Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

sábado, 17 de octubre de 2020

Generación Covid

Cuando comenzaba a escribir esto, eran las once y media de la mañana de un jueves y mi hijo de 15 años seguía metido en la cama. Ese día no le tocaba clase en el instituto. Es lo que llaman semipresencialidad

Para reducir el número de alumnos por aula han dividido las clases en dos grupos, de manera que lunes, miércoles y viernes de una semana mi hijo se sienta en un pupitre del centro con la mitad de sus compañeros y a la semana siguiente hace lo propio martes y jueves. El resto de los días, teóricamente debería dar clase a distancia. O eso nos habían vendido. Pero da la casualidad de que, por pitos o por flautas, no está siendo así. 

Yo, que soy una ingenua, había creído posible que un profesor instruyera a la vez a los que se encuentran físicamente en el aula y a quienes están sentados frente a un ordenador en sus casas. Sí, eso es posible, pero en el cine o en los colegios privados. En el instituto de mis hijos, para empezar, los ordenadores no disponen ni siquiera de cámara. 

De todos modos, los responsables del IES nos han explicado que la red del centro no soportaría tantas conexiones a la vez. Así que mientras esperamos que la Comunidad de Madrid resuelva ese ‘pequeño inconveniente’, conocido hace meses, los chavales se enfrentan a la lotería de que los profesores que les han tocado en suerte tengan mayor o menor disposición a aliarse con la tecnología y volcarse con ellos. 

Por ejemplo, en el caso de mi hija, que afronta este año su último curso de instituto y la temida selectividad, ahora rebautizada como EBAU, parece que el claustro docente está más concienciado en la importancia de esta etapa. De ahí que ella sí mantenga una actividad casi normal en los días en los que a su grupo le toca quedarse en casa. Hay profesores que utilizan sus propios medios para realizar la conexión on line, incluso fuera del horario lectivo, y tiene una media de tres clases a distancia. 



He leído que la Inspección educativa en Madrid pretende supervisar cómo se está desarrollando este sistema semipresencial y me ha entrado la risa. No hay profesores y va a haber inspectores. 

Porque debo decir que, con todo, somos afortunados. Mis hijos ya tienen a todos sus profesores. Hay otros alumnos que aún no conocen a quienes les van a enseñar Lengua, Francés o Dibujo técnico porque no existen. Un mes después del comienzo de curso, aún no han llegado.
No es un caso aislado. Hace unos días me reenviaban por Whatsapp el lamento de una profesora de otro instituto del municipio donde resido. 

¿Por qué nadie habla de la falta de docentes en los centros públicos de nuestra comunidad? Un mes después del inicio de curso y aún hay grupos sin tutor o sin profesora de Matemáticas.(…)Adelanto los datos de mi centro (que es de los que mejor situación presentan): dos bajas sin cubrir desde inicio de curso y media jornada de otro docente aún sin asignar. 

Las familias se quejan a los que sí estamos presentes porque nadie ha sabido encauzar esa queja hacia las direcciones de área u otras administraciones. Pero los que vamos a trabajar a diario nos sometemos a cargas de trabajo ingentes por las guardias que hemos de cubrir y por las dificultades que supone un curso con semipresencialidad, mascarillas y alumnos o grupos completos confinados. Hemos perdido las fuerzas para batallar y quejarnos. Nos estamos, con perdón, aborregando. 

Según la Asociación de directores de institutos públicos de secundaria de Madrid, faltan 1.400 profesores (el 7,75% del total) en las plantillas de los institutos de secundaria de la Comunidad de Madrid. Y estamos hablando de profesores que tienen asignado un grupo de alumnos. Así que a esos chavales cada día se les presenta un profesor de guardia para intentar que esa hora no sea tiempo tirado a la basura, mientras a la vuelta de la esquina se aproximan los primeros exámenes. 

