Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

sábado, 10 de abril de 2021

Hoy me voy a desahogar

Voy a contaros un hecho surrealista que en el momento de escribir esto aún no está resuelto. Guarda relación con los sinsentidos de la pandemia y, por lo que parece, es el resultado de un cúmulo de malentendidos o una serie de catastróficas desdichas. 
 
Desde Navidad el cierre perimetral permanente de Castilla y León nos ha impedido viajar con regularidad hasta Toro, nuestro pueblo, donde conservamos una casa familiar antigua -en la que yo nací- y un piso en el que vive mi madre de 86 años. Hasta antes de la pandemia, ella pasaba la mayor parte del año en el piso, mejor acondicionado para el frío, y los meses de verano se mudaba a la casa, más céntrica. Cuando sus familiares la visitábamos, nos alojábamos en uno u otro lugar, en función de la disponibilidad. 

El confinamiento pilló a mi madre en el piso y ya no se trasladó en verano a la casa. La situación sanitaria tampoco aconsejaba muchos movimientos, por lo que las visitas que realizamos nosotros fueron breves y la vivienda antigua se utilizó lo imprescindible. A pesar de ello, estaba perfectamente habitable, con todos los servicios, las facturas pagadas y los impuestos al día. De ello se encarga puntualmente mi santa madre. 
 
El caso es que hace unas semanas el Ayuntamiento de Toro decidió iniciar unas obras para sustituir las tuberías de abastecimiento de agua y saneamiento y renovar la calzada en una calle delante de la casa. Fue noticia incluso en la prensa el hallazgo de un pavimento antiguo durante el desarrollo de los trabajos. 

A mi madre, que estaba al tanto de la obra, lo que más le preocupaba es que las vibraciones provocadas por los taladros que se suelen emplear para agujerear el suelo pudieran afectar a la casa, que debe andar por los cien años. Pero, dado lo impracticable de la zona, acotada por la obra, unido a que la pobre mujer anda fastidiada de una pierna y que no está para muchas gestiones, prefirió no acercarse a la casa, no fuera a tentar a la mala suerte. En vez de eso, decidió encomendarse al altísimo y confiar en que los operarios, jefes de obra, ingenieros, arquitectos y demás responsables municipales sabrían lo que hacían. 



Resulta que, casualidades de la vida, a mi madre la citaron para vacunarse contra el Covid. Así que una de mis hermanas se trasladó hasta Toro para acompañarla ante posibles reacciones adversas o efectos secundarios. Por cierto, viajó con una declaración jurada en la que explicaba que se saltaba el cierre perimetral por motivos humanitarios, porque no fuimos capaces de conseguir ningún otro documento oficial que sirviera como salvoconducto para casos como este. Todavía estoy esperando que el Ayuntamiento me haga llegar un volante de empadronamiento de mi madre que solicité en la sede electrónica hace mes y medio. Pero eso da para otro post. Volvamos a donde nos habíamos quedado. 

Ya que estaba allí, mi hermana decidió dar una vuelta por la casa para ver en qué estado se encontraba. Así fue como, al abrir un grifo, descubrió que no había agua. En un primer momento, pensó que el último de la familia en pasar por allí habría cerrado la llave de paso. Pero no. Ahí comenzó toda una peripecia animada con llamadas y búsquedas infructuosas de jefes de obra, operarios del agua y demás responsables municipales que la ha obligado a alargar su estancia en Toro a cuenta de sus días de asuntos propios hasta resolver el misterio. 
 
Y el misterio no es otro que los operarios de la empresa que están realizando los trabajos no han conectado el agua a la casa porque no sabían por dónde. Vamos, que no encontraban la tubería en la que debía ir la acometida de la general. Por lo visto alguien debió comentarles que en esa casa no vivía nadie y decidieron no tomarse más molestias y, alegremente, dejarla sin servicio. De modo que, no me preguntéis cómo porque sigo sin entenderlo, han cambiado las canalizaciones generales sin enganchar el suministro a la casa. 

Vale que algún lumbreras tuviera esa feliz idea, pero, ¿cómo es posible que algo tan relevante dependa de una ocurrencia? Voy más allá. ¿Cómo es posible que, habiendo tantas cabezas implicadas, desde el responsable de la obra hasta la propia concejala, ninguno estuviera al tanto e impidiera esa decisión? 

