabes ni por qué lo pusiste en cuarto lugar. Podías haber seleccionado por encima Bioquímica o Farmacia, que tenían más que ver con tus intereses. Pero no. Todo lo hiciste demasiado rápido y mal. La has cagado y el sistema no perdona los errores. Te lo dicen bien claro cuando contactas con la Universidad: “El orden de preferencia es para la adjudicación de plazas, en este momento no se puede hacer ningún cambio de opción”. Como solución, te ofrecen matricularte en ese Grado que no quieres y tratar de superar un número de créditos mínimo para solicitar luego un traslado de expediente. Sin embargo, ahora sí, has consultado a fondo en qué consiste esa carrera y te das cuenta de que casi no tiene asignaturas en común con la que tú deseas y que para conseguir créditos que te permitan ese traslado las va a pasar canutas, por no decir putas. 

Así que ves que ya solo quedan tres opciones: estudiar algo que no quieres, rechazarlo y jugártela apuntándote a las listas de espera de las dos únicas titulaciones que te permite el sistema o peregrinar por las universidades privadas donde con suerte a estas alturas encuentres una plaza que vacíe la hucha familiar.


En esta tesitura se encuentra mi hija y en parte me siento responsable. Ahora empiezo a darme cuenta de las consecuencias de haber sido una madre helicóptero o cualquiera de las otras versiones de hipermadre que manejan los expertos. Sí, lo asumo, a lo mejor durante la crianza me he pasado de sobreprotectora. Quizá he tendido a facilitarles demasiado las cosas, allanarles el camino, ayudarles a salvar obstáculos… Puede que, de tanto quererles, haya terminado haciéndoles daño. Porque el resultado es que les he convertido en personas más dependientes que autónomas, inseguras y con baja tolerancia a la frustración. 

Cuando alcanzó los 18 años, entendí que había llegado el momento de soltar un poco las amarras. Es decir, mi función pasaría a ser la de acompañamiento, no la de tutoría. Esperaba que ella fuera espabilando poco a poco, que tuviera iniciativas relacionadas con la mayoría de edad más allá de comprar alcohol en el Mercadona, pedir un tinto de verano en un bar o irse de viaje con los amigos. 

Confiaba en que investigara sobre las posibilidades que se le ofrecían en el plano universitario. Que revisara todas las opciones que tenía. Que pensara en planes B, C o D para afrontar un más que probable fracaso a la hora de conseguir plaza en el muy demandado Grado que deseaba cursar. Que brujuleara alternativas y que incluso curioseara en la oferta de universidades privadas por si, en último extremo, su corazón le decía que la Biotecnología era su camino y tenía que tomarlo, costara lo que costara. 

Daba por hecho que así sería, de modo que me mantuve al margen del proceso. Supuse que tenía toda atado y bien atado. Que había leído bien las instrucciones. Que sabía perfectamente los pasos que debía seguir y cómo operar en este trance tan fundamental para la vida de cualquiera, ese momento en el que uno elige su futuro. 

Pero resulta que no. Y un error de principiante despistada puede traducirse en que una alumna, a mi entender brillante, concienzuda y trabajadora, que se ha pegado un curso de estudio salvaje, que se ha sometido no a una, sino a dos EBAU decidida a mejorar todavía más, pueda quedarse sin nada que estudiar el próximo curso mientras se flagela por su estupidez. 

Quizá el tono de este post me ha quedado demasiado melodramático. No sabemos cómo acabará este episodio. En todo caso, no pasa nada por retrasar un año la entrada en la Universidad. Hay un montón de alumnos que se toman un año sabático al terminar Bachillerato y viajan por el mundo o se apuntan a voluntariado. También los hay que comienzan los estudios con los que habían soñado y luego descubren que cualquier parecido con sus sueños eran pura coincidencia. Hay miles que anulan matrícula antes del segundo semestre. No es poco frecuente tampoco encontrar profesionales dedicados a una actividad que nada tiene que ver con sus estudios. Da tantas vueltas la vida y son tantas las variables que escapan de nuestra voluntad, que no tiene sentido convertir esto en un drama. Sí, lo sé, pero no puedo evitar que me dé mucha rabia que todo el esfuerzo no haya merecido la pena y, sobre todo, que el sistema no te permita corregir un error. 

