Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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lunes, 4 de febrero de 2019

Más que autoestima

Existe una nueva tendencia pedagógica, defendida incluso por la propia ministra de Educación, que sostiene que hay que proteger la autoestima de los chavales por encima de cualquier otra cosa. De hecho la reforma de la Ley educativa en la que trabaja el Gobierno contempla, por ejemplo, dar todas las facilidades posibles a los estudiantes de Bachillerato para que terminen esa etapa, incluso dejarles avanzar al siguiente curso con asignaturas suspensas y ampliando el tiempo en el que pueden completar esta formación. Alega Isabel Celaá que repetir puede rebajar la autoestima y ese es el peor castigo que puede recibir nadie.

En línea con esta era de sobreprotección de los menores, leo en una información que empieza a imponerse, en algunos centros escolares de este nuestro 'primer mundo', la costumbre de no decir las notas en voz alta ante los alumnos ni publicarlas en ningún lugar visible, de manera que no se pueda estigmatizar a los que suspenden ni, por extensión, tampoco felicitar u odiar a los brillantes. No acaba ahí la moda de algodonar a nuestros retoños. Algunas competiciones de deporte base, en particular baloncesto, establecen que a partir de 50 puntos marcados por el equipo ganador, el tanteo queda congelado. De esta manera el equipo perdedor no se desmotiva con una  diferencia de puntuación demasiado abultada. La Federación Andaluza ha ido más allá y se ha inventado la iniciativa ‘Valorcesto’ que, entre otros muy buenos propósitos, elimina directamente el marcador, para que los críos solo disfruten participando, no tratando de ganar al contrincante.  

Resumiendo: A tomar vientos la competitividad, una capacidad inherente al ser humano que desarrollada de manera sana, puede ser muy constructiva. Nadie ha pensado que quizá, en el deporte, lo mejor sería no mezclar en el mismo grupo equipos de distinto nivel, para que todos compitieran en igualdad de condiciones. O, en el caso de las notas ocultas en los colegios, quizá el mejor favor que se les puede hacer a quienes suspenden es dedicarles tiempo y atención.

No sé si al preocuparnos tanto por el ánimo de nuestros niños les estaremos haciendo un flaco favor de cara a su etapa adulta. Sospecho que este exceso de celo les marcará negativamente cuando tengan que enfrentarse al mundo real.


Resulta curioso que lo que antes nos curtía de chavales, ahora está considerado políticamente incorrecto además de anticuado. Lo que antes estimulaba nuestro aprendizaje, ahora no está pedagógicamente aceptado. Ha evolucionado la manera de aprender, de educar, de jugar, de relacionarnos con los niños. Y aquí es donde quería llegar. Ahora la consigna es protegerles. No queremos que sufran, por favor, que no se traumaticen, que nada pueda afectar a su autoestima. 

De este modo, hay padres que les dan lo que les pidan: un móvil de 800 euros, anoraks que cuestan más que el sueldo mínimo interprofesional de Venezuela, entradas de reventa para conciertos o para el fútbol, 20 euros para que se vayan a comer a un restaurante con sus amigos… Lo curioso es que luego esos mismos padres, en su vida cotidiana, no les ahorran sus neuras. Al contrario, les torturan a conciencia con sus miserias laborales. Les hacen espectadores forzosos de sus discusiones de pareja. Desde el asiento de atrás del coche, esos menores asisten sin querer a la terrible visión de su padre transformado en un energúmeno en cuanto coge el volante. Progenitores que emplean palabras malsonantes, jerga soez y lenguaje faltón en presencia de sus adorados vástagos, dándoles un ejemplo poco edificante. Adultos ‘políticamente hiperexcitados’ que adoctrinan a sus hijos durante la cena con mensajes ideológicos que van calando en su cerebro aún en proceso de maduración. Que si Franco, que si Vox, que si el PSOE, que si el PP, que si Ciudadanos, que si la bandera, que si feminazis, que si fascistas, que si podemitas, que si independentistas, que si izquierda, que si derecha, que si pitos, que si flautas… Os aseguro que así les hacemos más daño que borrando notas o marcadores. Porque luego llegan a clase, con gran autoestima, eso sí, y reproducen la misma crispación del mundo exterior pero a escala 'teenager'. Y la política agitada con la revolución hormonal y la creencia de ser el ombligo del mundo sí que es una buena bomba de relojería.  


domingo, 17 de diciembre de 2017

Esos seres sintientes

Tuve un perro durante unos cuatro o cinco años. Lo adopté una Navidad. Supe que sus dueñas tenían intención de sacrificarlo y me dio mucha pena. Pensé que no podían hacerle tal faena en una época como esa, así que me ofrecí a alojarle temporalmente para que al menos disfrutara de su última Navidad en familia. El pobre había penado mucho. Primero fue un antojo de niñas mimadas; luego, por circunstancias de la vida, se convirtió en una carga y decidieron regalarlo. Su nuevo hogar fuera de Madrid no resultó como todos esperaban y el animal se fugó en busca de sus primeras dueñas. Cuando la policía lo encontró en Valencia y descubrió que tenía un chip que identificaba a sus antiguas propietarias, las contactó. Fueron a buscarlo porque no les quedaba más remedio. Pero su sitio ya lo ocupaba otro perro más pequeño y fino que él, así que su destino estaba escrito.

