Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

miércoles, 27 de julio de 2016

Mi hija ha leído '75 consejos para sobrevivir en el colegio'. ¿Y qué?

Mi hija tiene en su estantería el libro 75 consejos para sobrevivir en el colegio. Lo compró en una Feria del Libro de Madrid hará tres años, cuando era un mico de 10 primaveras. Por aquella época se hizo adicta a los libros de Diario de Greg. Se los había leído todos, y al descubrir este, con una estética interior muy similar, decidió gastarse sus ahorros. Miré el precio, no me pareció desorbitadamente caro y, después de revisar el resumen de la contraportada y echar un vistazo a algunas páginas al azar, concluí que se trataba del típico libro de humor para niños que están creciendo. Por aquel entonces ya había devorado, siguiendo mi consejo, varios de los libros de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, y noté que distinguía sin problema lo que era una ironía y una broma. Así que di mi aprobación y el libro de María Frisa se vino a casa con nosotros. En un par de días se lo leyó. No percibí en ella ninguna metamorfosis. Desde entonces sigue siendo la misma, aunque ha ampliado su vocabulario, sus temas de conversación y sus intereses, por no mencionar sus centímetros de altura. Entre sus deseos no está el de encontrar un novio por encima de cualquier cosa. De momento solo quiere pasarlo bien con sus amigas del alma. Está muy sensibilizada con el asunto del bullying -en parte supongo que por lo machacona que siempre he sido yo con lo de no hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti- y forma parte del grupo de alumnos mediadores, una red creada para tratar de solucionar conflictos y alertar al centro sobre por dónde puede encenderse la mecha. 

Puedo afirmar sin temor a equivocarme que la lectura de este libro no sembró en ella ninguna idea tóxica ni machista, tampoco la incitó a la violencia y mucho menos a la sumisión. En algunos casos se vio reflejada en la protagonista y eso la reconfortó. Y sobre todo se rió. Porque para eso era el libro. Una ficción de humor. Por eso me sorprende la que se ha montado ahora con 75 consejos para sobrevivir en el colegio acusándolo casi de ser un manual diabólico y peligroso y pidiendo a Alfaguara su retirada de las tiendas, algo a lo que la editorial –creo que con buen criterio- se ha negado. Luego he visto quién está detrás de la petición y recogida de firmas a través de Change.org y como que la cosa me parece de todo menos seria. 

La autora se ha visto obligada a dar explicaciones a través de las redes sociales. Está totalmente descolocada y no es para menos. Hace cuatro años que salió a la venta el libro y es ahora cuando se le tiran encima. 

Y todo a raíz de un tuit de una internauta que evidentemente no ha debido leer nunca a Roald Dahl o, por no ponerme exquisita, no ha conocido a ese irreverente personaje de mi infancia que se llamaba Pippi CalzaslargasDe verdad no entiendo el linchamiento y me sorprende la implicación avivando el fuego de colegas a las que tenía en alta consideración.

Vivir con niños de 11 y 13 años me dan cierta autoridad para asegurar que el peligro no está en los libros que se editan para estas edades y que leen en algunos casos obligados por esa manía que tenemos los padres de querer que se aficionen a lo que creemos que es mejor para ellos. Me gustaría que mis hijos me pidieran que les bajara de la estantería Moby Dick, La isla del tesoro o Capitanes intrépidos, pero desengañémonos, en la era de la imagen lo que les gusta a ellos no es pasar páginas y ver un montón de letras juntas, sino tener una pantalla ante los ojos. Y de ahí les llegan los impulsos: de Internet, de los vídeos de Youtube, de las redes sociales, del boca a boca de otros compañeros que comparten grupo masivo de Whatsapp y donde siempre hay uno más listo que publica una foto, un enlace, un vídeo que les ‘enseña’ más de lo que sabíamos nosotros con 12. Y no os podéis imaginar la cantidad de material ‘sensible’ que impacta directamente en el cerebro de los críos a través de estas vías. 

