Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 26 de abril de 2020

Mis hijos y yo nos quedamos en casa

Sé que lo que estoy a punto de escribir no va a despertar muchas simpatías hacia mi persona, pero he llegado a una edad en la que ya he asumido que es imposible gustarle a todo el mundo. Si mis hijos tuvieran menos de 14 años, hoy no saldrían a la calle. De hecho, no entiendo por qué la desescalada ha empezado por los críos. Como tampoco entiendo por qué todo un vicepresidente del Gobierno se dirige a menores de edad en un discurso televisivo.


Menos mal que a los chavales tantas comparecencias de señores con traje y uniforme les parecen un rollo y no las siguen en directo. Bueno, a los chavales y a los adultos, porque debe haber un término medio entre comparecer por plasma y dar tres ruedas de prensa al día, ¡por favor! Alguien ha debido pensar que la transparencia era esto y que así se combate la desinformación. Y no exactamente. 

Hoy, a la vez que entra en vigor otra prórroga de quince días del estado de alarma, se levanta la veda a las salidas infantiles. Los paseos con niños se suman ahora a los paseos con perros. Las vistas desde mi terraza van a brindarnos grandes y entretenidos momentos. Podremos jugar a ver quién se pasa por el forro primero la fórmula 1+1+1 (un progenitor, una hora, un kilómetro).

Primer día de salida a la calle de los niños
Después de rectificar la idea inicial de mandar a los niños al súper y a la farmacia con los adultos, hoy estrenamos el derecho a pasear a los críos dentro de un orden. Me compadezco de los padres que tienen que explicar a sus hijos que salir a la calle no significa que puedan deslizarse otra vez por el tobogán, jugar un partido de fútbol con los amigos, ir a cazar lagartijas a la sierra o abrazar a un compañero del cole si se lo cruzan por la calle. Imagino que eso es lo que más le puede apetecer a un crío que atraviesa la puerta de la calle por primera vez después de seis semanas encerrado. Admitámoslo: salir de casa para dar vueltas a la manzana de la mano de papá o rodar un kilómetro sobre el patinete pegado a mamá no es la idea de diversión. 

Encuentro voces expertas a favor y en contra. La pedagoga e investigadora Heike Freire defiende que los niños necesitan salir a la calle por salud, mientras que la pediatra María Buades sostiene que no deben salir hasta que el virus esté controlado y que la plasticidad de su cerebro evitará cualquier posible secuela. Unos psicólogos aseguran que permanecer tanto tiempo encerrados afecta al desarrollo neuronal de los niños, en particular los menores de 6 años, mientras algunos sociólogos opinan que el encierro, a priori, no tiene por qué conllevar consecuencias negativas para ellos. Así que, en esto, como en todo, hay opiniones para todos los gustos. Personalmente, yo le veo más inconvenientes que ventajas. 

No pongo en duda los estudios que confirman que en China uno de cada cinco niños tenía síntomas depresivos después de un mes de confinamiento y que algo así puede estar ocurriendo en España tras seis semanas encerrados en casa. Pero no deberíamos olvidar a los otros cuatro de cada cinco que están viviendo esta realidad sin mayor trauma. 

Algunas veces desdeñamos la inmensa capacidad de adaptación que tiene el ser humano. También los pequeños seres humanos. Además, los niños son los mayores expertos en dejar volar la imaginación. Si son capaces de convertir una caja de zapatos en una nave espacial, pueden permanecer dos semanas más en sus casas rompiendo jarrones a balonazos, saltando a la comba en la cocina y dando volteretas sobre su cama. 

Creo que el lugar donde deben quedarse los niños mientras todo se tranquiliza es un entorno seguro, controlado, familiar, donde ni se contagien ni contagien. En una palabra: su casa. Allí tienen sus juguetes, sus cuentos, sus rutinas… Aunque no haya jardín o parque, estoy segura que pueden aguantar quince días más sin salir. Así sus padres se evitarían el engorro que va a suponer higienizar el patinete o la pelota. Por no hablar del estrés que les va a generar a muchos, -los más responsables, imagino-, cumplir las indicaciones y no superar el kilómetro de distancia de casa y controlar al pequeño para que no se desmadre, no toque mobiliario urbano o se lance a los brazos de algún amigo que encuentre en el paseo. 

Imagen de Victoria Borodinova en Pixabay 
¿Secuelas? No creo. Los niños recordarán esto como una aventura. Casi como unas vacaciones, si no fuera por los deberes que están mandando los colegios. Admitamos que ahora los horarios son menos estrictos. Por las mañanas no suena el despertador y se van más tarde a la cama. Algunos padres nos hemos vuelto más 'flexibles' con el consumo de tele y videojuegos, e incluso realizamos actividades familiares todos juntos para las que antes nunca encontrábamos la ocasión. 