Si la solución pasaba por entrar en la casa, habría sido tan fácil como localizar a su dueño, algo sencillo, mucho más en un pueblo como este que no alcanza ni los 9.000 habitantes y todo el mundo se conoce. Resulta todavía más inexplicable si tenemos en cuenta que la vivienda no está abandonada, como bien debería saber Acciona, que cobra religiosamente la factura del agua, y el Ayuntamiento, con quien el inmueble está al corriente de pago en todos los impuestos y tasas municipales. En ambos casos disponen de un teléfono de contacto del cliente/contribuyente que podían haber marcado ante la duda. 

Lo más divertido es que como tuvimos la mala suerte de descubrir la 'atrocidad' un viernes por la mañana y esto de dejar una vivienda sin suministro de agua no lo consideran una emergencia, máxime si está vacía, emplazaron al lunes a mi hermana para solucionar el problema. Me pregunto qué pasaría si, por ejemplo, hubiéramos alquilado la casa y los inquilinos hubieran previsto entrar justo ese día. ¿Seguiría sin ser una urgencia? 

En fin, que habrá que esperar al lunes y confiar en que los trabajadores de Acciona, la empresa responsable de la gestión del agua en Toro, vuelvan al tajo y puedan encargarse de habilitar la acometida de la tubería que, por complicar un poco más la cosa, resulta que es de plomo, por lo que habrá que cambiarla a PVC. 

Concluyo. Resulta que obedecemos las órdenes gubernamentales, respetamos los cierres perimetrales, no nos trasladamos ni siquiera a ver a nuestra madre por ser ciudadanos responsables, y con nuestro comportamiento ejemplar lo que conseguimos es que alguien piense que hemos abandonado una casa y que no tenemos derecho a beneficiarnos de las mejoras en el saneamiento de un pueblo donde, por cierto, la titular del inmueble paga sus impuestos. Pa’ mear y no echar gota.

domingo, 7 de marzo de 2021

O jugamos todos o pinchamos la pelota

Vaya por delante que no está el horno para bollos. Ahora que parece que remontamos frente al Covid, no es momento de tirar todo por la borda aglomerándonos en manifestaciones el 8M. Las mujeres que defendemos la igualdad tenemos un montón de maneras alternativas de celebrar esta fecha y reivindicar lo que queda por hacer. Desde enfundarnos la camiseta morada y pasearla todo el día allá por donde vayamos, hasta utilizar nuestras ventanas, virtuales y reales, para recordarles a todos que somos esa otra mitad de la población sin la que el mundo no funciona. 

Yo había descartado por completo asistir a una manifestación organizada por el Día Internacional de la Mujer. Y como yo, estoy convencida de que muchas más, por simple responsabilidad individual. Pero ni a esta movilización ni a otra. Puntualizado esto, también os digo que seríamos perfectamente capaces de mantener las mínimas medidas de seguridad si asistiéramos a cualquier acto conmemorativo de esta fecha al aire libre. Así que no entiendo por qué hay que prohibir las múltiples concentraciones populares de menos de 500 personas que se habían convocado en Madrid con motivo de este día, alguna de ellas incluso en una plaza acotada y con todas las medidas de seguridad. 

Pixabay

Solo espero que esta decisión de la Delegación del Gobierno, avalada por la Justicia, siente precedente y en adelante no se autoricen tampoco protestas de otro signo. De lo contrario, resultaría difícil de entender. Como decía aquel, o jugamos todos o pinchamos la pelota. 

Comprendo el desconcierto y el malestar de muchas mujeres ante esta decisión. Si no recuerdo mal, en lo que va de año hemos visto manifestarse en Madrid a hosteleros, trabajadores afectados por ERTE, negacionistas, neonazis, riders, pensionistas, contrarios al encarcelamiento de Hasel, defensores de la sanidad pública y algunos más que me dejo para no resultar pesada. La mayoría de estas convocatorias han sido autorizadas y eso que, en ciertos casos, su propio leitmotiv no era otro que cuestionar las normas sanitarias. 
 
