Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

sábado, 17 de octubre de 2026

El mérito de acampar en Sol

Les han llamado perroflautas del Decathlon, saltinbanquis con Macintosh, vagos, guarros, terroristas, analfabetos, pijoprogres, rojos de mierda... Incluso se les ha llegado a dedicar el verso “rojos muertos, abono para mi huerto”.

Así se han referido a las personas que desde la noche del 26 de septiembre ocupan la Puerta del Sol en una acampada por la vivienda surgida a raíz del desahucio de Maricarmen, la octogenaria que terminó muriendo en el hospital tras ser sacada en camilla de la casa donde había vivido 70 años porque ni la Justicia ni sus nuevos caseros fueron capaces de encontrar antes una solución para evitarle el mal trago. 

Que conste que los acampados también han dedicado alguna que otra perla a quienes consideran responsables de la crisis de la vivienda, en un toma y daca al que ya hemos terminado por acostumbrarnos en este vomitivo momento de polarización.

Paso con frecuencia por Sol y sigo cruzándome turistas que ven en la acampada otro lugar exótico de Madrid donde hacerse un selfie, curiosos que quieren husmear lo que se cuece allí y los habituales clientes con bolsas de los establecimientos de la zona, que no han dejado de entrar ni en la Apple Store ni en Primor ni en la heladería Palazzo ni en la tienda de deportes de El Corte Inglés.

La acampada molesta sobre todo a las autoridades municipales y autonómicas, quizá porque se está alargando más de lo que esperaban y está entorpeciendo las distintas programaciones festivas. Primero obligó a reprogramar conciertos del festival de la Hispanidad. Ahora amenaza con impedir la instalación de árbol de Navidad gigante y el tradicional espectáculo del encendido del alumbrado navideño y tiemblan solo de pensar que puedan arruinar las campanadas del 31 de diciembre. Que se queden tranquilos, no creo que los acampados aguanten tanto.



El caso es que Comunidad y Ayuntamiento de Madrid se han cansado de enviar sin éxito requerimientos al delegado del Gobierno y de recurrir a los tribunales para poner fin a esta ocupación de la vía pública. Curioso ese concepto de ocupación, que cuando es de pago no molesta tanto. Lo digo por el cubo gigante de 375 metros cuadrados que estuvo instalado quince días en Callao este verano, en cuyo interior había una tienda temporal de Zara con una colección especial de ropa dedicada a Bad Bunny y fuera, sus correspondientes colas de gente deseando entrar que íbamos sorteando el resto. 

El último intento por desalojar a los acampados de Sol ha sido alegar que sus orines y deposiciones en pleno kilómetro cero están afectando a los conductos de ventilación de la estación de metro Sol, que está justo debajo, y hay que desinfectar para que no se intoxique nadie, ni los trabajadores ni los usuarios. Así que han clausurado la estación. Pensaban que con la excusa de tener que meter vehículos pesados para realizar las tareas podrían obligar a levantar las tiendas, pero no ha sido necesario. Con mover algunas y facilitarles un pasillo a los camiones ha sido suficiente. Si tanto les preocupa la insalubridad, casi sería más efectivo instalar unos aseos portátiles, como cuando se montan conciertos por las fiestas del Orgullo.

No digo yo que no haya algunos activistas que estén meando en las rejillas de los pozos de ventilación del suburbano o directamente en las esquinas y rincones de la plaza. Si estás durmiendo en una de esas tiendas de campaña y en medio de la noche te entran las ganas, hay pocas opciones. Doy fe de que en la confluencia entre Preciados y Sol huele a orines concentrados. Igual que en muchos otros puntos de Madrid donde no hay ninguna acampada, por cierto. Sin embargo, por lo general, la mayoría de los acampados está usando establecimientos de la zona donde les permiten no solo acceder a los lavabos, sino también cargar el móvil, descansar o resguardarse de la lluvia.

Otros muchos, duermen, descansan, mean y cargan los móviles en sus casas o en el trabajo, porque siguen haciendo vida medio normal, aunque introduciendo en su agenda unas horas de estancia en la acampada.

Lo cierto es que no están allí por diversión, como podría parecer por las imágenes que se han difundido de varios de ellos retozando en la fuente de la estatua de Carlos III, convertida en parque acuático. Curioso que los mismos que ponen en duda su aseo se cabreen porque se mojen en el agua de la fuente, pero bueno.

Al margen de la anécdota, que no nos confundan las interferencias. Tras la acampada hay una reivindicación más que justa: garantizar el derecho a la vivienda cuando los sueldos no suben a la velocidad que los precios de un parque inmobiliario que, además, no responde a la creciente demanda. Llevamos años arrastrando este problema que nadie termina de resolver. Por primera vez quienes más sufren esta crisis se han plantado y se están haciendo oír. Los jóvenes no se pueden emancipar porque su sueldo mileurista les impide encontrar una vivienda asequible. Pero no son los únicos damnificados. Hay parejas que no se separan porque no podrían asumir el gasto de un alquiler con solo un sueldo y muchos ancianos renuncian a encender la calefacción y a comer productos frescos porque su pensión les da solo para pagar a su casero.

Quien más y quien menos sufre esta crisis o conoce a alguien en uno de estos supuestos. Esta acampada ha conseguido poner en primer plano este asunto, que se legisle al respecto, aunque sea tímidamente, y condicionar el guion de la campaña electoral. Todo lo que se consiga en este sentido, gobierne quien gobierne, habrá que agradecérselo a ellos.

A mí me parece que los acampados tienen mucho mérito. Yo no sé si sería capaz de renunciar a mi colchón, mi almohada y mi edredón para dormir en una tienda de campaña durante tanto tiempo, soportando insultos, arriesgándome a que me agreda algún pirado y siendo observada como un mono de feria, por muy razonable que fuera la reivindicación.  

La historia de los avances sociales la escriben en la calle un puñado de valientes que dedican su tiempo a luchar por lo que creen justo y meter presión a los gobiernos para que después, una vez conseguidos los logros, nos beneficiemos todos, también los que no movimos ni un dedo o, como en este caso, quienes les llamaban perroflautas del Decathlon, saltinbanquis con Macintosh, vagos, guarros, terroristas, analfabetos, pijoprogres y rojos de mierda.