La Consejería de Educación admite que tiene problemas para encontrar profesores, sobre todo de algunas materias como Matemáticas, Inglés y Lengua. Se han creado más de 7.500 nuevos grupos de alumnos para ajustarse a las ratios establecidas, lo que exige contrataciones masivas en bolsas que ya están vacías, entre otras cosas porque la oferta de trabajo ha llegado demasiado tarde, cuando ya se habían adelantado a contratar otras comunidades donde, además, las condiciones salariales son más ventajosas. 

La guinda de todo este pastel la ha puesto la aprobación en el Congreso del Real Decreto que abre la posibilidad de que los alumnos pasen de curso y obtengan el título de ESO y Bachiller sin límite de suspensos y que se contrate a profesores que no tengan aún el máster que habilita para dar clase en esos niveles. 

Sinceramente, no sé cómo nos va a quedar esta generación Covid.

sábado, 19 de septiembre de 2020

No tengo ni idea de cómo se frena una pandemia

Con el comienzo del mes de septiembre, mi trabajo ha pasado a ser semipresencial, con lo que un par de veces por semana tengo que desplazarme hasta mi oficina, en plena Gran Vía de Madrid, desde la ciudad dormitorio en la que vivo a 21 kilómetros de la gran ciudad. Para llegar hasta allí utilizo el transporte público. Primero un autobús interurbano y luego el metro. 

Soy afortunada, mi entrada al trabajo no coincide con la hora punta, en la que es materialmente imposible mantener ningún tipo de distancia con nadie, así que hasta ahora estoy pudiendo evitar sentarme codo con codo con algún extraño. Sí, todos llevamos mascarilla y, por lo general, la mayoría bien puesta. Además, procuro ir con las manos limpias y echarme gel hidroalcohólico cuando termino los dos trayectos. Nunca se sabe si la barra en la que me agarro para no caer en los frenazos la ha tocado algún asintomático. Luego trato de mantener las distancias con el resto de pasajeros con los que me cruzo por los pasillos del suburbano y las aceras de la calle, pero es complicado porque no depende solo de uno. El otro día en unas escaleras mecánicas, por cada peldaño que yo bajaba para separarme de la persona que iba detrás de mí, demasiado cerca para mi gusto, ella bajaba también otro. Y así estuvimos hasta que llegamos al final. 


Cuando escucho decir que el transporte público es un lugar seguro y que hasta ahora no se ha podido documentar ningún brote asociado, no puedo evitar preguntarme cómo están tan seguros. No puedo creer que ninguno de los positivos que están aflorando como setas últimamente en Madrid no haya usado un autobús o un metro en los días previos. Me gustaría saber cómo detectan que el origen del contagio se encuentra en un lugar y no en otro. Si yo ahora diera positivo en Covid y tuviera que aportar al rastreador de turno el nombre y teléfono de las personas con quienes he tenido contacto esta semana solo sería capaz de mencionar a mis conocidos; pero imagino que todos los desconocidos que han ido conmigo en los cuatro autobuses y cuatro vagones de metro en los que he viajado deberían también ser alertados, algo materialmente inviable ni con un millón de rastreadores. 

Entre esos viajeros seguro que había alguno que reside en Usera, Puente de Vallecas, Villaverde o en cualquiera de las zonas en las que desde este lunes la Comunidad de Madrid va a restringir la movilidad. Ellos podrán seguir saliendo de su territorio confinado si van a estudiar o a trabajar. Y eso harán, porque hay personas para quienes su disyuntiva vital es Covid o hambre. 

El día que conocíamos las nuevas restricciones, la presidenta regional manifestaba su preocupación porque en Madrid 1.500 personas se habían saltado en los últimos tres días la cuarentena a la que están obligados por contagio de coronavirus o por contacto estrecho con un positivo. 

Entre esas personas imagino que hay trabajadores precarios que no pueden permitirse faltar al trabajo porque de ello depende el pan de sus hijos. Ni siquiera se atreven a plantear a su jefe la situación por miedo a que les eche. Y probablemente aciertan. No todos los empresarios acogen de buen grado las bajas inesperadas en la plantilla y menos sin que medie una enfermedad que impida trabajar. 

