Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

Mostrando entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de agosto de 2021

Vacaciones

Hablemos claro. Lo mejor de tener trabajo son las vacaciones. Vale, el sueldo tampoco se desprecia, sobre todo si es digno. Pero la felicidad de poder aparcar temporalmente la faena y seguir cobrando es muy superior. 

Suena muy bien eso de que el trabajo dignifica, aunque convendréis conmigo en que poder hacer lo que te dé la gana, incluso no hacer absolutamente nada, en vez de verte obligado a ceñirte a unas obligaciones y un horario, es un placer incomparable. Aunque con matices. 

Llevo consumidos cinco días de mis vacaciones y ya me empieza a invadir la angustia por si no estaré aprovechando convenientemente mi tiempo de descanso. Te pasas todo el año deseando tener días libres para hacer todo aquello que vas aparcando por falta de tiempo, o porque te ahoga la cotidianidad, y cuando llega ese momento no sabes por dónde empezar. 


Leer como si lo fueran a prohibir. Devorar podcasts. Adormilarte tumbada a la sombra. Remojarte en la piscina hasta que se te arrugue la piel de los dedos. Coleccionar puestas de sol con un tinto de verano en la mano. Follar como si tuvieras 25 años. Viajar para averiguar qué hay fuera de tu burbuja. Recargar la batería unos días junto al mar. Redecorar, pintar u ordenar tu espacio vital al ritmo de una lista de Spotify. Desprenderte de aquello que llevas sin necesitar más de una década. Hacer escapadas gastronómicas. Descubrir azoteas. Visitar exposiciones. Quedar con amigos con los que nunca terminas de quedar… 

Son tantas cosas y tan inabarcables que, a medida que avanza tu tiempo de descanso, vas rebajando expectativas y solo aspiras a desconectar durante unas semanas sin estrés, sin prisas, sin mirar el reloj, sin despertador, sin malos rollos y, sobre todo, sin costumbres asociadas al periodo laboral, en mi caso, escribir. Y aquí me tenéis, rompiendo las primera de las condiciones innegociables.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Redefinamos el sentido de la palabra ocaso

El actor Liberto Rabal, hijo del director de cine Benito Rabal, sobrino de la también actriz y cantante Teresa Rabal y nieto de los grandes intérpretes Paco Rabal y la recientemente fallecida Asunción Balaguer, se ha convertido involuntariamente en noticia hace unos días porque el periódico El Mundo ha considerado de interés para sus lectores divulgar cómo se gana la vida actualmente el pequeño de esta saga artística. El titular mencionaba la palabra ocaso, no sin cierto regodeo, para definir la nueva situación laboral del actor, reconvertido en vendedor en una tienda de una conocida cadena de muebles sueca.  Quien redacta la noticia considera que vender mobiliario escandinavo con nombres imposibles debe ser terrible para quien parecía que se iba a comer el mundo después de ser nominado a los Premios Goya como mejor actor revelación por su interpretación en Tranvía a la Malvarrosa y haber trabajado con Pedro Almodóvar en Carne TrémulaEs chocante el sentido negativo con que solemos emplear metafóricamente el término ocaso y la expresión estrella fugaz, cuando en su acepción más literal se refieren a dos bellísimos espectáculos de la naturaleza.


El texto divaga sobre los motivos que han podido alejar de los focos a Liberto y, por tanto, acercarle a su decadencia, pero sin aportar datos de peso o testimonios contrastados. Digo yo que ya que tiene la desfachatez de convertir en noticia algo así, el autor podía haber tenido el cuajo de atreverse a aproximarse al protagonista de la noticia e interrogarle sobre las verdaderas causas que le han llevado a terminar vendiendo muebles y artículos de decoración en una tienda Ikea. Quizá simplemente es la mejor manera que ha encontrado para sobrevivir.

En un país con una tasa de paro del 14% y un mercado laboral caracterizado por la precariedad y una tasa de temporalidad a la cabeza de Europa, tened presente que encontrar trabajo en el mundo de la interpretación no debe ser tampoco una tarea sencilla. Probablemente haya muchos actores o actrices que envidien la seguridad que le da a este padre de familia su nómina mensual, su horario y su estabilidad, un lujo asiático comparado con la presión de tratar de demostrar en cada casting lo que sabes hacer, la incertidumbre de si te volverán a llamar para otra película o la inquietud por si tu personaje en la serie de moda no llega a la segunda temporada y tampoco tú a fin de mes.

