Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

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lunes, 2 de septiembre de 2024

Así se vacía la España vaciada

Hace más de 35 años, cuando dejé mi pueblo para estudiar en Madrid, disponía al menos de cinco frecuencias de autobús para desplazarme entre Toro y la capital cuando lo necesitaba, que solía ser en fines de semana y vacaciones, para mantener el vínculo con el hogar, la familia y los amigos. Algunos de los servicios eran directos, los llamados exprés. Por un poco más de dinero llegabas antes al evitar las paradas intermedias y viajabas en buses más cómodos, con más espacio entre asientos y una fila con plazas individuales. Por aquel entonces no había ni estación de autobuses en mi pueblo. El punto de salida y llegada era la puerta de un hostal ya desaparecido, el Doña Elvira. Auto Res era la empresa que operaba la línea Zamora-Madrid y en días puntuales, coincidiendo con fechas de alta demanda, llegaba a llenar dos autobuses en algunas de las frecuencias.

Con el paso del tiempo, Auto Res pasó a integrar el Grupo Avanza, yo me establecí de manera permanente en Madrid, entró un vehículo propio en mi vida permitiéndome regresar por mi cuenta cuando quisiera y dejé de ser una clienta asidua de estos buses que siguieron dando un servicio esencial a los vecinos de la zona, con cuatro frecuencias de ida y otras tantas de vuelta, cubriendo todos los horarios, y cambiando la puerta del hostal por una flamante estación de autobuses para descargar y cargar viajeros. Pero llegó la pandemia y parece que también hizo mella en este sistema de transporte público por carretera.

Estación de autobuses de Toro

A mediados de este mes de agosto, Avanza dejó de prestar este servicio y cedió el testigo a Alcalábus y Vigo Barcelona SAU, dos empresas del grupo gallego Monbus. Fueron las únicas interesadas en gestionar la línea regular entre Madrid y Zamora a la que había renunciado Avanza por ser un servicio poco rentable e insostenible. Según esta compañía, el escaso número de pasajeros diarios hacía inviable su continuidad económica. Hace más de un año, diez después de finalizar la concesión oficial, comunicó su decisión a la Dirección General de Transporte Terrestre y ha sido ahora cuando se ha materializado el traspaso tras completar el proceso de licitación del nuevo contrato.

El cambio de operador no ha estado exento de incidencias. Se han dado casos de viajeros que habían comprado billete de ida y vuelta en pleno periodo de migración, que realizaron el primer viaje con Avanza y perdieron su viaje de vuelta porque ya no existía ese autobús al coincidir su regreso con el estreno de Monbus. Por no mencionar que algunos de los viajes inaugurales han sido eternos porque los conductores desconocían los itinerarios que llevaban a los puntos de cada una de las paradas y tenían que dejarse guiar por los propios viajeros. Además, por lo que comentan los usuarios, el servicio no está destacando por su puntualidad, entre otras cosas porque un solo coche cubre la línea y va acumulando retrasos de un trayecto al siguiente. 



Sin embargo, el mayor problema de esta transición radica en las frecuencias. A diario, Toro se queda solo con dos y en horarios poco operativos. Se elimina el autobús más tempranero y que mayor utilidad tenía para estudiantes, trabajadores y enfermos: el de las 6:25 horas. De este modo, el primer coche del día parte ahora a las 10:55 y llega a su destino a la hora de comer, lo que no ayuda a compatibilizar la vida en Toro con los estudios o el trabajo en la capital. Tampoco les sirve a pacientes que están siendo sometidos a tratamientos médicos en hospitales de Madrid y que son citados generalmente a primera hora de la mañana.

No es que hayan eliminado frecuencias, sino que han suprimido la parada en Toro. Es decir, a las 6:00 y a las 17:00 salen desde la ciudad de Zamora buses directos a Madrid, pero que no entran en Toro para recoger viajeros. Igualmente, de vuelta, a las 21:00 horas se puede ir de Madrid a Zamora, pero no apearse en Toro.

El otro servicio diario pasa a las 21:25 y llega a las 00:30 horas a Madrid. Los viernes y domingos se suma a estos dos otro bus que sale a las 21:05. Resulta inevitable preguntarse qué sentido tiene programar dos frecuencias con media hora de diferencia y no a las tres o las cinco de la tarde.

