Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

Mostrando entradas con la etiqueta preadolescencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta preadolescencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de agosto de 2016

Cuando tus hijos te hacen saber que no eres tan enrollada como pensabas

Estoy de bajón. Hecha cisco. Devastada. Hundida. Pero, por encima de todo, muy cabreada. Mis hijos han pasado el fin de semana en casa de sus tíos para salir un poco de la rutina en que se estaba convirtiendo el verano. La experiencia la sugirió su tía y ellos aceptaron sin dudar. En cualquier lugar mejor que en casa. Son así. Supongo que es normal. Escapar de lo cotidiano es divertido. Lo que no me esperaba es que al recogerles iba a encontrar escasas muestras de afecto y, como colofón, tendría que ver lágrimas y escuchar reproches como que les daba pena que se acabara su estancia porque se lo habían pasado muy bien y allí les tratan distinto a como lo hacemos nosotros. Particularmente capitaneó los ataques la mayor, a quien la preadolescencia la está transformando en una maestra de la acidez. Es impresionante la soltura con la que la criatura puede dispararte acusaciones que duelen como si te azotaran la espalda con unos cilicios después de haberte quemado el sol la piel. 

Básicamente la traducción de la frase ‘Vosotros no sois iguales que los tíos’, que resume el chorreo que nos cayó y ‘animó’ el trayecto de vuelta a casa en coche, es que durante dos días mis hijos han hecho lo que les ha salido del mismísimo… y nadie les ha llamado la atención. Se han atiborrado a dulce, carbohidratos y salsas hipercalóricas, han pasado de hacer ejercicio, nadie les ha cronometrado el tiempo que se han tirado delante de una pantalla, les han dado todos los caprichos que se les han antojado, han estado despiertos hasta que les ha vencido el sueño… Sintetizando: han sido libres y no se han sometido a ninguna norma. La felicidad para ellos es eso. Todo lo contrario de lo que deben soportar cuando están bajo mi tutela y la de su padre. Sí, porque nosotros somos esos ogros asquerosos que les obligan a tomar verdura y fruta; esos odiosos monstruos que limitan su ingesta de chuches; esos malnacidos sin corazón que les permiten usar solo dos horas diarias los dispositivos electrónicos; esos latosos controladores que supervisan cada foto o vídeo que suben a redes sociales y el uso que hacen de Internet; esos desalmados que les dicen que hagan la cama, recojan la habitación y se duchen; esos personajes siniestros que les llevan a rastras al campo para pasear un poco, respirar aire puro y disfrutar de la naturaleza; esos maquiavélicos seres que les sugieren leer y hacer algo de deberes durante las vacaciones; esos torturadores sádicos que les organizan a traición visitas culturales a museos y monumentos para tratar de abrir su mente y que vean mundo; en definitiva, esos padres rollazo que les han caído en suerte. ¡Qué mala suerte! 

Sé que es lo que toca, que los niños pueden llegar a ser muy crueles, que los condenados dominan a la perfección el chantaje emocional y, sobre todo, que con el paraíso no se puede competir. Pero por un minuto he estado tentada de iniciar los trámites para traspasarles la custodia a sus tíos 'los enrollados'... 

Cómo me revienta que mis hijos aprecien tan poco lo mucho que tienen y los esfuerzos que hace una ‘mala madre’ como yo por intentar que sean felices. 


sábado, 16 de enero de 2016

Por las migas de una bolsa de gusanitos

La última discusión entre mis dos hijos ha sido por unas migas de gusanitos. Se echaban en cara que uno había comido más que el otro de la bolsa del aperitivo y viceversa. El tono que utilizaban no podía ser más barriobajero. A un volumen que en decibelios supone infracción penal, se insultaban y llamaban de todo menos guapos. Me he visto obligada a intervenir, a pesar de que mi consigna es que ellos aprendan a solucionar sus conflictos, pero de nada ha servido. Al final he tenido que cortar por lo sano y arrebatarles la bolsa. Cuando he comprobado que solo había migajas, no he podido reprimirme y les he dado un bofetón a cada uno. Hablamos de niños de 10 y 12 años. Ya sé que está mal recurrir a la violencia con menores, que no conduce a nada, que da muy mal ejemplo, que es contraproducente, que no consigue el propósito, bla bla bla, pero asumir que estaban discutiendo y faltándose el respeto por simples migajas de gusanitos, ha podido conmigo. Pelear por comida en una casa donde no falta la comida ya me produce náuseas, pero litigar por unos miserables restos aplastados de un aperitivo... no tiene nombre. 

A partir de ahí todo se ha salido de madre. Ha habido un momento en que he llegado a decirles que, visto lo visto, si llegáramos a atravesar problemas económicos y no hubiera dinero en casa nada más que para comprar lo justo –por supuesto bolsas de gusanitos no-, qué es lo que serían capaces de hacer, “¿quizá matar de un navajazo a tu hermano/a para arrebatarle un trozo de chopped?”. Posteriormente he jurado en plan Lo que el viento se llevó -“A Dios pongo por testigo…”- que nunca más volveré a comprarles una bolsita de snacks. Vale, me he pasado. Pero hay situaciones que te hacen perder la paciencia, el sentido común y la perspectiva.

Mis hijos tienen todo lo que quieren, bueno, casi todo. Más bien tienen todo lo que yo les puedo proporcionar y que creo pueden necesitar, incluso más. Pero para ellos no es suficiente. Cuanto más les das, más te exigen. Lo peor es que sospecho que, aunque nunca lo admitirían, sienten que les ha tocado vivir con padres tiranos que les escamotean los caprichos lógicos de la infancia, y envidian en silencio la vida de sus amigos, por ejemplo la de esos que abren la boca para pedir algo y al segundo lo consiguen. O de aquellas que llevan en los pies zapatillas de 100 euros y en la mano un móvil de 600. O, si me apuras, de esos otros cuyos padres les permiten zampar bollería industrial, fritanga y chuches sin medida. Imagino que en ocasiones se preguntan por qué han nacido en esta triste familia y no en cualquiera de esas.


Ya me habían avisado que a cierta edad tus hijos, los mismos que se agarraban de tu mano cuando salíais de paseo, te abrazaban espontáneamente en cualquier momento y te premiaban cada poco con un "te quiero", rechazan caminar por la calle a la misma altura que tú, ya no te dan besos delante de la gente y cada opinión que se te ocurre compartir en público les produce un bochorno de los de “trágame tierra”. Y para mayor repateo, cuestionan tus órdenes y creen más lo que oyen en los corrillos escolares que lo que les cuentas tú, a pesar de ofrecerles un testimonio en primera persona y de primera mano.

Sé que todo esto es pasajero, que si aguanto el tirón de la condenada preadolescencia, con sus correspondientes adolescencia y postadolescencia, llegará el día en que vuelvan, ya convertidos en seres humanos racionales, aquellas tiernas criaturas que un día me idolatraron y que ahora están poseídas por el terrorífico monstruo de la edad. ¡Madre mía! Qué difícil es la maternidad y que poco dotadas estamos algunas para gestionarla.