No es necesario buscar movilizaciones reivindicativas. Basta con salir a la calle para encontrar concentraciones incompatibles con la salud pública. Hace dos días, primer viernes de marzo, en los aledaños de la Basílica del Cristo de Medinaceli en Madrid se formaron largas colas de fieles esperando a entrar en el recinto, pese a que el besapiés y demás celebraciones estaban suspendidas por el coronavirus. Pero "la tradición es la tradición", alegaban.

También había colas en otra puerta, la del Teatro Barceló, donde se agolpaban los chavales para entrar a una sesión de discoteca sin discoteca. No hay que ir muy lejos de allí para encontrarse también un gentío en fiestas y zonas de bares y terrazas. 

Por no centrarme solo en el ocio, mezclarse con el populacho a hora punta en andenes de Metro y estaciones de Cercanías para ir a trabajar parece también un ejercicio poco saludable, pero no queda otra. 
 
Ayer mismo, los exámenes de acceso a la escala básica de la Policía Nacional, aplazados por la pandemia, congregaron en el interior de un pabellón de Ifema en Madrid a 3.800 opositores

Sin embargo, anoche se celebró la gala de los Goya, con los candidatos desde su casa y un show reducido a la pareja de presentadores acompañados por un puñado de entregadores de premios alejadísimos entre sí. Por cierto, este año el 41% de los nominados a los Goya han sido mujeres. Todo un récord. Y por primera vez una mujer ha ganado en la categoría de mejor Dirección de Fotografía. No se me ocurre mejor manera de celebrar el 8M. Y esa no hay quien la prohíba.

sábado, 27 de febrero de 2021

Qué importa lo que diga Victoria Abril sobre la pandemia

Me impactó su Gloria en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de un debutante Agustín Díaz Yanes. Sufrí con su Marina en Átame, de Pedro Almodóvar. Odié a su Luisa en Amantes, de Vicente Aranda. Y me sedujo su Miranda de Entre las piernas, de Manuel Gómez Pereira. 

Victoria Abril nos ha regalado fabulosos momentos como actriz. Era y es una de las grandes y, por lo que dicen en la industria del cine, muy profesional en su campo. Se merece todos y cada uno de los premios que le han concedido por su carrera cinematográfica. También el Feroz de Honor que va a recibir el martes en la gala de estos premios que concede la Asociación de Informadores Cinematográficos de España.

La actriz se ha ganado a pulso todo el reconocimiento de los críticos, el público y la profesión. Aunque luego en las entrevistas y en los discursos deje brotar la mala leche que lleva dentro. No creo que sus salidas de tiesto le pillen a nadie por sorpresa. Fuera del set de rodaje y de la pantalla grande, Victoria Mérida Rojas siempre ha tenido un carácter muy particular. Impertinente, marisabidilla, por no decir sobrada, antipática, borde, maleducada, visceral, excéntrica, insoportable… Todos estos calificativos encajan con la mujer que proyecta cuando no está representando ningún personaje. Y a esa lista hay que añadirle ahora el de ‘cuñada’ negacionista. Bueno, nadie es perfecto y cada uno tiene lo suyo.

A mí no me ha escandalizado lo que ha dicho Victoria Abril sobre la pandemia. Ese discurso no es nuevo. Lo comparten muchos otros ciudadanos que cuestionan la Covid-19, las medidas sanitarias, las vacunas exprés y las restricciones adoptadas para combatir el virus. La diferencia es que esos ciudadanos anónimos no tienen unos preciosos minutos de atención mediática para esparcir sus teorías sin fundamento. Pero ni ellos ni la actriz tienen ninguna autoridad como líderes de opinión en esa materia específica. El problema es que alguien pueda adoptar como propias esas ideas tan descabelladas y dar crédito a quien las verbaliza por el simple hecho de ser un personaje popular

Que conste que defiendo el derecho de Victoria Abril y cualquier otra celebridad a hablar y opinar sobre lo que le dé la gana, aunque no tenga que ver con su oficio. Igual que hacemos el resto. Si no, la vida sería un aburrimiento y los temas de conversación se nos acabarían pronto. 

Afortunadamente vivimos en un país donde hay libertad de expresión, así que todos opinamos sobre todo y creemos entender de todo. De fútbol, de política, de música, de educación, de salud o de la pandemia. Pero asumamos, eso sí, que cuando se trata de materias sensibles que no dominamos y en las que hablamos de oídas, nuestro punto de vista importa lo mismo que el de Victoria Abril. Es decir, una mierda. 