Desde Madrid el primer autobús para llegar a Toro está programado a las 06:30 horas. Teniendo en cuenta que el Metro empieza a funcionar a las seis de la mañana, el margen para llegar a la estación es bastante ajustado. El otro servicio con parada en Toro tiene su horario de salida por la tarde, a la 16:30 horas, el único que mantiene cierta utilidad.

A raíz de la pandemia mucha gente decidió regresar al pueblo aprovechando el teletrabajo. Posteriormente, algunas empresas facilitaron el modelo híbrido, que combina el trabajo presencial una parte de la semana con el trabajo en remoto el resto de días. En estos casos, el autobús de las 6:25 horas resultaba ideal para desplazarse cuando tocaba. Lo mismo les ocurría a los estudiantes universitarios. La eliminación del servicio no deja más remedio que optar por el coche privado, acercarse a otros puntos de la zona con más oferta, aumentando el tiempo y el coste del viaje, o directamente abandonar el pueblo por las malas comunicaciones. Y luego que si la España vaciada.

Las quejas de los usuarios toresanos de momento no han servido de nada. Ahora el Ayuntamiento de Toro y la Diputación de Zamora han anunciado que van a reunirse con Monbus para intentar recuperar las frecuencias perdidas. Todo apunta a que la única solución a este problema está en manos de las administraciones, mediante ayudas, subvenciones o incentivos. No tiene sentido que a los políticos se les llene la boca con la lucha contra la despoblación y luego no se aseguren de que todos los ciudadanos, independientemente del territorio en el que habiten, tengan los mismos derechos y las facilidades para desplazarse a los puntos donde se concentran los servicios y la actividad.

Por acabar con buen sabor de boca y destacar algo positivo del cambio de operador de la línea, el precio del billete ha bajado casi 5 euros. Además, se ha incluido una parada en el Intercambiador de Moncloa, lo que evita ir hasta la Estación Sur de autobuses en Méndez Álvaro, hasta ahora punto de partida y destino. Pero eso es poco consuelo.

domingo, 31 de marzo de 2019

La España vaciada que yo conozco

Las calles de Madrid han acogido este domingo 31 de marzo una de las manifestaciones más justas y necesarias de los últimos años: La revuelta de la España vaciada.


Yo nací en la España rural. En Toro, Zamora. Procedo de una parte del país que tuvo gran relevancia en la época medieval. Aparece incluso en los libros de Historia, pero a lo largo de los siglos ha ido perdiendo el esplendor que una vez tuvo. En los últimos cincuenta años, su población ha caído de manera alarmante. En 1960 Toro casi rozaba los 10.500 habitantes. Según la última cifra del INE, ahora residen allí 8.789 personas, mi madre incluida.

En mi pueblo ya no hay cine. Hubo uno hace años, el cine Imperio, pero lo cerraron. Supongo que no era rentable. La primera película que recuerdo haber visto en pantalla grande la vi allí, ‘Salomón y la reina de Saba’. Evidentemente no era un cine de estrenos...  Ahora el Imperio es un cine abandonado con aspecto de ir a colapsar en cualquier momento, ocupado por gatos que se cuelan por los agujeros de la entrada jugándose una de sus siete vidas. Hace algunos años hubo un intento de programar películas en el teatro municipal, el Teatro Latorre, pero desistieron. El número de asistentes no cubría el gasto de la copia. La gente prefería hacer una excursión a cualquiera de las capitales provinciales más próximas, Zamora, Valladolid o Salamanca, y además de ver una película, echar la tarde haciendo compras, dando un paseo y viendo otras caras distintas a las de siempre.

Aquí llega la eterna pregunta: se va la gente de los pueblos porque no hay oportunidades o no se ofrecen oportunidades porque no hay gente.

El momento crítico en que la población joven abandona el pueblo llega cuando se acaba la educación secundaria y el bachillerato. Los que deseábamos hacer una carrera sabíamos que teníamos que emigrar. Yo me vine a Madrid, pero otros amigos no tuvieron que alejarse tanto. En Zamora había unas pocas carreras superiores y Salamanca y Valladolid ofrecían casi todo lo demás. A pesar de la relativa cercanía, todos se mudaban porque era complicado cuadrar los horarios de los pocos autobuses que existían con los turnos de clase. Además, nadie estaba dispuesto a renunciar al ambiente de la vida estudiantil en una ciudad como Salamanca. Acabada la fase universitaria, la mayor parte de nosotros ya no volvimos. Encontramos trabajo fuera y pasamos a ser de aquellos  que regresan en vacaciones, fiestas y algún que otro fin de semana para visitar a la familia y los amigos que quedan allí.