Se llamaba Zar y llegó a mi casa con secuelas del perro maltratado: cicatrices en varias partes de su lomo, carácter asustadizo y tendencia a mear contra mi estantería de CD. Una joya. Pero nunca nadie se ha alegrado tanto de verme al volver del trabajo. Nadie como él me ha recibido con esos saltos de alegría, como tratando de alcanzar mis mejillas y comerme a lametones. Por las noches se acurrucaba contra mi muslo sobre el sofá para ver conmigo alguna serie y cuando me sentaba ante el ordenador, se acercaba y esperaba paciente hasta que le daba permiso para subirse al calorcito de mi regazo, así combatíamos los dos el frío de mi viejo apartamento. En los días que estaba un poco torcida me miraba fijamente, como si entendiera cada uno de mis lamentos. En las noches de nieve o lluvia que apetecía poco sacarle a la calle, se las apañaba para terminar sus 'quehaceres' en pocos minutos, antes de calarnos los dos hasta los huesos.

Al final, pasada la Navidad, fui incapaz de devolverlo. Así que se convirtió en mi fiel compañero de piso. Con los años, a pesar de que a mi vida llegaron niños que competían con él por mis atenciones, nunca demostró celos ni dio motivos para arrepentirme de mi decisión. En la última etapa de su vida una leishmaniosis le fue dejando medio ciego y sin ganas de comer ni moverse, de modo que tuvimos que tomar la difícil decisión de pedirle a la veterinaria que le durmiera para siempre. Aún recuerdo la llorera de aquella Semana Santa.

Comprenderéis entonces que me parezca muy oportuna la decisión tomada en el Congreso para modificar el Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil de manera que se deje de considerar a las mascotas como un mueble más de la casa y se las trate como seres vivos dotados de sensibilidad, seres sintientes los llaman. Bien. Qué menos. Por fin nos vamos equiparando a otros países del entorno europeo. Pero no perdamos la perspectiva. Lo digo porque gracias a este debate hemos sabido que en España la mitad de los hogares tienen una mascota, algo que dice mucho de nuestro amor por los animales. Pero también que ya se contabilizan más familias con mascotas que familias con niños, lo que particularmente a mí me parece preocupante. Hay parejas que dilatan al máximo el momento de dar la bienvenida a la paternidad. Las circunstancias no invitan demasiado. Pero no les cuesta tanto dar el paso de incorporar a la familia un perro o un gato. Y les entiendo. Estos animales, además de hacer compañía y llenar de felicidad a sus dueños, dan menos trabajo y desvelos que un mocoso, conllevan también una responsabilidad menor y a la larga seguro que resultan más baratos. Además, con ellos no tienes que sufrir la tortura de los grupos de whatsapp de clase, los cumpleaños infantiles, las funciones escolares, los partidos del fin de semana, su mala uva adolescente… Todo son ventajas. Solo les encuentro una pega -además de tener que sacarles a la calle tres veces al día para hacer sus cositas, al menos a los perros-: que de momento no hemos conseguido que trabajen y contribuyan al sostenimiento de la hucha de las pensiones. Para eso lo que necesitamos en este país son más niños -cotizantes en potencia- que el día de mañana mantengan el sistema y nos permitan sobrevivir al retiro. Así que los que tengáis dudas y podáis, no renunciéis a traer más niños al mundo, por favor. Es más, por qué elegir. Probad a no renunciar a nada, tened niños y mascotas. El país y todos los que temen por su jubilación os lo agradecerán.

lunes, 13 de marzo de 2017

Cuando tus hijos no entienden eso de la dieta saludable

Mis hijos están en pie de guerra. No entienden por qué, de repente, a sus padres nos ha entrado la neura y hemos retirado de la nevera y la despensa alimentos que antes consumíamos con frecuencia. Les molesta especialmente que hayamos prescindido del azúcar en la dieta familiar y que consultemos en las etiquetas los ingredientes de cada producto para desechar el que lo contiene sin venir a cuento, por ejemplo la salsa Ligeresa. No imagináis qué tres semanas llevamos desde que les ‘obligamos’ a probar a qué sabía la mahonesa de verdad, la que se hace con un huevo, aceite, sal y una batidora. Y no os cuento el drama que supone llenar la cesta de la compra con artículos 0%.