Dejadme acabar con alguien que explica todo esto mucho mejor que yo: el entrenador de fútbol alemán Jürgen Klopp. Al comienzo de la pandemia en Europa, allá por marzo de 2020, le preguntaban en una rueda de prensa si estaba preocupado por el coronavirus y él respondía así.

   

La opinión de Jürgen Klopp sobre el coronavirus no es relevante. Ni la de Victoria Abril. Ni la mía. Lo que de verdad importa es lo que tengan que decir quienes tienen en su mano la solución a esta crisis sanitaria. No le demos ya más vueltas. 

sábado, 20 de febrero de 2021

Resistir hasta que se cansen

He visto un vídeo de Betevé, el canal de televisión de Barcelona, que refleja muy gráficamente el momento que vivimos y que incluso podría ser interpretado como una metáfora de por dónde podría pasar la solución a la violencia en las calles

En la imagen aparecen varios de los alborotadores de estas guerrillas urbanas que durante las últimas noches han provocados disturbios en distintos puntos del país tras la entrada en prisión del rapero Pablo Hasel. Están en una calle de la capital catalana e intentan sin éxito derribar una jardinera. Por mucho que la zarandean, en solitario o en equipo, la jardinera se mantiene anclada al suelo y no hay quien la tumbe. 

El vídeo dura 35 segundos e ignoro si el intento desesperado por destrozar ese elemento es previo al momento en que alguien le dio a grabar, aunque sospecho que no. Estoy convencida de que los chavales fueron incapaces de llegar siquiera al minuto de empeño, una actitud muy a tono con la vida actual, donde impera la filosofía de la inmediatez, el deseo satisfecho al instante, el “lo veo, lo quiero”. Cualquier cosa que implique un esfuerzo extra, una dedicación, un sacrificio o un proceso lento, se desecha, deja de ser interesante, no merece la pena perder el tiempo en ella. 

No he podido evitar fijarme en el gesto final de uno de los derrotados por la jardinera. Ese que se rendía ante la evidencia de que aquel elemento del mobiliario urbano estaba más enraizado en la ciudad que él mismo, pero evitaba asumir su suspenso en 1º de Vandalismo. Y me ha dado por pensar que quizá ahí está la clave. La democracia sería esa jardinera. Si está bien anclada, soportará cualquier embestida. El resto es resistir y esperar a que los que la atacan se cansen. 

Imagen de Pablo Hasel en uno de sus vídeos

Por cierto, yo tampoco creo que Pablo Hasel deba estar en prisión, por muchas barbaridades que diga en sus rapeos, tuits y entrevistas. En alguna ocasión he hablado en este blog sobre las canciones que sonaban en los bares de mi pueblo allá por los años 80, que coreábamos y bailábamos a pesar de lo delirante de sus letras. Que yo recuerde, ninguna de las bandas de rock radical vasco que firmaban esos temas, desde La Polla Records a Eskorbuto o Kortatu, terminaron en un proceso judicial ni esas letras nos incitaron a cometer ningún delito. 

Otra cosa es que después de enaltecer el terrorismo y sembrar odio, Hasel haya reincidido y desafiado al Código Penal rociando de lejía a un periodista y amenazando a un testigo. Debería entender que la violencia ni sale gratis ni es la solución, por muy amargado y frustrado que esté. Lo único que ha ganado, eso sí, es que ahora su nombre suene más de lo que han sonado y sonarán nunca sus canciones. 

Aún así, defiendo el derecho de los que no piensan como yo, porque no se han informado o porque les pierde la pasión antisistema, a salir a manifestarse y exigir que dejen libre a Hasel. Ahora, también espero que sean conscientes de que insultar, escupir y arrojar botellas a los policías que vigilan las protestas dista bastante de considerarse defensa propia. Las ideas tampoco se defienden quemando contenedores, reventando lunas, saqueando comercios o atizándole a un ‘madero’ con un adoquín. Más bien se desinflan.

