Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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lunes, 1 de agosto de 2022

Un cúmulo de despropósitos

Confieso que cuando estoy en la playa o en la piscina no puedo evitar observar al resto de bañistas y compararme con ellos. Suelo envidiar los cuerpos antes llamados ‘perfectos’ y ahora denominados ‘normativos’. Sin embargo, me anima comprobar que la mayoría de las anatomías son como la mía, ‘imperfectas’, con grasa, celulitis, estrías, kilos de más concentrados en la línea de flotación, partes fofas, ausencia de abdominales, signos de la edad… y me trato de autoconvencer de que, visto lo visto, no estoy tan mal para lo que se ve por ahí.

Así que cuando me desplazo de la toalla al agua, voy meneando mis imperfecciones muy digna imaginando que el resto de bañistas se harán las mismas pajas mentales que yo. O no. Quizá solo los que lucen cuerpos esculturales. Puede que nadie mire a nadie y yo sea la única que a veces se pregunta por qué los cánones de belleza coinciden solo con las características de una minoría privilegiada de la población.

Sea como sea, desde que el mundo es mundo, las playas están llenas de mujeres y también hombres, gordos, flacos, jóvenes, viejos, altos, bajos, depilados, sin depilar, con y sin discapacidad. Diversidad total. Y sí, puede que alguien te mire, para maravillarse o para consolarse, pero la vida sigue. Nadie impide el paso a nadie y, por lo general, nadie suele hacer nada por incomodar al otro. Y digo por lo general, porque hace poco unos imbéciles descerebrados llamaron gorda a gritos desde un coche a una amiga de mi hija de 18 años que iba andando por la calle. Aún hoy sigo preguntándome qué lleva a alguien a hacer algo tan ruin.

El caso es que estos episodios ocurren porque cafres hay en todas partes y tienen el talento de dejar a algunas personas hechas polvo. Por eso el Instituto de las Mujeres del Ministerio de Igualdad debió pensar que podía ser útil una campaña reivindicativa de la diversidad de cuerpos sin complejos. Así es como nació la fallida ‘El verano también es nuestro’. Pero a veces las buenas intenciones conducen a un fiasco. Sobre todo cuando se carece de experiencia o se quiere ser tan original que se descuida la ejecución.

Estas cosas pueden pasar si te arriesgas a contratar a un creativo poco profesional, nada habituado a que su trabajo sea escrutado al milímetro, que desconoce algo tan básico como que no todos los tipos de letra son de uso gratuito y que piensa que puede utilizar imágenes de personas reales con derechos de autor y ‘dibujarlas’ sin pedir permiso.

Eso es lo que ha ocurrido con esta campaña. El organismo oficial encargó a una marca activista contra la gordofobia un cartel-anuncio para sensibilizar contra los estereotipos de género basados en los cánones de belleza femeninos. La idea era que la campaña transmitiera la idea de que todas las mujeres podemos disfrutar libremente de la playa sin sentirnos incómodas ni ser el centro de las miradas por detalles de nuestro físico. Arte Mapache fue la empresa que se encargó del proyecto por el módico precio de 4.490 euros. Detrás de esta marca se encuentra alguien que se define como "diseñadora audiovisual, artista multidisciplinar, activista antigordofóbica y experta en la autogestión".

Si su objetivo era que la campaña se hiciera viral lo han conseguido, pero por un cúmulo de despropósitos que demuestran principalmente falta de solvencia.


Para empezar, Arte Mapache empleó una tipografía que no es de uso libre pero sin hacer las gestiones pertinentes para su utilización. Y lo que es más grave, en la ilustración que le encargaron no se limitó a crear unos personajes, sino que “se inspiró” -como ella ha admitido- en imágenes de mujeres reales que utilizó sin hacérselo saber a las protagonistas. Para rizar el rizo, a una de ellas, con discapacidad en su vida real, la trasladó a la ilustración sin su prótesis, sino con una pierna corriente, y le pintó vello. Y ha utilizado la cabeza de una doble mastectomizada para colocársela en un cuerpo con solo un pecho. Por redondear el despropósito, la fotógrafa de la imagen con derechos de autor ha montado en cólera por lo que considera un robo.