Voy más allá, porque el caso de mi hija no es único. Lo más lamentable es que animemos a los jóvenes a ir a la universidad para luego cercenar vocaciones y generar frustración en el amplio porcentaje de aquellos que nunca conseguirá plaza en lo que desearía estudiar.

domingo, 11 de julio de 2021

Carne de cañón

Lo que me demuestra el follón que se ha montado con el vídeo de Alberto Garzón y la carne es lo mucho que os afecta lo que diga un ministro. Pueden venir todos los médicos del mundo a explicaros que la ingesta en exceso de carne roja y procesada se relaciona con la propensión a desarrollar ciertas enfermedades. Os da lo mismo. Pueden llegar los más insignes científicos a detallaros los efectos perniciosos de la ganadería industrial sobre el medio ambiente. Directamente os la refanfinfla. Pero aparece de repente el ministro de Consumo en un vídeo diciendo exactamente lo mismo, incluso más suavizado, y os lleváis las manos a la cabeza y el colmillo a su yugular. 
Del vídeo de Garzón se pueden comentar muchas cosas, desde que es un poco largo, repetitivo y falto de ritmo en los tiempos que corren, hasta que resulta cómico escucharle hablar de flatulencias de las vacas o ‘permitirnos’ una barbacoa de vez en cuando si compensamos luego con un tiempo de ensaladas. Pero lamento deciros que el mensaje de fondo es algo incuestionable: el consumo excesivo de carne no es bueno para la salud ni para el medio ambiente. 

Aquellos que os quejáis de que se os diga lo que tenéis que hacer y censuráis lo que denomináis “intervencionismo de la izquierda en los hábitos de consumo de los ciudadanos”, deberíais saber distinguir entre una recomendación y una prohibición. 

No ha dicho que se prohíba la carne. Ha sugerido que no comamos tanta. No ha cargado contra los ganaderos, sino que ha alertado de los perjuicios de la ganadería intensiva. Lo que propone es mejorar la dieta para mejorar nuestra salud y la del planeta, porque “menos carne es más vida”. 

El ministro os puede caer mejor o peor, os puede parecer más o menos merecedor de un Ministerio, pero en este caso no creo que sus palabras sean para provocar ningún cataclismo social. 

Soy carnívora desde pequeña y tengo amigas de toda la vida dedicadas al sector. Adoro comer carne. Entre una hamburguesa jugosa y una menestra no tengo dudas. Ante la disyuntiva carne o pescado, me quedo con lo primero, que no tiene espinas. Una barbacoa es para mí la felicidad y la disfruto cuando toca, que suele ser una o dos veces al año, por lo general en verano. Puede que sea por eso, porque suele resultar algo puntual y extraordinario, que la vivo como una fiesta. Imagino que si fuera mi menú de cada día perdería el interés, incluso llegaría a detestarla. 


El resto del tiempo como carne, sí, no solo roja, y todavía más de la que recomienda la OMS, lo confieso, algo que tengo que corregir. Pero también me alimento de pescado, verduras y frutas de temporada, huevos, legumbres, arroz y pasta. Así que lo que ha dicho el ministro ni me sorprende ni me altera. Al contrario que los que han puesto el grito en el cielo y la foto de la barbacoa a la salud de Garzón en Twitter, tienen más efecto en mí las palabras de los expertos que las de los políticos. Esas son las que me influyen y las que de verdad me motivan a cuidar mis hábitos de consumo por mí y por el planeta. De los políticos espero que legislen buscando el beneficio colectivo y poniendo los intereses de los ciudadanos por delante de los suyos propios. 

No se me olvidará cómo muchos se echaban las manos a la cabeza con la entrada en vigor de la Ley antitabaco en 2006, cuando Zapatero tuvo la ‘osadía’ de prohibir fumar en los bares y en los centros de trabajo. Después de quince años no creo que haya nadie que no le esté agradecido a él y a la entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, por sacar adelante esta medida que, aunque no ha reducido las tasas de fumadores, al menos ha sacado el humo de los espacios públicos cerrados.

Ya sé que no es comparable, pero aquello sí que fue una medida política tomada con todas las de la ley. Esto de la carne se queda en simple sugerencia, una recomendación nacida de la reflexión de un ministro, no de un real decreto ley de un Consejo de Ministros. No llega siquiera al mensaje “Beba con moderación” de las bebidas alcohólicas o el “Fumar mata” del paquete de tabaco. 

En todo caso, ya sois mayorcitos para decidir si queréis convertiros en carne de cañón y jugar a la ruleta rusa de contraer una enfermedad asociada a todos estos malos hábitos. 