Añoran –y nos lo dicen con ojos de niños de la calle, como si se hubieran escapado de una novela de Dickens- aquellos tiempos de su infancia en los que, una vez a la semana, aparecían en su plato, como caídas del cielo, empanadillas, croquetas y varitas de pescado precocinadas, e idealizan esos pasados menús de fritanga. El último elemento que hemos censurado en casa es el aceite de palma. Cuando han descubierto que ese ingrediente aparece en la mayoría de sus snacks favoritos y en la bollería más sabrosa, se les ha venido el mundo encima.

Hay que decir, en honor a la verdad, que mis hijos pierden toda la fuerza por la boca. Son protestones -mucho- pero al final no les queda otra que pasar por el aro y comerse las verduras, almorzar bocadillos de pan integral y merendar frutas. Tratamos de hacerles entender que es por su bien, que la base de una buena salud está en una alimentación sana y equilibrada, que cuantos menos conservantes, colorantes y aditivos contenga un alimento más genuino será, que hay que huir de la comida procesada, que es fundamental lo de las 5 raciones de frutas y verduras diarias, que cuando sean mayores nos lo agradecerán… Pero después de todo este peñazo de discurso teórico que nos marcamos día sí y día también, ellos siguen en sus trece y nos rebaten –qué listos y persistentes son los ‘jodíos’- alegando que si desde pequeños les hubiéramos inculcado todas estas pautas, ahora ya estarían acostumbrados, no conocerían otra cosa y no tendrían con qué comparar. Claro, quien ha conocido el cielo no suele querer abandonarlo voluntariamente para instalarse en el infierno.

Os estoy imaginando compadeciéndolos por estos padres que les han tocado. ¡Alto ahí! Que tampoco somos talibanes, ni sádicos torturadores. Y, sobre todo, tenemos los pies sobre la tierra y sabemos que es complicado tratar de convencer a unos preadolescentes para que adopten hábitos y comportamientos que chocan con la norma general. Soy consciente de que salir al recreo y verte rodeado de compañeros con bolsas de patatas y Bollycaos supone una gran tentación, por no hablar del sentimiento de ‘pobre desgraciado’ que te inunda cuando, en medio de ese festín, tú sacas una mandarina y un puñado de almendras.

No sé si estaremos equivocados. Ignoro si las pautas que estamos siguiendo serán o no las correctas. Muchas veces ni siquiera quienes se dedican a este negociado se ponen de acuerdo. Cada día sale un nuevo estudio sobre nutrición que cuestiona el anterior, aunque existen algunos conceptos básicos sobre los que no hay discusión. A ratos me da por preguntarme por qué las autoridades no hacen nada por frenar a la industria alimentaria y limitar –si no prohibir- la utilización de determinados aditivos cuyo consumo puede perjudicar a la salud. Pero rápidamente me acuerdo de que siguen existiendo los estancos donde se vende un producto como el tabaco que contiene sustancias altamente adictivas y donde lo más lejos que ha llegado la legislación es a obligar a los fabricantes a decorar las cajetillas con frases lapidarias e imágenes de los efectos demoledores que puede causar este producto. 

Entendido. Aplaudo que, por encima de la preocupación de un Estado paternalista por el bienestar de sus ciudadanos, se priorice la libertad del ser humano adulto para elegir si quiere crearse dependencias y jugar a la ruleta rusa con su salud. El problema es cuando, de manera sibilina y soterrada, el mercado juega a crear adictos al dulce y a la comida procesada desde edades tempranas. En ese caso, cuando se trata de menores que no entienden a lo que se exponen y, por tanto, no deberían elegir, somos los adultos responsables quienes estaríamos entonces obligados a procurar evitarlo.

De modo que en esas estamos, tratando de reconducir la situación y reconquistar por el estómago a nuestros hijos. Y os aseguro una cosa: Se puede vivir y disfrutar de la gastronomía mediante una alimentación saludable, prescindiendo de la comida basura, esa que comúnmente se considera un placer. Porque entre la comida ‘aburrida’ también hay placeres, creedme. Eso no significa que, un día, ocasionalmente, no puedas tomar una pizza, un helado, chocolate, churros, una hamburguesa o unas croquetas con jamón. Y ya puestos, un vino. Y si no lo hubiera dejado, hasta un cigarrito. Que una no es de piedra y alguna vez también cae en la tentación.
  

