Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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domingo, 9 de mayo de 2021

¿Y si ahora no sé vivir sin estado de alarma?

Tengo miedo a no saber vivir sin estado de alarma. Han pasado más de seis meses desde el 25 de octubre. Una barbaridad. Sin contar el anterior periodo en confinamiento. Ya sé que es cuestión de tiempo que vuelva a acostumbrarme a la ‘libertad’. Pero es que había empezado a cogerle el gustillo a la represión. De hecho, solo le veo una ventaja a que por fin se levante: perder de vista los malditos cierres perimetrales que me han impedido viajar a Castilla y León para visitar a mi santa madre o acercarme a una playa para recargar las pilas cuando me saliera del ‘toto’. 

Por lo demás, vivir con toque de queda me ha parecido menos malo de lo que suena. No sé a otros padres, pero a mí me ha facilitado mucho las cosas con uno de mis hijos. Así no era yo quien discutía y amenazaba. Eso de delegar en la Administración es fabuloso. Y mucho más efectivo. El miedo a cruzarse con un policía y que le cayera una multa funcionaba mejor que mis amenazas de no dejarle salir en un mes si no llegaba a casa a la hora establecida. Lo de que aparecer puntualmente a las once cada fin de semana ha sido un milagro. Y esta Nochevieja, la primera que se ponía pesado con que quería salir, no veáis qué delicia y qué tranquilidad verle entrar en casa a la 1:30 sano y salvo. En poco más de una hora casi no da tiempo a meterse en líos. 

Limitar la movilidad de los ciudadanos de madrugada tiene su lado positivo, aunque a los que habéis crecido en democracia no os lo parezca a simple vista. La noche electoral, sin ir más lejos, me tocó deambular por las calles de Madrid a horas intempestivas por razones laborales. No me encontré ni un borracho, ni un pesado molesto, ni un atracador, ni un niñato tocapelotas. Solo operarios de la limpieza y algún patrulla de la Policía. En cambio, anoche, en cuanto dieron las doce, fui testigo desde mi terraza de cómo volvía el trasiego de vehículos y las pandillas de chavales gritones de botellón. 

Con lo que yo he disfrutado del silencio nocturno todo este tiempo. Sin sobresaltos que me arrebataran algún dulce sueño. Sin críos irrespetuosos que decidieran ponerse a cantar en el parque de enfrente. Sin conductores irresponsables que aparcaran su coche debajo de mi ventana con el reguetón sonando a todo trapo a las cinco de la mañana. Porque sí, seguimos con alta incidencia Covid, pero por cómo se han lanzado esta medianoche a la calle algunos para celebrar, parecía que habíamos derrotado definitivamente al ‘bicho’. Y qué afición por emborracharse en grupo en plazas públicas. Como si lo que hubiera decaído es la ‘ley seca’. Pues no lo entiendo. Yo no he dejado de tomarme mis vinos y mis cañas en todo este tiempo, así que anoche no tenía mono que superar ni tiempo perdido que recuperar. 

Maja vestida de Goya (imagen de Tumisu - Pixabay)

Debo confesar que muchas de las medidas restrictivas que hemos ‘sufrido’ estos meses a mí me han descubierto un mundo paralelo fantástico. Eso de mantener las distancias en las terrazas de los bares y no sentir en tu cogote a los de la mesa vecina resulta maravilloso. Lo mismo que las limitaciones de comensales. Ha sido el mejor invento para evitar a los acoplados. 

Me he acostumbrado a evitar mezclarme con no convivientes en mi casa ni en la de otros. Y como ya no tengo edad de fiestas clandestinas, la falta de socialización no me ha generado ningún trauma. 

Lo de dejar libre el asiento contiguo en el cine y el teatro me ha parecido una fantasía. Menos mal que de momento, mientras sigue merodeando el virus por aquí, mantendremos esa buena costumbre. Igual que la mascarilla, que también tiene sus ventajas. Pasas más desapercibido y si no te apetece saludar a alguien, haces como que no le reconoces. Por no hablar de que con ella puedes prescindir del maquillaje, llevar los dientes sucios y no depilarte el bigote. 

Y qué puedo decir del alivio que ha supuesto no volver a dar dos besos ni un apretón de manos cuando te presentan a alguien o te reencuentras con viejos conocidos después de un tiempo alejados. Con lo maniática que soy yo a la hora de elegir con quién intercambio fluidos. Guardar las distancias ha supuesto para mí una revelación, así que trato de hacerme la loca para no participar en esa fórmula alternativa que se han inventado de chocar los codos o los puños. 

Vale. Podéis pensarlo y decirlo con libertad. Definitivamente la pandemia y el estado de alarma me han convertido en una señora huraña e insociable. Sí. Solo me faltan los gatos.

sábado, 10 de abril de 2021

Hoy me voy a desahogar

Voy a contaros un hecho surrealista que en el momento de escribir esto aún no está resuelto. Guarda relación con los sinsentidos de la pandemia y, por lo que parece, es el resultado de un cúmulo de malentendidos o una serie de catastróficas desdichas. 
 
Desde Navidad el cierre perimetral permanente de Castilla y León nos ha impedido viajar con regularidad hasta Toro, nuestro pueblo, donde conservamos una casa familiar antigua -en la que yo nací- y un piso en el que vive mi madre de 86 años. Hasta antes de la pandemia, ella pasaba la mayor parte del año en el piso, mejor acondicionado para el frío, y los meses de verano se mudaba a la casa, más céntrica. Cuando sus familiares la visitábamos, nos alojábamos en uno u otro lugar, en función de la disponibilidad. 

El confinamiento pilló a mi madre en el piso y ya no se trasladó en verano a la casa. La situación sanitaria tampoco aconsejaba muchos movimientos, por lo que las visitas que realizamos nosotros fueron breves y la vivienda antigua se utilizó lo imprescindible. A pesar de ello, estaba perfectamente habitable, con todos los servicios, las facturas pagadas y los impuestos al día. De ello se encarga puntualmente mi santa madre. 
 
El caso es que hace unas semanas el Ayuntamiento de Toro decidió iniciar unas obras para sustituir las tuberías de abastecimiento de agua y saneamiento y renovar la calzada en una calle delante de la casa. Fue noticia incluso en la prensa el hallazgo de un pavimento antiguo durante el desarrollo de los trabajos. 

A mi madre, que estaba al tanto de la obra, lo que más le preocupaba es que las vibraciones provocadas por los taladros que se suelen emplear para agujerear el suelo pudieran afectar a la casa, que debe andar por los cien años. Pero, dado lo impracticable de la zona, acotada por la obra, unido a que la pobre mujer anda fastidiada de una pierna y que no está para muchas gestiones, prefirió no acercarse a la casa, no fuera a tentar a la mala suerte. En vez de eso, decidió encomendarse al altísimo y confiar en que los operarios, jefes de obra, ingenieros, arquitectos y demás responsables municipales sabrían lo que hacían. 



