Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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domingo, 15 de junio de 2025

Vivir para olvidar

Imagina olvidar todo a los cinco minutos de vivirlo. 

Imagina disfrutar de un banquete con estrellas Michelín y a los cinco minutos no recordar esa orgía de sabores. 

Imagina que te alertan sobre un peligro y a los cinco minutos nada, ni siquiera tu instinto de supervivencia, te conduce a tomar precauciones. 

Imagina no saber que te has duchado, aunque notes el pelo mojado. 

Imagina haber pasado por un hospital tras una caída y cinco minutos después del alta ignorar de dónde vienes y lo que ha pasado. 

Imagina enamorarte y a los cinco minutos olvidar esas mariposas en el estómago. 

Imagina enfadarte con alguien que te ha herido y a los cinco minutos ser incapaz de sentir nada de rencor. 

Imagina despertar cada día sin tener claro dónde estás. 

Imagina no poder terminar nunca un libro porque cuando acabas el primer capítulo ya no recuerdas cómo empezaba. 

Imagina no retener en tu mente nada de lo que escuchas o te dicen, no atesorar ninguna experiencia, ya sea agradable o traumática, no guardar un solo recuerdo más.

Mi madre no tiene que imaginarlo. Lo vive. Nadie ha emitido un diagnóstico que ponga nombre a su dolencia, salvo el manido “deterioro cognitivo” que todo el mundo asocia con sus 90 años. Pero los ratos que comparto con ella me dan la pista sobre ese borrado mental a corto plazo que la tiene sumida en el desconcierto y que coincide con lo que sufre el personaje de Marcela en el libro de Claudia Piñeiro 'Catedrales' y lo que el ‘doctor chat gpt’ define como amnesia anterógrada: “un tipo de amnesia en la que la persona no puede formar nuevos recuerdos después del evento que causó la amnesia. La memoria a corto plazo puede estar parcialmente conservada, pero la información no se consolida en la memoria a largo plazo. Las personas pueden recordar su pasado, pero tienen dificultades para recordar lo que acaban de hacer o decir hace unos minutos”. Exactamente como ella. Un estado que yo, sin tener ni puta idea, achaco a alguno de los varios golpes en la cabeza que ha sufrido tras caerse en varias ocasiones en el último año y medio.

Por mucho que trato de meterme en su piel, no llego a hacerme una idea de cómo se puede gestionar algo así. En ocasiones sus circuitos cerebrales parecen reconectar y verbaliza lo que está viviendo. “Me desaparecen los pensamientos”, me dijo un día. Sin embargo, la mayor parte del tiempo en su mente impera una desconexión que le hace farfullar, expresarse con las palabras incorrectas o dejar de hablar en medio de una frase porque el olvido la ha dejado sin saber qué quería decir. Noto que eso la hunde. Entonces solo me sale abrazarla y tratar de restarle importancia. Después, creo ver en su mirada vidriosa que recuerda quién soy y que no ha olvidado que me quiere.

viernes, 12 de junio de 2020

Si llego a octogenaria

Cuando llegue a octogenaria, si es que llego, y ojalá que sea en plenas facultades, me gustaría seguir viviendo en mi casa, durmiendo en mi cama y disfrutando de mis cosas: mis libros, mi música, mis películas, mis trastos, mis amigos… 

Como no espero nada de mis hijos y tampoco querría ser una carga o un motivo más de disputa entre ellos, me conformo con que me quede una paguita o algún ahorro para contratar a un tipo 'buenorro' que venga puntualmente. No penséis mal. Hablo de alguien que cambie un halógeno cuando se funda y repare cualquier avería que surja, me dé masajes en las piernas de vez en cuando para activarme la circulación, vaya al mercado y cocine para mí, tenga una conversación interesante cuando me acompañe al médico, a dar un paseo o a tomar un vino y, además de todo esto, me alegre la vista. 

He verbalizado este deseo en más de una ocasión delante de mi marido, quien me mira con resignación y se abstiene de pronunciarse. Imagino que es porque piensa que va a sobrevivirme y, por tanto, considera que mi sueño es irrealizable. Puede que tenga razón. Veremos. En cualquier caso, preferiría no pasar mis últimos años encerrada en una residencia rodeada de desconocidos tan viejos como yo, viendo pasar la vida del otro lado de los barrotes del jardín. 