En un mundo globalizado como este era cuestión de tiempo que las mujeres que habían “inspirado” la creatividad se enteraran de que aparecían en una campaña institucional del Gobierno de España. Más si el anuncio en cuestión ya había sido objeto de debate sobre el sentido y la utilidad de la campaña.

El bochorno que siente cualquiera al leer las reacciones de las agraviadas debe haberse multiplicado en un ‘tierra trágame’ en el caso de la propia creativa, cuya incompetencia ha quedado patente. Ya ha pedido disculpas y explicado que trata de resolver el entuerto con las mujeres que aparecen en el cartel. Pero el daño ya está hecho y este caso la va a marcar y perseguir profesionalmente de por vida.

No se libran del bochorno -ni de los ataques- en el Instituto de las Mujeres y el Ministerio de Igualdad, aunque en su defensa debo decir que en estos casos una supervisión del trabajo previa a la difusión no resulta suficiente. Tampoco hubiera tenido mucho sentido interrogar a la diseñadora sobre los detalles de la ejecución, cuando se da por hecho que se la ha contratado porque es capaz de afrontar un trabajo de estas características sin meter a su contratador en un lío.

En este escenario, la única solución sería cortar por lo sano y retirar la campaña, pero de poco serviría cuando ya ha viajado por la red y ha salido hasta en los telediarios. Así que, como siempre, habrá que dejar que el tiempo traiga el olvido y que, al menos, los responsables institucionales que hicieron el encargo hayan aprendido algo de esta tremenda cagada.

lunes, 19 de marzo de 2018

Cuando los estereotipos no te dejan pensar en femenino

Si os pidieran que dibujarais a una persona con capacidad de liderazgo, ¿cómo sería? ¿Qué rasgos tendría? ¿Qué destacaríais? Ese ejercicio es el que propuso la profesora universitaria Tina Kiefer a un grupo de ejecutivos con los que estaba trabajando. El resultado fue que la mayoría garabateaban algo sospechosamente parecido a un hombre. También las mujeres que participaban en la experiencia. Me alerta mi amiga Natalia sobre este curioso caso que publicaba el New York Times hace unos días y me lo lanza como cebo porque sabe cuánto me gusta filosofar sobre la igualdad de género. Así que no me puedo resistir. A ello voy de cabeza.


Este hallazgo fortuito de la profesora Kiefer, en el que podéis profundizar en esta versión en castellano, tiene más recorrido que la simple anécdota. Hay tan pocas mujeres en proporción liderando organizaciones que nos resulta inevitable obviarlas al pensar en esos niveles de responsabilidad y, lo que es más peligroso, cuando surge alguna mujer que alcanza un puesto directivo con cierto poder, no la valoramos de la misma manera que a sus colegas. No es misoginia ni prejuicios de género, no creáis, es simplemente falta de costumbre. Tenemos los oídos acomodados al discurso con voz masculina y la vista habituada al traje y la corbata, hasta el punto de que cuando quien lidera no reúne esas características, no le damos el mismo crédito que al líder tradicional. Da la sensación de que no nos inspira tanta confianza. La única solución es aumentar la presencia de mujeres en puestos de liderazgo y dejar pasar el tiempo, porque el tiempo hace la costumbre.

Esto me recuerda un enigma que ha estado circulando últimamente por las redes sociales. Seguro que os sonará. Un padre y un hijo viajan en un coche y tienen un accidente. El padre muere y al hijo se lo llevan muy grave al hospital. Deben someterle a una compleja intervención quirúrgica para salvarle la vida, por lo que llaman a una eminencia médica, pero cuando llega dice que no puede operar a ese paciente porque es su hijo. La respuesta correcta a este acertijo es que esa eminencia médica era la madre, pero la gente no suele pensar en esa opción como solución al enigma. Tiende antes a imaginar que el joven es hijo de una pareja homosexual o que el que fallece en el accidente era el padre adoptivo, mientras que el médico era el padre biológico; incluso que en el coche viajaba con el hijo un sacerdote. Pero pocos caen en la cuenta de que el médico podía ser su madre. Así de triste. Cuando oímos la expresión ‘eminencia médica’ se nos viene a la mente un doctor, no una doctora. Son muchos años de eminencias varones. La fuerza de la costumbre. Lo explican muy bien aquí.