Quienes se quedan es porque afortunadamente han encontrado una ocupación que les permite o les obliga a vivir en el pueblo: comercios, agricultura, hostelería, servicios, bodegas, turismo… En 2016 se celebró la exposición las Edades del Hombre en Toro. Al abrigo del evento se abrieron numerosos establecimientos que, una vez concluido, desaparecieron. Y eso que este pueblo, creo yo, tiene los suficientes atractivos y reclamos como para poder vivir del enganche de su patrimonio toda su vida. Aunque le faltaría un empujoncito.

Del tren mejor no hablamos. Nos sobran dedos en las manos para contar los trenes que paran a diario en la estación de Toro. Y lo más lejos que te llevan es a Zamora o a Medina del Campo.  Es verdad que de los autobuses no te puedes quejar. Hay uno cada hora en sentido Zamora o Valladolid desde la mañana a la noche.


Por supuesto, no hay una clínica, aunque sí un centro de salud, con servicio de urgencias, que da cobertura a 14 municipios de la comarca. Pero si una se pone de parto, no queda otra que irse al hospital más cercano, en Zamora. Y si ocurre cualquier urgencia, por ejemplo, un accidente doméstico o laboral, rezas para que la ambulancia llegue pronto y aguantes vivo la media hora que tardas en llegar hasta el hospital. Por supuesto, olvídate de los especialistas. De eso en Toro no hay. Al menos en sistema público. Si necesitas que el oculista te controle, tienes que ir a tu centro hospitalario de referencia a 32 kilómetros. Se supone que siempre debería haber un pediatra, pero resulta que cuando está de baja no le sustituye nadie, así que se quedan si él. El problema es que no es un día ni dos, es demasiado tiempo para una población infantil que tiene que ser atendida en su lugar por un profesional de la medicina general. Sí, ya sé que es médico y conoce los síntomas de cualquier patología, independientemente de que el que tose sea grande o pequeño. El problema es que esos pacientes tienen ciertas singularidades, enferman más, requieren unas revisiones y saturan la consulta general provocando un preocupante efecto dominó. Pocas veces mi pueblo monta un ‘Fuenteovejuna’ para protestar por algo, pero hace un par de meses, la ausencia de la pediatra era ya tan prolongada, que se lanzaron a la calle a manifestarse en contra de los recortes que les condenan a no disponer de una sanidad digna y unos servicios que son un derecho para cualquier ciudadano de este país.

Pero Toro es el paraíso si lo comparamos con Sanzoles, donde viven mis amigos Ana y Ele. Es otro pueblo de la provincia de Zamora con poco más de 500 habitantes. A principios del siglo XX llegó a tener 1.500. La escuela del pueblo sobrevive a duras penas, siempre con la amenaza del cierre, porque solo tiene 18 alumnos de 3 a 12 años, entre ellos su hijo pequeño, Hugo. Están divididos en dos grupos, de Infantil y 1º Primaria, y 2º a 6º, de modo que comparten la misma aula alumnos de distintas edades y cursos. De cada grupo se encargan un par de tutoras que, al más puro estilo maestro rural, les prepararan para la vida. Además hasta allí van puntualmente profesores de materias específicas como Educación Física, Inglés, Religión o Psicomotricidad. En ese aspecto son afortunados. Es como si tuvieran un profesor particular y el nivel educativo en los CRA (Colegios Rurales Agrupados) suele ser alto.

En cuanto a la sanidad, disponen de un médico que atiende a varios pueblos y que va todos los días durante dos horas. Eso sí, para que el pediatra vea a su peque tienen que desplazarse a Zamora, que está a poco más de 15 minutos en coche. Pero eso no es un problema para ellos. Lo peor, me dicen, es la falta de vecinos. Este domingo Hugo se ha pasado la tarde en casa porque no había ningún otro niño con el que jugar. Salen a la calle y no ven a nadie. Tienen un pequeño supermercado y su gran preocupación es si aguantarán con ese negocio hasta la jubilación, porque cada año hay menos gente en el pueblo. Los jóvenes de la zona no encuentran motivos para quedarse y la población envejece.  

