Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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jueves, 7 de marzo de 2019

El feminismo, a mi entender

Cada año, cuando llega el 8 de marzo, presenciamos el lamentable espectáculo de ver cómo se instrumentaliza este día y se le inyecta una carga ideológica que traspasa la mera denuncia de la discriminación femenina. Inevitablemente unos y otros se lanzan al barro en una lucha por apropiarse del término feminismo y darle el significado que a cada cual le conviene. Y no lo entiendo. Yo diría que no hay nada que discutir porque, en mi modesta opinión, no hay posibilidad de equívoco.

Vayamos por partes y empecemos por el principio. Feminismo no es lo contrario de machismo. No son palabras antónimas ni, por supuesto, ideas antagónicas. A ver si nos queda claro. El feminismo es el movimiento que reivindica que las mujeres dejemos de estar subordinadas a los hombres y podamos aspirar a lo mismo que ellos. Es decir, el feminismo lucha por lograr para toda la población la igualdad de derechos y oportunidades que tradicionalmente han estado reservados solo para ellos. El machismo, en cambio, defiende los roles de género establecidos y sostiene que el hombre es, por naturaleza, superior a la mujer. Eso nos deja a nosotras como seres inferiores que necesitamos tutela, permiso u orientación masculina para hacer cualquier cosa en la vida. Por eso el machista se rebela contra la feminista, porque ve amenazada su privilegiada situación. No se da cuenta de que la cuestión no es bajarle del pedestal, sino hacerle entender que hay espacio allá arriba para compartirlo con ella.

Dicho todo esto, el feminismo no es solo cosa de mujeres. Los hombres también pueden ser feministas, por mucho que el nuevo feminismo les niegue ese derecho. Cualquier ser humano que defienda la igualdad de derechos y oportunidades, independientemente del género, para mí es feminista. Por tanto, las mujeres feministas no estamos en ninguna cruzada contra el género masculino en general, simplemente tratamos de combatir las actitudes machistas, vengan de donde vengan.

Tampoco el machismo es coto privado de ellos. Parece mentira, pero hay mujeres machistas. Conozco a algunas. Suelen negar que exista de discriminación y declararse femeninas, no feministas. Ven lógico estar a la sombra del varón y ese es el lugar donde se sienten cómodas, esa es su zona de confort. Les gusta que un hombre las corteje, les abra la puerta, les retire la silla, las piropee, las proteja, las controle, se ponga celoso si otro hombre les presta atención, etc… Es su decisión. Y como tengo por costumbre respetar a todo el mundo, la respeto, como espero que ellas respeten también mi postura.

Este año la huelga del 8 de marzo tienen un componente curioso. Una podría preguntarse contra quién se para, contra quién se reivindica, contra quién se protesta. Normalmente las huelgas generales son contra el Gobierno, pero ¿qué pasa cuando el propio gobierno, más que paritario y empeñado en legislar para mejorar las cosas, está de acuerdo con la convocatoria y anuncia que también va a hacer huelga en defensa de los derechos de las mujeres? ¿Contra quién se manifiesta una entonces? Contra el futuro Gobierno, supongo.

La nueva realidad política, en esta ocasión, ha puesto en la diana de las protestas del 8 de marzo a la oposición. La irrupción de Vox; la llegada de Casado al PP con un discurso hiperconservador como estrategia para recuperar el espacio arrebatado por los extremistas; la triple alianza 'trifálica', que diría la ministra de Justicia; el discurso, en ocasiones condescendiente con las mujeres, que emplean estas formaciones; el negacionismo sobre el fenómeno de la violencia machista y lo que han dado en llamar el negocio de la igualdad de género, sembrando de sospechas el trabajo que desde algunas administraciones se realiza en apoyo a las víctimas de maltrato…  Son los argumentos que le faltaban a este Día de la Mujer.

