Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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domingo, 24 de abril de 2016

El regalo que se merece una madre

Pensaba que hoy no tendría tiempo de escribir nada. Llevo todo el día tratando de que mi casa parezca limpia y ordenada para que la niña francesa que llega mañana de intercambio piense que ha tenido mucha suerte con la familia que le ha tocado. Qué duras son las tareas domésticas. Y qué agotadoras. Y qué rápido hay que volver a meterse en faena. Seguro que cuando se presente nuestra huésped ya habrá vuelto a anidar el polvo en los muebles y por el suelo se habrán reproducido la arena y las migas. 

Bueno, el caso es que hemos hecho un pequeño descanso en el zafarrancho para abastecernos de provisiones. Justo ahí, en el centro comercial, es donde he encontrado la inspiración. Y aunque sea breve, no me puedo resistir a dedicarle un post al asunto. Obsérvese el despliegue comercial que ha hecho el supermercado Alcampo de cara al Día de la Madre que se celebra dentro de una semana: dos estanterías repletas de productos con los que sueña una mujer que alguna vez en su vida ha dado a luz… o al menos eso deben pensar los responsables de marketing de la cadena.



Como habréis podido comprobar, encontramos todo tipo de electrodomésticos, desde el socorrido aspirador, hasta el robot de cocina, la cafetera, el exprimidor, el microondas, la tostadora o cualquiera de los múltiples inventos que nos han hecho más sencilla la vida en la cocina. También sugieren otros pequeños aparatos creados para contribuir a la belleza femenina: una amplia gama de depiladoras, planchas para el cabello, rizadoras o secadores. No falta en esta sección con promociones maternales el menaje para el hogar y, naturalmente, las tradicionales flores. La mejor manera de felicitar a mamá debe ser regalándole algo para que se sienta una feliz amita de su casa.

Quizá no me he fijado bien, pero no me ha parecido que en las estanterías dedicadas a ofrecer ideas para regalar a las madres hubiera libros, ni de papel ni electrónicos; no encontré smartphones, ni relojes, ni tablets, ni ordenadores, ni gadgets de ningún tipo, ni cámaras de fotos, ni auriculares, ni música… Para qué. Una madre solo aspira a tener una buena vajilla en la que servir la comida caliente a sus vástagos, un aspirador para declarar la guerra a las pelusas del parquet y, como deferencia a la típica preocupación femenina por nuestro aspecto físico, una depiladora para lucir una piernas suaves sin vello que el papá de nuestros hijos quiera acariciar. 

En fin. Se me va echando el tiempo encima, así que me vuelvo a mis tareas del hogar.

sábado, 19 de marzo de 2016

Feliz Día del Padre... y punto

Cuadros fabricados con macarrones, marcos de fotografías decorados con legumbres o arroz, ceniceros de reciclaje, huellas de manos marcadas en barro, dibujos al mejor papá, tarjetas dedicadas, cajitas de sorpresas, corbatas customizadas… El catálogo de obsequios promovidos por los colegios para regalar a los padres en su día es tan extenso como la propia historia de esta festividad. Durante los últimos diez años el padre de mis hijos y yo hemos atesorado montones de manualidades fabricadas por ellos para nuestro “día de”. Aquí dejo una muestra de las que aún cogen polvo en alguna estantería de casa.

                

Confieso que pertenezco a una corriente contraria a los “días de”, sobre todo en aquellos casos en que no hay nada que reivindicar o defender, así que estas fechas, por lo que tienen de tradición, las tolero y las despacho con una simple felicitación, pero siempre me ha fastidiado eso de tener que regalar, aunque sea una horrible manualidad infantil. Que esa es otra, la mayoría de las veces no tienen ninguna utilidad y terminan yendo a parar a algún rincón hasta que un día, cuando no mira nadie, la haces desaparecer al fondo de la basura. Afortunadamente a medida que los niños crecen y pasan a cursos superiores, sus profesores van pasando por alto lo de promover la creación de un regalo a los progenitores por su día. 