Así que, lo siento mucho, la única manera de que nuestros niños no actúen como trogloditas ni perpetúen códigos viejunos como el machismo, o la idea de que lo más importante para una chica es encontrar novio, o la monstruosa afición de atacar al débil… no es prohibiendo libros, sino reclamando para los padres un papel más activo en la educación de sus hijos, de modo que orienten a los pequeños, les enseñen a distinguir lo que es o no un panfleto, lo que es hacer apología de conductas reprochables y, sobre todo, predicar con el ejemplo y preocuparnos por saber lo que les llega a través de ese mundo virtual paralelo. Eso, claro está, si conseguimos que nos dejen…


Apostaría el contenido de mi hucha de cerdito a que ninguno de los que han encendido esta polémica, empezando por la tuitera, siguiendo por el bloguero friki que ha iniciado la petición de retirada del libro o los palmeros anónimos que se prodigan por la red y terminando por las columnistas que se han puesto muy dignas, tienen hijos en edad influenciable. Y lo dice una madre, esa especie sobre la que se pueden leer en este libro cosas como esta.


En fin... Por ir terminando. Antes de juzgar hay que leer el libro y después decidir si es o no adecuado para una niña de 12 años. Si es que no, con abstenerse de comprarlo es suficiente. Y antes de pedir su retirada, analicen cuántas actitudes poco edificantes pueden aprender los niños en su propia casa, durante la cena o mientras en la tele suena el telediario, sin necesidad de leer un libro escrito, por cierto, con intención nada sospechosa. 

martes, 26 de julio de 2016

10 razones por las que me fastidiaría que se acabara el mundo este viernes

Leo que el viernes 29 de julio se acaba el mundo. Lo vaticina el canal de Youtube End Times Prophecie en un vídeo que ya tiene más de cuatro millones de visualizaciones y ha estremecido al personal -he de confesar que yo no lo he visto íntegramente, demasiado largo para mi gusto-. Según estos agoreros que se dedican a estudiar la Biblia, con el fin de semana llegará también el fin del mundo. Lo notaremos porque se invertirán los polos magnéticos de la tierra y comenzará el apocalipsis en forma de terremotos, un cambio drástico de temperatura, aumento del nivel de los océanos y colapso de la atmósfera. El panorama no es muy apetecible, la verdad. Casi cruzas los dedos para palmar en el primer derrumbe y así no te enteras del resto. La pena es que nos perderíamos una escena de lo más lisérgica: la llegada de Cristo a lomos de un caballo volador encabezando un gran ejército dispuesto a arrasar la tierra.


Según la Agencia Católica de Informaciones, con sede en Perú, que cita al famoso exorcista José Antonio Fortea, la afirmación no tiene ni base científica ni religiosa, por mucho que digan que sus conclusiones proceden de las sagradas escrituras, y nos recuerda que ‘todos los millares de fanáticos –casi todos evangélicos– que han afirmado en el pasado que conocían la fecha del fin del mundo se han equivocado. Todos, absolutamente todos, se han equivocado, entendieron mal la Biblia’.

Desde que tengo uso de razón han pasado tantas fechas fatídicas que no entiendo por qué esta debería preocuparme más. Pero en general la gente se inquieta cuando surgen este tipo de anuncios y vaticinios. Los que tienden a sugestionarse fácilmente andan con el corazón encogido, sobre todo quienes interpretan que los sucesos violentos que están conmocionando el mundo las últimas semanas son un anuncio del final. Otros preferimos jugar a elucubrar. ¿Qué harías si supieras que tu tiempo en este mundo acaba el viernes? Cuando ha surgido esta cuestión en alguna reunión de amigos yo siempre contestaba ‘pasar las últimas horas con las personas que quiero’. Algunos elegían la opción de ‘follar como si no hubiera un mañana’. Otros ‘organizar una fiesta y que el juicio final te pille con una buena cogorza’. La mayoría coincidían en ‘darse un homenaje, dilapidar los ahorros y regalarse caprichos de esos que te niegas habitualmente’. En este momento creo que me apuntaría a todos estos planes y añadiría el de dejar de buscar trabajo, ya no tendría mucho sentido... 

En fin, sea como sea, me fastidiaría que se acabara el mundo este viernes por varias razones. Aquí van solo 10:

-Es una canallada que te monten un fin del mundo en viernes y no en lunes, y en verano, no en invierno, que parecería más apropiado y estaríamos un poquito más receptivos.

-Me gustaría saber al final quién va a gobernar este país o sin nos van a obligar a repetir por tercera vez las elecciones. Y me fastidia que tenga que venir el apocalipsis a resolver el bloqueo.

-Tengo muchas tareas pendientes, por ejemplo, escribir una obra de teatro, un best seller y el guión de una película. Incluso rodar mi propio corto. Cualquier tarea creativa que me abstraiga y suponga una alternativa al empleo por cuenta ajena que tanto se me resiste.

