Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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domingo, 29 de marzo de 2020

¿El confinamiento? Bien, gracias

Llevo tiempo tratando de contaros cómo llevo el confinamiento, pero nunca encontraba el momento adecuado. Aprovechando que cumplimos dos semanas de estado de alarma y comenzamos las otras dos de prórroga, creo que es una ocasión perfecta.

No tengo muy claro si es mejor pasar este periodo solo o acompañado. A mí me ha tocado vivirlo con mis dos adolescentes y su padre. Siguiendo disciplinadamente los consejos de los expertos, que inciden en la importancia de mantener los mismos hábitos, hemos decidido no renunciar a nuestros frecuentes roces, ni a los gritos -que deben tener a los vecinos con la cabeza como un bombo-, ni a las discusiones habituales en tiempos de libertad.

Ayer mientras comíamos, mi hijo se refirió a este aislamiento como “condena”. “Cuando termine la condena…” dijo, y celebramos su ocurrencia. Estábamos comiendo en la terraza, disfrutando del sol. En circunstancias normales, sin cuarentena, quiero decir, no se nos ocurriría. El mes de marzo es demasiado pronto para hacer vida en la terraza, eso lo dejamos para el verano. Pero estando las cosas así, disponer de este escenario al aire libre es una bendición que agradecemos y explotamos. Así que, si un par de días comemos fuera pensando que estamos en un chiringuito de playa con el mar al fondo, eso que nos llevamos para el cuerpo. Aunque para ello debamos hacer todo un ejercicio de imaginación. Y eso a los que viven conmigo les cuesta.


Han pasado dos semanas y nuestra relación resiste, aunque con altibajos. Nos salva que cada uno va a su bola. Hace algunos días, a la hora de comer, el padre de mis hijos puso un mensaje en el grupo de WhatsApp familiar preguntando quién podía poner la mesa. Como veis, llevamos a rajatabla las recomendaciones sanitarias y mantenemos las distancias. En esta casa antes costaba dar besos y abrazos, si acaso alguno furtivo que yo robaba en un descuido, cuando les pillaba con la guardia baja. Ahora nos damos las buenas noches a gritos de una habitación a otra.

Ayer por las redes sociales se había convocado un aplauso (otro) a las seis de la tarde en homenaje a los niños. En mi calle la ovación no duró ni 20 segundos y con eso basta. Tampoco nos pasemos. Que los menores no podrán correr por la calle, ni pelar la pava en un banco, ni hacer botellón en un parque, pero están haciendo exactamente lo que les sale de las narices, salvo salir.


Mi hija se está pasando el aislamiento aislada en su propia habitación. Solo abandona su encierro para comer e ir al baño. El resto del tiempo hace deberes, baila, charla con su noviete por el móvil o ve series a la vez que sus amigos para comentarlas en tiempo real desde su celda. Bueno, también se desmarcó hace un par de días con un bizcocho que cocinó en un arrebato repostero.


Mi hijo, en cambio, va circulando por todas las habitaciones donde hay una pantalla. Así que salta de los deberes en su habitación a jugar en línea con sus amigos en la cocina, de ahí a ver Netflix en el salón, para continuar con vídeos de YouTube en el baño. Entre esto y mi teletrabajo, tenemos la wifi tiritando. Ayer, buscando una nueva actividad con la que entretenerse, se apuntó a la convocatoria de La Hora del Planeta y estuvo en la ventana haciendo señales en código morse con la linterna del móvil. En teoría su mensaje decía "Quiero salir ya", pero a saber.


Cada día trato de hacer una hora de ejercicio después de cerrar el ordenador y pausar el trabajo hasta la siguiente jornada laboral. Salvo alguna ocasión en que el tiempo no ha acompañado, me dedico a caminar, saltar y correr por la terraza. Son unos 12 metros de ida y otros tantos de vuelta. Solo espero que algún vecino del otro lado de la calle no me grabe a mí o al padre de mis hijos montando en bici con rodillo y lo suba a TikTok para hacer coña.