¿Que parecen más irritados? Puede, pero como cualquier adulto. De hecho, no creo que ellos necesiten salir del encierro más que nosotros. Igualmente, ambos deberíamos entender que la medida de confinamiento es por nuestro bien y que cuando antes contengamos la enfermedad, antes recuperaremos la normalidad. A veces pienso que los niños lo procesan mejor que los adultos. Seguro que hoy más de un hijo se niega a salir para disgusto de su padre. 

Todavía hay gente que no ha pillado el sentido del confinamiento. Todavía hay gente que va todos los días a comprar el pan. Todavía hay dueños de mascotas que estos días están paseándolas más que en toda la vida del chucho. Todavía hay clientes que se tiran dos horas en el supermercado toqueteando todos los productos indecisos sobre cuál elegir. Todavía hay gente que no ha entendido lo de salir de casa solo cuando sea estrictamente necesario. Todavía hay quien piensa que esta lotería no le va a tocar y que lo de frenar los contagios encerrándonos a cada uno en nuestra casa es una soberana gilipollez. 

Tengo dos hijos que ya no están en el tramo de edad que nos ocupa. De hecho, a raíz de esta medida, hemos descubierto que ya podían pisar la calle para hacer pequeños recados. Pues bien, desde que comenzó el encierro no han mostrado ningún interés en salir de casa. Nos cuesta incluso que bajen a tirar la basura. Las series, las películas, los videojuegos, la música son sus válvulas de escape. Alguna vez mi hija suspira por no poder ir al cine o salir de fiesta con los amigos, pero las videollamadas y las aplicaciones de mensajería la tienen constantemente conectada con ellos. En cambio mi hijo firmaría por alargar la medida hasta el verano. Por lo demás, bailan, hacen ejercicio y se pelean, como si no estuviéramos confinados. No me parece que estén tristes o deprimidos. Aunque, claro, nosotros somos afortunados. En casa hay una nevera llena y wifi, Netflix, Movistar, móviles, ordenadores, tablets, PlayStation y Xbox. A veces tenemos que obligarles a asomarse a la ventana o salir a la terraza para que les dé un rayo de sol. 

¿Que si estas semana les crearán un trauma? Ninguno. Las mayores secuelas, en todo caso, las voy a sufrir yo, que envejezco mientras ellos crecen y siento que se me escapa la vida. Yo, que no puedo ir cada día al gimnasio para mantener a raya mi estrés y mi peso; ni trotar una hora de vez en cuando por el campo para oxigenar el cerebro y el corazón; ni socializar en una terraza con unas cañas; ni ir al fisio para que me descargue el cuello y los hombros; ni a la peluquería para ver qué pueden hacer con estas canas; ni a una playa para contemplar una puesta de sol sobre el mar; ni visitar a mi madre para darle un abrazo y ver qué tal va. 

Y a pesar de esos daños colaterales, prefiero que todos nos quedemos en casa, incluidos los niños, y no contribuir a llenar de gente el espacio público, si eso supone recuperar con seguridad nuestra vida anterior o lo que sea que nos espera después del coronavirus. ¿Sufrir? Esto no es sufrir, ¡coño! Esto es ejercitar la virtud de la paciencia. Sufrir es lo que planteaba en este tuit el croata Sasa Jovic, entrenador de balonmano, que vivió la guerra de los Balcanes cuando tenía 16 años y sabe lo que es estar confinado de verdad por salvar la vida.
Ya sé que no es comparable, pero quizá nos vendría bien relativizar. Sasa Jovic no tenía una fecha marcada en el calendario para salir de aquel sótano. Nosotros sabemos que en el mes de mayo volveremos a pisar la calle. ¿De verdad esperar dos semanas más supone mucho sufrimiento para los niños? Pues que sufran también un rato, que no les va a pasar nada. Sufrir también forma parte de la vida, ¿no? Así se van entrenando.

martes, 14 de abril de 2020

Los otros

No salen en las cifras oficiales. Nadie les aplaude ni les hace un pasillo de homenaje cuando se recuperan. Son aquellos a los que el confinamiento les ha pillado viviendo solos y han experimentado los primeros síntomas del coronavirus sin testigos.