Imagino que algunos pueden sentirse tentados de aprovechar el barullo para comprobar si la descarga de adrenalina que experimentan con los videojuegos en su habitación es similar a la lucha real en la calle. Si lo hacen, habrán cruzado la línea entre la realidad y la ficción. Pasarán al lado oscuro de verdad y se arriesgarán a ser detenidos y acabar mal. No podrán alegar que ejercían su libertad de expresión. Ese derecho no se ejerce lanzando piedras, sino argumentos.

sábado, 30 de enero de 2021

No contéis conmigo para lapidar al Rubius

No conozco a nadie que disfrute pagando impuestos. ¿Os imagináis a alguien sucumbiendo a la arrebatadora excitación de ver entre los movimientos de su cuenta bancaria, por ejemplo, el cargo del IBI? ¿O a un contribuyente eligiendo la opción menos favorable de su declaración de la renta porque le pone cachondo? No digo que no exista, que de todo hay, pero no suele ser frecuente en este país donde todavía te preguntan eso de “¿La factura con IVA?”. 

Aunque soy muy de soñar despierta, me reconozco incapaz de imaginarme ganando un sueldo de 6.000 euros al mes. Tampoco me arriesgo a afirmar con rotundidad si, en ese hipotético y más que improbable caso, me molestaría que la Agencia Tributaria se quedara la mitad. Supongo que sí, como a cualquiera, aunque esté claro que con 3.000 euros tendría más que suficiente para mantener mi austero estilo de vida en pandemia. La única certeza que atesoro es que esta circunstancia concreta no me empujaría a emigrar. Debería haber algo de más peso que solo la posibilidad de duplicar el saldo de mi tarjeta oro para hacerme abandonar el lugar donde tengo mi vida. 

El caso es que no queda otra que pagar. El argumento siempre es el mismo: "Hacienda somos todos" y cada uno tenemos que aportar en función de nuestros ingresos para sostener el país, construir infraestructuras o costear servicios para el ciudadano, como la sanidad y la educación públicas. Al final, vendido así, parece que recibimos más de lo que damos. 

A pesar de todo, no seré yo quien critique al Rubius. En mi modesta opinión, el único error que ha cometido ha sido contar que se iba a mudar a Andorra. ¿Qué necesidad había de desvelar públicamente sus intenciones? ¿Es que va a cambiar algo el contenido que ofrece a través de Youtube o Twitch? No. Sus seguidores van a seguir viendo sus vídeos o directos, y la escenografía seguirá siendo la misma, una habitación que podría estar en Madrid, Oslo, Andorra o Castelflorite

Si hubiera omitido ese pequeño detalle que pertenece a su vida privada y es totalmente legal, por cierto, ahora no estaría siendo objeto de un desproporcionado linchamiento público, ni se habría orquestado esta operación de acoso y derribo, por otra parte, muy de este país. 


Qué queréis que os diga. El youtuber está en su derecho de cambiar su país de residencia por el motivo que considere. Por estar más cerca de sus colegas, buscar tranquilidad, conseguir mejores condiciones de vida o pagar menos impuestos. Faltaría más. Lo mismo que han emigrado a otros países un montón de jóvenes sobradamente preparados en busca de una oportunidad laboral que no encontraban aquí. Os recuerdo que España tiene un 40% de paro juvenil, casi triplica la media europea. 

Los que salimos perdiendo con la marcha de todos ellos, también del Rubius, somos el resto, los que nos quedamos. España no se puede permitir el lujo de dejar escapar el talento, en el campo que sea, porque es un activo para el país. Y sí, aunque a algunos os caigan como una patada en el estómago, más por envidia que por otra cosa, y otros no entendáis este fenómeno, lo único cierto es que cuantos más youtubers multimillonarios tengamos cotizando en el país, mayores ingresos reportarán a las arcas públicas. Y eso es riqueza para todos

A lo mejor lo que había que plantearse es cómo podemos retener al Rubius y al resto de jóvenes youtubers que han cambiado España por Andorra. Y también cómo conseguir que regresen todos los jóvenes sanitarios, ingenieros e investigadores españoles que un día dejaron este país en busca de una oportunidad y se han asentado en Reino Unido, Alemania, Francia o EEUU, donde sí les ofrecieron un presente y un futuro. Ahora los necesitamos a todos más que nunca.