-Quiero seguir aprendiendo a hacer cosas nuevas, todavía me quedan sin ver muchos tutoriales en Youtube.

-No conozco Viena, ni Venecia, ni Reikiavik, ni Tokio…

-No he hecho aún el camino de Santiago.

-Querría volver a sentarme algún día delante de un micrófono y salir en antena.

-Y experimentar, aunque solo sea una vez más, la agradable sensación que provoca descubrir que alguien se enamora de uno.

-En el fondo, por mucho que el mundo esté como está, yo en esta vida me lo estoy pasando muy bien y me cuesta renunciar a ello.

-Y sobre todo, me encantaría seguir viendo crecer a mis hijos. Que se acabara el mundo a su edad, cuando todavía ni siquiera les ha dado tiempo a sufrir por amor, sería una gran faena.

viernes, 22 de julio de 2016

El bollo al hoyo o el misterio de las 30.000 'necropensiones'

Todavía no me he repuesto de la noticia. Aparece clasificada en la sección de economía de la mayoría de los diarios, aunque podría asignarse perfectamente a la de obituarios y esquelas. La cosa va de muertos… muertos que están muy vivos. En concreto pensionistas difuntos, así que más bien son sus herederos los que están muy vivos. Ven que la Seguridad Social sigue ingresado en la cartilla de ahorros del abuelo religiosamente su pensión a pesar de que el pobre ya está criando malvas y no dicen nada. Se callan como muertos, valga la expresión poco afortunada. Imagino que debe ser así por lo que denuncia el Tribunal de Cuentas, que ha detectado que casi 30.000 personas fallecidas siguieron cobrando su pensión en 2014. Es decir, unos 300 millones de euros de las arcas públicas fueron a parar a contribuyentes que ya no están en este mundo. 

La Seguridad Social se defiende y niega la mayor. En realidad -dice- todo es fruto de un error en los DNI de los que se han ido al otro barrio e incluso puede que a la hora de registrar datos haya duplicidad de números de carné de identidad. Me suena un pelín forzada la justificación. Lo cierto es que el control de fallecimiento de pensionistas sigue efectuándose de forma manual. Parece mentira que en el siglo XXI, con prácticamente toda la administración informatizada, no se puedan hacer por sistema cruces automáticos de datos para evitar este tipo de situaciones. Habiendo vivido una pérdida hace ya diez años y conociendo la cantidad de trámites y papeleo que hay que realizar para comunicar a todo Cristo el fallecimiento, desde el médico que certifica el óbito, los bancos donde tenía el finado sus cuentas o la funeraria que contacta con el cementerio municipal para darle sepultura, hasta la notaría que custodia el testamento, los registros que hay que visitar o los distintos organismos oficiales por los que hay que ir peregrinando y soltando la pasta, me extraña mucho que el Estado no pueda controlar exactamente cuántos pensionistas se le van muriendo. Me pregunto si, de haber sido mi padre el que siguiera recibiendo su triste pensión una vez muerto, sus familiares habríamos alertado al organismo público del error. Creo que sí, aunque nunca se sabe. Hace poco cenamos en un Vips y al día siguiente nos dimos cuenta de que la factura había sido muy barata porque se habían olvidado de cobrarnos las bebidas. Podíamos haber vuelto al restaurante para avisarles y saldar la deuda, pero pensamos que a toro pasado no tenía mucho sentido, así que no lo hemos hecho -espero que mi ya maltrecha reputación no se resienta por este episodio-. Y cuando escucho anécdotas de gente que encuentra un maletín con dinero y lo entrega en la policía para que localicen a su legítimo dueño, manifiesto mi admiración porque todavía queda gente buena y me planteo si yo habría actuado igual. Probablemente… Vaya usted a saber.