Imagen de Pexels en Pixabay 
Estos de los que hablo tardaron en marcar el teléfono habilitado por el Gobierno de su Comunidad Autónoma para hacer un seguimiento de los casos. Quizá era un simple catarro, una gripe primaveral, puede que una alergia adelantada. No querían molestar. Ahora se comunican a diario con la enfermera del Centro de Salud que les llama para saber si tienen fiebre y aconsejarles que se tomen un paracetamol. Es la única que conoce la realidad. Sus parientes y amigos viven en la ignorancia, aunque les extraña que se nieguen a participar en videoconferencias múltiples de esas que se han puesto de moda en esta cuarentena. Les dejan que piensen que son unos aguafiestas analógicos insociables. Mejor eso que mostrar la cara y que descubran que no todo va bien. 

No se lo cuentan a los miembros de su familia para no preocuparles y también para evitar que se presenten en su casa a cuidarles, arriesgándose a contagiarse. No comparten su estado tampoco con los vecinos del rellano, para no sentir que se alejan de ellos en el balcón contiguo cuando salen a aplaudir a las ocho. Desengañémonos, también mantienen el secreto para que no se corra la voz por el bloque y aparezca un día una nota pegada en el ascensor alertando a todo el vecindario. Incluso puede que de saberlo, el presidente de su comunidad tendría la ‘deferencia’ de introducirles un mensaje por debajo de la puerta invitándoles a abonar el gasto de desinfectar las zonas comunes. O, en el peor de los casos, de enterarse su casero, les pondría de patitas en la calle, como le ha ocurrido a gente, según ha visto en redes sociales. Algunos ni siquiera estaban enfermos, pero ejercen una profesión de riesgo, la de héroes a los que se aplaude a las ocho, pero de lejos.




Los que tienen un negocio, prefieren mantener a su clientela al margen de la situación, para que las ventas no se resientan cuando el Gobierno permita la reapertura. Y quienes trabajan por cuenta ajena, cruzan los dedos para recuperarse antes de que se acabe el teletrabajo y el jefe descubra que tenía al ‘bicho’ en casa. 

No se avergüenzan de estar infectados, no hay razón para ello, no han hecho nada para merecer ese castigo, salvo tocar superficies mal desinfectadas o saludar amistosamente a alguien asintomático que les ha contagiado. Pero son realistas. Ven que la gente trata a los positivos como apestados, que se aleja como alma que lleva el diablo de quienes sueltan un estornudo. Y les da la impresión de que a día de hoy cuesta menos confesar una enfermedad venérea que un coronavirus. 

Este ‘cuadro clínico’ se agudiza cuando estos de los que hablo viven solos en pueblos o pequeñas comunidades, donde los chismes circulan como la pólvora, a una velocidad que es proporcional a la gravedad del hecho, y las malas noticias (aunque sean inventadas) son el alimento de envidiosos, cizañeros y miserables. 

Les gustaría salir de dudas, que alguien les hiciera el famoso test de detección del que todo el mundo habla, pero han oído que hasta ahora solo se lo hacían a los que ingresan en el hospital. Entonces piensan que prefieren seguir con la duda antes que pasar por el infierno en el que se han convertido las urgencias y las UCI. 

Están cansados, les cuesta respirar y les duele todo el cuerpo. También han perdido el apetito y casi lo agradecen, porque así les durará más lo que tienen en la nevera y retrasarán el momento de salir al supermercado. Harían la compra online y pedirían que se la llevaran a casa, pero están viendo que muchos establecimientos ya no sirven a domicilio y los que lo siguen haciendo están desbordados. 

Tienen miedo a lo que les pueda pasar. Están aterrados ante la posibilidad de que la enfermedad avance muy rápido, que su sistema inmunitario no colabore y que un día se mueran solos, sin darles tiempo a llamar a una ambulancia. Les quita el sueño que encuentren su cadáver los bomberos después de tirar la puerta abajo y que su cuerpo tenga que esperar dentro de una caja sobre una pista de hielo hasta que le toque el turno de crematorio. 

Afortunadamente todos esos lúgubres pensamientos se disipan cuando les baja la fiebre y empiezan a recuperar las fuerzas, el alivio, el resuello y la alegría de vivir. Y entonces, cuando todo ha pasado, cuando estos de los que hablo han superado el trance y nadie les aplaude, ni les hace el pasillo, ni les lleva una banda a la puerta de su habitación para tocarles ‘Resistiré’ (algo que deberían agradecer, todo sea dicho), entonces, solo entonces, se atreverán a decir, aunque sea bajito, que ellos también vencieron al coronavirus.

domingo, 29 de marzo de 2020

¿El confinamiento? Bien, gracias

Llevo tiempo tratando de contaros cómo llevo el confinamiento, pero nunca encontraba el momento adecuado. Aprovechando que cumplimos dos semanas de estado de alarma y comenzamos las otras dos de prórroga, creo que es una ocasión perfecta.