Quedáis avisados. Ahora, si queréis, sois libres de rendiros al imbatible chuletón al punto de Pedro Sánchez las veces que os apetezca.

sábado, 26 de junio de 2021

Realidad y ficción

No he necesitado más que un capítulo de la nueva temporada de la serie Élite para notar que resultaría muy oportuno incorporar un aviso al comienzo de cada episodio recordando a los espectadores que lo que van a ver es ficción y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Los adultos no necesitamos esa aclaración, por supuesto, pero a los chavales que tienen la edad que representan los protagonistas de la historia no les vendría mal. 

Es más, nos harían un favor a los padres de adolescentes que siguen la trama en la pantalla y se dejan llevar por la tentación de pensar que aquello que ocurre en la serie debería estar pasándoles a ellos. Ayudaría a hacerles comprender que, aunque los protagonistas encuentran lío en ‘cero coma’ y se dediquen más al sexo que a las matemáticas, eso no significa que ellos vayan a tener la misma suerte. O que si las chicas salen por ahí vestidas con diseños más apropiados para gogós de discoteca que para alumnas de instituto, eso no convierte su atuendo en el más práctico para moverse por la vida. 


Me sorprende la sexualización extrema a la que se somete a los y las menores en algunas series de ficción y que siempre planea en sus relaciones cuando interactúan. Lo peor es que se transmite a la vida real y cada vez es más común ver a crías de 12 años paseando por ahí su inocencia ‘disfrazadas’ de Julia Roberts en Pretty Woman y a niños de 13 fantaseando con imitar lo que han visto en alguna pantalla. 

No solo la ficción o la industria del entretenimiento es responsable de este sinsentido. El mundo de la moda también contribuye a crear unos estereotipos enfermizos. El último ejemplo ha levantado tal polvareda que hasta una organización de consumidores ha intervenido para pedir su retirada. Me refiero a un bikini para niñas de 5 años con relleno para simular el pecho. 

Insistimos en acelerar la vida, anticipar lo inevitable, para luego, con los años, tratar de retrasar el paso del tiempo y conjurarnos contra la edad. No hay quien nos entienda. 

Hay otra serie que se sitúa en las antípodas de Élite. También es ficción, pero llegas a creértela. Se llama Mare of Easttown y se puede encontrar en HBO. Tanta discusión sobre el aspecto físico de su protagonista, Kate Winslow, me despertó la curiosidad, así que la vi. Lo que llama la atención, y de ahí la polémica, es que la actriz, de 45 años, aparece con barriga, arrugas, despeinada y sin maquillar. Como resumirían algunos, “vieja y gorda”. La caracterización está extraordinariamente conseguida. Sobre todo, porque es muy natural, muy real, muy creíble. Si vas camino de los 50, como Kate, o ya los has pasado, como yo, hay que hacer bastante poco para parecer una mujer madura más preocupada por seguir adelante con su vida que por su aspecto físico. También os digo que mucho mérito no tiene. Basta con ser una misma. No tratar de hacer eso que se asocia siempre a la mujer y suena tan tremendo: “arreglarse”. 

Hace unos días la revista Qué me dices publicaba un tuit con una información sobre otra actriz, Sarah Jessica Parker, de 56 años. En la imagen aparecía como una persona normal en un día normal, el pelo recogido, gafas y mascarilla, algo que la publicación calificó de “vaya pintas”. 
Hace poco también eran la comidilla los envejecidos -sobre todo ellos- protagonistas de Friends, reunidos de nuevo para un episodio especial de una serie que comenzó a emitirse hace más de tres décadas. Como si cumplir años y que se te note fuera algo extraordinario. 

Tengo canas que brotan de mi cabeza tiesas como antenas. El cuello se me empieza a arrugar. Se me olvida hacer pesas, así que comienzan a ser visibles las alas de murciélago en una parte de mis antebrazos. Aunque para dar pistas sobre mi edad no es necesario llegar ahí. Basta con mirar las arrugas en mi frente, las bolsas bajo los ojos, los párpados caídos, el código de barras sobre mi labio superior o las mejillas descolgadas. Mi piel está flácida, a mis músculos les falta tonificación, a pesar de hacer ejercicio periódicamente, y para poder seguir mi ritmo de vida sin que me reviente una vena en el cerebro tomo pastillas que regulan mi tensión. Nada extraordinario. Lo que suele pasar cuando has llegado viva a los 53 años. Pero se ve que alguien olvida que por aquí terminamos pasando todos o, mejor dicho, los afortunados que lo podemos contar. 