Al margen de dilemas morales, lo peor de esta historia es la disparidad de criterios entre el acusador -Tribunal de Cuentas- y el acusado -Seguridad Social-. Sospecho que, de tener razón el primero, esos 300 millones de euros que tan bien le vendrían a la hucha de las pensiones, no habrá quien los recupere y terminarán definitivamente volatilizados, convertidos en fuegos fatuos. Y si resulta que el Tribunal de Cuentas es un alarmista que ha errado en su denuncia, veo más que complicado que la Seguridad Social destine personal a controlar verdaderamente que el bollo vaya al vivo y no al hoyo. Es lo de siempre. Nunca hay suficientes medios para que todo funcione bien. 

miércoles, 20 de julio de 2016

10 cosas que odiamos solo cuando las hacen los demás

Analizando las conductas de quienes me rodean y de mí misma he llegado a la conclusión de que utilizamos distintos raseros a la hora de medir las actitudes y comportamientos de los demás y los propios. Ya sé que no he inventado la pólvora. Es de sobra conocido. Desde que el hombre es hombre flota en el ambiente eso de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el de uno. Así que hoy, como me pide el cuerpo darle a la lista como entretenimiento veraniego, he recopilado 10 cosas que detestamos en otras personas y nos perdonamos a nosotros mismos, o lo que es lo mismo, 10 cosas que odiamos solo cuando las hacen los demás. Ahí van:



-Los gases y las deposiciones. Da asco oír los eructos de los demás y mayor repulsión suelen provocar tanto el sonido como el olor de los pedos ajenos, igual que los excrementos arrojados al wc por los culos de otros. Pero cuando se trata de los de uno parece que incluso tienen mejor aroma.

-Quitarse los zapatos. Cuando descubres que alguien se ha descalzado en un lugar público, lo ves como una práctica poco civilizada, a pesar de que conoces el placer de liberar los pies de ataduras y en más de una ocasión te ha tocado localizar a oscuras un zapato que previamente te habías quitado.

-Dudar al volante. Si todo indica que el conductor que nos precede no sabe muy bien dónde va, aminora la velocidad e interrumpe nuestra marcha, le pitamos porque nos molesta. Cuando nos encontramos nosotros perdidos vemos de lo más lógico frenar y no entendemos que nos llamen la atención otros vehículos. ¡Qué prisas!

-Colarse en una cola. Nos fastidia ver a alguien intentando colarse delante de nosotros en una cola, pero no dudamos en aceptar la invitación de algún conocido bien situado en una fila para ahorrarnos algunos puestos y tiempo de espera. Y si a alguien le molesta… que tire de esta.

-El ruido de comer pipas o maíz tostado. No hay nada que nos reviente más que alguien próximo a nosotros rompa el silencio pelando pipas o mascando kikos. Pero ese insoportable ruido deja de sonarnos cuando es nuestra mandíbula la que hace el trabajo.

-La impuntualidad. Nos parece de mala educación y poca consideración que nos hagan esperar, pero nos volvemos más condescendientes cuando somos nosotros quienes no atendemos puntualmente una cita.

-Las críticas y los consejos. No dudamos en cuestionar los comportamientos de los demás y nos aventuramos a dar consejos gratuitos sin que nadie nos los pida, pero nos cuesta aceptar las críticas y no consentimos que se atrevan a decirnos lo que tenemos que hacer.

-La altura. En el cine, en el teatro, en un concierto, nos hunde en la miseria que se nos ponga delante una persona alta que nos impida ver la pantalla o el escenario. No nos da ninguna pena, en cambio, cuando resulta que somos nosotros los que tapamos la visión a quien está detrás. Es más, hasta nos molesta escuchar cuchicheos sobre la cuestión.

-Los niños y las mascotas. Cuando los niños de los demás gritan, corren, lloran o saltan en lugares públicos y molestan, les lanzas miradas asesinas tanto a ellos como a sus padres; en el caso de las mascotas ocurre tres cuartos de lo mismo. Ahora que si se trata de los tuyos, les reprendes ligeramente para frenar a quienes sospechas que están hasta el gorro y sentencias ‘Son solo niños’ o 'Es solo un animal'.

-Los olvidos. Nos duele que no recuerden nuestro cumpleaños, un aniversario o una anécdota vital -es algo imperdonable-, pero si somos nosotros quienes olvidamos felicitar a alguien, por supuesto esperamos indulgencia. ¡No se puede estar en todo!


lunes, 18 de julio de 2016

Cuando la realidad aumentada provoca idiotez aumentada

El ser humano es excesivo en todas sus manifestaciones. Mejor dicho, una parte ampliamente representativa de nuestra especie tiende a sobrarse. También los mortales somos de caer fácilmente en adicciones, de volvernos locos por modas y de no usar la cabeza cuando hay un enganche de por medio.