Quienes no guardan la cuarentena quizá no son conscientes de que ponen en riesgo al resto de la gente o, si lo son, no ven otra alternativa que arriesgarse a ser una bomba vírica. En otros casos se saltan el protocolo sanitario por puro desconocimiento. Por no hablar de que muchos de ellos puede que vivan en casas pequeñas con hijos, parejas, padres, en un espacio reducido donde resulta imposible mantener un aislamiento preventivo del resto de los convivientes. 

La cifra de 1.500 ‘irresponsables’ que mencionaba la presidenta regional puede ser solo la punta del iceberg, porque no hay rastreadores suficientes como para controlar que todos y cada uno de los ‘cuarentenados’ están cumpliendo. 

No tengo ni idea de cómo se frena una pandemia. Para eso están los expertos epidemiólogos. Yo solo sé mirar y hacerme preguntas.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Yo sí habría reconocido a Mercedes Ferrer

La cadena de televisión Antena 3 acaba de estrenar una nueva temporada del concurso de talentos La Voz. En el primer programa tenían preparado todo un sorpresón. Se presentaba como candidata en las audiciones a ciegas Mercedes Ferrer, una de las principales rockeras que ha dado este país, creo yo, junto con Luz Casal, Aurora Beltrán y Christina Rosenvinge. Una compositora cultivada -estudió en la Sorbona-, con amplia experiencia sobre los escenarios y una dilatada carrera que comenzó allá por mediados de los años 80, en plena Movida Madrileña. Figura relevante del panorama musical no solo en este país, sino también en Latinoamérica, llegó a codearse con Yoko Ono en Nueva York, telonear a The Cure y o colaborar con Nacho Cano y Bumbury. 



Puede que los menores de 30 años con pocas inquietudes artísticas no sepan quién es Mercedes Ferrer, vale. Pero por encima de esa edad, cualquiera mínimamente entendido en música y con dos oídos sabría de quién estamos hablando, le resultaría familiar su nombre o, al menos, le sonaría su inconfundible voz. 

Así que, cuando Mercedes salió al escenario y se puso a cantar ‘Vivimos siempre juntos’, una de las canciones más conocidas que ha interpretado a lo largo de su carrera, y vi que los tres coaches, Antonio Orozco, Pablo López y Alejandro Sanz, eran incapaces de reconocerla, aluciné. Pero cuando ya ni siquiera se dieron la vuelta, sentí un desgarro. Laura Pausini tiene justificación porque en la época de La Movida Madrileña todavía una cría que vivía en un pueblo italiano.


No lo vi en directo. Casi mejor, así el episodio no me pilló tan por sorpresa cuando recuperé la grabación para comprobar con mis propios ojos lo que había sucedido. Sanz, López y Orozco no se volvieron porque pensaban que la concursante estaba imitando demasiado a la artista real. “Sonaba igual que la voz original”, le dijeron después. Claro, como que era la voz original. Pero ninguno mencionó el nombre de la artista, probablemente porque ni se acordaban de cómo se llamaba aquella colega que cantaba la canción de Nacho Cano. 

Me dio por pensar que probablemente ni Mick Jagger pasaría la criba de las audiciones a ciegas. Porque ¿qué criterio mueve a los coaches de este programa a escoger a uno u otro participante? Que no esté inventado, es decir, que suene distinto, único y genuino, parece. Al final todo se reduce a una cuestión de piel. En Twitter un compositor lograba condensar en su mensaje algo de lo que me bullía a mí por dentro.

Una vez superado levemente el cabreo inicial, me surgió otra duda: ¿Por qué una mujer como Mercedes Ferrer pasa por esto? Imagino que las cosas están difíciles a todos los niveles, mucho más en el sector musical. Por lo que veo, su penúltimo disco, C+V, lo publicó en 2018 gracias a una campaña de micromecenazgo y este año ha sacado el álbum Tiempo Real 2020, que incluye 14 canciones remasterizadas. Por cierto, lo he estado escuchando y merece mucho la pena. Lo tenéis a 6 euros en versión digital a través de su web. 

