Por mucho que odies a Pedro Sánchez; por mucho que te fastidie que siga en la Moncloa; por mucho que envidies su capacidad para desenvolverse en una cumbre internacional hablando en inglés con otros mandatarios; por mucho que te joda su planta, su imagen y esa aparente seguridad en sí mismo de la que hace gala en cualquier situación; por mucho que te reviente verle compartir vídeos con recomendaciones literarias y musicales o jugando con sus perretes por los jardines del palacio; por mucho que pienses que no cuenta con los apoyos suficientes para gobernar o aprobar presupuestos; por mucho que esquives los buenos datos macro de crecimiento de la economía española durante su mandato y prefieras poner el acento en la inflación o la baja productividad; por mucho que pienses que se ha cargado el Partido Socialista y lo ha transformado en el Partido Sanchista; por mucho que sospeches que maneja todos los poderes y mueve sus hilos para desviar la atención a otros temas y dejar fuera del foco las distintas causas judiciales que afectan a su entorno; por mucho que estés convencido de que cada decisión que toma es electoralista; por mucho que veas en su “No a la guerra” una estrategia para robarle votos a la izquierda de la izquierda; por mucho de todo esto y más, me cuesta creer que tengas alguna duda sobre de qué lado posicionarte en el pulso entre Donald Trump y Pedro Sánchez.
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| Pedro Sánchez (Foto: La Moncloa) |
Creo que la mayoría, si no todos, hemos conocido en nuestra etapa escolar a algún ‘Donald Trump’, el típico abusón del que tratabas de alejarte para que no reparara en tu presencia y así evitar que te eligiera como víctima. Ese que robaba meriendas, pisoteaba carteras o se metía con los que veía más débiles con total impunidad. Ese que iniciaba los líos, pero se las ingeniaba para que la bronca le cayera a otro. Ese que respondía con amenazas a cualquiera que osara no plegarse a sus deseos. Ese que solo se podía neutralizar de dos maneras: con un plante general de sus posibles víctimas previa denuncia a un mayor o con la aparición de otro como él que le hiciera probar su propia medicina.
Me parece perfectamente legítimo que un presidente español se niegue a permitir que EEUU use bases militares en su territorio para una guerra iniciada por su cuenta (y la de Israel), saltándose el derecho internacional y la vía diplomática. Aunque el país bombardeado sea Irán, donde impera un régimen teocrático que reprime a su pueblo y discrimina a las mujeres. No creo que liberar a los y las iraníes haya sido lo que haya movido a Netanyahu y Trump a iniciar una operación cuyos efectos va a ser desastrosos para todos, menos para ellos.
El capítulo 2 del Convenio de Cooperación firmado en 1988 para el uso de las bases de Rota y Morón dice textualmente: “España concede a los EEUU el uso de instalaciones de apoyo y otorga autorizaciones de uso en el territorio, mar territorial y espacio aéreo españoles para objetivos dentro del ámbito bilateral o multilateral de este Convenio. Cualquier uso que vaya más allá de estos objetivos exigirá la autorización previa del Gobierno español”. Es decir, lo de no permitirle a los americanos su uso para esta guerra está perfectamente justificado.
Lo que no tiene ni medio pase es que la reacción de Trump a esa negativa sea la de amenazar a España con aranceles como venganza. Y, desde luego, lo que clama al cielo es que a la oposición no se le caiga la cara de vergüenza cuando le echa la culpa a Sánchez de las posibles pérdidas económicas que vayamos a sufrir por no ser serviles al abusador en vez de ponerse del lado del país afeándole al presidente norteamericano esa amenaza de aplicarnos un correctivo totalmente arbitrario. Me pregunto a quién culparán de los efectos ya visibles de la guerra, como la bajada de la bolsa, la subida de la gasolina y el colapso en el transporte de todos tipo de mercancías por el estrecho de Ormuz, del que las principales beneficiadas -qué causalidad- están siendo las exportadoras de gas estadounidenses.