Liberto Rabal no es el primero ni será el último personaje del cine español que baja del pedestal del estrellato. También fuera de España encontramos numerosos ejemplos, conocidos y no tanto, de artistas que cambiaron la cámara por ocupaciones menos glamurosas movidos por distintas razones. 

Y no hay que ceñirse  exclusivamente al cine. Ocurre en cualquier ámbito. Según un estudio realizado hace unos años, el 36% de los trabajadores ejerce una profesión que no tiene nada que ver con su formación. Conozco a periodistas que un día, hartos de horarios infernales, sueldos precarios y oportunidades escasas, se prepararon unas oposiciones y se reciclaron en funcionarios o aceptaron una oferta laboral, que comenzó siendo temporal y se convirtió en definitiva, para pagar sus deudas. Así que no es raro encontrarse profesores, administrativos o dependientes con su título de Ciencias de la Información enrollado en el altillo de un armario.

Lo de perseguir los sueños no siempre tiene un final feliz o, mejor dicho, el final previsto. Es más, siento comunicaros que lo común es que nos pasemos la vida deseando que ocurra algo que nunca ocurre, por mucho que nos enfoquemos en ello con todo nuestro empeño. Para que la frustración sea más llevadera, de vez en cuando conocemos casos que nos animan a seguir intentándolo. Como el del director de cine sevillano Paco Cabezas, que acaba de estrenar su última película Adiós, rodada en su barrio de las Tres Mil Viviendas, uno de sus sueños. Hace unos años sus ingresos procedían de cantar en el metro y trabajar en un videoclub. Entonces se dio un plazo de doce meses para poder trabajar en el cine con la promesa de que si no lo conseguía, abandonaría. Hoy se lo rifan en Hollywood. Su plazo no expiró. Consiguió lo que se proponía. Pero, a cuántos no les sucede lo mismo.

Yo misma me he obcecado en conseguir ‘reinsertarme’ en la radio a pesar de lo complicado de la situación en este medio y mis escasas posibilidades. También me he puesto un plazo. Seis meses. Si en ese tiempo no lo consigo, rebajaré mis pretensiones y abriré el abanico. Quizá termine ganándome la vida como teleoperadora, reponedora en un supermercado o recepcionista, y dedique mi tiempo de ocio a lo que realmente me hace feliz, que es eso de contar historias. ¿Dirán quienes me conocen que ha llegado mi ocaso, mi decadencia? ¿Habré fracasado? Pues según se mire. He visto gente que habiendo triunfado -teóricamente- en lo suyo parece profundamente infeliz. A veces el éxito no da la felicidad.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Luchando contra el edadismo a los 50


Recordaréis que la Fundación del Español Urgente elegía en diciembre el término aporofobia como palabra del año 2017. Alude al rechazo que nos produce la pobreza y la gente pobre, una tendencia que ha ido peligrosamente en aumento a raíz de la crisis. En esta misma línea de despreciar al prójimo, existe otra práctica tanto o más acusada, y totalmente instalada ya entre la gente, que es el miedo o rechazo a las personas mayores, lo que podríamos llamar gerontofobia o, cuando se refiere específicamente a la discriminación por edad, edadismo. Lo estoy viviendo yo ahora mismo. Y eso que hasta ayer solo tenía 49 años.

Este miércoles 28 de febrero cumplo los 50. ¡Madre mía! Asumámoslo. Estoy más cerca del final que del principio. No sé si os ocurre como a mí y tenéis la rara sensación de que el calendario lleva otro tempo. De hecho, interiormente yo me siento como si aún tuviera 30. Mantengo las mismas ganas de bailar, de reír y de algún verbo más de la primera conjugación. No quiero decir que alguien con 50 años no tenga derecho a bailar, reír y lo otro, no me malinterpretéis, pero desde fuera está como mal visto. Parece que esas tres pulsiones no se corresponden con lo que tradicionalmente se espera de toda una cincuentona (¡qué expresión más horrible!).

Debo confesar que es fantástico haber llegado hasta aquí. Sobre todo haberlo logrado sin mayores contratiempos. Es decir, no siento trauma alguno por cumplir los 50. Además, debo ser una afortunada porque todavía no he empezado a experimentar los efectos secundarios del medio siglo. Me refiero a los físicos, porque en otros planos, a decir verdad, sí llevo unos meses padeciendo lo que podrían denominarse daños colaterales de la edad. Siento que mi 'excesiva madurez' me frena a la hora de reincorporarme al mercado laboral, en mayor medida incluso que no ser bilingüe o decir estupideces en este blog. 