Resulta que, casualidades de la vida, a mi madre la citaron para vacunarse contra el Covid. Así que una de mis hermanas se trasladó hasta Toro para acompañarla ante posibles reacciones adversas o efectos secundarios. Por cierto, viajó con una declaración jurada en la que explicaba que se saltaba el cierre perimetral por motivos humanitarios, porque no fuimos capaces de conseguir ningún otro documento oficial que sirviera como salvoconducto para casos como este. Todavía estoy esperando que el Ayuntamiento me haga llegar un volante de empadronamiento de mi madre que solicité en la sede electrónica hace mes y medio. Pero eso da para otro post. Volvamos a donde nos habíamos quedado. 

Ya que estaba allí, mi hermana decidió dar una vuelta por la casa para ver en qué estado se encontraba. Así fue como, al abrir un grifo, descubrió que no había agua. En un primer momento, pensó que el último de la familia en pasar por allí habría cerrado la llave de paso. Pero no. Ahí comenzó toda una peripecia animada con llamadas y búsquedas infructuosas de jefes de obra, operarios del agua y demás responsables municipales que la ha obligado a alargar su estancia en Toro a cuenta de sus días de asuntos propios hasta resolver el misterio. 
 
Y el misterio no es otro que los operarios de la empresa que están realizando los trabajos no han conectado el agua a la casa porque no sabían por dónde. Vamos, que no encontraban la tubería en la que debía ir la acometida de la general. Por lo visto alguien debió comentarles que en esa casa no vivía nadie y decidieron no tomarse más molestias y, alegremente, dejarla sin servicio. De modo que, no me preguntéis cómo porque sigo sin entenderlo, han cambiado las canalizaciones generales sin enganchar el suministro a la casa. 

Vale que algún lumbreras tuviera esa feliz idea, pero, ¿cómo es posible que algo tan relevante dependa de una ocurrencia? Voy más allá. ¿Cómo es posible que, habiendo tantas cabezas implicadas, desde el responsable de la obra hasta la propia concejala, ninguno estuviera al tanto e impidiera esa decisión? 

Si la solución pasaba por entrar en la casa, habría sido tan fácil como localizar a su dueño, algo sencillo, mucho más en un pueblo como este que no alcanza ni los 9.000 habitantes y todo el mundo se conoce. Resulta todavía más inexplicable si tenemos en cuenta que la vivienda no está abandonada, como bien debería saber Acciona, que cobra religiosamente la factura del agua, y el Ayuntamiento, con quien el inmueble está al corriente de pago en todos los impuestos y tasas municipales. En ambos casos disponen de un teléfono de contacto del cliente/contribuyente que podían haber marcado ante la duda. 

Lo más divertido es que como tuvimos la mala suerte de descubrir la 'atrocidad' un viernes por la mañana y esto de dejar una vivienda sin suministro de agua no lo consideran una emergencia, máxime si está vacía, emplazaron al lunes a mi hermana para solucionar el problema. Me pregunto qué pasaría si, por ejemplo, hubiéramos alquilado la casa y los inquilinos hubieran previsto entrar justo ese día. ¿Seguiría sin ser una urgencia? 

En fin, que habrá que esperar al lunes y confiar en que los trabajadores de Acciona, la empresa responsable de la gestión del agua en Toro, vuelvan al tajo y puedan encargarse de habilitar la acometida de la tubería que, por complicar un poco más la cosa, resulta que es de plomo, por lo que habrá que cambiarla a PVC. 

Concluyo. Resulta que obedecemos las órdenes gubernamentales, respetamos los cierres perimetrales, no nos trasladamos ni siquiera a ver a nuestra madre por ser ciudadanos responsables, y con nuestro comportamiento ejemplar lo que conseguimos es que alguien piense que hemos abandonado una casa y que no tenemos derecho a beneficiarnos de las mejoras en el saneamiento de un pueblo donde, por cierto, la titular del inmueble paga sus impuestos. Pa’ mear y no echar gota.

sábado, 27 de febrero de 2021

Qué importa lo que diga Victoria Abril sobre la pandemia

Me impactó su Gloria en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de un debutante Agustín Díaz Yanes. Sufrí con su Marina en Átame, de Pedro Almodóvar. Odié a su Luisa en Amantes, de Vicente Aranda. Y me sedujo su Miranda de Entre las piernas, de Manuel Gómez Pereira. 

Victoria Abril nos ha regalado fabulosos momentos como actriz. Era y es una de las grandes y, por lo que dicen en la industria del cine, muy profesional en su campo. Se merece todos y cada uno de los premios que le han concedido por su carrera cinematográfica. También el Feroz de Honor que va a recibir el martes en la gala de estos premios que concede la Asociación de Informadores Cinematográficos de España.

La actriz se ha ganado a pulso todo el reconocimiento de los críticos, el público y la profesión. Aunque luego en las entrevistas y en los discursos deje brotar la mala leche que lleva dentro. No creo que sus salidas de tiesto le pillen a nadie por sorpresa. Fuera del set de rodaje y de la pantalla grande, Victoria Mérida Rojas siempre ha tenido un carácter muy particular. Impertinente, marisabidilla, por no decir sobrada, antipática, borde, maleducada, visceral, excéntrica, insoportable… Todos estos calificativos encajan con la mujer que proyecta cuando no está representando ningún personaje. Y a esa lista hay que añadirle ahora el de ‘cuñada’ negacionista. Bueno, nadie es perfecto y cada uno tiene lo suyo.

A mí no me ha escandalizado lo que ha dicho Victoria Abril sobre la pandemia. Ese discurso no es nuevo. Lo comparten muchos otros ciudadanos que cuestionan la Covid-19, las medidas sanitarias, las vacunas exprés y las restricciones adoptadas para combatir el virus. La diferencia es que esos ciudadanos anónimos no tienen unos preciosos minutos de atención mediática para esparcir sus teorías sin fundamento. Pero ni ellos ni la actriz tienen ninguna autoridad como líderes de opinión en esa materia específica. El problema es que alguien pueda adoptar como propias esas ideas tan descabelladas y dar crédito a quien las verbaliza por el simple hecho de ser un personaje popular. 

Que conste que defiendo el derecho de Victoria Abril y cualquier otra celebridad a hablar y opinar sobre lo que le dé la gana, aunque no tenga que ver con su oficio. Igual que hacemos el resto. Si no, la vida sería un aburrimiento y los temas de conversación se nos acabarían pronto. 

Afortunadamente vivimos en un país donde hay libertad de expresión, así que todos opinamos sobre todo y creemos entender de todo. De fútbol, de política, de música, de educación, de salud o de la pandemia. Pero asumamos, eso sí, que cuando se trata de materias sensibles que no dominamos y en las que hablamos de oídas, nuestro punto de vista importa lo mismo que el de Victoria Abril. Es decir, una mierda. 

Dejadme acabar con alguien que explica todo esto mucho mejor que yo: el entrenador de fútbol alemán Jürgen Klopp. Al comienzo de la pandemia en Europa, allá por marzo de 2020, le preguntaban en una rueda de prensa si estaba preocupado por el coronavirus y él respondía así.

   

La opinión de Jürgen Klopp sobre el coronavirus no es relevante. Ni la de Victoria Abril. Ni la mía. Lo que de verdad importa es lo que tengan que decir quienes tienen en su mano la solución a esta crisis sanitaria. No le demos ya más vueltas. 

sábado, 19 de septiembre de 2020

No tengo ni idea de cómo se frena una pandemia

Con el comienzo del mes de septiembre, mi trabajo ha pasado a ser semipresencial, con lo que un par de veces por semana tengo que desplazarme hasta mi oficina, en plena Gran Vía de Madrid, desde la ciudad dormitorio en la que vivo a 21 kilómetros de la gran ciudad. Para llegar hasta allí utilizo el transporte público. Primero un autobús interurbano y luego el metro. 

