Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

miércoles, 16 de octubre de 2019

¡Aúpa 'Elche-Nike'!

Érase una vez unos chavales de entre 17 y 18 años vecinos de Las Rozas que, en vez de divertirse haciendo botellón, pintarrajeando mobiliario urbano o quemando papeleras, decidieron practicar deporte y formar un equipo de fútbol con el que inscribirse en los juegos municipales, una especie de liguilla que cada año organiza la Concejalía de Deportes del Ayuntamiento. En realidad buscaban una excusa para juntarse de vez en cuando, jugar unos partidillos y echar unas risas. El caso es que, con esa misma filosofía, a la hora de elegir un nombre con el que bautizar al equipo, tirando de guasa, se les ocurrió hacer un travieso juego de palabras. Como dicen que aspiran a ser como el Elche y la camiseta que han comprado para competir es de la marca Nike, unieron ambos conceptos y les salió ‘Elche-Nike’, que si uno lo lee de golpe, pronunciado tal y como se escribe, suena al apellido de un conocido político español: Pablo Echenique, secretario de Acción de Gobierno de Podemos, un hombre que, como seguro sabéis, se mueve en una silla de ruedas por una atrofia muscular espinal.

Los chavales celebraron la ocurrencia y se fueron tan felices a inscribir a su equipo en la competición. Cuál sería su sorpresa cuando se encontraron con que la organización no les permitía apuntarse con ese nombre porque podía resultar ofensivo para el político. Finalmente los responsables del campeonato optaron por voltear las palabras e inscribirles como ‘Nike-Elche’, una denominación que, como podéis apreciar, pierde ya toda la chispa.

La madre de uno de los chavales, Marta Ferrero, una mujer peleona y reivindicativa, acostumbrada al activismo desde las AMPAS del municipio, tampoco entendió la censura preventiva que la administración municipal había aplicado sobre ese inocente juego de palabras y no se lo pensó dos veces. Contactó con el Gabinete del político para contarle lo que había sucedido y preguntarle si le molestaba la ocurrencia de los chavales, porque tenía intención de presentar alegaciones para que les permitieran jugar con el nombre original y no quería hacerlo hasta no asegurarse de que contaba con la conformidad del político. Me imagino el cachondeo que ha tenido que haber en el equipo de Echenique cuando llegó la noticia. Lo cierto es que Marta no se equivocaba al confiar en el sentido del humor del dirigente de Podemos. Al día siguiente de hablar con su secretaria, el propio Pablo Echenique daba su bendición al ‘Elche-Nike’ e incluso dejaba caer que algún día se acercaría a verles jugar.


Imagino que ahora ya nada les impide a estos chavales saltar al campo bajo ese nombre y enfrentarse al ‘Milan Gostino Balompié’, al ‘Inter Mitente FC’ y al resto de equipos juveniles con guasa que también juegan la liguilla. Es un clásico esto de buscar denominaciones divertidas para los equipos de fútbol amateur. Hoy me recordaban, por ejemplo, el ‘Macabi de Levantar’, el ‘Nothingan Prisa’ o el ‘Steaua del Water’. Incluso me han hablado de una pandilla de amigos con cierta mala leche que hace muchos años inscribieron a su equipo como el ‘Descansa’. De este modo, cuando se publicaba el calendario de partidos, su contrincante pensaba que tenía jornada libre y no se presentaba al encuentro. 

Entiendo las reservas de la organización. Imagino que el encargado de apuntar a los equipos se acongojó ante la posibilidad de que la ocurrencia de unos críos pudiera terminar metiendo en un lío al Ayuntamiento, y más siendo de otra trinchera contraria a la de la ‘víctima’ del chascarrillo. A este cogérsela con papel de fumar nos esta conduciendo este tiempo de tantos ofendiditos en el que el sentido del humor empieza a disputarle al sentido común su trono como el menos común de los sentidos.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Una cuestión de confianza

No conozco a Noelia Posse, pero entiendo a la todavía a estas horas alcaldesa de Móstoles. Cuando se trata de confianza, yo también recurro a mis más próximos. De hecho, estoy segura de que cualquiera en su posición hubiera pensado en familiares y amigos para cubrir cargos importantes dentro de su equipo de Gobierno.

