Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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martes, 17 de diciembre de 2024

El acompañante del enfermo en un hospital, ¿ventaja o molestia?

He frecuentado pocos hospitales, por suerte. Como usuaria, solo dos veces y por motivos felices, dar a luz. Como acompañante, sobre todo ha sido por ingresos de mis padres. La última vez que he pisado uno ha sido por la convalecencia de mi suegra tras una intervención. El tiempo que me ha tocado pasar con ella ha sido muy inferior al que le han dedicado sus hijos, pero me ha bastado para plantearme qué pasaría si familiares o amigos no pudieran permanecer al lado de los pacientes durante el tiempo que están ingresados.

Siempre había pensado que el que hace el favor de acompañar a un enfermo molesta a los sanitarios que se encargan de tratarle. Sin embargo, después de esta experiencia y de los episodios que he presenciado yo misma o que me han relatado quienes los han vivido en primera persona, me he convencido de que es al contrario. Un paciente acompañado es un premio gordo.

Tanto es así que uno accede a un hospital como simple acompañante de un paciente y sale preparado para que le convaliden un módulo sociosanitario, con la cantidad de labores que termina aprendiendo a realizar, bien porque dan por hecho que las va a querer hacer o bien porque, si espera que las haga alguien del personal justo cuando lo necesita, puede esperar sentado.

En estos días de estancia hospitalaria, no han sido ni una ni dos las llamadas al control de planta para trasladar una necesidad del paciente que obtenían como respuesta un “ahora vamos” seguido de una espera prolongada. Si después de un tiempo prudencial sin respuesta acudías al mostrador de enfermería, te encontrabas caras de fastidio detrás de un cartel que señalaba expresamente que no pintabas nada allí y que si querías algo, llamaras desde la habitación. Me han contado que alguna ‘profesional’ ha soltado un “que se espere” desde la sala de descanso de enfermeras cuando algún familiar solicitaba, por enésima vez y con media hora de retraso sobre el horario marcado, que le facilitaran alimento para la nutrición enteral prescrita a un paciente con sonda nasogástrica.

He asistido a varios olvidos o retrasos en la administración de protocolos pautados -aunque fueran unos simples aerosoles-, quiero creer que porque había otras prioridades más urgentes. Observando, he llegado a la conclusión de que la peor hora para necesitar ayuda en la planta de un hospital es el cambio de guardia. Unos están derrotados y los otros no han entrado aún en calor, así que procura no cagarte ni caerte ni convulsionar de dos a tres ni de nueve a diez de la noche.

Me pregunto qué harán los enfermos que están solos porque no tienen familiares o amigos que puedan turnarse para hacerles compañía de día o velar su sueño de noche. Cuánto tendrán que esperar para que una enfermera les retire un gotero que lleva más de media hora vacío. Cuánto tendrán que retener el pis hasta que alguien acuda a su habitación a ponerles la cuña o cuánto tendrán que aguantar con un pañal mojado y sucio hasta que les limpien el culo irritado. Cuántos días pasarán sin ducharse porque a las auxiliares les resulta más cómodo asear en la cama. Quién les ayudará a alimentarse si no lo pueden hacer por sí mismos o a moverse para no perder el tono muscular. Quién tratará de calmarlos cuando, al caer la noche, se muestren alterados por un síndrome confusional posquirúrgico. Seguro que en esos casos no tardan nada atarlos a la cama y administrarles un calmante para que no les amarguen el turno.

Me da la impresión de que el personal que trabaja en las áreas de hospitalización se ha malacostumbrado a que los acompañantes de los pacientes les ahorren trabajo y, al final, su presencia favorece que estén menos alerta.

