Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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sábado, 9 de abril de 2022

Si yo fuera comisionista

Leyendo en qué se gastaron la comisión millonaria los empresarios que hicieron negocio con la pandemia en el Ayuntamiento de Madrid, me he dado cuenta de que no tengo madera de rica.

Con los seis millones de euros que, según la querella de la Fiscalía Anticorrupción, se llevaron Luis Medina y Alberto Luceño por conseguir mascarillas, guantes y test para la ciudad procedentes de una empresa malaya, se compraron un yate, tres relojes Rolex, una vivienda y varios vehículos de alta gama entre los que había un Ferrari, un Lamborghini, un Aston Martin y varios Mercedes.

La única inversión que veo razonable en lo que parece una carta a los Reyes Magos es la vivienda. Cuando hago cada semana la Primitiva y fantaseo con que me tocan unos millones, siempre pienso en mudarme a una casa mayor, tampoco demasiado, pensando en que luego me tocaría limpiar más. Porque así somos los de la clase media, que cuando imaginamos nuestra vida más acomodada, no soñamos con que tendremos personal de servicio.

Pero en mi lista de deseos nunca aparecen yates, ni relojes de marca, ni coches de alta gama. Como mucho, ese Audi o Tesla con el que uno se limita a soñar, porque a algunos nos suele parecer obsceno gastarnos en un coche lo mismo que nos costaría una casa en la España vaciada.

Esta que os escribe se gastaría la comisión en pagar los recibos del gas y la electricidad, la letra del coche y los impuestos. En viajar a destajo sin rastrear vuelos low cost ni hacer búsquedas en Booking filtrando por los hoteles más baratos. En elegir el menú de los restaurantes guiándome para mi apetito y no por mi cartera. En visitar periódicamente al fisio para mantener a raya mis contracturas y por ‘chapa y pintura’ por placer y para reconocerme en el espejo. En vestir ropa buena, de esa que te sienta como un guante y dura más de una temporada. En llenar la cesta de la compra con productos saludables sin mirar el precio. En suscribirme a todos los periódicos y plataformas de streaming. En ir al cine aunque no sea el día del espectador, sentarme en la mejor butaca para ver los últimos musicales y no perderme ni un concierto, aunque con lo que cuesta una entrada se pudiera pagar una pensión no contributiva. Incluso en compartir mi buena suerte con aquellos que son más desafortunados. Y, sobre todo, en dejar de trabajar o hacer cualquier cosa solo por obligación. En definitiva, en disfrutar realmente de los pequeños placeres de la vida.

Ahora que lo pienso, para ser comisionista y enriquecerte de forma fraudulenta en una situación tan crítica como la de la pandemia hay que valer. Como mínimo resulta imprescindible carecer de escrúpulos, y yo de eso, para bien o para mal, ando sobrada.

jueves, 24 de marzo de 2016

Ni siquiera por mi osito

Contaba el chef Joan Roca en una entrevista en el diario El Mundo que una vez sirvieron su menú de 190 euros a un oso de peluche. Una pareja de japoneses reservó mesa para tres en El Celler de Can Roca y se presentó a comer con su inmóvil mascota. Me imagino lo absurdo de la estampa  e intento adivinar qué podría pasar por la cabeza de los camareros que servían al peluche los platos de alta cocina y los retiraban un rato después sin que nadie los hubiera tocado. Y lo peor, a dónde iría a parar toda esa delicatessen.

Eso me lleva a preguntarme cuáles pueden ser las razones de cualquiera para hacer algo tan idiota. Qué mueve a una persona, tenga mejor o peor posición económica, a tirar el dinero de manera tan obscena. Desconozco realmente las motivaciones de esa pareja. Quizá con ese gesto rendían homenaje a un ser querido o cumplían una promesa. Pero, ya puestos, podían haber invitado a su mesa a alguien con ganas de comer, no a un ser inanimado y evidentemente sin apetito.

Hace poco leía un reportaje sobre el fundador de Ikea, Ingvar Kamprad, donde se destacaba como gran excentricidad su costumbre de comprar comida a punto de caducar y vestirse con ropa de segunda mano. Pensé “va a ser verdad eso que dicen de que los mayores tacaños son los millonarios”. Pero este nonagenario justificaba su conducta escudándose en su compromiso con la sostenibilidad.

De vez en cuando juego a soñar despierta con la idea más que remota de que me toque un día la Primitiva o el Euromillones. Y la verdad es que, salvo mudarme a una casa más grande y dejar de buscar trabajo para vivir, no variaría demasiado mis hábitos. Sí, quizá trataría de viajar con mayor frecuencia, iría más al teatro, me daría algún capricho puntual y chin pun. Puede que colaborara con alguna causa benéfica o que invirtiera en algún proyecto personal que viera muy claro, pero me imagino más vistiendo de mercadillo que pagando un menú extra en un restaurante prestigioso para devolverlo a la cocina. Ni siquiera por mi osito...