Lo que no termino de entender es el escándalo que han generado sus nombramientos. Esta práctica se viene realizando desde tiempos inmemoriales, entre otras cosas porque es legal, por muy obscena, poco estética o falta de ética que le parezca a alguno. El Estatuto Básico del Empleado Público recoge la figura del trabajador eventual como aquel empleado que realiza, como señala el artículo 12, funciones de confianza y asesoramiento especial, sin interferir ni sustituir la labor propia de los empleados municipales. La propia expresión ya lo deja claro: personal de libre designación. El que manda elige libremente a quién coloca. En absolutamente todas las administraciones públicas, estén gobernadas por el partido que sea, ese tipo de puestos políticos los ocupan familiares, amigos o conocidos, aunque hayan llegado ahí de manera más disimulada. La estrategia suele ser camuflar a los peones lejos del foco de atracción, precisamente para evitar estos conflictos. Noelia Posse ha pagado la novatada. Se habría ahorrado ese mal trago si hubiera maniobrado para colocar a su hermana y a su amiga en otro ayuntamiento socialista distinto, no en el de Móstoles, así el caso habría pasado más desapercibido.

Y esto no se circunscribe solo a unas siglas o un color. Si alguien tiene ganas, interés y sobre todo valor para analizar uno por uno todos los cargos de confianza de las administraciones públicas, que se prepare para tejer un verdadero árbol genealógico con lazos de sangre, amor y amistad. Es el networking de la política.

Se habla de Posse como si hubiera sido la inventora del nepotismo, el dedazo, el amiguismo, el enchufismo o la política como agencia de colocación. Pero es injusto que se le atribuya tal mérito y que, a pesar de haber revertido cada una de las cuestionadas decisiones, se le exija pagar con su puesto de alcaldesa por algo que está permitido y suele salir gratis. A las pruebas de hemeroteca me remito:











Creo que con diez ejemplos es suficiente.

Yo misma he sido personal eventual. Aunque no me unían lazos de sangre ni amistad con el alcalde que firmó el decreto de mi nombramiento, llegué al puesto recomendada. Un conocido propuso mi candidatura y mi superior se fió de su consejo después, eso sí, de mantener conmigo una breve conversación. Fue una decisión totalmente discrecional y arbitraria que respondía al único criterio del responsable del departamento. No pasé ninguna prueba, no hubo cónclave en las altas esferas, no se estudió mi currículum con lupa… Simplemente se necesitaba una persona de confianza para ese puesto y la persona que lo dejaba vacante, amigo y excompañero, respondió por mí. Esa fue mi mejor referencia para obtener el puesto.

El resto de personal de confianza al servicio de esa administración pública también llegó a dedo, igual que yo. En unos casos pesó la militancia, en otros los vínculos familiares, en algunos también el pago de favores y no faltaba el paracaidista aterrizado desde otro territorio por orden suprema. Y todos asumimos que habíamos sido designados para ejercer con responsabilidad, fidelidad y discreción una serie de funciones especiales, de carácter a menudo delicado, para las que se nos exigía amplia disponibilidad a cambio de una incierta estabilidad laboral, dado que en cualquier momento un decreto de cese nos podía mandar al paro. A ver qué empleado público firmaría unas condiciones similares.

Es como la pescadilla que se muerde la cola. Mientras exista contemplada legalmente la figura del empleado eventual, seguirá existiendo la arbitrariedad en los nombramientos y, por extensión, las sospechas. Pero si se elimina de la legislación al personal de confianza, habría que ver cómo se las apañarían los partidos en las administraciones.