Mi animadversión hacia este tipo de centros no es un efecto de la pandemia. Más bien la pandemia ha venido a corroborar mis impresiones y a poner al descubierto una triste realidad. No voy a cuestionar que las residencias son un gran alivio para quienes no tienen sitio en casa, ni tiempo, ni fuerzas, ni preparación, ni medios para atender el abuelo. Porque así es. También son la solución para aquellos mayores sin familia que voluntariamente deciden recluirse en un centro cuando experimentan los primeros achaques y necesitan sentirse bien cuidados. Y ahí se acaban los supuestos. 

A mi entender, el modelo de atención de los centros de mayores que existen en este país cuadra para quien ha alcanzado un alto grado de dependencia o es un ser asocial, pero no es ni mucho menos una respuesta a la vejez. Hemos convertido las residencias en lugares donde aparcamos a los ancianos que estorban, nos los quitamos de en medio, les sacamos de la sociedad, les aislamos y solo nos acordamos de ellos cuando hay que pagar impuestos, votar o culpar a alguien de tener tiritando la hucha de las pensiones y saturada la Sanidad. 

Por eso me parece de una hipocresía absoluta que muchos de los que no se han preocupado nada hasta el momento por la situación de las residencias, con plantillas tan mal pagadas como sobrecargadas y no suficientemente formadas, ni por sus ancianos inquilinos, ni porque se haya estado vendiendo como sociosanitario un servicio que solo llegaba a socioasistencial, ni por la factura sin pagar de la dependencia, se rasguen las vestiduras ahora porque en estos centros hayan muerto más de 19.400 personas en España afectadas por el coronavirus. Deberían reflexionar. 

Tal y como está el asunto, me declaro firmemente partidaria de llevar los servicios de geriatría a los mayores y no los mayores a los geriátricos. De hecho, las empresas que gestionan este tipo de centros deberían replantearse las cosas y explorar este nicho de mercado. El modelo ideal, a mi entender, pasaría por mantener a los viejos en su entorno y que allí reciban la ayuda que necesiten, ya sea sanitaria, terapéutica, de acompañamiento, asistencial o social. Si sus últimos días tienen que pasarlos de la cama al sofá y del sofá a la cama, que sean su sofá y su cama. Y si algún problema de salud aconseja ingresarlos en un hospital, que ningún borrador ni orden de la autoridad competente se lo impida, independientemente de su edad, su estado o sus expectativas. El problema, lo sé, es que ese modelo hay que pagarlo. Y no es barato.


Puestos a desear cómo envejecer, yo firmaría por imitar a cuatro matrimonios amigos que se han construido un edificio a medida en Barcelona con un apartamento para cada uno donde podrán retirarse juntos. No está mal tampoco, aunque yo soy más urbanita, la iniciativa de un grupo de jubilados que ha comprado una aldea deshabitada en Galicia para envejecer por sus calles y devolverle la vida. Existen otras alternativas en nuestro país, como el cohousing, un fenómeno en el que nos llevan la delantera, como casi siempre, los nórdicos. Se trata de viviendas colaborativas autogestionadas donde se suelen alojar personas mayores con lazos familiares, de amistad o afinidad que, cuando llegan a la jubilación, deciden ser vecinos, seguir disfrutando del ocio juntos y ayudarse mutuamente. Su objetivo es mantener la independencia y la privacidad que da residir en la vivienda propia dentro de un vecindario de confianza y sintiéndose arropados por amigos con los que comparten espacios, servicios y beneficios. 