Soy afortunada, mi entrada al trabajo no coincide con la hora punta, en la que es materialmente imposible mantener ningún tipo de distancia con nadie, así que hasta ahora estoy pudiendo evitar sentarme codo con codo con algún extraño. Sí, todos llevamos mascarilla y, por lo general, la mayoría bien puesta. Además, procuro ir con las manos limpias y echarme gel hidroalcohólico cuando termino los dos trayectos. Nunca se sabe si la barra en la que me agarro para no caer en los frenazos la ha tocado algún asintomático. Luego trato de mantener las distancias con el resto de pasajeros con los que me cruzo por los pasillos del suburbano y las aceras de la calle, pero es complicado porque no depende solo de uno. El otro día en unas escaleras mecánicas, por cada peldaño que yo bajaba para separarme de la persona que iba detrás de mí, demasiado cerca para mi gusto, ella bajaba también otro. Y así estuvimos hasta que llegamos al final. 


Cuando escucho decir que el transporte público es un lugar seguro y que hasta ahora no se ha podido documentar ningún brote asociado, no puedo evitar preguntarme cómo están tan seguros. No puedo creer que ninguno de los positivos que están aflorando como setas últimamente en Madrid no haya usado un autobús o un metro en los días previos. Me gustaría saber cómo detectan que el origen del contagio se encuentra en un lugar y no en otro. Si yo ahora diera positivo en Covid y tuviera que aportar al rastreador de turno el nombre y teléfono de las personas con quienes he tenido contacto esta semana solo sería capaz de mencionar a mis conocidos; pero imagino que todos los desconocidos que han ido conmigo en los cuatro autobuses y cuatro vagones de metro en los que he viajado deberían también ser alertados, algo materialmente inviable ni con un millón de rastreadores. 

Entre esos viajeros seguro que había alguno que reside en Usera, Puente de Vallecas, Villaverde o en cualquiera de las zonas en las que desde este lunes la Comunidad de Madrid va a restringir la movilidad. Ellos podrán seguir saliendo de su territorio confinado si van a estudiar o a trabajar. Y eso harán, porque hay personas para quienes su disyuntiva vital es Covid o hambre. 

El día que conocíamos las nuevas restricciones, la presidenta regional manifestaba su preocupación porque en Madrid 1.500 personas se habían saltado en los últimos tres días la cuarentena a la que están obligados por contagio de coronavirus o por contacto estrecho con un positivo. 

Entre esas personas imagino que hay trabajadores precarios que no pueden permitirse faltar al trabajo porque de ello depende el pan de sus hijos. Ni siquiera se atreven a plantear a su jefe la situación por miedo a que les eche. Y probablemente aciertan. No todos los empresarios acogen de buen grado las bajas inesperadas en la plantilla y menos sin que medie una enfermedad que impida trabajar. 

Quienes no guardan la cuarentena quizá no son conscientes de que ponen en riesgo al resto de la gente o, si lo son, no ven otra alternativa que arriesgarse a ser una bomba vírica. En otros casos se saltan el protocolo sanitario por puro desconocimiento. Por no hablar de que muchos de ellos puede que vivan en casas pequeñas con hijos, parejas, padres, en un espacio reducido donde resulta imposible mantener un aislamiento preventivo del resto de los convivientes. 

La cifra de 1.500 ‘irresponsables’ que mencionaba la presidenta regional puede ser solo la punta del iceberg, porque no hay rastreadores suficientes como para controlar que todos y cada uno de los ‘cuarentenados’ están cumpliendo. 

No tengo ni idea de cómo se frena una pandemia. Para eso están los expertos epidemiólogos. Yo solo sé mirar y hacerme preguntas.

viernes, 24 de julio de 2020

Tengamos la 'no-fiesta' en paz

El Gobierno de Canarias ha lanzado una campaña para concienciar a la población sobre la manera de evitar los brotes de coronavirus. Imagino que habréis visto el anuncio. Si no, aquí os lo dejo.

 


Como veis, se trata de una tradicional reunión familiar. El abuelo cumple años y toda la familia se junta en casa como si no hubiera pasado una pandemia por nuestra vida. Comparten vasos, se dan abrazos, se besan, soplan velas, no se respeta la distancia interpersonal, no hay una sola mascarilla… Así que la historia del cumpleaños termina con el abuelo abriendo el último de los regalos que le han hecho sus seres queridos: un respirador al que le van a tener que enchufar en un hospital si alguno de los presentes era asintomático y le contagia el coronavirus.

 

Impactante, duro, realista… son algunos de los adjetivos que se han utilizado para calificar este anuncio. Yo más bien diría que es muy acertado.

 

La mayor parte de los brotes que se están registrando vienen de reuniones sociales, en particular encuentros con amigos y familiares. Somos tan básicos que damos por hecho que son los desconocidos quienes pueden estar infectados, no nuestros amigos o familiares. Así que bajamos la guardia.

 

Yo misma entono el mea culpa. Hace unas semanas estuve en una barbacoa familiar. Participábamos solo ocho personas, una de ellas mayor, y estábamos al aire libre, pero nadie llevaba mascarilla, compartimos comida de los mismos platos, estuvimos cantando con un karaoke… En fin. Allí estaban mis propios hijos que, después de un confinamiento estricto en el que no echaron de menos la calle, ahora no entran en casa. ¿Qué hago? ¿Les encierro? Me temo que eso es inviable. El único recurso que me queda es repetirles las recomendaciones y los riesgos que corremos todos si no las siguen. Pero sé positivamente que bajan la guardia cuando están por ahí con sus amigos. Se abrazan, se besan, chocan las manos y lucen poco la mascarilla. Quién me dice a mí que no van a traerme a casa el coronavirus o llevárselo a sus abuelas cuando vamos a visitarlas.

 

No creo que el principal peligro esté en el ocio nocturno regulado, es decir, en locales de copas y discotecas. Los empresarios de estos establecimientos pueden responsabilizarse de que se mantenga el aforo establecido, que la gente lleve mascarilla, que no baile, que no se mezclen grupos, pero en el momento que sus clientes traspasan la puerta y hacen su santa voluntad, ya no se puede echar la culpa al ocio nocturno. Yo apuntaría más a las reuniones sociales y a quienes relajan las medidas de seguridad cuando están con su círculo próximo, esos que confían más en el pariente o el colega que en su compañero de asiento en el metro. Y no hablo ya solo de los adolescentes que, por mucha pedagogía que hagas, van a seguir sintiéndose invulnerables y haciendo su vida de vacaciones como antes de la covid. Miro más a los adultos que, a pesar de que se les presupone más sentido común, no renuncian a unos tintos de verano con la cuadrilla bien apretaditos.