Concluyo. Estoy harta de que las canas en un hombre le hagan interesante y en una mujer la conviertan en una ‘dejada’. Me provoca mucho hastío que el monotema sea siempre el aspecto físico. Me deja perpleja que los efectos del paso del tiempo a partir de cierta edad tengan tan mala prensa, pero insistamos en hacer parecer mayores a quienes no lo necesitan. Y, sobre todo, me indigna que sexualicemos tanto y tan pronto a las niñas. Dejad que la naturaleza siga su curso. Y, sobre todo, respetad a los que somos tan reales como la vida misma.

domingo, 23 de mayo de 2021

Hechizo de Luna

Se llama Luna, tiene 20 años, es de Móstoles y se encuentra en Ceuta realizando las prácticas del Grado Superior de Integración Social. Formaba parte del dispositivo de la Cruz Roja desplegado para socorrer a los inmigrantes que llegaban por el mar desde Marruecos. 

Ella es la protagonista de la imagen de la semana, esa en la que aparece fundida en un abrazo con un desconsolado joven subsahariano en la playa del Tarajal. Él parece exhausto después de recorrer a nado las aguas que separan ambos países. Llora porque asume que la travesía hacia Europa termina ahí y porque teme que uno de sus compañeros de aventura no va a poder sobrevivir. Es el que aparece detrás, rodeado de efectivos de emergencias que tratan de reanimarlo. 


Con naturalidad, Luna le da agua, le acaricia y termina abrazándole mientras él parece buscar un hombro en el que desahogar la pena. Luna hace lo que cualquiera con un mínimo de empatía y sensibilidad habría hecho en esas circunstancias. No ve un invasor peligroso, sino un ser humano que necesita ayuda y compasión. 

La imagen de Luna y el inmigrante senegalés, que finalmente fue devuelto al otro lado de la frontera y cuyo nombre no ha trascendido, ha dado la vuelta al mundo y hechizado a todos. También a mí. Como esa luna llena en el cielo de la que no puedes apartar la vista en esas noches en que sobran las farolas. 

Todavía hay esperanza, pensé. El mundo está lleno de gente buena, celebré. Habrá un día que el color, la procedencia, la religión, el aspecto o la posición social no nos importarán nada. Solo seremos seres humanos, me dije a mí misma. Pero el subidón me duró poco. 

Pronto empecé a leer en las redes sociales comentarios vomitivos contra Luna y se desvaneció el hechizo. La realidad se abría paso. Había tuiteros que calificaban su gesto de postureo. Alguno iba más allá e introducía en la escena insinuaciones sexuales con una bajeza insoportable. Percibí el desprecio hacia las organizaciones humanitarias, el odio hacia al diferente, la aversión hacia el pobre, un miedo irracional, acusaciones, amenazas, machismo, violencia, racismo y mucha ignorancia. 


Cuando luego contraatacaron multitud de usuarios de la red con muestras de solidaridad y gratitud hacia ella, el daño ya estaba hecho. Luna tuvo que poner el candado a su cuenta en Twitter y yo seguí observando las imágenes que compartían las televisiones, tratando de recuperar el hechizo. Lo que vi terminó de convencerme de lo que realmente importa. Soldados, guardias civiles, policías y legionarios ayudaban a los menores que habían llegado en avalancha a Ceuta, la mayoría engañados. Algunos, creyendo que iban a ver a Cristiano Ronaldo y la otra mitad, confiados en que al cruzar a España se les acabaría la vida de miseria. 

Miraba salir del mar a esos chavales y veía a mi hijo de 16 años. Le imaginaba escapando de casa para cruzar la frontera y se me encogía el alma. Se lo recomiendo como ejercicio de humanidad a quienes estos días han lanzado tanta bilis porque se sienten amenazados por esos miles de niños que aún esperan en naves del Tarajal a conocer cuál será su destino. Esas criaturas que ellos consideran fuente de problemas, gandules y futuros subvencionados del Estado español. Que piensen que podrían ser sus hijos, sus hermanos, sus nietos o sus sobrinos, a ver si así se les remueve algo dentro. 

Francamente, no concibo cómo alguien que presume de moral estricta, valores tradicionales y profunda religiosidad puede hacer gala de tan poca caridad cristiana. Sospecho que para cambiar eso va a hacer falta más que un hechizo.

domingo, 9 de mayo de 2021

¿Y si ahora no sé vivir sin estado de alarma?