De todos modos los tiempos van cambiando y la celebración ha trascendido desde el simple ámbito escolar hasta apoderarse del mercado. Lo que antes como mucho era un detalle se ha convertido en casi una lista de bodas. Los grandes almacenes y comercios quieren que consumamos y para eso, en tiempos achuchados, debemos encontrar un aliciente o -mejor- una buena excusa, aunque no sea Navidad. En los días previos a esta fecha he visto innumerables anuncios recordando cuánto le debemos a los padres y sugiriendo pagarles tantos desvelos con regalos de lo más sofisticado. Ahora el 19 de marzo las tiendas dedicadas a vender tecnología ven un filón en el amor filio-parental, lo mismo que les sucede a las que explotan la nueva tendencia del hombre contemporáneo preocupado por su aspecto físico 

Y yo me pregunto, ¿cuándo y cómo hemos pasado del cuadro de alubias al Mac de 1.500 euros? ¿En qué mundo paralelo viven las tiendas o la gente?¿Realmente un Día del Padre tiene la entidad suficiente como para regalar artículos que hay que pagar a plazos? La gente que elija esa propuesta no imagino qué dejará para un cumpleaños a para pedirle a los Reyes. Oye, que allá cada uno con sus costumbres y su dinero, pero sigo pensando que se nos está yendo la pelota. 

Mis hijos han hecho ya su regalo de este año: una tarjeta de felicitación promovida por la monitora de Informática y una taza comprada con ahorros. 
  


















Les voy a sugerir que para redondear el detalle le incluyan en el pack de regalo a su padre un tacto rectal. Es lo que propone la campaña #ElRegaloMásComentado de la Fundación Cris Contra el Cáncer, que trata de concienciar sobre la necesidad de hacerse revisiones periódicas y la importancia de invertir en investigación para erradicar el cáncer de próstata, una enfermedad que provoca 5.400 muertes anuales y en cuya investigación solo se invierte un euro per cápita. 


Ya ves. Ese sí que es un regalo. Para el Día del Padre o para cualquiera de los 364 días restantes.

martes, 5 de enero de 2016

Queridos Reyes Magos, estáis completamente locos

Queridos Reyes Magos, 

cada vez que venís a visitarnos los accesos a los centros comerciales se ponen imposibles, los conductores estresados por el atasco vociferan y hacen sonar los claxons, hay colas en las cajas de las tiendas, colas en los probadores, colas en los mostradores… La gente camina muy rápido golpeándote con bolsas llenas de paquetes, te empujan al entrar y también al salir, te desquician. Los datáfonos para las tarjetas echan humo y también los empleados, que no dan abasto para atender tanto cliente ávido de llevárselo todo y cuanto antes. Es la locura. Los únicos que se frotan las manos son los comerciantes que hacen caja. Pero suele ser pasajero. Después de que os vayáis probablemente revivirán los momentos de estrés, aunque será para registrar devoluciones de regalos con los que no acertasteis. 


Por no hablar de la locura por algunos productos, en especial los juguetes, que vaya usted a saber por qué se agotan y sois incapaces de encontrar, y eso que no son precisamente baratos. Las cifras de gasto por persona en regalos que se manejan sorprenden para un país que, como quien dice, sale de la crisis. Y es que vuestra presencia debe disparar la oxitocina en nuestro organismo y nos volvemos muy generosos, sobre todo con los pequeños, tanto que al final añadimos a sus cartas más cosas de las que han pedido -que nunca son pocas- y terminan saturados. Que levante la mano el que no haya visto a sus hijos el día de Reyes saltar de un regalo a otro desconcertados y, media hora después de probarlos todos, terminar jugando con los envoltorios o pidiendo que llames a casa de las abuelas para saber si han dejado algo también allí

Queridos Reyes Magos, estáis completamente locos.

martes, 8 de diciembre de 2015

La Navidad me estresa

Sí, he de confesarlo: La Navidad me estresa.