Viendo que la grabación del programa se realizó antes de la pandemia, Mercedes quizá simplemente se lo planteó como un desafío, una manera de ponerse a prueba, un divertimento que también podía servir para darse a conocer ante otro público que está fuera de los circuitos tradicionales en los que ella se mueve. 

Como a todo hay que tratar de buscarle el lado positivo, me voy a quedar con eso. Sí, lo bueno de este episodio en La Voz es que quizá haya gente que ha descubierto ahora a Mercedes Ferrer o que está aprovechando para 'revisitarla', como yo, que mientras escribo esto suenan de fondo todas las canciones que hay de ella en el bendito Spotify.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Verti me ha hecho sentirme como Messi

Nuestro seguro del coche caduca el próximo día 18 de septiembre. Ya sabéis cómo funciona esto. Si no te manifiestas, automáticamente el seguro se renueva otro año y te cargan el importe de la póliza correspondiente al nuevo periodo anual. Es decir, que pagas por adelantado. 

Previamente, dos meses antes de su vencimiento, las compañías están obligadas a notificar a sus clientes la próxima finalización del contrato y si hay alguna modificación, por ejemplo, el clásico ajuste de la cuota. De este modo, los clientes pueden decidir si quieren o no mantener un año más la relación contractual con esa aseguradora, e incluso si desena ampliar o reducir las coberturas.

 

Nuestra aseguradora durante seis años, Verti, nos envió una comunicación el pasado 22 de agosto -anotad bien la fecha- en la que nos informaba sobre el nuevo precio de la póliza. El incremento de la prima no nos convenció, así que decidimos buscar una alternativa. Miramos en el mercado qué opciones había y elegimos la que consideramos más ajustada.

 

Dada la fecha en la que Verti nos contactó, dimos por hecho que no habría ningún inconveniente en comunicarle con quince días de antelación que nos dábamos de baja. Pero resulta que la Ley de Contrato de Seguro establece que sea un mes antes. Y es curioso, porque un mes antes todavía no sabíamos que nos iban a subir el precio. Quiero decir que no parece muy razonable que comuniques a tu cliente un cambio en las condiciones de su póliza no ya en un plazo inferior al que establece la legislación -dos meses-, sino cuando el tomador del seguro ya no tiene capacidad de reacción o negociación.

 

Lo entendéis, ¿verdad? Pues los sucesivos empleados de Verti que nos han atendido no parecen captarlo. Son como androides programados para soltar una lección aprendida de memoria: como hemos avisado de la no renovación fuera de plazo, se nos cargará la cuota anual en la fecha acordada. Por narices tenemos que seguir unidos a ellos por contrato un año más. Les explicamos que no queremos ser clientes a la fuerza, pero les entra por un oído y les sale por otro. Nos revolvemos y les hacemos ver que como estrategia de marketing resulta un poco fallida, que a día de hoy agarrar por los huevos al asegurado para que no se vaya no es la mejor manera de fidelizar, pero ellos no se salen de la linde.

 

Al principio yo casi estaba dispuesta a rendirme y claudicar, seguir con esta aseguradora y anular el preacuerdo con la nueva compañía que me ofrecía condiciones más ventajosas. Pero ahora, analizándolo fríamente, he llegado a la conclusión de que no quiero tener ninguna vinculación con una empresa que no cumple las normas, pero se remite a ellas cuando le benefician, en una particular ley del embudo en la que, por supuesto, se queda con la parte ancha y deja para el cliente la estrecha.

 

En fin, que devolveremos el cargo del recibo y nos arriesgaremos a que nos metan en una lista de morosos o que nos lo reclamen por la vía judicial. Estoy deseando explicarle a cualquier juez que si nosotros no hemos cumplido, Verti tampoco. Y a la ley me remito: artículo 22 de la Ley 50/1980, de 8 de octubre, de Contrato de Seguro.