Al principio pensaba que me moriría de asco, aburrimiento o mareo de un lado a otro de la terraza, pero no. Suele ser bastante entretenido. Voy escuchando la radio con mis auriculares mientras veo pasar por la calle a los perros que “obligan” a sus dueños a que los saquen a pasear. A los que más veo es a los que abusan de ese privilegio. En particular dos que ya tengo cazados. Son muchas horas como James Stewart en “La ventana indiscreta”... 

Esos chuchos saltan a la vista. Son los que en vez de olfatear patas de banco o tirar de la correa cuando se cruza otro perro, se pasan el rato tumbados en la hierba mientras sus dueños charlan apaciblemente, esos sí, a dos metros de distancia. Hay un pastor afgano y un westie que da pena verlos. A lo largo del día, cada vez que me asomo allí están, custodiados por un miembro diferente de la familia, dando paseos que suelen durar lo mismo que me tiro yo dando saltos por mi terraza. Así que a última hora solo quieren reposar, en vez de echar la meada. Los pobres canes no han debido entender el decreto gubernamental de confinamiento que dice "un pis y a casa".

También es divertido ver a los pájaros volando en bandada desconcertados. Están tan acostumbrados a comerse las sobras de las tapas que ponen los bares del barrio en sus terrazas, que los empiezo a ver algo depres y desnutridos. Los gatos callejeros también campan a sus anchas y ya no escapan a la carrera, porque no hay nadie que les asuste. De vez en cuando les azuzo desde arriba, para que no pierdan la forma.

La terraza se está convirtiendo en mi rincón favorito. Aunque también hay algún otro... Como este en un armario de la cocina.

Lo malo de pasar tanto tiempo en casa es que tienes más apetito o al menos el cuerpo te pide con frecuencia algo de picoteco. Por cierto, el viernes nos tomamos un vino y una tapa con varios amigos. Cada uno en su casa y HouseParty en la de todos. Vamos, que montamos una videoconferencia a tres y allí estuvimos los 6 viéndonos las caras y poniéndonos al día de cómo íbamos llevando el confinamiento. No es lo mismo que en la terraza de un bar, pero en estos tiempos es lo más parecido. Hasta mi madre y mi suegra se han apuntado a comunicarse con el exterior por videollamada. Milagros del confinamiento.

Por lo demás, en este momento discutimos sobre la conveniencia de permitir a mi hijo hacerse una mohicana y a mi hija teñirse el pelo de rosa. Alegan que estando confinados da igual cómo lleven la cabeza, si nadie, salvo nosotros, les va a ver. Es un decir. Estoy segura de que lo primero que harían es subir a sus redes sociales el resultado. Yo, en cambio, evito dejarme ver en ellas. Tengo la sensación de que ni el sérum facial que me sigo aplicando va a impedir que se note que también, durante este encierro, sigo envejeciendo (y a Dios gracias).

Solo he salido un día al supermercado y tardé dos horas en llegar a las cajas. La experiencia da para otro post, así que me lo reservo. Solo os adelantaré que he descubierto mi incapacidad para hacer la compra con guantes de frutería.


Al principio de esta cuarentena me había propuesto ponerme al día con mis clases de inglés, retomar mi afición por los puzzles, ordenar los armarios, quitar el polvo de las estanterías altas, lavar las cortinas, colgar un cuadro que lleva esperando seis años en una caja, jugar en familia al Scrabble… pero en dos semanas todavía no he sido capaz.  

Tampoco encuentro el momento, y veo que se me acaba el fin de semana, para borrar todos los chistes y vídeos que me han llegado por WhatsApp y acumulo en la memoria del móvil. Algunos los tengo por triplicado, porque por todos los chats termina circulando lo mismo. El último que me ha hecho reír es este que compartía mi madrina:

‼️Últimas Noticias‼️
Debido a la cuarentena establecida por el gobierno a causa del CO-VID19, la Real Académia de la Lengua Española ha decidido actualizar una serie de refranes populares. "Nuevos días, nuevas expresiones" ha sido su eslogan de presentación. 