En definitiva, todos los españoles somos iguales ante la ley, menos los familiares y amigos de los políticos, que están condenados ya no solo a que les salpiquen las miserias del cargo, sino además a no ser contratados como personal eventual, aún reuniendo los requisitos. Supongo que también deberán renunciar a aspirar a ser funcionarios aprobando un examen y demostrando méritos. Porque, claro, siempre serán sospechosos de haber llegado allí por ser primo, amigo, hermano o hijo del que manda. Es decir, por un dedazo.

martes, 1 de octubre de 2019

Sin Champix también se puede

Como ya os he contado a través de este blog, una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida ha sido dejar de fumar. De eso hace nueve años y ya casi seis meses. Un 10 de abril de 2010, cerca de la medianoche, me fumé mi último cigarrillo. Lo hice a pelo, sin ayuda profesional, sin acompañamiento psicológico, sin reducir la dosis, sin fármacos. Me lo propuse de un día para otro y lo conseguí con muchísima fuerza de voluntad. Durante mi desintoxicación estuve conviviendo con alguien que fumaba, aunque fuera en la terraza de casa, pelándose de frío. Además trabajaba rodeada de gente que abandonaba su puesto de trabajo furtivamente y volvía oliendo a tabaco. También sé lo que es salir de fiesta, ir a conciertos o tomar unas cañas con amigos que echan humo y yo sin poder sujetar entre el índice y el corazón el filtro de un Malboro. Superé eso, aguanté la presión, engordé los kilos reglamentarios y agradecí la ley antitabaco de Zapatero.


Por eso saber que a partir del 1 de enero el Sistema Nacional de Salud español va a incluir el Champix en la lista de medicamentos financiados me ha jodido un poco, para qué os voy a engañar. Porque si yo pude salir de ello y sobrellevar mi mono sin pastillas, cualquiera puede. No estamos hablando de yonkis adictos al caballo, por favor.

Fumar tabaco es un acto voluntario. Todos los fumadores están informados acerca de la peligrosidad sobre la salud de este producto legal, pero deciden jugar a la ruleta rusa y correr el riesgo. Igual que jugué yo en su momento. Regalarles un medicamento que les ayude a pasar el síndrome de abstinencia mientras abandonan ese hábito tan nocivo me parece una más que cuestionable manera de invertir el dinero de todos. Máxime cuando no existen garantías de que en el futuro no sufran una recaída y vuelvan voluntariamente a encenderse un pitillo. Seguro que conocéis algún caso. Y como no está la vida para ir tirando los más de 200 euros que cuesta todo el tratamiento, si el ‘enganchado’ lo paga de su bolsillo, esa cantidad tendrá un aliciente para poner todo su empeño en conseguir el objetivo de dejar de fumar, algo que dudo ocurra si le sale gratis, por mucho que vaya acompañado de consejos profesionales y una terapia supervisada por el médico de familia. Dicen que la tasa de éxito de Champix en este momento es cercana al 40%. Me gustaría ver los datos una vez que la fiesta corra a cargo de todos.

Soy consciente de que si lee esto algún médico de Atención Primaria se echará las manos a la cabeza, porque lo de financiar los tratamientos para dejar de fumar es una petición suya que viene de lejos. Una vez conseguido, ahora reclaman que Sanidad no se quede solo en la Vareniclina, principio activo de Champix, y amplíe la cobertura al resto de productos con este fin que hay en el mercado. Consideran que son mayores los costes sanitarios de las enfermedades que produce el tabaco de lo que supondrá incluir en la cartera de servicios este producto contra la adicción a la nicotina.


Ya puestos, entonces, que financien también las cremas de protección solar pantalla total, para evitar los melanomas de la gente que se empeña en tomar el sol a pelo aunque sabe que es perjudicial para la piel. O que incluyan los productos antiobesidad para aquellos a los que les gusta darse atracones gastronómicos y terminan poblando las salas de espera de los centros de salud con las patologías asociadas al sobrepeso. Y también, por qué no, los preservativos para evitar el contagio del sida y otras enfermedades de transmisión sexual. Ilusa de mí, iba a añadir a mi perorata que también se incluyeran los tratamientos para la adicción al alcohol pero ya he visto que existen varios y, sí, también están financiados por el Sistema Nacional de Salud.