De todos modos, creo que estamos equivocando la estrategia. Ser machaconas con la realidad y reivindicar a cada minuto está provocando el efecto contrario al que queremos producir y está empezando a ser recibido por buena parte de la población con cierto rechazo. Y más cuando se mezclan conceptos, churras y merinas, como ocurre en el manifiesto del 8M. En vez de solidaridad con la causa, despertamos cierta tirria hacia todo el género femenino. Ocurre como con los críos. Nada como prohibirles algo, para que sientan la imperiosa necesidad de hacerlo. O como con los adolescentes, que por sistema se imponen pensar lo contrario de lo que piensan sus padres. Y así un día nos encontramos con que, en vez de avanzar, retrocedemos. Cuando pensábamos que habíamos recorrido un largo camino, que las nuevas generaciones de chicas se iban a encontrar buena parte del trabajo hecho, que ya no se sentirían intimidadas, ni cohibidas, que serían libres de pensar, vestir y actuar como quisieran, que podrían aspirar a ser lo que soñaran, a llegar tan arriba como tradicionalmente solo les habían permitido llegar a ellos, aparece este estudio del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud y te dan una bofetada de realidad… Su conclusión es que más de la mitad de jóvenes españoles defiende posiciones machistas.

Por eso, ahora, más que nunca, es necesario militar en el feminismo. No solo por los datos espeluznantes que arroja este estudio, sino por muchos otros datos más que evidencian lo mucho que nos queda por hacer. He aquí una pocas razones:

-De los 79 magistrados que componen el Consejo General del Poder Judicial, solo 15 son magistradas, un 19%. Así que casi nos podemos dar con un canto en los dientes al ver que en el juicio del año, el del ‘procés’ independentista catalán, una de de los siete magistrados es mujer. Y ¡ojo!, porque ellas son más de la mitad de la judicatura, pero a la hora de alcanzar puestos en los órganos superiores, se quedan muy por debajo. Observad la foto de familia de la última solemne apertura del Año Judicial, en la que el Felipe V posa con los miembros de la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo.




-En la Guardia Civil las mujeres suponen únicamente el 7,5%; en el caso de la Policía Nacional alcanzan el 14,56%; y en las Fuerzas Armadas llegan al 12,7%.  Mirando a las cúpulas de estos cuerpos, en la Policía Nacional actualmente hay siete mujeres comisarias principales de 129 a nivel nacional. En la Guardia Civil, dos tenientes coroneles y en las Fuerzas Armadas, una mujer coronel y dos capitanas de fragata.

-Solo hay 25 mujeres en el mundo presidentas o primeras ministras. No hay más que mirar la foto de familia de la última cumbre del G20 en Buenos Aires, para notar un evidente desequilibrio: solo dos mujeres.


-De las 17 comunidades autónomas, solo dos están gobernadas por mujeres: Navarra (Uxue Barkos) y Baleares (Francina Armengol). Y no llegan a un 30% las mujeres alcaldesas de capitales de provincia.

-Las mujeres no llegamos ni al 30% en los puestos directivos de las empresas de comunicación. Los nombres femeninos en los Festivales de Música son anecdóticos y en el próximo Festival de Cine Español de Málaga hay solo cuatro mujeres en la sección oficial, dos de ellas iberoamericanas.

-El proceso va lento, se van dando pequeños pasos, pero es imparable. Como ejemplo, aunque sea forzado y de cara a la galería, como parte de eso que llaman la Responsabilidad Social Corporativa, los consejos de administración de las grandes empresas que cotizan en el IBEX casi han duplicado en numero de consejeras en diez años. Eso sí, en lo que se refiere a la plantilla, a igual currículum, las empresas prefieren contratar a un hombre que a una mujer. La prueba está en este experimento del Observatorio Social de La Caixa.

Vale, sí, está bien un Día de la Mujer para reivindicar que, aunque vamos por el buen camino, aún queda mucho por hacer. Un día para remarcar que estamos aquí y que hemos venido para quedarnos, aunque ellos ya lo saben y, afortunadamente, en la mayoría de los casos, lo celebran.

Pero a la igualdad de oportunidades real no se llega solo con un día de huelga y de reventar la calle. Ni siquiera introduciendo una asignatura de feminismo en el currículo de Educación Primaria, como proponen desde Podemos. Resulta mucho más útil que un niño lo aprenda de manera práctica, por ejemplo, viéndolo en su entorno y normalizándolo. Aunque en los 70 la sociedad española era todavía marcadamente patriarcal, los recuerdos de mi infancia son más bien de matriarcado, el que ejercía mi abuela como eje familiar. Si había alguien que mandaba allí, esa era ella. Las dos abuelas de mis hijos han sido mujeres trabajadoras y ellos asumen como algo normal que no deba haber una diferenciación de roles por género, que su padre y su madre contribuyan a sostener la economía familiar o que consensúen las decisiones que toman. Siempre he vivido en un entorno en el que nadie era más que nadie, donde desde el principio se me motivó a estudiar y labrarme un futuro profesional, a perseguir mis sueños y ser independiente, lo mismo que hago yo ahora con mis hijos. Creo que esa es la mejor asignatura de feminismo. Y no cabe duda que para inocular tanto el germen de la igualdad como el de la justicia social es preciso legislar, denunciar y penalizar los mecanismos de discriminación, ofrecer incentivos y ayudas con transparencia y promover campañas de divulgación. Al feminismo se llega a través de una educación sin crispación, una lucha sin victimismo, trabajo constante y diario, sin politizar, apostando por hacer de este mundo un paisaje más paritario, donde no se desperdicie el talento de la mitad de la población, que tiene tanto o más que aportar para que la sociedad avance.