Por supuesto, generalizar es injusto y en todos los ámbitos, también en el sanitario, hay de todo: gente muy profesional y otra no tanto. Será que hemos coincidido con más de esta segunda categoría. O quizá sencillamente lo que pasa es que el que está preocupado por la salud de un familiar tiende a pensar que todos los cuidados que recibe su ser querido nunca son suficientes.

jueves, 30 de junio de 2016

Los prejuicios de la edad

Estos días hay dos preguntas que se repiten machaconamente: Por qué ha caído España en octavos de la Eurocopa y por qué han fallado las encuestas que aventuraban un adelantamiento de Podemos al PSOE por la izquierda, e incluso un empate de los morados con el PP. En ambos casos he llegado a escuchar y leer tal sarta de incongruencias que no me resisto a zumbar hoy por ahí.

Vivimos en un país donde tan pronto elevamos ídolos a los altares como los derribamos y enterramos bien profundo, no sin antes atizarles de lo lindo. El tiempo medio de éxito y gloria suele ser breve, las modas nos duran lo que son capaces de entretenernos, en cuanto la novedad deja de serlo se nos baja la libido y buscamos rápidamente un recambio para reiniciar el furor.

Del Bosque era la leche hasta que perdimos con Italia, que se convirtió en cuajada. No había terminado el partido y ya se estaba debatiendo sobre su continuidad como seleccionador, cuando solo una semana antes estábamos aprendiéndonos de memoria la canción de la Niña Pastori y pintándonos la cara de rojo y amarillo. Ahora ya nos parece que el mister está mayor, que su ciclo ha terminado, y buscamos un recambio más fresco y joven. Y así con todo. 

¿Recordáis a Teresa, la mujer de 74 años de Jarandilla de la Vera, que fue noticia durante un par de días por protagonizar un vídeo de Podemos? Cambiaba la estrategia, ya no se asociaba el partido emergente solo con gente joven, también sintonizaban con abuelos como esta mitinera que daba estopa al PSOE y en general a los políticos ladrones. Los seguidores de la formación elogiaban a aquella mujer mayor y ponían en valor la sabiduría que da la edad, la vida y la experiencia. Pero en cuanto Podemos se estrelló y no consiguió el éxito esperado, entonces resultó que la edad era un lastre que no te deja pensar con claridad. Los viejos ya no son tan sabios y tan pintorescos… Bueno, eso es lo que piensan algunos listos sobre algunos mayores, a los que tildan de miedosos, tontos y paletos por votar -dicen- a los de siempre aunque les roben. 

Me fastidia que la edad sea tan determinante para todo y que se acomode a los intereses y circunstancias de cada uno. Que haya que desconfiar por sistema de los jóvenes por ser inexpertos, pero luego laboralmente haya empresarios que se beneficien de esta mano de obra barata y dócil. Que se hagan chistes sobre los mayores, sus frecuentes visitas al médico a por recetas, su conservadurismo y sus excursiones, pero luego haya un amplio porcentaje de abuelos que sostienen a familias y favorecen la logística con los nietos. Que si el PP saca mejor resultado de lo esperado y Podemos peor, sea porque los viejos han votado a los de siempre. Y que se sigan haciendo chistes con Errejón y su aspecto de niño cuando ya ha demostrado que tanto intelectual como verbalmente se le nota mejor dotado que el 95% de los nuevos inquilinos del Parlamento. Y me fastidia que se vaya arrinconando a mentes privilegiadas porque tienen arrugas para poner en su lugar a rostros tan lisos como su encefalograma. Me gustaría poder escuchar, leer, ver en puestos de responsabilidad de cualquier ámbito a personas brillantes independientemente de su edad, no a mediocres colocados por obra y gracia de alguien que ha pensado que viste más un cantamañanas de 30 o un soplagaitas de 60.

No me gustan las prohibiciones, pero ya puestos yo prohibiría confesar la edad, desvelar ese dato no lleva asociados más que prejuicios. La infancia, la juventud, la madurez, la vejez son estados temporales y pasajeros, que conducen a donde ya sabemos. Todo aquel que desprecie a los mayores, que piense que en su pecado lleva la penitencia; un buen día, sin tardar mucho, se habrá convertido en aquello que detestaba. Y otra cosa más. La juventud se pasa, la estupidez no, así que todo indica que además de hacerse viejo, seguirá siendo estúpido.