Tengo miedo a no saber vivir sin estado de alarma. Han pasado más de seis meses desde el 25 de octubre. Una barbaridad. Sin contar el anterior periodo en confinamiento. Ya sé que es cuestión de tiempo que vuelva a acostumbrarme a la ‘libertad’. Pero es que había empezado a cogerle el gustillo a la represión. De hecho, solo le veo una ventaja a que por fin se levante: perder de vista los malditos cierres perimetrales que me han impedido viajar a Castilla y León para visitar a mi santa madre o acercarme a una playa para recargar las pilas cuando me saliera del ‘toto’. 

Por lo demás, vivir con toque de queda me ha parecido menos malo de lo que suena. No sé a otros padres, pero a mí me ha facilitado mucho las cosas con uno de mis hijos. Así no era yo quien discutía y amenazaba. Eso de delegar en la Administración es fabuloso. Y mucho más efectivo. El miedo a cruzarse con un policía y que le cayera una multa funcionaba mejor que mis amenazas de no dejarle salir en un mes si no llegaba a casa a la hora establecida. Lo de que aparecer puntualmente a las once cada fin de semana ha sido un milagro. Y esta Nochevieja, la primera que se ponía pesado con que quería salir, no veáis qué delicia y qué tranquilidad verle entrar en casa a la 1:30 sano y salvo. En poco más de una hora casi no da tiempo a meterse en líos. 

Limitar la movilidad de los ciudadanos de madrugada tiene su lado positivo, aunque a los que habéis crecido en democracia no os lo parezca a simple vista. La noche electoral, sin ir más lejos, me tocó deambular por las calles de Madrid a horas intempestivas por razones laborales. No me encontré ni un borracho, ni un pesado molesto, ni un atracador, ni un niñato tocapelotas. Solo operarios de la limpieza y algún patrulla de la Policía. En cambio, anoche, en cuanto dieron las doce, fui testigo desde mi terraza de cómo volvía el trasiego de vehículos y las pandillas de chavales gritones de botellón. 

Con lo que yo he disfrutado del silencio nocturno todo este tiempo. Sin sobresaltos que me arrebataran algún dulce sueño. Sin críos irrespetuosos que decidieran ponerse a cantar en el parque de enfrente. Sin conductores irresponsables que aparcaran su coche debajo de mi ventana con el reguetón sonando a todo trapo a las cinco de la mañana. Porque sí, seguimos con alta incidencia Covid, pero por cómo se han lanzado esta medianoche a la calle algunos para celebrar, parecía que habíamos derrotado definitivamente al ‘bicho’. Y qué afición por emborracharse en grupo en plazas públicas. Como si lo que hubiera decaído es la ‘ley seca’. Pues no lo entiendo. Yo no he dejado de tomarme mis vinos y mis cañas en todo este tiempo, así que anoche no tenía mono que superar ni tiempo perdido que recuperar. 

Maja vestida de Goya (imagen de Tumisu - Pixabay)

Debo confesar que muchas de las medidas restrictivas que hemos ‘sufrido’ estos meses a mí me han descubierto un mundo paralelo fantástico. Eso de mantener las distancias en las terrazas de los bares y no sentir en tu cogote a los de la mesa vecina resulta maravilloso. Lo mismo que las limitaciones de comensales. Ha sido el mejor invento para evitar a los acoplados. 

Me he acostumbrado a evitar mezclarme con no convivientes en mi casa ni en la de otros. Y como ya no tengo edad de fiestas clandestinas, la falta de socialización no me ha generado ningún trauma. 

Lo de dejar libre el asiento contiguo en el cine y el teatro me ha parecido una fantasía. Menos mal que de momento, mientras sigue merodeando el virus por aquí, mantendremos esa buena costumbre. Igual que la mascarilla, que también tiene sus ventajas. Pasas más desapercibido y si no te apetece saludar a alguien, haces como que no le reconoces. Por no hablar de que con ella puedes prescindir del maquillaje, llevar los dientes sucios y no depilarte el bigote. 

Y qué puedo decir del alivio que ha supuesto no volver a dar dos besos ni un apretón de manos cuando te presentan a alguien o te reencuentras con viejos conocidos después de un tiempo alejados. Con lo maniática que soy yo a la hora de elegir con quién intercambio fluidos. Guardar las distancias ha supuesto para mí una revelación, así que trato de hacerme la loca para no participar en esa fórmula alternativa que se han inventado de chocar los codos o los puños

Vale. Podéis pensarlo y decirlo con libertad. Definitivamente la pandemia y el estado de alarma me han convertido en una señora huraña e insociable. Sí. Solo me faltan los gatos.