No tengo muy claro si es mejor pasar este periodo solo o acompañado. A mí me ha tocado vivirlo con mis dos adolescentes y su padre. Siguiendo disciplinadamente los consejos de los expertos, que inciden en la importancia de mantener los mismos hábitos, hemos decidido no renunciar a nuestros frecuentes roces, ni a los gritos -que deben tener a los vecinos con la cabeza como un bombo-, ni a las discusiones habituales en tiempos de libertad.

Ayer mientras comíamos, mi hijo se refirió a este aislamiento como “condena”. “Cuando termine la condena…” dijo, y celebramos su ocurrencia. Estábamos comiendo en la terraza, disfrutando del sol. En circunstancias normales, sin cuarentena, quiero decir, no se nos ocurriría. El mes de marzo es demasiado pronto para hacer vida en la terraza, eso lo dejamos para el verano. Pero estando las cosas así, disponer de este escenario al aire libre es una bendición que agradecemos y explotamos. Así que, si un par de días comemos fuera pensando que estamos en un chiringuito de playa con el mar al fondo, eso que nos llevamos para el cuerpo. Aunque para ello debamos hacer todo un ejercicio de imaginación. Y eso a los que viven conmigo les cuesta.


Han pasado dos semanas y nuestra relación resiste, aunque con altibajos. Nos salva que cada uno va a su bola. Hace algunos días, a la hora de comer, el padre de mis hijos puso un mensaje en el grupo de WhatsApp familiar preguntando quién podía poner la mesa. Como veis, llevamos a rajatabla las recomendaciones sanitarias y mantenemos las distancias. En esta casa antes costaba dar besos y abrazos, si acaso alguno furtivo que yo robaba en un descuido, cuando les pillaba con la guardia baja. Ahora nos damos las buenas noches a gritos de una habitación a otra.

Ayer por las redes sociales se había convocado un aplauso (otro) a las seis de la tarde en homenaje a los niños. En mi calle la ovación no duró ni 20 segundos y con eso basta. Tampoco nos pasemos. Que los menores no podrán correr por la calle, ni pelar la pava en un banco, ni hacer botellón en un parque, pero están haciendo exactamente lo que les sale de las narices, salvo salir.


Mi hija se está pasando el aislamiento aislada en su propia habitación. Solo abandona su encierro para comer e ir al baño. El resto del tiempo hace deberes, baila, charla con su noviete por el móvil o ve series a la vez que sus amigos para comentarlas en tiempo real desde su celda. Bueno, también se desmarcó hace un par de días con un bizcocho que cocinó en un arrebato repostero.


Mi hijo, en cambio, va circulando por todas las habitaciones donde hay una pantalla. Así que salta de los deberes en su habitación a jugar en línea con sus amigos en la cocina, de ahí a ver Netflix en el salón, para continuar con vídeos de YouTube en el baño. Entre esto y mi teletrabajo, tenemos la wifi tiritando. Ayer, buscando una nueva actividad con la que entretenerse, se apuntó a la convocatoria de La Hora del Planeta y estuvo en la ventana haciendo señales en código morse con la linterna del móvil. En teoría su mensaje decía "Quiero salir ya", pero a saber.


Cada día trato de hacer una hora de ejercicio después de cerrar el ordenador y pausar el trabajo hasta la siguiente jornada laboral. Salvo alguna ocasión en que el tiempo no ha acompañado, me dedico a caminar, saltar y correr por la terraza. Son unos 12 metros de ida y otros tantos de vuelta. Solo espero que algún vecino del otro lado de la calle no me grabe a mí o al padre de mis hijos montando en bici con rodillo y lo suba a TikTok para hacer coña.


Al principio pensaba que me moriría de asco, aburrimiento o mareo de un lado a otro de la terraza, pero no. Suele ser bastante entretenido. Voy escuchando la radio con mis auriculares mientras veo pasar por la calle a los perros que “obligan” a sus dueños a que los saquen a pasear. A los que más veo es a los que abusan de ese privilegio. En particular dos que ya tengo cazados. Son muchas horas como James Stewart en “La ventana indiscreta”... 