lunes, 1 de agosto de 2016

Cuando tus hijos te hacen saber que no eres tan enrollada como pensabas

Estoy de bajón. Hecha cisco. Devastada. Hundida. Pero, por encima de todo, muy cabreada. Mis hijos han pasado el fin de semana en casa de sus tíos para salir un poco de la rutina en que se estaba convirtiendo el verano. La experiencia la sugirió su tía y ellos aceptaron sin dudar. En cualquier lugar mejor que en casa. Son así. Supongo que es normal. Escapar de lo cotidiano es divertido. Lo que no me esperaba es que al recogerles iba a encontrar escasas muestras de afecto y, como colofón, tendría que ver lágrimas y escuchar reproches como que les daba pena que se acabara su estancia porque se lo habían pasado muy bien y allí les tratan distinto a como lo hacemos nosotros. Particularmente capitaneó los ataques la mayor, a quien la preadolescencia la está transformando en una maestra de la acidez. Es impresionante la soltura con la que la criatura puede dispararte acusaciones que duelen como si te azotaran la espalda con unos cilicios después de haberte quemado el sol la piel. 

Básicamente la traducción de la frase ‘Vosotros no sois iguales que los tíos’, que resume el chorreo que nos cayó y ‘animó’ el trayecto de vuelta a casa en coche, es que durante dos días mis hijos han hecho lo que les ha salido del mismísimo… y nadie les ha llamado la atención. Se han atiborrado a dulce, carbohidratos y salsas hipercalóricas, han pasado de hacer ejercicio, nadie les ha cronometrado el tiempo que se han tirado delante de una pantalla, les han dado todos los caprichos que se les han antojado, han estado despiertos hasta que les ha vencido el sueño… Sintetizando: han sido libres y no se han sometido a ninguna norma. La felicidad para ellos es eso. Todo lo contrario de lo que deben soportar cuando están bajo mi tutela y la de su padre. Sí, porque nosotros somos esos ogros asquerosos que les obligan a tomar verdura y fruta; esos odiosos monstruos que limitan su ingesta de chuches; esos malnacidos sin corazón que les permiten usar solo dos horas diarias los dispositivos electrónicos; esos latosos controladores que supervisan cada foto o vídeo que suben a redes sociales y el uso que hacen de Internet; esos desalmados que les dicen que hagan la cama, recojan la habitación y se duchen; esos personajes siniestros que les llevan a rastras al campo para pasear un poco, respirar aire puro y disfrutar de la naturaleza; esos maquiavélicos seres que les sugieren leer y hacer algo de deberes durante las vacaciones; esos torturadores sádicos que les organizan a traición visitas culturales a museos y monumentos para tratar de abrir su mente y que vean mundo; en definitiva, esos padres rollazo que les han caído en suerte. ¡Qué mala suerte! 

Sé que es lo que toca, que los niños pueden llegar a ser muy crueles, que los condenados dominan a la perfección el chantaje emocional y, sobre todo, que con el paraíso no se puede competir. Pero por un minuto he estado tentada de iniciar los trámites para traspasarles la custodia a sus tíos 'los enrollados'... 

Cómo me revienta que mis hijos aprecien tan poco lo mucho que tienen y los esfuerzos que hace una ‘mala madre’ como yo por intentar que sean felices. 


martes, 5 de enero de 2016

Queridos Reyes Magos, estáis completamente locos

Queridos Reyes Magos, 

cada vez que venís a visitarnos los accesos a los centros comerciales se ponen imposibles, los conductores estresados por el atasco vociferan y hacen sonar los claxons, hay colas en las cajas de las tiendas, colas en los probadores, colas en los mostradores… La gente camina muy rápido golpeándote con bolsas llenas de paquetes, te empujan al entrar y también al salir, te desquician. Los datáfonos para las tarjetas echan humo y también los empleados, que no dan abasto para atender tanto cliente ávido de llevárselo todo y cuanto antes. Es la locura. Los únicos que se frotan las manos son los comerciantes que hacen caja. Pero suele ser pasajero. Después de que os vayáis probablemente revivirán los momentos de estrés, aunque será para registrar devoluciones de regalos con los que no acertasteis. 


Por no hablar de la locura por algunos productos, en especial los juguetes, que vaya usted a saber por qué se agotan y sois incapaces de encontrar, y eso que no son precisamente baratos. Las cifras de gasto por persona en regalos que se manejan sorprenden para un país que, como quien dice, sale de la crisis. Y es que vuestra presencia debe disparar la oxitocina en nuestro organismo y nos volvemos muy generosos, sobre todo con los pequeños, tanto que al final añadimos a sus cartas más cosas de las que han pedido -que nunca son pocas- y terminan saturados. Que levante la mano el que no haya visto a sus hijos el día de Reyes saltar de un regalo a otro desconcertados y, media hora después de probarlos todos, terminar jugando con los envoltorios o pidiendo que llames a casa de las abuelas para saber si han dejado algo también allí

Queridos Reyes Magos, estáis completamente locos.