Lo siento, pero preferiría que mis impuestos se invirtieran en curar enfermedades, no adiciones que pueden o no derivar en una enfermedad. Estoy pensando en algún fumador empedernido que ha llegado a los 100 años sin desarrollar un cáncer mientras que hay pacientes a los que se les diagnostica un tumor en el pulmón sin haber fumado ni estado expuestos al humo del tabaco en su vida y habiendo evitado absolutamente todas las prácticas de riesgo. Cosas de la caprichosa genética.

lunes, 23 de septiembre de 2019

No entiendo por qué sigo yendo a comer al Vips

Cada vez que salgo de un restaurante de la cadena Vips me prometo a mí misma no volver. En más de una ocasión, incluso, me he propuesto compartir de manera extensa a través de internet mis impresiones sobre este establecimiento de restauración. Pero siempre, por un motivo u otro, cuando llegaba a casa el cabreo se había diluido y lo poco que quedaba del proyecto de crítica demoledora terminaba deslizándose por el desagüe del lavabo mientras me cepillaba los dientes. Pero esta vez sí que sí. No porque haya sido más grave que otras veces, sino porque por fin he sido consciente de mi gran incongruencia: a pesar de la colección de episodios para no dormir que he vivido en Vips, sigo yendo a comer o cenar a esta cadena de restaurantes al menos una vez por semana. ¿Por qué? ¿Será el precio, ligeramente más barato que en otros restaurantes, y los descuentos y promociones que tenemos los socios del Club Vips? ¿Será su amplio horario de cocina, de la apertura al cierre? ¿Será la dependencia que genera la comida rápida? ¿O será la puñetera costumbre, aderezada con el punto masoquista que debo tener? Quién sabe.



Os cuento mi última experiencia. Sábado, 21:40 horas, aforo mínimo para lo que suele ser habitual. Un cumpleaños infantil de unos diez comensales y unas siete mesas más con una media de cuatro clientes por grupo. Nosotros somos dos. Para empezar, esperamos unos tres minutos en el atril de la entrada donde indica que te pares hasta que te asignen mesa. Cuando por fin alguien repara en nosotros, una camarera que vive la vida a mitad de revoluciones por minuto que la media nacional nos conduce a una mesa sin recoger. En el local hay un montón de espacio vacío, mesas preparadas con su servicio y todo, pero solo Dios y ella saben por qué decide instalarnos ahí. De pie, a su lado, esperamos que retire todo lo que queda sobre la mesa. Luego da varias pasadas con una bayeta húmeda antes de señalarnos que nos sentemos sobre unos sofás en los que han caído plásticos, migas y otros restos de la comida anterior. Soplo y golpeo el asiento para que desaparezcan, porque no me apetece salir de allí con manchas de grasa en el culo. Los residuos van a parar al suelo junto con el resto de basura que se ha ido acumulando desde la hora de apertura. Tampoco soporto sentarme a una mesa marcada por el recorrido de las pasadas de una bayeta húmeda que va de mesa en mesa y que el camarero guarda en el bolsillo del delantal. Pero hago de tripas corazón.

Minutos después nos coloca dos manteles individuales de papel con las cubiertos y las servilletas y nos da una carta. Tenemos bastante claro lo que queremos así que casi ni la abrimos y esperamos pacientemente a que nos tome nota. Mi acompañante es intolerante al gluten y se sabe de memoria la breve oferta para celíacos. Pedimos unos nachos sin gluten para compartir, más un flatbread de pollo para él y una quesadilla de jamón y queso para mí. Para beber, una cerveza sin gluten y una Alhambra Reserva 1925. A pesar de que la comanda no puede ser más sencilla, a nuestra camarera le cuesta un poco anotarla. No encuentra las opciones en la pantalla del dispositivo donde marca el pedido. Debemos corregirle que no es cerveza sin alcohol, sino sin gluten. Anota sin alcohol y sin gluten, así que hay que aclarárselo de nuevo. Nos pregunta si queremos que saque toda la comida a la vez y le decimos que sí.

Un repartidor de Glovo con su casco y su mochila está plantado al lado de la puerta de la cocina, suponemos que esperando algún encargo. No podemos evitar preguntarnos a quién se le puede antojar algo del menú de Vips para que se lo lleven a casa. Divagando sobre el asunto esperamos unos diez minutos hasta que aparece otra camarera con la cerveza Alhambra en una mano y una copa en la otra. No es que yo tenga mucho mundo, pero creo que las bebidas de una misma mesa deben llevarse sobre una bandeja y servirse a la vez. Pero, en fin… Diez minutos después, viendo que no viene la cerveza sin gluten, nos disponemos a reclamarla. Nuestra camarera debe adivinarlo porque desaparece por la puerta de la cocina y reaparece instantes después con ella.