Estos días cuando he salido por mi barrio, donde se sitúa una residencia muy golpeada por la covid-19, me he fijado en que muchas de las terrazas de bar reabiertas están ocupadas por supervivientes de la pandemia, personas mayores que celebran poder salir del confinamiento para tomar una caña y socializar. He pensado que no hay nadie que se merezca más ese capricho que ellos. Y lamento que los otros supervivientes que milagrosamente han esquivado a ‘la bicha’, a pesar de acecharles desde el otro lado de la puerta de su habitación en los cientos de geriátricos invadidos por el coronavirus, incluido el de mi barrio, tengan que seguir encerrados sin poder sumarse a esta fiesta.

jueves, 30 de junio de 2016

Los prejuicios de la edad

Estos días hay dos preguntas que se repiten machaconamente: Por qué ha caído España en octavos de la Eurocopa y por qué han fallado las encuestas que aventuraban un adelantamiento de Podemos al PSOE por la izquierda, e incluso un empate de los morados con el PP. En ambos casos he llegado a escuchar y leer tal sarta de incongruencias que no me resisto a zumbar hoy por ahí.

Vivimos en un país donde tan pronto elevamos ídolos a los altares como los derribamos y enterramos bien profundo, no sin antes atizarles de lo lindo. El tiempo medio de éxito y gloria suele ser breve, las modas nos duran lo que son capaces de entretenernos, en cuanto la novedad deja de serlo se nos baja la libido y buscamos rápidamente un recambio para reiniciar el furor.

Del Bosque era la leche hasta que perdimos con Italia, que se convirtió en cuajada. No había terminado el partido y ya se estaba debatiendo sobre su continuidad como seleccionador, cuando solo una semana antes estábamos aprendiéndonos de memoria la canción de la Niña Pastori y pintándonos la cara de rojo y amarillo. Ahora ya nos parece que el mister está mayor, que su ciclo ha terminado, y buscamos un recambio más fresco y joven. Y así con todo. 

¿Recordáis a Teresa, la mujer de 74 años de Jarandilla de la Vera, que fue noticia durante un par de días por protagonizar un vídeo de Podemos? Cambiaba la estrategia, ya no se asociaba el partido emergente solo con gente joven, también sintonizaban con abuelos como esta mitinera que daba estopa al PSOE y en general a los políticos ladrones. Los seguidores de la formación elogiaban a aquella mujer mayor y ponían en valor la sabiduría que da la edad, la vida y la experiencia. Pero en cuanto Podemos se estrelló y no consiguió el éxito esperado, entonces resultó que la edad era un lastre que no te deja pensar con claridad. Los viejos ya no son tan sabios y tan pintorescos… Bueno, eso es lo que piensan algunos listos sobre algunos mayores, a los que tildan de miedosos, tontos y paletos por votar -dicen- a los de siempre aunque les roben. 

Me fastidia que la edad sea tan determinante para todo y que se acomode a los intereses y circunstancias de cada uno. Que haya que desconfiar por sistema de los jóvenes por ser inexpertos, pero luego laboralmente haya empresarios que se beneficien de esta mano de obra barata y dócil. Que se hagan chistes sobre los mayores, sus frecuentes visitas al médico a por recetas, su conservadurismo y sus excursiones, pero luego haya un amplio porcentaje de abuelos que sostienen a familias y favorecen la logística con los nietos. Que si el PP saca mejor resultado de lo esperado y Podemos peor, sea porque los viejos han votado a los de siempre. Y que se sigan haciendo chistes con Errejón y su aspecto de niño cuando ya ha demostrado que tanto intelectual como verbalmente se le nota mejor dotado que el 95% de los nuevos inquilinos del Parlamento. Y me fastidia que se vaya arrinconando a mentes privilegiadas porque tienen arrugas para poner en su lugar a rostros tan lisos como su encefalograma. Me gustaría poder escuchar, leer, ver en puestos de responsabilidad de cualquier ámbito a personas brillantes independientemente de su edad, no a mediocres colocados por obra y gracia de alguien que ha pensado que viste más un cantamañanas de 30 o un soplagaitas de 60.

No me gustan las prohibiciones, pero ya puestos yo prohibiría confesar la edad, desvelar ese dato no lleva asociados más que prejuicios. La infancia, la juventud, la madurez, la vejez son estados temporales y pasajeros, que conducen a donde ya sabemos. Todo aquel que desprecie a los mayores, que piense que en su pecado lleva la penitencia; un buen día, sin tardar mucho, se habrá convertido en aquello que detestaba. Y otra cosa más. La juventud se pasa, la estupidez no, así que todo indica que además de hacerse viejo, seguirá siendo estúpido.