 

Lo peor es que se acercan las ‘no-fiestas populares’, recambio de las fiestas suprimidas por los ayuntamientos para evitar los rebrotes. Espero que los gobiernos locales y sus policías lo tengan previsto. Sospecho que en más de un lugar, tanto imberbes como talluditos van a encontrar una excusa para organizar con sus peñas encuentros 'gastronómicos' para honrar al santo patrón. Porque un verano sin fiesta patronal y litros de alcohol no es un verano.


El triunfo de Baco


 

 

domingo, 12 de julio de 2020

Un bote, dos botes, aquí llega el rebrote

Imagino que habréis tenido oportunidad de ver las imágenes de los seguidores del Cádiz montando una bonita aglomeración en los aledaños del estadio Ramón de Carranza pre-celebrando lo que podría significar el ascenso de su equipo a Primera División si ganaba o empataba en su partido contra el Fuenlabrada. Algunos sí llevaban mascarilla, incluso bien puesta, pero si este elemento no se refuerza con el distanciamiento social y la higiene de manos, no resulta tan efectiva. Mucho menos si estás dando botes abrazado a tus colegas y poseído por el júbilo. No sé si será cosa del karma, pero al final el resultado del partido fue el único que no justificaba la fiesta. Perdieron. Así que los aficionados cadistas se anticiparon, pero podrán seguir jugando a la ruleta rusa e incluso contribuir a aumentar los 19 brotes activos y 349 contagios reportados este domingo en Andalucía.

Quizá también habéis visto la estampa que dejó un concierto de música electrónica en Niza la noche del sábado, con las mascarillas brillando por su ausencia y los miles de asistentes bailando, bebiendo y mezclándose sin ningún temor, como si no llevara el país vecino más de 170.000 casos de coronavirus detectados.

No son hechos aislados. Cada día las redes sociales se encargan de viralizar fiestas masivas en discotecas cerradas o botellones multitudinarios donde se comparten todo tipo de fluidos corporales, a pesar de que venimos de un confinamiento decretado para contener la expansión del coronavirus.


Pero no hay que irse de juerga para tentar a la covid. Yo misma he visitado esta mañana el IKEA de Alcorcón (Madrid) y en algunos pasillos de su exposición de muebles coincidíamos tantos clientes que resultaba complicado que corriera el aire. Aún sin música dance ni chirigotas que animaran a dar saltos o bailar, no teníamos nada que envidiarles a los de Cádiz y Niza. Eso sí, todos con mascarilla, pero sin control de aforo ni personal que facilitara el flujo ordenado.


Imagen de Prawny en Pixabay 

 

Yo no iba buscando una aglomeración, aunque es evidente que un domingo de la nueva normalidad IKEA va a seguir siendo lo más alejado a un retiro espiritual. Quiero decir que no es fácil querer reanudar la vida tal y como la conocíamos. Y no es por justificar a los que se comportan como si no hubiéramos tenido las UCI colapsadas y los féretros en pistas de hielo, pero comprendo que haya quien considera que vivir sin asumir riesgos no es vivir y mientras les dejen, van a seguir disfrutando del verano, el calor y el final de Liga. 


Ese es el problema. Queremos volver a hacer la vida que hacíamos antes del coronavirus. Queremos fiesta, barbacoa y perreo. Queremos que la economía remonte rápidamente y los negocios recuperen el ritmo perdido. Pero todo esto es incompatible con la nueva realidad. Y aunque las autoridades nos lo recuerdan, como no hay prohibición de por medio, vamos de rebrote en rebrote directos a una nueva desescalada por fases, pero en sentido inverso.   

 

viernes, 12 de junio de 2020

Si llego a octogenaria

Cuando llegue a octogenaria, si es que llego, y ojalá que sea en plenas facultades, me gustaría seguir viviendo en mi casa, durmiendo en mi cama y disfrutando de mis cosas: mis libros, mi música, mis películas, mis trastos, mis amigos… 

Como no espero nada de mis hijos y tampoco querría ser una carga o un motivo más de disputa entre ellos, me conformo con que me quede una paguita o algún ahorro para contratar a un tipo 'buenorro' que venga puntualmente. No penséis mal. Hablo de alguien que cambie un halógeno cuando se funda y repare cualquier avería que surja, me dé masajes en las piernas de vez en cuando para activarme la circulación, vaya al mercado y cocine para mí, tenga una conversación interesante cuando me acompañe al médico, a dar un paseo o a tomar un vino y, además de todo esto, me alegre la vista. 

He verbalizado este deseo en más de una ocasión delante de mi marido, quien me mira con resignación y se abstiene de pronunciarse. Imagino que es porque piensa que va a sobrevivirme y, por tanto, considera que mi sueño es irrealizable. Puede que tenga razón. Veremos. En cualquier caso, preferiría no pasar mis últimos años encerrada en una residencia rodeada de desconocidos tan viejos como yo, viendo pasar la vida del otro lado de los barrotes del jardín. 

Mi animadversión hacia este tipo de centros no es un efecto de la pandemia. Más bien la pandemia ha venido a corroborar mis impresiones y a poner al descubierto una triste realidad. No voy a cuestionar que las residencias son un gran alivio para quienes no tienen sitio en casa, ni tiempo, ni fuerzas, ni preparación, ni medios para atender el abuelo. Porque así es. También son la solución para aquellos mayores sin familia que voluntariamente deciden recluirse en un centro cuando experimentan los primeros achaques y necesitan sentirse bien cuidados. Y ahí se acaban los supuestos. 

A mi entender, el modelo de atención de los centros de mayores que existen en este país cuadra para quien ha alcanzado un alto grado de dependencia o es un ser asocial, pero no es ni mucho menos una respuesta a la vejez. Hemos convertido las residencias en lugares donde aparcamos a los ancianos que estorban, nos los quitamos de en medio, les sacamos de la sociedad, les aislamos y solo nos acordamos de ellos cuando hay que pagar impuestos, votar o culpar a alguien de tener tiritando la hucha de las pensiones y saturada la Sanidad. 

Por eso me parece de una hipocresía absoluta que muchos de los que no se han preocupado nada hasta el momento por la situación de las residencias, con plantillas tan mal pagadas como sobrecargadas y no suficientemente formadas, ni por sus ancianos inquilinos, ni porque se haya estado vendiendo como sociosanitario un servicio que solo llegaba a socioasistencial, ni por la factura sin pagar de la dependencia, se rasguen las vestiduras ahora porque en estos centros hayan muerto más de 19.400 personas en España afectadas por el coronavirus. Deberían reflexionar. 

Tal y como está el asunto, me declaro firmemente partidaria de llevar los servicios de geriatría a los mayores y no los mayores a los geriátricos. De hecho, las empresas que gestionan este tipo de centros deberían replantearse las cosas y explorar este nicho de mercado. El modelo ideal, a mi entender, pasaría por mantener a los viejos en su entorno y que allí reciban la ayuda que necesiten, ya sea sanitaria, terapéutica, de acompañamiento, asistencial o social. Si sus últimos días tienen que pasarlos de la cama al sofá y del sofá a la cama, que sean su sofá y su cama. Y si algún problema de salud aconseja ingresarlos en un hospital, que ningún borrador ni orden de la autoridad competente se lo impida, independientemente de su edad, su estado o sus expectativas. El problema, lo sé, es que ese modelo hay que pagarlo. Y no es barato.