Se ha cumplido ya un año desde mi última nómina y, a pesar de haber llegado a responder a más de 200 ofertas de trabajo, no me han llamado de ninguna de ellas para entrevistarme o conocerme. Sospecho que ahora que tengo oficialmente los 50 esa tendencia se recrudecerá. Diréis que quizá me falta formación. Que 25 años de experiencia laboral no sirven como garantía de profesionalidad, ni tampoco los múltiples cursos de reciclaje que he realizado para no perder el tren de la digitalización. Pues siento llevaros la contraria, pero yo diría que mi CV no pinta mal y que lo que me separa de la clásica entrevista del trabajo es mi fecha de nacimiento que, por otro lado, ni siquiera figura en mi CV pero es fácilmente deducible si sabes sumar. Soy plenamente consciente de que resulta sospechoso que a mi edad, después de tantos años en activo, me haya quedado en el dique seco. “Algo raro ha tenido que pasar”, pensarán los reclutadores, que preferirán curarse en salud y sacrificarme en la primera criba en vez de preguntarme para averiguarlo. Imagino también que habrá técnicos de selección que me descarten porque piensan que el puesto y el sueldo son poco para alguien de mis características, pero preferiría que me lo consultaran antes; quizá a estas alturas no valore tanto los euros como el proyecto, el ambiente o la ubicación de la empresa. Ay, la maldita edad… ¿No decían que los 50 eran los nuevos 30? En las empresas no se han debido enterar.

En general estamos demasiado pendientes de la edad y mediatizados por ella, pero en determinados ámbitos. Consideramos exótico, por ejemplo, que un mayor consiga escalar montañascorrer maratones o irse de Erasmus, y en cuanto surge un caso corremos a darle bombo en los medios y a exhibirlo como un mono de feria. Porque estamos acostumbrados a que la vejez vaya acompañada de pérdida de facultades, fuerza, velocidad, pelo, belleza, vista, oído, gusto y tacto… todo lo que nos aterra perder cuando todavía vamos sobrados. En cambio, no parece raro ni nadie cuestiona la edad de los mandatarios que gobiernan el mundo. Donald Trump tiene 71 años, Vladimir Putin 65, Mariano Rajoy 62, Angela Merkel 63, Theresa May 61... Es decir, edades para que te elijan en las urnas y dirijas un país, pero no para pasar un proceso de selección e incorporarte a una empresa como un empleado más.

Por otro lado, ¿qué me decís de las muestras de afecto? Nos parecen naturales, tiernas y agradables de mirar en gente joven, pero dejan de serlo cuando tienen como protagonistas a personas mayores, como si lo de enamorarse y disfrutar con el sexo estuviera vetado para los ‘viejenials’. Y aún siendo conscientes de cómo funciona la vida, tendemos a comportarnos de una manera especialmente cruel cuando tratamos a los mayores de a pie y solemos evitarles como si lo suyo fuera contagioso. Resultaría cómico si no fuera tan dramático, porque todos caminamos hacia ese lugar. Todos, en el mejor de los casos, llegaremos a viejos. Según las estadísticas, seremos cada vez más. Y todos, si no palmáis antes, pasaréis por la barrera psicológica de los 45, que parece ser el momento en que los más jóvenes nos empieza a ver como ‘demasiado mayores’ para cualquier cosa. Si aún no os ha tocado, haceos a la idea, porque donde las dan, las toman.

Hay una segunda parte, una doble amenaza que te acecha si además de cumplir 50 eres mujer. A partir de esta edad, cuando alguien nos quiere insultar emplea la expresión ‘menopáusica’, sin tomarse la molestia de contrastar antes si seguimos gastándonos dinero en tampax, compresas y preservativos. Suelen ser los mismos que con 30 te preguntaba si estabas con la regla cuando no les reías las gracias. Utilizando ‘menopáusica’ como ofensa, buscan dejarte bien clarito que tu papel esencial, el de incubadora, el de animal que procrea para garantizar la pervivencia de la especie, ha llegado a su fin y ya no tienes sentido en este mundo; que tus hormonas te agriarán el carácter a la misma velocidad que se te descolgará la piel; que has perdido tu sex appeal, si alguna vez lo tuviste, y nunca más despertarás las fantasías sexuales de nadie. Da igual el aspecto que tengas o lo bien que te conserves, tu agilidad mental o tu sentido del humor, tu capacidad de aguante o tu entrega. Tus 50 les pesarán como una losa y se encargarán de recordártelo.

¿Pues sabéis lo que os digo? De momento a mí los 50 no me pesan. Afortunadamente al menos estoy viva. En todos los sentidos.