La despoblación afecta a más de la mitad del territorio nacional. Las autoridades no pueden acordarse solo de ellos cada cuatro años, cuando hay elecciones. El entorno rural nos alimenta pero no recibe a cambio tanto como nos da. Los españoles que viven en las zonas rurales son tan ciudadanos de primera como el resto, pero pocos tienen acceso, por ejemplo, a cobertura de Internet de alta velocidad. En Zamora hay 18 habitantes por km2, de modo que tiene cierta lógica que las empresas de telecomunicaciones no quieran invertir en hacer llegar la fibra a esta zona con tan poca clientela. Por eso resulta tan necesario que la administración actúe, mediante leyes, ayudas o incentivos que animen a convertir lo que ahora son zonas deprimidas en lugares donde asentarse  cargados de posibilidades de futuro.

Por no mencionar las infraestructuras. No es que cada español deba tener una estación de AVE o una autovía a la puerta de casa; es que cualquiera pueda desplazarse con libertad y seguridad por el territorio nacional, por ejemplo, por carreteras con arcén y marcas viales, en suficientes medios de transporte y con la garantía de que vivir en un determinado entorno no le va a limitar la vida ni las oportunidades.

Ha llegado el momento de actuar en serio. Afortunadamente hay quien está trabajando en idear fórmulas para luchar contra la despoblación. Pero hasta que todas esas propuestas no se traduzcan en medidas reales, la idea de que la vida rural es más fácil que la urbana me temo que seguirá siendo una percepción romántica y equivocada.

lunes, 8 de agosto de 2016

Qué hacer en Toro además de visitar 'Aqva'

Hace unos días un amigo me anunciaba que se iba a acercar hasta mi pueblo -Toro- a visitar la exposición de Las Edades del Hombre y me pedía consejo sobre dónde comer ‘bueno, bonito y barato’. Le sugerí varios establecimientos de menú y alguno de pinchos, para que eligiera lo que más le apeteciera, y mientras confeccionaba la lista pensé que quizá esta información podría interesarle a alguien más con las mismas intenciones, así que hoy voy a dedicar este post a proponer una especie de itinerario para aquellos que tengan previsto acudir a este acontecimiento cultural.


‘Aqva’, la nueva edición de Las Edades del Hombre, la exposición anual que da a conocer el arte sacro de Castilla y León, ocupa principalmente la Colegiata de Santa María la Mayor y la iglesia del Santo Sepulcro. Los detalles de su programación los podéis encontrar en esta página web. Ambos lugares se encuentran en el centro de la localidad. La entrada a Toro, si se viene desde Zamora, Valladolid o Madrid, se realiza a través de la autovía del Noroeste. La salida al pueblo conduce a la carretera de Medina de Rioseco. Al entrar por esa vía, a mano izquierda, dejamos el Polideportivo Municipal, donde está la piscina de verano, que si vais con tiempo y aprieta el calor, podéis visitar para daros un chapuzón y refrescaros por un módico precio antes o después de la visita cultural. Agua gélida, aviso.

Más adelante encontráis una rotonda con banderas. En este entorno hay varios bares, el Reyes Católicos, el Taurus o La Sepia, que pueden ser una buena opción en caso de querer hacer una primera o última parada técnica. Para continuar hacia vuestro objetivo debéis atravesar el arco de Corredera y avanzar. Hacia la mitad de esta calle, en la acera de la derecha, está la Bodega Velasco, donde se puede comprar vino, degustarlo acompañado de un plato de embutido o queso y ver una auténtica bodega de la zona.

Si reanudáis el itinerario llegaréis a la plaza de Santa Marina donde os toparéis con el arco del reloj, sobre el que se asienta una torre que, según dice la leyenda, se terminó de construir utilizando vino en lugar de agua en la argamasa que fija las piedras. Si hay ganas de un café, podéis tomarlo en Don Carlos, en esa misma plaza, con terraza en los jardines centrales y wifi abierta. No sé si a estas alturas habrán decidido ponerle clave y acceso restringido para sus clientes, porque no veáis cómo se ponían los aledaños de jóvenes con el móvil dándole gratis a Internet.