sábado, 3 de marzo de 2018

Por qué apoyo la huelga del 8M pero no voy a parar


Comparto todas y cada una de las reivindicaciones que figuran en el manifiesto 8M #LasPeriodistasParamos, redactado por las mujeres profesionales de la comunicación de este país para apoyar la huelga feminista del día de la mujer. Denuncio, como todas mis colegas, la precariedad, la inseguridad laboral, la brecha salarial, el techo de cristal, el acoso y los ninguneos a los que comúnmente nos enfrentamos en este oficio –y en muchos otros- por ser mujeres. Me parece oportuno recordarlo con motivo de este día y, en general, en cualquier ocasión. He sumado mi firma a las del resto de periodistas que secundan esta iniciativa espontánea porque unidas somos más poderosas y porque solo así, haciéndonos oír, reclamando lo que es justo, lo que merecemos, a fuerza de ser machaconamente pesadas, conseguiremos cambiar alguna vez las cosas.


Dicho esto, ahora me tildaréis de incongruente –o quizá equidistante- cuando os anuncie que, sin embargo, yo no voy a hacer huelga. No, no voy a parar. No voy a sumarme al paro, aunque sobren los motivos y me parezcan más que justificados. No voy a hacerlo porque nunca he hecho huelga, al menos de manera voluntaria. Una vez no me quedó más remedio. Trabajaba en la radio y mi turno comenzaba de madrugada. Ya me habían avisado de que el técnico de sonido que debía abrirme el micrófono y dar a las teclas para que todo funcionara haría huelga, por lo que no serviría de nada el madrugón, ni la labor previa del informativo, ni toda mi buena voluntad. A las seis en punto de la mañana nadie me dejaría hablar. Me impedirían hacer mi trabajo. Metafóricamente me taparían la boca. Así que decidí ahorrarme el esfuerzo. Por supuesto no salió nada por ese punto del dial y a mí, como a los demás, me retiraron de la nómina la parte correspondiente a ese día no trabajado.

El resto de ocasiones en las que se me ha invitado a no acudir a trabajar para protestar por alguna causa, he rechazado la invitación. Igual que voy a hacer en esta ocasión. Y no tiene nada que ver con estar desempleada. Si tuviera un puesto de trabajo al que acudir, actuaría de igual manera. Ojalá ese día las mujeres puedan decidir libremente si parar o no parar. En todas las huelgas hay un porcentaje de trabajadores que no actúa en conciencia, sino que se ve indirectamente obligado a tomar un camino. Los hay que secundan la huelga para no ser señalados como esquiroles por sus compañeros. Otros no se atreven a faltar para evitar las posible represalias de su jefe o simplemente porque no se pueden permitir renunciar a un día de sueldo. En cualquiera de los dos casos queda un regusto amargo, y más cuando ves que, hagas lo que hagas, alguien se atreverá a cuestionar tu posición. Insisto, yo nunca hago huelga, pero respeto el derecho de la gente a hacerla. Me pasa como con los tuits de mal gusto sobre temas delicados como la religión, el terrorismo, el maltrato… Yo nunca bromearía con ello, pero defenderé siempre la libertad de expresión y el derecho a cagarla de aquellos que dicen hacer humor con esas perchas.

Las convocantes de la huelga feminista del 8 de marzo proponen en su argumentario que este sea un paro de cuidados, de consumo, laboral y educativo, para visibilizar el trabajo de las mujeres, para que se nos eche de menos, para demostrar que somos la mitad de la ciudadanía y que si nosotras paramos, se para el mundo. Valoro enormemente que nuestra Constitución contemple el derecho a la huelga y defiendo que puedan ejercerlo quienes consideren que es la mejor manera de reclamar sus derechos y conseguir sus pretensiones, pero a mí no me convence como herramienta reivindicativa. Siempre he preferido manifestarme, negociar, hacer visible lo invisible, meter ruido, emplear la palabra, estar, pero no desaparecer.