Esos chuchos saltan a la vista. Son los que en vez de olfatear patas de banco o tirar de la correa cuando se cruza otro perro, se pasan el rato tumbados en la hierba mientras sus dueños charlan apaciblemente, esos sí, a dos metros de distancia. Hay un pastor afgano y un westie que da pena verlos. A lo largo del día, cada vez que me asomo allí están, custodiados por un miembro diferente de la familia, dando paseos que suelen durar lo mismo que me tiro yo dando saltos por mi terraza. Así que a última hora solo quieren reposar, en vez de echar la meada. Los pobres canes no han debido entender el decreto gubernamental de confinamiento que dice "un pis y a casa".

También es divertido ver a los pájaros volando en bandada desconcertados. Están tan acostumbrados a comerse las sobras de las tapas que ponen los bares del barrio en sus terrazas, que los empiezo a ver algo depres y desnutridos. Los gatos callejeros también campan a sus anchas y ya no escapan a la carrera, porque no hay nadie que les asuste. De vez en cuando les azuzo desde arriba, para que no pierdan la forma.

La terraza se está convirtiendo en mi rincón favorito. Aunque también hay algún otro... Como este en un armario de la cocina.

Lo malo de pasar tanto tiempo en casa es que tienes más apetito o al menos el cuerpo te pide con frecuencia algo de picoteco. Por cierto, el viernes nos tomamos un vino y una tapa con varios amigos. Cada uno en su casa y HouseParty en la de todos. Vamos, que montamos una videoconferencia a tres y allí estuvimos los 6 viéndonos las caras y poniéndonos al día de cómo íbamos llevando el confinamiento. No es lo mismo que en la terraza de un bar, pero en estos tiempos es lo más parecido. Hasta mi madre y mi suegra se han apuntado a comunicarse con el exterior por videollamada. Milagros del confinamiento.

Por lo demás, en este momento discutimos sobre la conveniencia de permitir a mi hijo hacerse una mohicana y a mi hija teñirse el pelo de rosa. Alegan que estando confinados da igual cómo lleven la cabeza, si nadie, salvo nosotros, les va a ver. Es un decir. Estoy segura de que lo primero que harían es subir a sus redes sociales el resultado. Yo, en cambio, evito dejarme ver en ellas. Tengo la sensación de que ni el sérum facial que me sigo aplicando va a impedir que se note que también, durante este encierro, sigo envejeciendo (y a Dios gracias).

Solo he salido un día al supermercado y tardé dos horas en llegar a las cajas. La experiencia da para otro post, así que me lo reservo. Solo os adelantaré que he descubierto mi incapacidad para hacer la compra con guantes de frutería.


Al principio de esta cuarentena me había propuesto ponerme al día con mis clases de inglés, retomar mi afición por los puzzles, ordenar los armarios, quitar el polvo de las estanterías altas, lavar las cortinas, colgar un cuadro que lleva esperando seis años en una caja, jugar en familia al Scrabble… pero en dos semanas todavía no he sido capaz.  

Tampoco encuentro el momento, y veo que se me acaba el fin de semana, para borrar todos los chistes y vídeos que me han llegado por WhatsApp y acumulo en la memoria del móvil. Algunos los tengo por triplicado, porque por todos los chats termina circulando lo mismo. El último que me ha hecho reír es este que compartía mi madrina:

‼️Últimas Noticias‼️
Debido a la cuarentena establecida por el gobierno a causa del CO-VID19, la Real Académia de la Lengua Española ha decidido actualizar una serie de refranes populares. "Nuevos días, nuevas expresiones" ha sido su eslogan de presentación. 

▶️Hasta el 40 de Mayo, no te acerques a ningún yayo.
▶️En Abril, kilos mil.
▶️La curiosidad multó a Paco.
▶️Más vale mascarilla en mano que toserle a un humano.
▶️Aunque quieras fiesta y guasa, a esperar en el salón de tu casa.
▶️A Dios rogando y en tu casa rezando.
▶️Ay la cuarentena... Que nos convierte a todos en pequeñas ballenas.
▶️A papel higiénico regalado no le mires la marca.
▶️Más vale estornudo parado, que 100 virus volando.
▶️No por mucho madrugar, vas a salir a desayunar.
▶️Aunque la mona se vista de seda, en casa se queda.
▶️No hay cuarentena que 100 años dure.
▶️En boca cerrada no entran virus.
▶️Al mal tiempo, buena casa.
▶️Deja para mañana lo que no puedas limpiar hoy.
▶️Aunque no vivas en un convento, quédate dentro.
▶️A cada cerdo le llega su cuarentena.
▶️Todos los caminos llevan a la nevera.
▶️En bata o pantalones, de la cuarentena hasta los cojones.
▶️El que se fue a Sevilla, se ganó una multilla.
▶️¿A donde va Vicente? A ningún lado.