Pasáis bajo el arco del reloj por la Puerta del Mercado y en la calle Odreros, a mano derecha, está El Pirata, una pizzería/hamburguesería de comida rápida, rica y barata –pizzas de masa fina para chuparse los dedos-. Más adelante accedéis a la plaza, donde abundan las tiendas y bares. Si lo que os apetece es tomar algún pincho, bajo los soportales hay bares para elegir, aunque yo recomiendo entrar en El Imperial y pedir una calandraca, un pincho hipercalórico pero sabrosísimo que entra muy bien con un vino tinto de Toro. Si preferís alguna ración de picoteo -champiñones, huevos rotos o lagarto ibérico-, del otro lado de la plaza, a la derecha del Ayuntamiento, bajo el Casino, está LaTinta, un establecimiento relativamente nuevo y montado con mucho gusto. Si sois más partidarios de menú, hay varias opciones por esta zona: el Carpe Diem, el Castilla, el Catayo o el Colegiata -¡Anda! Todos con C-. Valorad precio, platos y variedad, y elegid vosotros mismos. Yo soy más de picoteo.

Todo esto deberíais hacerlo después de la visita a ‘Aqva’, porque si no, a estas alturas, lo que os pediría el cuerpo es dormir una siesta, no patearos una exposición. Si queréis alojarnos y hacer noche en Toro, el Hotel Juan II, el más antiguo del municipio, con piscina y tanto encanto como necesidad de actualización, se encuentra pasada la Colegiata, en el Espolón, otro lugar en el que es obligado detenerse para disfrutar de las vistas del río Duero y la vega. Desde allí a mano izquierda sale una paseo que llega hasta el Alcázar, conocido popularmente como 'la cárcel'. Con motivo de Las Edades del Hombre se ha convertido en Centro de Recepción de visitantes y se puede acceder y subir a su terraza para contemplar unas preciosas vistas.


Ya que estáis en ese punto, si seguís hacia la izquierda encontraréis el Paseo del Carmen, otro lugar para descansar a la sombra de algún árbol y contemplar las vistas. Desde allí, por la calle Puerta Nueva podéis volver hacia el centro. De camino pasaréis por otro hotel, el María de Molina. Girando a la derecha, tomáis la calle Rejadorada, donde hay otro posible lugar para hospedarse: la Posada de Rejadorada. Un poco más adelante, girando a mano izquierda llegamos al parque de San Francisco, donde está la plaza de toros, uno de los cosos más antiguos –y más incómodos para el espectador, todo sea dicho- del país. Si tenéis suerte y está abierta, pasad a verla.

Si la visita y el tiempo que le vais a dedicar a Toro lo permite, os animo a recorrer algunas de las iglesias del pueblo, como la de San Lorenzo o San Salvador; el Monasterio de Sancti Spíritus –donde también hay hospedería y venta de dulces propios-, la puerta del Palacio de las Leyes, la ermita de la virgen del Canto, el puente de piedra sobre el río o la pradera del Cristo. Seguro que en la Oficina de Turismo, situada también en la plaza, os pueden facilitar muchas más sugerencias y datos prácticos.

En caso de que hayáis planeado hacer noche en Toro y os apetezca tomar una copa, puede ser una opción la terraza del Hotel Juan II o alguna otra de los bares de los soportales, aunque los locales nocturnos se concentran en la zona de la calle Trasalfóndiga, detrás de la Oficina de Turismo. Hace mucho que no salgo de noche en mi pueblo, así que no me arriesgo a recomendar ninguno por si ya no existen los que yo frecuentaba. Veo, eso sí, que el Tras Tres sigue abierto, pero o la edad de la clientela a bajado o la mía ha subido... o ambas cosas.

Antes de iros, os sugiero que llenéis el equipaje con un buen surtido de productos de la tierra: El vino -por supuesto- que podréis comprar en la misma Bodega de Velasco que mencionaba antes o en cualquiera de los múltiples lugares dedicados a su venta en todo el itinerario que he mencionado; los embutidos os esperan en la Baltrasa (C/ El Cantar del Arriero) y la Maltrasa (Corredera), dos tiendas donde también se puede comprar queso y conservas de la zona; y los dulces, merece la pena acercarse al Horno de San Julián, hasta donde se llega partiendo de la plaza de Santa Marina y tirando por la calle El Sol. Si no os apetece desviaros más, en la plaza hay varias pastelerías y tiendas donde avituallarse igualmente con pastas riquísimas.

