Usuarios de Twitter celebran una pieza del telediario de Antena 3 del pasado sábado 4 de junio sobre la ruptura del futbolista Gerard Piqué y la cantante Shakira. Particularmente aplauden a su autor, Jose Larrea, para quien algunos tuiteros piden un aumento de sueldo por su “maravilla”.
ehm por favor que le suban el sueldo al periodista que ha hecho esta MARAVILLA con la ruptura de Shakira y Piqué pic.twitter.com/OOryJuQdup
La ‘gracia’ de la información es que emplea pedazos de canciones de Shakira alusivos a la trayectoria sentimental de la pareja para contar el desenlace de la relación. Lo que se entiende por un vídeo ingenioso, más digno de Youtube, TikTok o cualquiera de esos reels que circulan por redes sociales que de un informativo en una cadena de televisión convencional. Y precisamente creo que es eso, estar fuera de lugar, presentarse como una anomalía dentro de la información seria, lo que ha hecho brillar el trabajo del reportero.
Tengo mis dudas de que un telediario tradicional deba incluir este tipo de ‘gracias’. Tampoco creo que la separación de Piqué y Shakira tenga la suficiente entidad como para colarse en la escaleta de un informativo. Más bien encajaría en un programa de corazón, sociedad o variedades.
Eso no quiere decir que no valore lo que se consigue introduciendo este tipo de material gamberro en un formato clásico: la repercusión en otros canales de comunicación y la atracción de nuevos públicos poco habituados a ver un telediario.
Quiero creer que ese es el objetivo del editor de ese informativo al arriesgarse a emitir algo así. Quizá es un visionario. Puede que simplemente asuma la realidad. Y es que hoy en día la gente ya no ve la televisión para saber qué pasa, sino que consume la información que le llega por redes sociales. Y competir con eso manteniendo el formato del siglo XX es una batalla perdida.
Seré una antigua, pero cuando yo elijo a las tres de la tarde un informativo de televisión, lo hago buscando noticias relevantes, seriedad y rigor en la presentación, incluso originalidad en la factura y el montaje. Y cuando me pide el cuerpo cachondeo, también sé dónde buscar. Y no es en el telediario. Quizá es que me estoy haciendo vieja. Me temo lo peor. En breve estaré llamando a las noticias ‘el parte’.
O estoy oxidada o me he quedado 'en órsay', que diría un antiguo. En estos años separada de la primera línea del periodismo -por darle un poco de empaque a mi discreto papel de ‘chica para todo’ en emisoras de radio- me he debido perder el momento en que los manuales de estilo de los medios incorporaban a los asuntos de interés nuevos enfoques y argumentos que poco tienen que ver con el concepto de noticia que yo estudié en la Universidad, allá por el Pleistoceno.
Leo en la cuenta de La Sexta Noticias en Twitter: ‘Un hombre muere mientras dormía después de discutir con su mujer y marcharse al sofá’. Tardo unos minutos en entender por qué la cadena ha convertido en noticia algo así. Imaginaos la cantidad de gente que muere a diario de manera natural, porque le llega su hora, dejando asuntos pendientes, sin haberse despedido de sus seres queridos o saldado cuentas con sus enemigos, así, simplemente porque sí. Si los medios informaran de cada uno de estos fallecimientos no quedaría tiempo para reality shows ni concursos ni cine de sobremesa; la programación se limitaría a relatar uno por uno cada uno de los óbitos y sus circunstancias, sin diferenciar anónimos de célebres, ni distinguir entre muertes violentas y naturales.
Horas antes asistía perpleja a la elevación a noticia del vídeo de un hombre y una mujer que salían del baño de un avión, discretamente ella primero y él unos segundos más tarde con cara de haberlo pasado muy bien. La grabación la había realizado con su móvil un pasajero que, evidentemente, no estaba en las nubes y la subió a sus redes sociales, con efectos y todo, para deleite de sus seguidores. La propia aerolínea, Virgin, compartió el vídeo en su página de Facebook y añadió la frase jocosa: “Estamos bastante seguros de que ese es nuestro avión! La iluminación del ambiente ciertamente pone una sonrisa en sus caras #smilehighclub”. A continuación numerosos medios de comunicación digitales colgaron en sus webs el vídeo por si quedaba algún internauta por ponerle cara a la pareja que, supuestamente y por otra parte, habían hecho realidad una de las fantasías sexuales secretas de buena parte de la población, que no es otra que montárselo a 30.000 pies de altura.
Sin entrar en debates sobre el puro que se les podría meter al ‘intrépido reportero’, a la propia compañía que le rió las gracias y a los medios que compartieron el episodio y se lucraron publicitariamente con él, todos exhibiendo perfectamente y sin ningún reparo a los protagonistas, me pregunto dónde está el interés periodístico de este calentón de altura. Si me apuráis, más bien la relevancia del asunto comenzaría si los anónimos protagonistas se decidieran a denunciar y el caso pudiera sentar algún precedente para frenar esta locura de saltarnos a la torera el derecho al honor y la imagen cuando se trata de ese mundo virtual y paralelo que se llama internet. Incluidos los propios medios que, supongo, se arriesgan a tales prácticas sabiendo que pocos de los anónimos damnificados pleitean y si lo hicieran siempre sería mayor el beneficio económico de publicar esos contenidos que la hipotética multa que podría imponerles un juez.
Entiendo que los medios de comunicación no pueden obviar el imparable crecimiento del uso de las redes sociales y la proliferación de usuarios con alma de paparazzi y ansia de likes, y que sería de estúpidos no explotar también para beneficio propio el material que triunfa en esos foros. Pero creo en esa enloquecida fiebre por captar seguidores no deberían olvidar algunas reglas básicas y primordiales del periodismo. A pesar de la crisis y reconversión del sector, no todo vale.