Puestos a desear cómo envejecer, yo firmaría por imitar a cuatro matrimonios amigos que se han construido un edificio a medida en Barcelona con un apartamento para cada uno donde podrán retirarse juntos. No está mal tampoco, aunque yo soy más urbanita, la iniciativa de un grupo de jubilados que ha comprado una aldea deshabitada en Galicia para envejecer por sus calles y devolverle la vida. Existen otras alternativas en nuestro país, como el cohousing, un fenómeno en el que nos llevan la delantera, como casi siempre, los nórdicos. Se trata de viviendas colaborativas autogestionadas donde se suelen alojar personas mayores con lazos familiares, de amistad o afinidad que, cuando llegan a la jubilación, deciden ser vecinos, seguir disfrutando del ocio juntos y ayudarse mutuamente. Su objetivo es mantener la independencia y la privacidad que da residir en la vivienda propia dentro de un vecindario de confianza y sintiéndose arropados por amigos con los que comparten espacios, servicios y beneficios. 

Estos días cuando he salido por mi barrio, donde se sitúa una residencia muy golpeada por la covid-19, me he fijado en que muchas de las terrazas de bar reabiertas están ocupadas por supervivientes de la pandemia, personas mayores que celebran poder salir del confinamiento para tomar una caña y socializar. He pensado que no hay nadie que se merezca más ese capricho que ellos. Y lamento que los otros supervivientes que milagrosamente han esquivado a ‘la bicha’, a pesar de acecharles desde el otro lado de la puerta de su habitación en los cientos de geriátricos invadidos por el coronavirus, incluido el de mi barrio, tengan que seguir encerrados sin poder sumarse a esta fiesta.

domingo, 10 de mayo de 2020

Instalados en el desfase

Vivo en la España que no ha pasado de fase pero que pasa de todo. Aquí las ocho de la tarde ya no es la hora de asomarse a los balcones a aplaudir a sanitarios y trabajadores de servicios esenciales, sino el pistoletazo de salida para el esparcimiento callejero de los mayores de 14 años. Se abre la puerta de toriles y todos los miuras invaden aceras, paseos y hasta la mismísima calzada, aprovechando que el movimiento de vehículos es escaso. A las ocho la inmensa mayoría del vecindario ya no aplaude, sino que sale a la calle a caminar, correr o montar en bicicleta. Ahora los gritos de alborozo, los frenazos, las pisadas de las carreras y las conversaciones se imponen sobre el tímido y residual batir de palmas. 

Los adultos que optan por el paseo deberían ir acompañados solo por una persona de su entorno, moverse durante no más de una hora dentro de un radio de acción de un kilómetro alrededor de su domicilio y, por supuesto, no formar grupos para socializar. Quienes prefieran practicar deporte deberán hacerlo en solitario, sin contacto con otros ni límite de tiempo y dentro de la demarcación territorial de su municipio. Aunque a mí me resulta bastante clara la normativa, debe haber alguna parte que induce al malentendido, por lo que contemplo cada tarde desde mi terraza. Veo tríos, dobles parejas, grupos de amigos, encuentros alrededor de un banco con más asistentes que una reunión de vecinos, puñados de teenagers adentrándose en el campo segregando feromonas, desfiles de maratonianos esprintando, pandillas de amigos en bici emulando a los chavales de Verano Azul… No quiero imaginar lo que sería la calle a esas horas sin un estado de alarma. De hecho tengo la impresión de que ahora sale más gente que antes del confinamiento, como si haber estado estas semanas encerrados en casa hubiera provocado en una mayoría -entre la que no me encuentro- un ansia por pisar el asfalto. 

Por cierto, llama la atención ver a algunos de esos ciclistas de las ocho con mascarilla, pero a ninguno con casco. Se ve que la pandemia ha cambiado nuestro concepto del riesgo. Eso y también la higiene. Al menos de momento. Que aquí siempre hemos sido mucho de limpiar solo donde se ve, de cara a la galería, y ahora con el “bicho” nos hemos hecho fans de la lejía y el gel hidroalcohólico. 

Imagen de Vania dos Santos vvaniasantoss en Pixabay 

Pero ya. Debe ser lo único que ha cambiado esta crisis que iba a servirnos para mejorar y para dar una vuelta completa a las conciencias. “Ya nada será igual”, decían algunos. “El distanciamiento social nos condenará a la extinción”, barruntaban los más cenizos. “Esto servirá para que se acaben los recortes en Sanidad y se dote al sistema con los recursos necesarios”, se felicitaban los más ingenuos. Pero sospecho que en unas semanas volveremos al punto de partida. Porque, para que algo cambie, los primeros que tenemos que cambiar somos nosotros y, admitámoslo, somos incorregibles. 

Ya casi nadie se acuerda de los sanitarios, ni de los trabajadores de supermercados o emergencias. Leía hace unos días en las redes sociales a una médica que se lamentaba de que, pasado el gran pico de la crisis sanitaria del coronavirus, en los servicios de urgencia del hospital vuelven a encarárseles los pacientes y sus familiares por múltiples razones: por tener que esperar demasiado, por no recibir la atención que ellos esperan o por no ser sometidos a las pruebas que ellos creen que precisan. Igual que antes de que la COVID-19 se llevara más de 26.000 vidas en España, casi 8.500 de ellas en la Comunidad de Madrid. 

Justamente aquí a partir de este lunes vamos a poder ir a la farmacia a recoger una mascarilla FFP2 gratis, una por cabeza y tarjeta sanitaria, gentileza de nuestro Gobierno regional. Coincidiendo con este anuncio, la Asociación Madrileña de Enfermería ha lanzado la campaña “Apadrina a un profesional de la Sanidad” en la que invita a cada ciudadano a donar a un sanitario esa mascarilla que le toca para que los profesionales puedan seguir trabajando seguros en los hospitales, ante la precariedad -denuncian- en la que siguen instalados.
¿Pasar de fase? ¿Para qué? Si estamos todos cómodamente instalados en un constante desfase.

domingo, 26 de abril de 2020

Mis hijos y yo nos quedamos en casa

Sé que lo que estoy a punto de escribir no va a despertar muchas simpatías hacia mi persona, pero he llegado a una edad en la que ya he asumido que es imposible gustarle a todo el mundo. Si mis hijos tuvieran menos de 14 años, hoy no saldrían a la calle. De hecho, no entiendo por qué la desescalada ha empezado por los críos. Como tampoco entiendo por qué todo un vicepresidente del Gobierno se dirige a menores de edad en un discurso televisivo.


Menos mal que a los chavales tantas comparecencias de señores con traje y uniforme les parecen un rollo y no las siguen en directo. Bueno, a los chavales y a los adultos, porque debe haber un término medio entre comparecer por plasma y dar tres ruedas de prensa al día, ¡por favor! Alguien ha debido pensar que la transparencia era esto y que así se combate la desinformación. Y no exactamente. 

Hoy, a la vez que entra en vigor otra prórroga de quince días del estado de alarma, se levanta la veda a las salidas infantiles. Los paseos con niños se suman ahora a los paseos con perros. Las vistas desde mi terraza van a brindarnos grandes y entretenidos momentos. Podremos jugar a ver quién se pasa por el forro primero la fórmula 1+1+1 (un progenitor, una hora, un kilómetro).