Un claro ejemplo de esta contundente afirmación es la locura creada a raíz del lanzamiento de la aplicación para móviles Pokémon Go. Si sabéis quiénes son Pikachu, Snorlax y Vaporeon os sobra la explicación. Para aquellos a los que todo esto os suene a chino, os explico que se trata de un videojuego de aventura en realidad aumentada, desarrollado por Niantic y Nintendo, que permite al usuario buscar, capturar, entrenar, luchar y comerciar con Pokémons escondidos en el mundo real. La gracia está en recorrer calles y lugares con el GPS activado para, mediante una vibración de aviso, descubrir, capturar y coleccionar todo tipo de muñequitos a través del mapa que aparece reflejado en la pantalla del móvil y que -¡toma Moreno!- incluye 'pokeparadas' en puntos de interés turístico por los que pasa el jugador para obtener elementos útiles con los que avanzar en el juego. Localizado el bicho, encendemos la cámara del teléfono y vemos una imagen de un Pokémon superpuesta sobre la imagen real, por eso se considera que este juego es de realidad aumentada, porque con un Smartphone se puede apreciar la realidad mezclada con un elemento ficticio. Parece divertido, ¿eh? Eso mismo debieron pensar los miles de jugadores que han contribuido a disparar en bolsa las acciones de la compañía Nintendo, revalorizadas en 13.000 millones de dólares en una semana. Fueron tantas las descargas en masa y la sobrecarga de usuarios ávidos por lanzarse a cazar Picachus, que se bloquearon los servidores. Parece que la cosa está resuelta, al menos en ese aspecto. Aunque el verdadero problema es que la gente se deja llevar por la ludopatía, pierde el norte y no tiene en cuenta algunos de los riesgos que corre al entregarse a este infantil divertimento. 

Veremos cuánto se tarda en utilizar como eximente o atenuante en un tribunal eso de ir buscando Pokémons cuando te denuncien por colarte en una casa ajena o por pegarle un tiro a un chalado que se te mete hasta la cocina tratando de capturar esas criaturas virtuales. Lo peor es que la masa enfervorecida que montó estampidas para pillar muñequitos hace unos días en parques de Nueva York y Washington no estaba integrada por niños o adolescentes. ¡Qué va! Lo que más abundaban eran adultos de pelo en pecho, esos que en los 90 eran niños enganchados a la Game Boy y a estos tiernos personajes japonenes. Reavivado el furor por obra y gracia de la realidad aumentada, ya son varias las anécdotas que vamos conociendo sobre la locura que ha despertado también en España esta aplicación –que, por cierto, gasta datos y batería por un tubo-: desde un par de jugadores que no dudaron en colarse en el cuartel de la Guardia Civil de Las Rozas con el objetivo de aumentar su colección de Pokémons, a dos turistas que se adentraron en un túnel prohibido a peatones de la ciudad condal persiguiendo muñequitos, lo que ha obligado a incluir este asunto como uno de los puntos en el orden del día del próximo pleno del Ayuntamiento de Barcelona. 

En vista de que la cosa parece estar saliéndose de madre, hasta la Policía ha tenido que intervenir y dar consejos de uso para que el juego no se nos vaya de las manos.


Cuando cuestiono esta nueva moda, mis hijos, que son muy de engancharse a todo, me dicen que no me queje, que al menos este juego tiene a su favor que salen de casa y hacen ejercicio, no están sentados delante del ordenador toda la tarde. Y no digo yo que no sea beneficioso pasear por ahí buscando dibujos animados, pero sin perder el norte.

Los personajes de Pokémon evolucionan, los jugadores veo que no. Empiezo a creer que la naturaleza es sabia y que quizá esta es una más de las pruebas a las que el universo nos somete de vez en cuando para depurar la especie y purgarla de imbéciles. Pasó con los que se jugaban la vida haciéndose selfies en lugares peligrosos o con los idiotas que grababan en vídeo prácticas arriesgadas para el programa de la MTV ‘Jackass'. Ahora le toca el turno a los que son incapaces de diferenciar la realidad de la realidad aumentada, y entender que la primera no es un juego. 

En el mejor de los casos, como todas las modas, también esta pasará. Y en el peor, puede que el jueguecito muera de éxito. No descarto que sean sus propios responsables quienes se planteen retirarlo en caso de que a alguien, con perversas intenciones, se le ocurra darle un uso menos lúdico y quebrar la finísima línea que separa una simple anécdota de una terrible fatalidad. Y no está el mundo para muchos más sobresaltos...