 

        2. Las partes pueden oponerse a la prórroga del contrato mediante una notificación escrita a la otra         parte, efectuada con un plazo de, al menos, un mes de anticipación a la conclusión del período del             seguro en curso cuando quien se oponga a la prórroga sea el tomador, y de dos meses cuando sea el         asegurador.

 

        3. El asegurador deberá comunicar al tomador, al menos con dos meses de antelación a la conclusión         del período en curso, cualquier modificación del contrato de seguro.

 

Nosotros no vamos a evitar los tribunales como Messi, al que, por cierto, durante estos días he llegado a entender perfectamente. Sé cómo debe sentirse y por lo que está pasando, salvando las distancias, claro. La primera y fundamental diferencia no son los euros, sino el hecho de que él ama al FC Barcelona, sentimiento que evidentemente no compartimos nosotros por Verti.


Imagen de emilionav en Pixabay 

Me parece una estupidez intentar obligar a alguien a seguir a tu lado a sabiendas de que no quiere. Siempre me han dado mucha lástima esas personas que se resisten a dejar marchar a sus parejas cuando estas ya no quieren continuar con la relación y les suplican que no se vayan. Yo no obligaría a nadie a estar conmigo si no lo desea. No hay nada más patético.

 

Imaginad qué situación más incómoda le espera esta temporada al astro argentino y al resto de la plantilla. Porque él parece demasiado buena persona como para urdir planes maquiavélicos, pero otro en su pellejo quizá estaría tentado de boicotear el normal funcionamiento del equipo. Como cualquiera en nuestro lugar podría plantearse mantener la forzada relación contractual con Verti y liarse a dar partes. No es el caso. Nosotros preferimos cambiarnos ya al Manchester City, no esperar al próximo verano, y ya veremos si al final terminamos pagando la cláusula, que en nuestro caso significaría tener suscritas dos pólizas de seguros por un mismo coche. Ya os contaré.

 

 

 

 

miércoles, 5 de agosto de 2020

Amor de madre

Aviso que lo que vais a leer a continuación son problemas del primer mundo. Quiero decir que, aunque lo cuente con un punto de melodrama, no deja de ser una batallita de madre intensa que trata de lidiar con su prole adolescente.

 

Hace poco mi hijo de 15 años nos anunció su deseo de hacerse un tatuaje. No es algo que esté planeando a largo plazo. Le gustaría hacerlo, como muy tarde, cuando cumpla los 16, que es la edad legal a la que ya podría presentarse en el taller de un tatuador y marcarse la piel de por vida, eso sí, con el consentimiento de sus progenitores.

 

Para empezar, no tengo nada en contra de los tatuajes. No penséis que soy una carca que los asocia a un “Amor de madre” en el pecho o el bíceps de marineros o presidiarios, por favor. Yo no me he hecho ninguno porque prefiero ver de lejos las agujas y soy poco masoquista. Lo de sufrir voluntariamente no va conmigo. Que una aguja vaya perforándome la piel mientras me inyecta tinta en cada agujero, como que no me pone. Pero allá cada uno. Admito que, desde el punto de vista estético, algunos me parecen auténticas obras de arte en el cuerpo de los demás, aunque me saturan los que ocupan amplias extensiones de piel.


Fotograma de reportaje emitido en La Sexta


Le he dicho a mi hijo que espere a los 18 años para hacerse lo que quiera y que, por supuesto, se lo pague él. No estoy dispuesta a financiárselo. Pero no me entiende. Y me enseña fotos y vídeos de amigos que -dice- ya están tatuados. ¿De verdad hay padres que dejan tatuarse a sus hijos menores de edad? No solo eso. En el último intento que ha hecho para convencerme, me ha contado que la familia de su mejor amigo, en una especie de gesto de hermanamiento o más bien diría en un arrebato de exaltación de los vínculos familiares, ha decidido tatuarse el mismo motivo. Padres e hijos, el pequeño de 15 años, han consensuado el dibujo y ya solo queda cerrar día y hora para compartir algo más que los rasgos genéticos o el libro de familia. Cuando he escuchado la historia me ha venido a la mente un rebaño de reses luciendo la marca que les practican con hierro candente para identificar la ganadería.