Primer día de salida a la calle de los niños
Después de rectificar la idea inicial de mandar a los niños al súper y a la farmacia con los adultos, hoy estrenamos el derecho a pasear a los críos dentro de un orden. Me compadezco de los padres que tienen que explicar a sus hijos que salir a la calle no significa que puedan deslizarse otra vez por el tobogán, jugar un partido de fútbol con los amigos, ir a cazar lagartijas a la sierra o abrazar a un compañero del cole si se lo cruzan por la calle. Imagino que eso es lo que más le puede apetecer a un crío que atraviesa la puerta de la calle por primera vez después de seis semanas encerrado. Admitámoslo: salir de casa para dar vueltas a la manzana de la mano de papá o rodar un kilómetro sobre el patinete pegado a mamá no es la idea de diversión. 

Encuentro voces expertas a favor y en contra. La pedagoga e investigadora Heike Freire defiende que los niños necesitan salir a la calle por salud, mientras que la pediatra María Buades sostiene que no deben salir hasta que el virus esté controlado y que la plasticidad de su cerebro evitará cualquier posible secuela. Unos psicólogos aseguran que permanecer tanto tiempo encerrados afecta al desarrollo neuronal de los niños, en particular los menores de 6 años, mientras algunos sociólogos opinan que el encierro, a priori, no tiene por qué conllevar consecuencias negativas para ellos. Así que, en esto, como en todo, hay opiniones para todos los gustos. Personalmente, yo le veo más inconvenientes que ventajas. 

No pongo en duda los estudios que confirman que en China uno de cada cinco niños tenía síntomas depresivos después de un mes de confinamiento y que algo así puede estar ocurriendo en España tras seis semanas encerrados en casa. Pero no deberíamos olvidar a los otros cuatro de cada cinco que están viviendo esta realidad sin mayor trauma. 

Algunas veces desdeñamos la inmensa capacidad de adaptación que tiene el ser humano. También los pequeños seres humanos. Además, los niños son los mayores expertos en dejar volar la imaginación. Si son capaces de convertir una caja de zapatos en una nave espacial, pueden permanecer dos semanas más en sus casas rompiendo jarrones a balonazos, saltando a la comba en la cocina y dando volteretas sobre su cama. 

Creo que el lugar donde deben quedarse los niños mientras todo se tranquiliza es un entorno seguro, controlado, familiar, donde ni se contagien ni contagien. En una palabra: su casa. Allí tienen sus juguetes, sus cuentos, sus rutinas… Aunque no haya jardín o parque, estoy segura que pueden aguantar quince días más sin salir. Así sus padres se evitarían el engorro que va a suponer higienizar el patinete o la pelota. Por no hablar del estrés que les va a generar a muchos, -los más responsables, imagino-, cumplir las indicaciones y no superar el kilómetro de distancia de casa y controlar al pequeño para que no se desmadre, no toque mobiliario urbano o se lance a los brazos de algún amigo que encuentre en el paseo. 

Imagen de Victoria Borodinova en Pixabay 
¿Secuelas? No creo. Los niños recordarán esto como una aventura. Casi como unas vacaciones, si no fuera por los deberes que están mandando los colegios. Admitamos que ahora los horarios son menos estrictos. Por las mañanas no suena el despertador y se van más tarde a la cama. Algunos padres nos hemos vuelto más 'flexibles' con el consumo de tele y videojuegos, e incluso realizamos actividades familiares todos juntos para las que antes nunca encontrábamos la ocasión. 

¿Que parecen más irritados? Puede, pero como cualquier adulto. De hecho, no creo que ellos necesiten salir del encierro más que nosotros. Igualmente, ambos deberíamos entender que la medida de confinamiento es por nuestro bien y que cuando antes contengamos la enfermedad, antes recuperaremos la normalidad. A veces pienso que los niños lo procesan mejor que los adultos. Seguro que hoy más de un hijo se niega a salir para disgusto de su padre. 

Todavía hay gente que no ha pillado el sentido del confinamiento. Todavía hay gente que va todos los días a comprar el pan. Todavía hay dueños de mascotas que estos días están paseándolas más que en toda la vida del chucho. Todavía hay clientes que se tiran dos horas en el supermercado toqueteando todos los productos indecisos sobre cuál elegir. Todavía hay gente que no ha entendido lo de salir de casa solo cuando sea estrictamente necesario. Todavía hay quien piensa que esta lotería no le va a tocar y que lo de frenar los contagios encerrándonos a cada uno en nuestra casa es una soberana gilipollez. 

Tengo dos hijos que ya no están en el tramo de edad que nos ocupa. De hecho, a raíz de esta medida, hemos descubierto que ya podían pisar la calle para hacer pequeños recados. Pues bien, desde que comenzó el encierro no han mostrado ningún interés en salir de casa. Nos cuesta incluso que bajen a tirar la basura. Las series, las películas, los videojuegos, la música son sus válvulas de escape. Alguna vez mi hija suspira por no poder ir al cine o salir de fiesta con los amigos, pero las videollamadas y las aplicaciones de mensajería la tienen constantemente conectada con ellos. En cambio mi hijo firmaría por alargar la medida hasta el verano. Por lo demás, bailan, hacen ejercicio y se pelean, como si no estuviéramos confinados. No me parece que estén tristes o deprimidos. Aunque, claro, nosotros somos afortunados. En casa hay una nevera llena y wifi, Netflix, Movistar, móviles, ordenadores, tablets, PlayStation y Xbox. A veces tenemos que obligarles a asomarse a la ventana o salir a la terraza para que les dé un rayo de sol. 

¿Que si estas semana les crearán un trauma? Ninguno. Las mayores secuelas, en todo caso, las voy a sufrir yo, que envejezco mientras ellos crecen y siento que se me escapa la vida. Yo, que no puedo ir cada día al gimnasio para mantener a raya mi estrés y mi peso; ni trotar una hora de vez en cuando por el campo para oxigenar el cerebro y el corazón; ni socializar en una terraza con unas cañas; ni ir al fisio para que me descargue el cuello y los hombros; ni a la peluquería para ver qué pueden hacer con estas canas; ni a una playa para contemplar una puesta de sol sobre el mar; ni visitar a mi madre para darle un abrazo y ver qué tal va. 

Y a pesar de esos daños colaterales, prefiero que todos nos quedemos en casa, incluidos los niños, y no contribuir a llenar de gente el espacio público, si eso supone recuperar con seguridad nuestra vida anterior o lo que sea que nos espera después del coronavirus. ¿Sufrir? Esto no es sufrir, ¡coño! Esto es ejercitar la virtud de la paciencia. Sufrir es lo que planteaba en este tuit el croata Sasa Jovic, entrenador de balonmano, que vivió la guerra de los Balcanes cuando tenía 16 años y sabe lo que es estar confinado de verdad por salvar la vida.
Ya sé que no es comparable, pero quizá nos vendría bien relativizar. Sasa Jovic no tenía una fecha marcada en el calendario para salir de aquel sótano. Nosotros sabemos que en el mes de mayo volveremos a pisar la calle. ¿De verdad esperar dos semanas más supone mucho sufrimiento para los niños? Pues que sufran también un rato, que no les va a pasar nada. Sufrir también forma parte de la vida, ¿no? Así se van entrenando.

martes, 14 de abril de 2020

Los otros

No salen en las cifras oficiales. Nadie les aplaude ni les hace un pasillo de homenaje cuando se recuperan. Son aquellos a los que el confinamiento les ha pillado viviendo solos y han experimentado los primeros síntomas del coronavirus sin testigos.