Recuerdo que cuando era más joven, cuando no tenía responsabilidades ni personas dependientes de mí, disfrutaba intensamente esta época del año. Los adornos luminosos de las calles, los árboles gigantes, los villancicos de Mariah Carey, el muérdago estratégicamente colocado en los bares, los brindis con cava, la lista de regalos, el espumillón, la ruta por los belenes, los pajes reales en los centros comerciales, el soniquete de los niños de San Ildefonso, incluso la cena de empresa… todo me daba mucha vidilla. Ahora en cambio no puedo evitar sentirme estresada. 

Para empezar, me agobia la decoración navideña de la casa. Me resulta muy difícil calibrar el punto justo para no quedarte corto ni caer en el exceso. Mis vecinos llevan ya un mes con un reno a la puerta de su piso. Yo, si pudiera, no colgaría las bolas en el árbol hasta la víspera de Nochebuena. Pero la presión infantil es terrible, así que hay que ponerse manos a la obra en este puente de la Constitución, un trabajo que nunca está exento de comentarios del tipo “A ver cuándo cambiamos el abeto artificial, que ya está muy viejo” o “¿Por qué no tiramos todos estos adornos que están pasados de moda y compramos algo nuevo?” o “Pongamos más luces, porfi”. Llevo años negándome a invertir un solo céntimo en renovar nuestro ambiente navideño y a estas alturas me niego a claudicar.

Ir de tiendas es otro martirio que comienza con un atasco de entrada a la zona de comercios, continúa con una procesión de clientes para acceder a cada establecimiento y se completa con una enorme cola para pagar en caja. Y ahí no termina la cosa porque, probablemente, Santa o Melchor habrán equivocado la talla, color, modelo o gadjet, así que habrá que repetir el proceso de nuevo cuando llegue enero. Gastaremos y gastaremos en regalos, comida y antojos -aunque no le convenga a nuestra cuenta corriente-, porque en estas fechas algo en el ambiente te hace perder la voluntad.

También entrar en un bar a tomar tranquilamente un aperitivo se convierte en tarea imposible porque durante este mes la exaltación de la amistad se abre paso y a la gente le posee un sorprendente espíritu de hermandad, de manera que no vale con asistir solo a una cena con los compañeros de trabajo y punto, no, es obligado tomar también copa con los padres de la clase de cada uno de tus hijos. Otro día, caña con las amigas del gimnasio. Al siguiente, encuentro con los antiguos alumnos de tu instituto o con los ex compañeros de tu anterior trabajo a quienes no ves nunca. Después merienda con los vecinos. Y así hasta coleccionar citas y completar una agenda que deja el bolsillo tiritando. Porque, cómo no, en cada uno de estos encuentros se ha puesto de moda hacer lo del amigo invisible y por muy baratito que trates de establecer el presupuesto para las sorpresas, quieras o no, te pasas.

He dejado para el final ese entrañable momento de las comidas y cenas familiares, esos tradicionales encuentros que todo el mundo detesta y relata como si fueran la mayor de las torturas, no solo por verse obligado a coincidir con el cuñado insoportable o aguantar a la suegra inoportuna, sino por beber y comer como si lo fueran a prohibir. Resultado: conflicto con la báscula y noches de ardor de estómago. A mí más que el encuentro familiar en sí me agobia la elección del menú. Quienes no vivimos un idilio con la cocina tenderíamos a recurrir a los platos preparados, un capón de Cascajares o un par de recetas por encargo en tiendas del barrio nos evitarían quebraderos de cabeza, pero claro, el presupuesto se dispara. ¡Ah! Y no olvidemos cuando empiezan a sonar los mensajes de whatsapp en todos los móviles de la mesa con las típicas felicitaciones. La memoria del teléfono se satura con chistes, bromas, canciones y horteradas, en una competición por ver quién es el más original y el más rápido. Como no queda más remedio que pasar por el aro, que al menos la chorrada no nos quite mucho tiempo. 

¿Que si no voy a ser capaz de encontrarle nada bueno a la Navidad? Mmmmm.... ¡Pues claro! Las películas de Navidad.