El 8 de marzo no voy a dejar de seguir mi rutina diaria, aunque entiendo que ese día se pueda ver alterada porque las demás mujeres de mi entorno no compartan mi punto de vista. Por ejemplo, no tendré clase de inglés porque mi profesora sí va a parar. Y lo comprendo. Como comprenderé también que si voy al supermercado solo me encuentre hombres en la línea de cajas. No me sorprenderá que en el instituto de mis hijos no haya suficientes profesores de guardia para cubrir las clases de sus compañeras ausentes y que en los pupitres solo huela a testosterona. Incluso experimentaré una leve regresión al poner el telediario y ver en pantalla únicamente bustos parlantes masculinos.

Nos ha costado sangre, sudor y lágrimas llegar aquí. Hace nada ni siquiera teníamos derecho al voto. Casi como quien dice antes de ayer, la mujer casada tenía que pedir permiso a su marido para cualquier gestión, desde abrir una cuenta en un banco hasta firmar un contrato, y la soltera dependía de lo que decidiera su padre, hasta el punto de no poder abandonar el domicilio familiar si no era con su consentimiento. Tradicionalmente la mujer trabajaba en la casa, sirviendo a su familia, o ayudaba en el campo sin ser remunerada. A principios del siglo XX fueron incorporándose poco a poco en la industria como mano de obra barata, aunque la presencia femenina se asentó sobre todo en otros sectores como la educación, el comercio o el servicio doméstico. Os sugiero que leáis este proyecto sobre la mujer en el siglo pasado para que las que no tenéis edad o memoria seáis conscientes de cómo han cambiado las cosas.

Por eso, por lo que nos ha costado llegar, por lo que han peleado muchas para que ahora haya mujeres en empleos tradicionalmente considerados de hombres, porque nos hemos ganado a pulso el puesto y el derecho a trabajar…, por todo ello considero que lo más coherente es no desaparecer de nuestro puesto de trabajo ese día, sino convertirlo en el mejor lugar desde donde visibilizarnos y reivindicar todo lo que aún falta por hacer.

Todo esto se lo expliqué a mi hija de 14 años cuando me anunció que pretendía hacer huelga el 8 de marzo y no asistir a clase. Al principio no aceptó demasiado bien mi negativa a permitirle las pellas. Ella, que es la más feminista de 3ºA, iba a ser el hazmerreir de los gallitos de su clase si terminaba siendo la única chica que no secundaba el paro. Después de analizar la situación con su padre, decidimos darle libertad para escoger qué hacer. Incluso tenía previsto advertirle que si elegía parar, no iba a ser para quedarse tirada en casa viendo vídeos de Youtube; debía comprometerse a acompañarme a alguna de las manifestaciones convocadas para ese día, por ejemplo a la lectura del manifiesto de las mujeres periodistas, a las 12.30 en la Plaza de Callao de Madrid. Finalmente, no sé si porque soy más convincente de lo que creía, mi hija me ha dicho que sí va a ir al instituto a dar caña a los machistas de su clase. Estoy segura de que a esos pipiolos no se les va a olvidar lo que se conmemora el día 8 de marzo.

Un par de datos más antes de terminar. El ámbito de las Direcciones de Comunicación es un ejemplo laboral de equilibrio entre profesionales hombres y mujeres. En cambio, las cúpulas de los medios de comunicación siguen estando ocupadas solo por ellos, en cuyas manos masculinas están las decisiones editoriales. Son ellos los que deciden de qué se habla y de qué no, qué es noticia y qué es ruido, qué se cubre y qué se silencia. Os invito a echarle un vistazo a esta reveladora infografía de La Marea sobre quienes mandan en la prensa española.

Espero que mis colegas periodistas, aquellas afortunadas que cuentan con un empleo en un medio, aprovechen para insistir en ello, para contarlo, gritarlo si es necesario, denunciarlo, que le sangren los oídos a quien le tengan que sangrar y que le escueza a quien le tenga que escocer. Si yo tuviera un empleo, ese día me hartaría de dar por saco. Os aseguro que eso deja más poso y huella que una ausencia prevista con su cobertura planificada.