Imagen de Pexels en Pixabay 
Estos de los que hablo tardaron en marcar el teléfono habilitado por el Gobierno de su Comunidad Autónoma para hacer un seguimiento de los casos. Quizá era un simple catarro, una gripe primaveral, puede que una alergia adelantada. No querían molestar. Ahora se comunican a diario con la enfermera del Centro de Salud que les llama para saber si tienen fiebre y aconsejarles que se tomen un paracetamol. Es la única que conoce la realidad. Sus parientes y amigos viven en la ignorancia, aunque les extraña que se nieguen a participar en videoconferencias múltiples de esas que se han puesto de moda en esta cuarentena. Les dejan que piensen que son unos aguafiestas analógicos insociables. Mejor eso que mostrar la cara y que descubran que no todo va bien. 

No se lo cuentan a los miembros de su familia para no preocuparles y también para evitar que se presenten en su casa a cuidarles, arriesgándose a contagiarse. No comparten su estado tampoco con los vecinos del rellano, para no sentir que se alejan de ellos en el balcón contiguo cuando salen a aplaudir a las ocho. Desengañémonos, también mantienen el secreto para que no se corra la voz por el bloque y aparezca un día una nota pegada en el ascensor alertando a todo el vecindario. Incluso puede que de saberlo, el presidente de su comunidad tendría la ‘deferencia’ de introducirles un mensaje por debajo de la puerta invitándoles a abonar el gasto de desinfectar las zonas comunes. O, en el peor de los casos, de enterarse su casero, les pondría de patitas en la calle, como le ha ocurrido a gente, según ha visto en redes sociales. Algunos ni siquiera estaban enfermos, pero ejercen una profesión de riesgo, la de héroes a los que se aplaude a las ocho, pero de lejos.




Los que tienen un negocio, prefieren mantener a su clientela al margen de la situación, para que las ventas no se resientan cuando el Gobierno permita la reapertura. Y quienes trabajan por cuenta ajena, cruzan los dedos para recuperarse antes de que se acabe el teletrabajo y el jefe descubra que tenía al ‘bicho’ en casa. 

No se avergüenzan de estar infectados, no hay razón para ello, no han hecho nada para merecer ese castigo, salvo tocar superficies mal desinfectadas o saludar amistosamente a alguien asintomático que les ha contagiado. Pero son realistas. Ven que la gente trata a los positivos como apestados, que se aleja como alma que lleva el diablo de quienes sueltan un estornudo. Y les da la impresión de que a día de hoy cuesta menos confesar una enfermedad venérea que un coronavirus. 

Este ‘cuadro clínico’ se agudiza cuando estos de los que hablo viven solos en pueblos o pequeñas comunidades, donde los chismes circulan como la pólvora, a una velocidad que es proporcional a la gravedad del hecho, y las malas noticias (aunque sean inventadas) son el alimento de envidiosos, cizañeros y miserables. 

Les gustaría salir de dudas, que alguien les hiciera el famoso test de detección del que todo el mundo habla, pero han oído que hasta ahora solo se lo hacían a los que ingresan en el hospital. Entonces piensan que prefieren seguir con la duda antes que pasar por el infierno en el que se han convertido las urgencias y las UCI. 

Están cansados, les cuesta respirar y les duele todo el cuerpo. También han perdido el apetito y casi lo agradecen, porque así les durará más lo que tienen en la nevera y retrasarán el momento de salir al supermercado. Harían la compra online y pedirían que se la llevaran a casa, pero están viendo que muchos establecimientos ya no sirven a domicilio y los que lo siguen haciendo están desbordados. 

Tienen miedo a lo que les pueda pasar. Están aterrados ante la posibilidad de que la enfermedad avance muy rápido, que su sistema inmunitario no colabore y que un día se mueran solos, sin darles tiempo a llamar a una ambulancia. Les quita el sueño que encuentren su cadáver los bomberos después de tirar la puerta abajo y que su cuerpo tenga que esperar dentro de una caja sobre una pista de hielo hasta que le toque el turno de crematorio. 

Afortunadamente todos esos lúgubres pensamientos se disipan cuando les baja la fiebre y empiezan a recuperar las fuerzas, el alivio, el resuello y la alegría de vivir. Y entonces, cuando todo ha pasado, cuando estos de los que hablo han superado el trance y nadie les aplaude, ni les hace el pasillo, ni les lleva una banda a la puerta de su habitación para tocarles ‘Resistiré’ (algo que deberían agradecer, todo sea dicho), entonces, solo entonces, se atreverán a decir, aunque sea bajito, que ellos también vencieron al coronavirus.

domingo, 15 de marzo de 2020

Ahora entiendo mejor a los concursantes de Gran Hermano

Hace unos días, cuando todavía la OMS no había declarado el brote de coronavirus una pandemia, escribía sobre esta enfermedad. Es cierto que entonces todavía no había muerto nadie y que ahora las cifras evidencian su gravedad, pero en esencia sigo pensando lo mismo. Que la población en general tiene más probabilidades de morir por cualquier otra cosa que por el Covid-19, siempre que no ande jugando a la ruleta rusa, claro está. Me refiero a que no podemos olvidar extremar la precauciones y evitar los riesgos, como hacemos con el resto de peligros. Porque si uno no quiere morir ahogado, no se tira a una piscina sin saber nadar, y si no quiere perder la vida en un accidente, procura conducir cumpliendo las normas y con todos los sentidos puestos en la carretera. En fin, que si seguimos las recomendaciones de los expertos, mantenemos la higiene de manos, la distancia de seguridad, evitamos toserle al prójimo y nos quedamos en casa, disminuirán las papeletas que nos tocan en la tómbola.   

Pero no es de la pandemia de lo que quiero hablar hoy, sino de lo de quedarse en casa. Desde el martes pasado estoy teletrabajando. La empresa para la que trabajo decidió de manera responsable atender las recomendaciones del Gobierno y nos indicó que realizáramos nuestra tarea a distancia.

Trabajar en casa puede parecer un chollo, pero no lo es tanto. Tiene sus pros y sus contras, desde luego. En mi caso, no tener que desplazarme de mi domicilio al trabajo me supone ganar dos horas de tiempo. Sin embargo, en algún momento durante estos días he echado de menos ir físicamente a la oficina en Gran Vía. Llamadme rara, pero creo que cambiar de escenario se agradece. 

El primer día de trabajo a distancia traté de repetir las mismas rutinas de un día normal. Madrugué, desayuné, pasé por la ducha, me vestí como si fuera a salir y, hecho todo esto, me senté frente al ordenador. Todo bien, si no fuera porque ya no me levanté de la silla hasta las 6 de la tarde, descontando las visitas imprescindibles al baño y a la nevera, cuando la ansiedad me ganaba la batalla. Hasta comí encima del teclado, algo que recomiendan encarecidamente que se evite. Al día siguiente, disciplinada, repetí la operación. Pero al tercero, me enchufé directamente al Mac en cuanto me tomé el café, aún con el pijama puesto y sin duchar. Así le abrí la puerta al repartidor de Amazon y así estuve hasta las cinco y media de la tarde. Y porque tenía que recoger el coche del taller, si no, a saber a qué hora habría desconectado. Mal. Dicen los expertos que para trabajar en casa hay que ponerse un horario. También es cierto que por las características de mi empleo y la situación tan atípica que vivimos, la cobertura informativa es constante, así que nos organizamos entre todos los compañeros sin mirar demasiado el reloj.