Para terminar y argumentar aún más gráficamente cómo se convierten en noticia absolutas gilipolleces surgidas de las redes sociales y a las que regalamos un valioso tiempo informativo, aquí tenéis los últimos casos que han merecido el interés de los medios considerados serios. Comienzo por las de índole sexual que suelen aflorar especialmente en esta época de calores:
Una se pone a revisar las últimas noticias en Twitter para estar bien informada y de repente, haciéndose un hueco a codazos entre las últimas ocurrencias de Trump y las disputas escolares de Podemos, aparece el siguiente titular: “¿Eres capaz de dormir sin bragas?”. Es el digital The Huffington Post el que recoge este –por supuesto- interesantísimo artículo de opinión de una sexóloga pero que, tal y como se nos presenta, recibimos como si fuera una última hora más.
Diréis que eso me pasa por seguir cuentas no tradicionales. Bien, pues abro la edición digital de un diario histórico y serio, El País, y me encuentro un reportaje de alcance que leerás con avidez, sobre todo si eres o aspiras a ser astronauta: “¿Cómo es la vida sexual en el espacio?”.
Pero, ¡qué narices le ha pasado al periodismo! ¿Qué le han hecho al concepto de noticia? Ya cuando en la Facultad nos decían aquello de que la verdadera noticia no era que un perro mordiera a un hombre, sino que un hombre mordiera a un perro, debí intuir que algo así podía ocurrir.
Las redes sociales se ha terminado convirtiendo en fuente de noticias. Los medios construyen historias noticiables a partir de cuatro tuits y sondean el interés de la audiencia a base de publicaciones plagadas de likes y compartidas hasta hacerlas virales. No me extrañaría que en breve se considere periodismo de investigación rastrear Twitter y Facebook.
Lo peor es que, inexplicablemente, como poseída por una extraña y desconocida atracción, me he leído el artículo de dormir sin bragas hasta el final.
Debo ser muy antigua, pero sigo sin cogerle el punto a eso de mezclar información y publicidad (¡Qué voy a hacerle! A mí se me quedó grabado a fuego eso de "cuidar la antena"). Me chirría mucho en televisión, pero en radio me provoca directamente ardor estomacal. Hubo un tiempo en que los informativos y los programas de ambos medios, y por extensión sus profesionales, estaban separados por una marcada línea roja, y la publicidad se ubicaba sin discusión en el contenedor de entretenimiento. Hace un puñado de años la crisis, las nuevas tendencias o vaya usted a saber qué, borró de un plumazo esa diferenciación hasta el punto de que los anuncios empezaron a colarse en las noticias poniendo en peligro, a mi entender, el deber último del periodista y el sentido de ese tipo de espacios informativos, que es transmitir la actualidad de manera objetiva y sin interferencias. Desde el momento en que un profesional salta de contar una noticia a vender un producto sin solución de continuidad, pierde para mí toda la credibilidad. Lo explica perfectamente Justino Sinova en esta entrada de su blog y comparto de arriba abajo este planteamiento.
Imagino que las presiones del departamento comercial y de la gerencia del medio cuando tienen que cuadrar los números llegarán bien amplificadas al periodista de turno, que no tendrá más remedio que incluir ese contenido en su escaleta y aprender a vivir con ello, algunos muy dignamente haciendo de la necesidad, virtud.
No me cierro en banda a que los informativos también resulten rentables publicitariamente hablando, pero existen muchas otras fórmulas para no hacer pasar al presentador por el trago de tener que vender un colchón, un teléfono o unas patatas después de haber informado de una noticia luctuosa. Una de las fórmulas que menos me incomoda es el patrocinio y, por supuesto, siempre que sea posible, con una voz ajena, la de un profesional de la locución publicitaria, que hay muchos y muy buenos. Aquí tenéis un ejemplo.
Capítulo a parte merecen los espacios deportivos, donde parece que hay más permisividad, bien por la temática, bien por el tipo de audiencia a la que se dirigen, o simplemente por el carácter dicharachero de sus conductores. En ese caso, casi se agradece escuchar de vez en cuando alguna mención publicitaria, sobre todo en programas donde los anuncios son parte fundamental del espectáculo, como Tiempo de Juego.
No cabe duda que han creado escuela y esta práctica se ha convertido en recurso habitual para vender publicidad en todos los programas deportivos de la radio, los más rentables con diferencia de toda la parrilla.
En televisión, para salvar la prohibición de incluir anuncios en espacios informativos, se ha optado por separar los deportes del telediario y crear un nuevo contenedor publicitario donde ya no importa si el presentador hace un juego de palabras para saltar de dar la crónica a cumplir con un anunciante, aunque a mí no me termina de convencer.
Lo del periodista convertido al 50% en figura de telediario y figura de anuncio, traspasando las fronteras de su propio medio, no es exclusivo de Matías Prats. Desde hace años la publicidad ha tentado y hecho caer en sus redes a más de uno. Entiendo que las marcas busquen mayor visibilidad a través de figuras familiares para el gran público y también respeto que estos iconos televisivos acepten unos trabajos que les reportan un extra económico -a nadie le amarga un dulce-, pero la decisión deviene en problema llega cuando te equivocas al elegir el producto del que vas a ser imagen. El error te acompañará como una sombra cada vez que dé comienzo tu informativo.
Para terminar, la Ley General de la Comunicación Audiovisual, que regula en nuestro país el derecho a emitir mensajes publicitarios, señala que los anuncios deben estar claramente diferenciados del contenido de los programas. Bien, pues periódicamente la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) tiene que sancionar a programas y cadenas por saltarse a la torera la normativa. La última vez, hace menos de un mes.