Pero no perdamos la esperanza.  La costumbre puede cambiar. Aquí tenéis un último ejercicio revelador de que el futuro será distinto. En este vídeo que viene a continuación, se les propone a niños y niñas que trabajen juntos para ordenar una sala. Para premiar su esfuerzo, cuando terminan se les paga con golosinas. Pero hay un pequeño detalle que diferencia ambas recompensas. El vaso de los niños está más lleno de chuches que el de las niñas. A todos los críos les extraña. Les explican que ellas tienen menos porque son chicas y siguen sin entender. Les parece injusto y terminan decidiendo por sí mismos equilibrar la cantidad de chuches para que ambos ganen lo mismo por el mismo trabajo.


A los adultos nos piden que imaginemos a un líder y nos viene a la cabeza un hombre. Nos hablan de una eminencia y pensamos en un hombre. El problema está en nosotros, los adultos, que aún vivimos mediatizados inconscientemente por estereotipos pasados. Consuela comprobar, en cambio, la reacción de los niños. Es un paso adelante que empecemos a ser capaces de identificar nuestros propios prejuicios para no trasmitírselos a los futuros adultos. Con suerte, de aquí a unos años todos seremos más iguales.

lunes, 30 de noviembre de 2015

No hemos avanzado nada

No hemos avanzado nada. En todo caso hemos retrocedido. Pensábamos que las mujeres habíamos logrado liberarnos, que ocupando puestos de trabajo fuera de casa ya estaba todo resuelto. Nos engañábamos. Nuestras madres eran mucho más modernas que nuestras hijas, sus nietas. Conozco a una niña de 12 años que atraviesa un momento complicado porque su novio, de la misma edad, la ha dejado después de… ¡cuatro años juntos! Sí, echad cuentas e imagináosla con 8 años iniciando esta fascinante historia de amor. La excusa que le ha dado es que nunca ha estado enamorado de ella, que empezó por empezar, por no decirle que no. Ella, naturalmente, se siente dolida y ofendida porque -asegura- ya había hecho sus planes de casarse con él y tener hijos. Sí, habéis oído bien, casarse y tener hijos. No viajar, estudiar una carrera, ser presidenta del Gobierno, no. Casarse y tener hijos.

Otra joven de la que me llegan referencias es la típica adolescente de instituto desinhibida, que lleva ropa poco discreta, utiliza un lenguaje de taberna y verbaliza historias que a todas luces son inventadas o ha imaginado viendo alguna película para adultos. El caso es que, como ocurre desde que el mundo es mundo, su comportamiento ha dado como resultado que sus compañeros (chicos y chicas por igual) se refieran a ella por sus atributos físicos y ya le hayan colgado la etiqueta de guarra y fácil, sin que nadie haya siquiera considerado ese comportamiento, como muchos otros de esta joven generación, típicamente machista

Como no ha dos sin tres, por cerrar este repaso de roles del siglo pasado, un día me entero que un niño de la misma edad, un malote de los que abundan en la Secundaria y contra los que aparentemente no se puede hacer nada porque su entorno familiar vive sus propias batallas, se le acercó a mi hija, le enseñó un billete y le dijo “Baila para mí, puta”. Aún hoy estoy hiperventilando.

Si levantaran la cabeza las feministas que el siglo pasado luchaban por la liberación de la mujer, se rebelarían espantadas. Y esta vez nadie les iba a persuadir para que no quemaran sus sujetadores.

Yo pensaba que las nuevas generaciones, esas de los llamados nativos digitales, no iban a reproducir los mismos estereotipos que sus abuelos. Que al haber visto desde pequeños a mamá y papá al mismo nivel, no harían distinciones al tratar a hombres y mujeres. Que si eran educados en el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la empatía, iban a convertirse en una nueva raza, mejor, más justa. Pero debe ser que algo hemos pasado por alto. Quizá les hemos dado de más. Estos son los hijos que hemos criado.

Nadie como Maitena para poner el epílogo.