Ya sabéis, tenemos suficiente tiempo para aprendernos los nuevos refranes y empezar a utilizarlos porque...
▶️Santa rita rita rita, estate en casa quietecita◀️.  
Compártelo con tus contactos y saquemos una nueva sonrisa cada dia😊
Jajajajajajajaja jajajajajajajaja


Imagino que las familias de quienes están muriendo, los que luchan por su vida en la cama de una UCI y quienes esperan angustiados un diagnóstico estarán para poca broma. Pero espero que entiendan que a los demás estas chorradas nos liberan y nos ayudan a no pensar. Se trata de un simple mecanismo de autodefensa. “La risa no debería hacernos sentir culpables cuando es necesaria”, he leído en uno de los libros en los que estoy avanzando durante este cautiverio. Pues eso, riamos mientras podamos.


***Nota importante: Todas las imágenes que ilustran este post son "robadas". Es decir, han sido tomadas por sorpresa y sin permiso de sus protagonistas. Espero que, si se enteran, esta travesura no provoque un nuevo conflicto familiar ;-)

domingo, 15 de marzo de 2020

Ahora entiendo mejor a los concursantes de Gran Hermano

Hace unos días, cuando todavía la OMS no había declarado el brote de coronavirus una pandemia, escribía sobre esta enfermedad. Es cierto que entonces todavía no había muerto nadie y que ahora las cifras evidencian su gravedad, pero en esencia sigo pensando lo mismo. Que la población en general tiene más probabilidades de morir por cualquier otra cosa que por el Covid-19, siempre que no ande jugando a la ruleta rusa, claro está. Me refiero a que no podemos olvidar extremar la precauciones y evitar los riesgos, como hacemos con el resto de peligros. Porque si uno no quiere morir ahogado, no se tira a una piscina sin saber nadar, y si no quiere perder la vida en un accidente, procura conducir cumpliendo las normas y con todos los sentidos puestos en la carretera. En fin, que si seguimos las recomendaciones de los expertos, mantenemos la higiene de manos, la distancia de seguridad, evitamos toserle al prójimo y nos quedamos en casa, disminuirán las papeletas que nos tocan en la tómbola.   

Pero no es de la pandemia de lo que quiero hablar hoy, sino de lo de quedarse en casa. Desde el martes pasado estoy teletrabajando. La empresa para la que trabajo decidió de manera responsable atender las recomendaciones del Gobierno y nos indicó que realizáramos nuestra tarea a distancia.

Trabajar en casa puede parecer un chollo, pero no lo es tanto. Tiene sus pros y sus contras, desde luego. En mi caso, no tener que desplazarme de mi domicilio al trabajo me supone ganar dos horas de tiempo. Sin embargo, en algún momento durante estos días he echado de menos ir físicamente a la oficina en Gran Vía. Llamadme rara, pero creo que cambiar de escenario se agradece. 

El primer día de trabajo a distancia traté de repetir las mismas rutinas de un día normal. Madrugué, desayuné, pasé por la ducha, me vestí como si fuera a salir y, hecho todo esto, me senté frente al ordenador. Todo bien, si no fuera porque ya no me levanté de la silla hasta las 6 de la tarde, descontando las visitas imprescindibles al baño y a la nevera, cuando la ansiedad me ganaba la batalla. Hasta comí encima del teclado, algo que recomiendan encarecidamente que se evite. Al día siguiente, disciplinada, repetí la operación. Pero al tercero, me enchufé directamente al Mac en cuanto me tomé el café, aún con el pijama puesto y sin duchar. Así le abrí la puerta al repartidor de Amazon y así estuve hasta las cinco y media de la tarde. Y porque tenía que recoger el coche del taller, si no, a saber a qué hora habría desconectado. Mal. Dicen los expertos que para trabajar en casa hay que ponerse un horario. También es cierto que por las características de mi empleo y la situación tan atípica que vivimos, la cobertura informativa es constante, así que nos organizamos entre todos los compañeros sin mirar demasiado el reloj.

Otro de los elementos que destacan como primordial los expertos en teletrabajo es el espacio. Señalan que es importante tener un lugar para trabajar distinto de aquel donde duermes, comes o hace su vida la familia. En un piso como el mío tengo que ir cargando con mi portátil a cuestas de un lado a otro en función de lo que estén haciendo los demás habitantes de la casa.