 

No lo entiendo. Me confiesa una madre que su hija con 16 se hizo uno y se lo ocultó. Era invierno y las mangas largas propiciaron que tardara semanas en detectarlo. Cuando lo vio, pensó que era una calcomanía, pero al comprobar que seguía en el brazo de su hija días después, ya se decidió a preguntar. Así fue cómo se enteró de que la niña había falsificado una denuncia de robo del DNI donde figuraba que era mayor de edad, así no precisaba de la autorización materna para que el tatuador estampara el dibujo de una flor sobre su piel. La niña ni siquiera llegó a preguntar a sus padres si le dejaban, dio por hecho que no les iba a gustar la idea y prefirió tomar la iniciativa. Ahora tiene dos tatuajes más en otras partes de su cuerpo, estos ya realizados de ‘manera legal’, con la autorización firmada por la madre, que asumió que la hija iba a hacerlo con o sin su colaboración.

 

A veces, cuando escucho este tipo de historias, me planteo si no estaré extralimitándome como madre. Me lo suelo preguntar también cuando mi polluelo me reprocha que no le deje hacer cosas que los padres de sus amigos sí les permiten. Por ejemplo, llegar a casa a las dos de la madrugada. Lo siento, pero a mí no me parecen horas para un quinceañero, sobre todo cuando no hay ningún evento o justificación para trasnochar, mucho menos ahora, con el coronavirus al acecho. El mayor exceso que hago es marcar la medianoche como límite, una hora que siempre suele llevar añadido un margen de 30 minutos extra como resultado de las intensas negociaciones. A mi hijo se le daría de miedo lo del regateo en un mercado persa. Puede llegar a ser tan insistente que muchas veces terminas tirando la toalla y dejándole ganar el pulso simplemente por dejar de escucharle. Por pesado, vaya.

 

A veces el muy mamón me hace reflexionar. En particular cuando, como si estuviéramos en la típica película americana de juicios, cuestiona la distinta manera en que afronto estos asuntos en función de quién los plantea. Y me recuerda que a su hermana le he permitido perforarse las orejas ya en dos ocasiones desde los 14 años. Sí, mea culpa. Así que mientras me deja meditar sobre el tatuaje, ha empezado a darme la turra con que también quiere ponerse un pendiente, igual que su hermana. En esta lucha tengo claro que no voy a desgastarme porque llevo las de perder. Como con los cortes de pelo. Este es el último.



Pero volviendo al tema que nos ocupa y por rematar, me gustaría que entendierais que la principal razón por la que me resisto a permitirle tatuarse es su volubilidad. Mi hijo está en una edad en la que lo que adora un día lo detesta al día siguiente. No sé si es la edad o su carácter. La verdad es que desde que llegó a este mundo se ha caracterizado por cambiar de opinión con frecuencia cuando se trata de sus caprichos. Ha sido del Atleti, del Barça y del Madrid en tres temporadas seguidas. En busca de su deporte favorito, ha practicado natación, tenis, karate, fútbol y baloncesto. Y todo se le daba bien al pedazo de capullo.  La camiseta que no se quitaba ni para dormir ha terminado en el contenedor de la ropa usada después de tacharla de su ‘fondo de armario’, y su bañador favorito ya no quiere verlo ni en pintura porque no conjunta con ninguna de sus camisetas.

 

¿Entendéis ahora mis reservas sobre su deseo de hacerse un tatuaje? Prefiero que tenga edad para tomar esa decisión con todas las consecuencias y que, si se arrepiente de ella en algún momento de su vida, no me eche la culpa y me acuse de ser mala madre por haberle dado todos los caprichos. Hasta ahí podíamos llegar.