Mi hijo pequeño ha cumplido hoy 21 años. Cuando todavía era menor de edad y tenía cierta autoridad sobre él, un día como el de hoy, mucho más cayendo en domingo, lo hubiéramos celebrado comiendo su comida favorita en familia para terminar saboreando un rico helado, si era de caramelo salado, mejor. Al despertar le habríamos dado el regalo que había pedido y alguna sorpresa más. Habríamos cantado el cumpleaños feliz y tomado fotos o grabado vídeos soplando las velas.
Sin embargo, hoy no ha habido nada de eso. Hace años que decidió no sentarse más a la mesa con sus progenitores para no discutir y terminamos por normalizar los dos turnos para comer o cenar. Cuando le he pedido que hiciera un pequeño esfuerzo por comer juntos para celebrar su cumpleaños y le he prometido que evitaríamos los temas espinosos y la confrontación, se ha negado.
A pesar de esa cerrazón y su distanciamiento, yo, ilusa de mí, sigo tratando de mantener esas tradiciones de los buenos tiempos. Hace unos días le pregunté qué le gustaría comer en esta fecha tan especial, deseando que su corazoncito de piedra se resquebrajara un poco y recordara que no hace mucho tiempo yo era una de sus personas favoritas.
En esta ocasión, verbalizó que quería croquetas y empanada de pollo y setas. A esta corta lista de deseos añadí ensaladilla rusa, jamón del bueno, nachos con guacamole, relleno con carne picada y verduras para fajitas, además del helado.
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| Imagen: Freepik |
Imaginaba que él comería antes y luego terminaríamos nosotros lo que quedara en la mesa. La sorpresa fue que decidió irse a comer con sus amigos a la casa de uno de ellos y llevarse en tapers sus raciones de cada cosa.
Lo curioso es que por la mañana le había preguntado si necesitaba dinero para invitar a sus amigos a algo y su contestación fue: “Sí, claro, a un parque de bolas”, dándome a entender con ironía que ya no es un niño y que deje de intentar organizarle la vida. No me dio la oportunidad -ni ganas me quedaron- de explicarle que podía invitarles a comer por ahí unas pizzas que yo gustosamente costearía y luego por la noche cenar en casa el menú que había pedido por su cumpleaños.
Igual que con los platos favoritos, también he intentado, como siempre, que hubiera algún regalo, aunque en los últimos años él se empeñe en ponérnoslo difícil. Le gusta marcar los tiempos, así que tarda en desvelar sus deseos y pone tantas condiciones que cuesta conseguir que el regalo esté listo el mismo día del cumpleaños. Él insiste en que le da igual que no llegue para ese día, que prefiere estar seguro de que lo que pide es exactamente lo que quiere.
Este año dejó caer que necesitaba una cajonera para su habitación. Después de mucho insistirle, conseguí que me pasara las características y algunos enlaces de internet en los que aparecían muebles que se aproximaban a lo que estaba buscando. Yo lo ofrecí algunas otras posibilidades para que las valorara. Eso sí, me precisó que antes de elegir cualquiera, lo consultara con él. Ha llegado el día y, por supuesto aún no me ha dado su conformidad con ninguna opción. Dice que está demasiado ocupado con los exámenes.
Como imaginaba que esto pasaría, compré un par de chorradas para mantener la tradición y que no se despertara hoy sin ninguna sorpresa que hiciera de este un día distinto: unas luces led que cambian de color para decorar su habitación y remplazar las que se le habían estropeado y una camiseta negra y lisa, conociendo su costumbre de despreciar toda la gama cromática que no sea la que va del negro al blanco pasando por el gris.
Si estaba emocionado y sorprendido al abrirlos, lo ha disimulado bien. Me he adelantado a cualquier posible exabrupto precisándole que ambos detalles eran un aperitivo del mueble que está por venir -cuando él decida de una vez cuál quiere- y que tenían su correspondiente ticket regalo por si no fueran de su agrado. En un ejercicio de contención, imagino, no ha protestado. Y ante la pregunta sobre si había acertado con la talla de la camiseta, me ha parecido que decía “está bien”. Pero, cuando he pasado luego por su habitación, la camiseta estaba doblada sobre la cama, no en una percha del armario, y el paquete de luces seguía sobre la mesa precintado.
Cada día me pregunto qué será eso tan grave que le hemos hecho a esta criatura; qué trauma arrastra por nuestra acción u omisión; en qué momento de su infancia o adolescencia le fallamos tanto como para ser incapaz de hacer el esfuerzo de sentarse 15 minutos a comer con sus progenitores el día de su cumpleaños o simplemente relacionarse con normalidad con ellos, dado que conviven bajo el mismo techo y cubren sus necesidades.
De todos modos, yo he llegado a un punto donde me conformo con que no haya gritos ni portazos. Si el peaje que hay que pagar para ello es evitar coincidir alrededor de una mesa, barato me parece.

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