Hasta ahora no había mencionado que, mientras yo estoy teletrabajando, mis hijos están teleestudiando. Así que todos 'disfrutamos' juntos de este aislamiento preventivo. Aunque, para hablar con propiedad, mis adolescentes, además de estudiar, ver Netflix o perder el tiempo con videojuegos, están todo el rato protestando por no poder ver a sus amigos, quejándose de la cantidad de tarea que les ponen los profesores a través del aula virtual, discutiendo entre ellos por nimiedades, reprochándome que no les escucho, rabiosos como leones enjaulados…

Existen estudios que aseguran que el periodo del año en el que se producen más rupturas de pareja es el posterior a las vacaciones de verano, porque durante esas semanas solemos pasar más tiempo juntos. La conclusión es clara: la convivencia deteriora las relaciones. Espero que en esta familia rompamos la estadística. Aunque va a resultar inevitable que nos pase factura a los cuatro vernos el careto 24 horas al día durante al menos quince días. Es como si nos hubiéramos convertido en concursantes involuntarios de un Gran Hermano familiar. Casi discutimos tanto como ellos. Eso sí, aquí no va a haber quien haga edredoning. Hay que mantener las distancias. En cuanto a la prueba semanal, en este caso es diaria y sin más recompensa que ir tachando fechas en el calendario. También os digo que casi preferiría no tener información del exterior, como los concursantes del programa de Telecinco. El monotema empieza a provocarme cierta saturación. Pero, claro, será porque “aquí dentro todo se magnifica”. En cualquier caso, en este concurso el premio no es un maletín lleno de pasta. Es algo mucho mayor. De un valor incalculable: la salud.

Pese a asumir la conveniencia de este encierro para frenar la expansión del Covid-19, debo confesar que se hace duro. Pienso en mi madre, confinada sola a 200 kilómetros y sin poder ir a hacerle compañía. La restricción de movimientos es lo peor de esta situación. La imposibilidad de viajar, pasear por el campo, practicar deporte al aire libre, ver películas en pantalla grande, tomar una caña en una terraza, cenar en un restaurante, disfrutar de un concierto... Son pequeñas cosas que hacen la vida más agradable y a las que nos hemos acostumbrado. Así que cuando nos faltan, no sé vosotros, pero yo me siento rara.

domingo, 8 de marzo de 2020

Acertar con el eslogan

No, el grito “Sola y borracha quiero llegar a casa” no me parece el más acertado en la historia de los eslóganes feministas. Buscar la rima conduce a estas cosas. Un lema redondo requiere un brainstorming previo. Hay que meditar mucho antes de dar a luz a una buena frase que sea coreable y diga mucho con poco. Recordad, por ejemplo, aquello de “Nosotras parimos, nosotras decidimos.”

Imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay  
Con todo, yo sí alcanzo a comprender lo que quiere decir “Sola y borracha quiero llegar a casa”. No necesito que me lo expliquen. El evidente mensaje que encierra esa frase es que las mujeres queremos sentirnos libres y seguras. Que nada justifica que un hombre abuse de una mujer. Ni la ropa que lleve, ni que vaya sola por la calle a altas horas de la madrugada, ni que se haya pasado con el alcohol y sus reflejos estén más dormidos de lo recomendable. Nada lo justifica. Tampoco una mujer es culpable de ser agredida sexualmente. Nunca. En ningún caso. Aunque lleve minifalda, un escote hasta la cintura, vaya bebida o drogada y transite por un callejón oscuro. No se lo está buscando. No está pidiendo a gritos que la violen. El error está en apuntar a la víctima y no al delincuente, ese que espera agazapado a su presa, ese ser abominable que no sabe gestionar de manera adecuada su sexualidad y que ve en la minifalda, el colocón y la oscuridad una oportunidad perfecta para satisfacer sus instintos más primarios sin esperar a obtener un consentimiento explícito.  

El Consejo de Ministros aprobaba esta semana el anteproyecto de ley de libertad sexual, que básicamente trata de proteger a la mujer de tipos como esos y prevenir la violencia de género. Al margen de la polémica que ha acompañado ya de por sí a esta iniciativa legislativa, un tuit en la cuenta oficial del Ministerio de Igualdad incendió las redes y provocó un nuevo debate. Mencionaba la expresión de la discordia, “Sola y borracha quiero llegar a casa”, lo que no fue recibido muy positivamente por todo el mundo.


