Es
unánime el elogio hacia la prensa deportiva por haber sido capaz de mantener el
secreto sobre los "motivos familiares de fuerza mayor" que llevaron a Luis Enrique a abandonar la
concentración de la Selección española de fútbol en Malta hace cinco meses y a renunciar,
posteriormente, al cargo de seleccionador nacional. Creo que habría que hacerlo
extensivo el esfuerzo de los futbolistas y técnicos de su entorno, que eran
conocedores de la noticia y han conseguido que no trascendiera. O casi. También a los
profesionales sanitarios que estaban al tanto y han guardado total discreción. Incluso
resulta milagroso que otros medios de comunicación o programas del mal llamado
entretenimiento no hayan hurgado en el asunto, estando como suelen estar deseosos
por destapar antes que nadie cualquier confidencialidad -cuanto peor, mejor-, como ya han hecho en otras ocasiones. Supongo que la gravedad del caso y su dramatismo, al tratarse de una menor fatalmente
enferma de cáncer, también les habrá servido de freno. Porque, conocido ahora
el desenlace, ¿quién podría ser tan miserable y desalmado como para no respetar
la voluntad de un padre que quiere pasar en la intimidad con su familia, lejos
de las cámaras, un trance tan duro como ese?

Ahora
que los medios hemos demostrado que podemos abstenernos de convertir en noticia
un asunto privado, por expreso deseo de los afectados, no desaprovechemos lo
que hemos aprendido. A ver si somos capaces de seguir en esa línea y logramos no
regodearnos en el desgarro que sentirá Luis Enrique con su pérdida. Dejémosle fuera de foco y
en paz para que trate de recomponerse -si es que eso es posible
después de un mazazo así- y respetemos el deseo de cualquiera que en adelante pida
privacidad para su sufrimiento.
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