Otro de los elementos que destacan como primordial los expertos en teletrabajo es el espacio. Señalan que es importante tener un lugar para trabajar distinto de aquel donde duermes, comes o hace su vida la familia. En un piso como el mío tengo que ir cargando con mi portátil a cuestas de un lado a otro en función de lo que estén haciendo los demás habitantes de la casa.



Hasta ahora no había mencionado que, mientras yo estoy teletrabajando, mis hijos están teleestudiando. Así que todos 'disfrutamos' juntos de este aislamiento preventivo. Aunque, para hablar con propiedad, mis adolescentes, además de estudiar, ver Netflix o perder el tiempo con videojuegos, están todo el rato protestando por no poder ver a sus amigos, quejándose de la cantidad de tarea que les ponen los profesores a través del aula virtual, discutiendo entre ellos por nimiedades, reprochándome que no les escucho, rabiosos como leones enjaulados…

Existen estudios que aseguran que el periodo del año en el que se producen más rupturas de pareja es el posterior a las vacaciones de verano, porque durante esas semanas solemos pasar más tiempo juntos. La conclusión es clara: la convivencia deteriora las relaciones. Espero que en esta familia rompamos la estadística. Aunque va a resultar inevitable que nos pase factura a los cuatro vernos el careto 24 horas al día durante al menos quince días. Es como si nos hubiéramos convertido en concursantes involuntarios de un Gran Hermano familiar. Casi discutimos tanto como ellos. Eso sí, aquí no va a haber quien haga edredoning. Hay que mantener las distancias. En cuanto a la prueba semanal, en este caso es diaria y sin más recompensa que ir tachando fechas en el calendario. También os digo que casi preferiría no tener información del exterior, como los concursantes del programa de Telecinco. El monotema empieza a provocarme cierta saturación. Pero, claro, será porque “aquí dentro todo se magnifica”. En cualquier caso, en este concurso el premio no es un maletín lleno de pasta. Es algo mucho mayor. De un valor incalculable: la salud.

Pese a asumir la conveniencia de este encierro para frenar la expansión del Covid-19, debo confesar que se hace duro. Pienso en mi madre, confinada sola a 200 kilómetros y sin poder ir a hacerle compañía. La restricción de movimientos es lo peor de esta situación. La imposibilidad de viajar, pasear por el campo, practicar deporte al aire libre, ver películas en pantalla grande, tomar una caña en una terraza, cenar en un restaurante, disfrutar de un concierto... Son pequeñas cosas que hacen la vida más agradable y a las que nos hemos acostumbrado. Así que cuando nos faltan, no sé vosotros, pero yo me siento rara.

viernes, 28 de febrero de 2020

El coronavirus y las probabilidades

Cuando escribo esto ya son 13 las mujeres que han muerto a manos de sus parejas o exparejas desde que comenzó el año. Hubo 55 en 2019 y ya suman 1.046 desde que se empezaron a contabilizar oficialmente en 2003.

Si hablamos de accidentes laborales, en 2018 fallecieron 652 personas durante su jornada de trabajo. Cuando analizamos los últimos datos de este 2020, el ritmo de caídos en “el tajo” resulta aterrador. Filtras en cualquier buscador de noticias con la palabra clave 'siniestralidad laboral' y lees 13 trabajadores muertos en País Vasco y Navarra, 4 en La Rioja, 5 en Galicia, 2 en Asturias, 3 en Madrid… y no sigo porque me salen demasiados obreros menos en solo un par de meses.

En la carretera también se dejan la vida muchos españoles. En concreto, el año pasado murieron en el asfalto 1.098 personas.

Tan peliagudas o más son las cifras de suicidios. Por encima de 3.500 según los últimos registros que se pueden consultar en la base de datos del INE. Se mantiene como la primera “causa externa de mortalidad”. En nuestro país cada dos horas y media alguien decide terminar con su vida, eso son diez seres humanos al día. Una barbaridad.

Provocan también escalofríos las cifras de personas muertas al año por enfermedades derivadas del nocivo hábito de fumar. Alrededor de 50.000 según Sanidad. Por cierto, la campaña más reciente de la gripe común dejó 6.300 bajas en la población.

En cuanto a la última cifra de fallecidos por ahogamiento, que engloba tanto los producidos en espacios acuáticos como los atragantados comiendo, superó los 3.000 casos. Otras tantas personas sufrieron una caída accidental y no vivieron para contarlo.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay  
No es que hoy me haya levantado con ganas de amargaros la existencia. Lo que quiero haceros ver es que hay muchas más probabilidades de que os ahoguéis con un trozo de jamón y que nadie a vuestro alrededor sepa desobstruiros las vías respiratorias mediante la maniobra de Heimlich, que de morir de una infección por coronavirus. Es comprensible que haya cierta histeria colectiva y que hasta el más dueño de sí mismo parezca poseído por la fiebre del COVID-19. No deja de ser un virus desconocido y todo lo nuevo nos predispone a estar híperexcitados. Y también, asumámoslo, hemos visto demasiadas series y películas distópicas y nuestra tendencia a creer en teorías de la conspiración nos pierde. Pero la realidad es que la baja mortalidad del coronavirus y su aparentemente sencilla curación, salvo que seas mayor o estés inmunodeprimido, nos induce a pensar que tampoco es para tanto. Que para virus chungo, el ébola.

Así que podíamos abandonar el peregrinaje por las farmacias en busca de mascarillas, no vaya a ser que dejemos desabastecidos a quienes realmente las necesitan. En cuanto a los medios de comunicación, deberíamos procurar no aumentar la psicosis narrando el aumento de casos positivos como si estuviéramos retransmitiendo los partidos de la Liga y cantando los goles del Carrusel Deportivo.  

Por cierto, se agradece mucho la buena disposición de las autoridades sanitarias informando puntualmente a la opinión pública, organizando comités de crisis y desplegando todos los medios habidos y por haber para contener la epidemia. Lástima que no se entreguen con la misma determinación a prevenir el suicidio, atajar la siniestralidad laboral o combatir la violencia de género. Solo esos tres problemas ganan por goleada a un coronavirus que, de momento, aquí mantiene su marcador a cero.   


P.D.(29-04-20)- Han pasado dos meses desde que escribí lo que acabáis de leer y la situación ha cambiado extraordinariamente. Por desgracia, en todo el mundo han muerto más de 200.000 personas, casi 25.000 de ellas en España. Resulta evidente que no es una broma, sino toda una pandemia. El virus ha encontrado en nuestro modo de vida, nuestra deficiente higiene, la debilidad del sistema, la falta de previsión y la poca capacidad de reacción de nuestros políticos el escenario perfecto para propagarse a toda velocidad y transformar nuestra vida.