Me he dejado fuera un montón de rincones, lugares, tiendas, bares… pero es que no cabe todo en un simple post. Espero que alguna de mis recomendaciones os sean de utilidad y que disfrutéis de mi pueblo.


jueves, 28 de enero de 2016

Qué es el arte

Nací en Toro que, como todo el mundo debería saber por su gran importancia en otros momentos de nuestra historia, está localizado en la provincia de Zamora. Allí ahora mismo hay un gran revuelo por el cartel seleccionado para anunciar las fiestas de Carnaval de este año. Por situar a quien lo necesite, el Carnaval toresano es antiquísimo. Hay que remontarse a 1590 para encontrar las primeras menciones, aportadas por las Madres Clarisas, hasta cuyo convento llegaba el alboroto que acompañaba a la época de Carnestollendas. Los carnavales de mi pueblo han tenido ordenanzas municipales que los regulaban a principios del siglo XX e incluso fueron de los pocos que, camuflados bajo el nombre de “Fiestas de Invierno”, lograron saltarse la prohibición franquista y seguir celebrándose. Toda esta larga tradición les hizo merecedores del título de fiesta de interés turístico regional en 1995. Son, por tanto, unas fechas importantes para muchos, no solo para los amigos de la juerga y el desenfreno, sino principalmente para los hosteleros que ven multiplicar sus ingresos con la visita de los turistas. 

Pero volvamos a la encendida polémica que tiene su origen en el autor de la obra, el artista local Rufino González de Córdoba, conocido por todos como Rurro. El “pecado” que ha cometido ha sido inspirarse para crear el cartel en el cuadro de la Virgen de la mosca, una de las piezas más emblemáticas del patrimonio artístico del municipio, visible en la sacristía de la Colegiata de Toro, y sobre la que circulan diversas teorías a propósito de su procedencia y autor. Aunque lo que siempre ha llamado la atención por encima de cualquier otra cosa es precisamente el insecto que le da nombre, representado en la rodilla izquierda de la Virgen, sobre el manto rojo, con tal realismo que parece de verdad posado sobre la pintura fresca y atrapado para la eternidad. Rurro reinterpreta la estampa flamenca del siglo XVI inyectándole el espíritu carnavalesco. Para que podáis apreciar ambas obras  y entender el conflicto, os las muestro a continuación.





El Ayuntamiento ha elegido este de entre todos los carteles presentados por su calidad, destacando la “gran idea” que ha tenido el autor al escoger este símbolo “para que protagonice una de las fiestas más importantes y que más une a todos los toresanos y toresanas” y hacerlo “desde el mayor de los respetos”. Aunque si uno lee los MÚLTIPLES REACCIONES publicadas en la entrada de Facebook mediante la que el Consistorio difundía la noticia, pronto repara en que no todo el mundo “comulga” con las ideas del Equipo de Gobierno -por cierto, del PSOE-.

Hay temas sobre los que es mejor no discutir porque las posturas suelen estar tan enfrentadas y ser tan opuestas e irreconciliables que sabes desde el principio que ninguno de sus defensores se apeará del burro. La política, el fútbol y la religión son tres de esos temas. Y lo que es peor, el debate sobre estos asuntos suele terminar en el fango del reproche y el insulto. Es un problema que arrastramos. Somos incapaces de dialogar, intercambiar opiniones o discutir sin terminar poniendo a caldo al que no piensa como nosotros.

No creo que en el ánimo de Rurro haya estado caer en la irreverencia o molestar a las gentes de fe. Tampoco mofarse de una obra de arte en el año en que Toro será sede de una cita artística de tanto renombre como LAS EDADES DEL HOMBRE. Todo lo contrario. Creo que su dibujo no atenta contra nada, ni siquiera contra las reglas del buen gusto. Otra cosas es que uno aprecie más o menos ese estilo pictórico. Y ¡ojo!, que en lo que se refiere a expresión artística tampoco ha inventado nada. Ya lo hizo antes Picasso con Las Meninas






Y si hay que buscar una escena religiosa, ninguna mejor que La Última Cena de Leonardo da Vinci, que ha tenido REINTERPRETACIONES a porrillo, a cada cual de gusto más dudoso. E incluso algunas ciertamente interesantes, como la propuesta experimental del artista bilbaíno José Manuel Ballester, que creó nuevas versiones de grandes cuadros de todos los tiempo en las que borró las figuras originales para invitarnos a ver las obras desde otra perspectiva. 





CONCLUSIÓN: no la hay. Salvo recurrir al chiste. ¿Qué es el arte?… Helarte es morirte de frío.