El protocolo que siguen cuando se trata de menús sin gluten es muy particular. Para empezar están obligados a ‘marcar’ al comensal intolerante con un mantel azul que le distinga, algo que, por cierto, nuestra camarera se salta en este caso, porque se olvida, le da pereza o no le sale del higo. El protocolo también indica que, por ‘seguridad’, solo una persona se encargue de servir lo que va a comer el celíaco, así que hemos vivido casos en los que toda la mesa había terminado su plato y aún no había llegado la comida sin gluten. No es distinto esta vez. Se me pasa por la cabeza que quizá el servicio sería más rápido si se lo encargáramos al repartidor de Glovo, que se había ido con su pedido y ha vuelto a recoger uno nuevo.

Cerca de media hora después de encargar la comanda aparecen los nachos y la quesadilla, pero ni rastro del flatbread. Lo achacamos a que quizá el protocolo exige sacar el principal sin gluten después de acabar el entrante sin gluten. Pero, ¡oh, sorpresa! Cuando estamos dando cuenta de los nachos –por cierto, demasiados Doritos para tan poca salsa de queso- aparece la camarera diciendo: “Disculpen pero me dicen en la cocina que ya no queda flatbread, se nos ha acabado”. Nos lo suelta más de 30 minutos después de haberlo pedido. Esto es un flatbread, para que valoréis la dificultad de improvisarlo.



Tenemos la tentación de no sugerir una alternativa, pero como hay hambre optamos por el clásico Vips Club sin gluten. Viendo que la cosa se va a alargar más todavía, empiezo a comer mi plato para que no se enfríe. Por cierto que el sistema de calentamiento de los ‘manjares’ de esta cadena también resulta inquietante. Todavía me acuerdo de haber comido allí alguna croqueta que echaba humo por fuera y estaba helada por dentro. Pondría la mano en el fuego, y creo que no me quemaría, por que la mayoría de los platos que ofrecen en su carta y su menú son de quinta gama, es decir, no se cocinan al momento en sus instalaciones sino que ya vienen envasados en raciones individuales y listos para consumir, solo hay que regenerarlos antes de emplatar y servir.

Una de las comensales del sofá próximo al nuestro decide levantarse a perseguir a la camarera en vista de que nadie va a cobrarles. A pesar de que es sábado noche y la gente no suele tener prisa, verse obligado a esperar para pagar resulta bastante irritante.

Diez minutos más tarde, casi terminada mi quesadilla, llega el Vips Club sin gluten con ese aspecto deprimente que le caracteriza. Una vez, de hecho, hicimos una foto comparativa entre ambas versiones y son sensibles las diferencias, como podéis apreciar aquí.


Cuando le pedimos a la camarera unos sobrecitos de ketchup, mahonesa y mostaza, nos trae un porta salsas que no es el azul marcado con la señal de sin gluten. Le alertamos del error y dice que da igual porque los sobres son los mismos. Nos extraña dado que en anteriores ocasiones nos han puesto el otro dispensador y hemos comprobado que, por ejemplo, la mahonesa es de marca distinta e incluye información específica al respecto. El encargado aparece de pronto con el porta salsas correcto comentando que no está seguro de si contienen o no gluten, pero que le parece que se pueden consumir las dos y que en todo caso se va a enterar. Le indicamos, sin acritud, que la celiaquía no es una broma.

La aventura termina cuando pedimos la cuenta porque ya nos queremos ir de allí y la camarera se justifica, sin que nadie se lo pida, diciendo que esa noche tienen muchos pedidos ‘take away’ y que por eso ha sido todo un poco caótico.

Comida rápida, de quinta gama y calidad mejorable, mínima variedad, servicio deficiente, higiene nula, tiempo de espera excesivo para la poca elaboración de los platos… Lo dicho, no entiendo por qué sigo empeñándome en ir a esta cadena de restaurantes.