▶️Hasta el 40 de Mayo, no te acerques a ningún yayo.
▶️En Abril, kilos mil.
▶️La curiosidad multó a Paco.
▶️Más vale mascarilla en mano que toserle a un humano.
▶️Aunque quieras fiesta y guasa, a esperar en el salón de tu casa.
▶️A Dios rogando y en tu casa rezando.
▶️Ay la cuarentena... Que nos convierte a todos en pequeñas ballenas.
▶️A papel higiénico regalado no le mires la marca.
▶️Más vale estornudo parado, que 100 virus volando.
▶️No por mucho madrugar, vas a salir a desayunar.
▶️Aunque la mona se vista de seda, en casa se queda.
▶️No hay cuarentena que 100 años dure.
▶️En boca cerrada no entran virus.
▶️Al mal tiempo, buena casa.
▶️Deja para mañana lo que no puedas limpiar hoy.
▶️Aunque no vivas en un convento, quédate dentro.
▶️A cada cerdo le llega su cuarentena.
▶️Todos los caminos llevan a la nevera.
▶️En bata o pantalones, de la cuarentena hasta los cojones.
▶️El que se fue a Sevilla, se ganó una multilla.
▶️¿A donde va Vicente? A ningún lado.

Ya sabéis, tenemos suficiente tiempo para aprendernos los nuevos refranes y empezar a utilizarlos porque...
▶️Santa rita rita rita, estate en casa quietecita◀️.  
Compártelo con tus contactos y saquemos una nueva sonrisa cada dia😊
Jajajajajajajaja jajajajajajajaja


Imagino que las familias de quienes están muriendo, los que luchan por su vida en la cama de una UCI y quienes esperan angustiados un diagnóstico estarán para poca broma. Pero espero que entiendan que a los demás estas chorradas nos liberan y nos ayudan a no pensar. Se trata de un simple mecanismo de autodefensa. “La risa no debería hacernos sentir culpables cuando es necesaria”, he leído en uno de los libros en los que estoy avanzando durante este cautiverio. Pues eso, riamos mientras podamos.


***Nota importante: Todas las imágenes que ilustran este post son "robadas". Es decir, han sido tomadas por sorpresa y sin permiso de sus protagonistas. Espero que, si se enteran, esta travesura no provoque un nuevo conflicto familiar ;-)

domingo, 15 de marzo de 2020

Ahora entiendo mejor a los concursantes de Gran Hermano

Hace unos días, cuando todavía la OMS no había declarado el brote de coronavirus una pandemia, escribía sobre esta enfermedad. Es cierto que entonces todavía no había muerto nadie y que ahora las cifras evidencian su gravedad, pero en esencia sigo pensando lo mismo. Que la población en general tiene más probabilidades de morir por cualquier otra cosa que por el Covid-19, siempre que no ande jugando a la ruleta rusa, claro está. Me refiero a que no podemos olvidar extremar la precauciones y evitar los riesgos, como hacemos con el resto de peligros. Porque si uno no quiere morir ahogado, no se tira a una piscina sin saber nadar, y si no quiere perder la vida en un accidente, procura conducir cumpliendo las normas y con todos los sentidos puestos en la carretera. En fin, que si seguimos las recomendaciones de los expertos, mantenemos la higiene de manos, la distancia de seguridad, evitamos toserle al prójimo y nos quedamos en casa, disminuirán las papeletas que nos tocan en la tómbola.   

Pero no es de la pandemia de lo que quiero hablar hoy, sino de lo de quedarse en casa. Desde el martes pasado estoy teletrabajando. La empresa para la que trabajo decidió de manera responsable atender las recomendaciones del Gobierno y nos indicó que realizáramos nuestra tarea a distancia.