Creo que una cuenta institucional debe dirigirse a toda la población y no adoptar la jerga de solo una parte. Lo de emplear el argot de un colectivo concreto para sintonizar con tu público es un arma de doble filo. Como no manejes bien el soporte, puedes salir trasquilado. Es muy fácil caer en la tentación y pasarse. Con el tuit en cuestión el Ministerio de Igualdad le hace un guiño a quien abandera esa causa, un público ya convencido al que no tiene que persuadir de nada. En cambio, provoca rechazo entre aquellos a los que sí tiene que concienciar. Incluso distancia y enfría a los propios. De hecho, hay muchas mujeres feministas que entienden la expresión, pero no la corean porque les chirría. De un Gobierno que reivindica la inclusión se espera que sea inclusivo y lo demuestre también en sus redes sociales. Y para ello es fundamental que sus tuits no parezcan redactados por la persona que lleva el megáfono en una manifestación.

Por lo demás, al margen de que personalmente ese tuit me haya parecido infantil, lo que pone de relieve es la incoherencia de un Gobierno que lanza mensajes contradictorios en función del Ministerio que tuitee. Así, mientras leemos en la cuenta del Ministerio de Igualdad “Sola y borracha quiero llegar a casa”, nos encontramos al de Sanidad completamente volcado en favorecer un cambio cultural con respecto al alcohol para proteger a los menores de sus efectos nocivos.


Y es que, precisamente, ¿sabéis quienes corean ahora mucho la frase de discordia? Las crías en los institutos. Esta nueva generación feminista, que vive en la adolescencia y engulle sin digerir los planteamientos del feminismo más radical, la ha incorporado a su repertorio de reivindicaciones. Corear “Sola y borracha quiero llegar a casa” les hace sentirse muy mujeres adultas. Ellas también entienden el significado, saben leer entre líneas, solo tienen 15, 16 o 17 años, pero no son tontas. El problema es que van más allá y asumen como un derecho el consumo de alcohol. Y no lo es. La venta de alcohol a menores está prohibida por ley precisamente para evitar que criaturas en proceso de desarrollo lo consuman. Es igual. Ellos siguen bebiendo y los adultos, seguimos haciendo la vista gorda. La frasecita era lo que les faltaba para convencerles de que es normal pillarse un pedo cada fin de semana.

Tengo una hija que en poco más de un mes cumplirá los 17. Espero que nunca nadie le obligue a hacer algo que ella no desee y también que no beba alcohol cuando sale con los amigos. De hecho le pido que no lo haga. Como he pasado por ahí y sé cómo son las cosas a esa edad, le sugiero que al menos, si me va a desobedecer, lo haga con responsabilidad y le insisto en que el alcohol a su edad, cuando aún está formándose, es más perjudicial que a la mía, que ya estoy ‘deformada’. Y sobre todo, le pido que no me tengan que llamar de la comisaría porque la han encontrado tirada inconsciente en un parque, ni de ningún hospital porque la han ingresado con un coma etílico. Creo que todos hemos normalizado demasiado el consumo de alcohol en la adolescencia y el resultado suele ser bastante visible en algún parque cuando todavía no ha anochecido.

Yo quiero que mi hija llegue a casa siempre sobria. Y que si está algo achispada no venga sola, que alguien la acompañe y la proteja. No hay nada más patético que una persona borracha tambaleándose por la calle sola, sin nadie que la ayude a guardar la verticalidad, a elegir una esquina en la que potar a gusto, encontrar el camino a casa y meter la llave en la cerradura.

En cualquier caso, si os digo la verdad, no creo que las agresiones sexuales representen la mayor amenaza para las mujeres de este país. Entendedme. Los datos están ahí, sí. En 2019 se denunciaron un total de 15.338 delitos contra la libertad sexual. De ellos 1.878 fueron agresiones sexuales con penetración. Somos casi 24 millones de mujeres en este país. Las víctimas suponen un 0,06% de la población femenina. Es cierto que en estas cifras no aparecen las damnificadas por compañeros babosos cuyos comentarios provocan incomodidad, los pasajeros del transporte público que aprovechan la hora punta para rozarse accidentalmente, los transeúntes que te hacen saber lo que opinan sobre tu anatomía sin que les hayas preguntado, ni los pesados que te agobian en algún local de copas cuando sales de fiesta.

Estos desagradables incidentes forman parte del peaje que algunas han tenido que pagar por nacer hembra. Afortunadamente ahora no están tan extendidos ni generalizados. La cultura machista casposa va en declive y esos comportamientos son cada vez más residuales. Hay muchas más probabilidades de que una mujer se tope con el techo de cristal o los prejuicios sexistas, sufra la brecha salarial, le penalicen laboralmente por ser madre o deba renunciar a su sueño en este mundo para transformarse en cuidadora de un familiar dependiente. Así que, sí, la reivindicación sexual es muy razonable y oportuna. Pero no olvidemos el resto.