Trabajar en casa puede parecer un chollo, pero no lo es tanto. Tiene sus pros y sus contras, desde luego. En mi caso, no tener que desplazarme de mi domicilio al trabajo me supone ganar dos horas de tiempo. Sin embargo, en algún momento durante estos días he echado de menos ir físicamente a la oficina en Gran Vía. Llamadme rara, pero creo que cambiar de escenario se agradece. 

El primer día de trabajo a distancia traté de repetir las mismas rutinas de un día normal. Madrugué, desayuné, pasé por la ducha, me vestí como si fuera a salir y, hecho todo esto, me senté frente al ordenador. Todo bien, si no fuera porque ya no me levanté de la silla hasta las 6 de la tarde, descontando las visitas imprescindibles al baño y a la nevera, cuando la ansiedad me ganaba la batalla. Hasta comí encima del teclado, algo que recomiendan encarecidamente que se evite. Al día siguiente, disciplinada, repetí la operación. Pero al tercero, me enchufé directamente al Mac en cuanto me tomé el café, aún con el pijama puesto y sin duchar. Así le abrí la puerta al repartidor de Amazon y así estuve hasta las cinco y media de la tarde. Y porque tenía que recoger el coche del taller, si no, a saber a qué hora habría desconectado. Mal. Dicen los expertos que para trabajar en casa hay que ponerse un horario. También es cierto que por las características de mi empleo y la situación tan atípica que vivimos, la cobertura informativa es constante, así que nos organizamos entre todos los compañeros sin mirar demasiado el reloj.

Otro de los elementos que destacan como primordial los expertos en teletrabajo es el espacio. Señalan que es importante tener un lugar para trabajar distinto de aquel donde duermes, comes o hace su vida la familia. En un piso como el mío tengo que ir cargando con mi portátil a cuestas de un lado a otro en función de lo que estén haciendo los demás habitantes de la casa.



Hasta ahora no había mencionado que, mientras yo estoy teletrabajando, mis hijos están teleestudiando. Así que todos 'disfrutamos' juntos de este aislamiento preventivo. Aunque, para hablar con propiedad, mis adolescentes, además de estudiar, ver Netflix o perder el tiempo con videojuegos, están todo el rato protestando por no poder ver a sus amigos, quejándose de la cantidad de tarea que les ponen los profesores a través del aula virtual, discutiendo entre ellos por nimiedades, reprochándome que no les escucho, rabiosos como leones enjaulados…

Existen estudios que aseguran que el periodo del año en el que se producen más rupturas de pareja es el posterior a las vacaciones de verano, porque durante esas semanas solemos pasar más tiempo juntos. La conclusión es clara: la convivencia deteriora las relaciones. Espero que en esta familia rompamos la estadística. Aunque va a resultar inevitable que nos pase factura a los cuatro vernos el careto 24 horas al día durante al menos quince días. Es como si nos hubiéramos convertido en concursantes involuntarios de un Gran Hermano familiar. Casi discutimos tanto como ellos. Eso sí, aquí no va a haber quien haga edredoning. Hay que mantener las distancias. En cuanto a la prueba semanal, en este caso es diaria y sin más recompensa que ir tachando fechas en el calendario. También os digo que casi preferiría no tener información del exterior, como los concursantes del programa de Telecinco. El monotema empieza a provocarme cierta saturación. Pero, claro, será porque “aquí dentro todo se magnifica”. En cualquier caso, en este concurso el premio no es un maletín lleno de pasta. Es algo mucho mayor. De un valor incalculable: la salud.

Pese a asumir la conveniencia de este encierro para frenar la expansión del Covid-19, debo confesar que se hace duro. Pienso en mi madre, confinada sola a 200 kilómetros y sin poder ir a hacerle compañía. La restricción de movimientos es lo peor de esta situación. La imposibilidad de viajar, pasear por el campo, practicar deporte al aire libre, ver películas en pantalla grande, tomar una caña en una terraza, cenar en un restaurante, disfrutar de un concierto... Son pequeñas cosas que hacen la vida más agradable y a las que nos hemos acostumbrado. Así que cuando nos faltan, no sé vosotros, pero yo me siento rara.