Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 30 de junio de 2016

Los prejuicios de la edad

Estos días hay dos preguntas que se repiten machaconamente: Por qué ha caído España en octavos de la Eurocopa y por qué han fallado las encuestas que aventuraban un adelantamiento de Podemos al PSOE por la izquierda, e incluso un empate de los morados con el PP. En ambos casos he llegado a escuchar y leer tal sarta de incongruencias que no me resisto a zumbar hoy por ahí.

Vivimos en un país donde tan pronto elevamos ídolos a los altares como los derribamos y enterramos bien profundo, no sin antes atizarles de lo lindo. El tiempo medio de éxito y gloria suele ser breve, las modas nos duran lo que son capaces de entretenernos, en cuanto la novedad deja de serlo se nos baja la libido y buscamos rápidamente un recambio para reiniciar el furor.

Del Bosque era la leche hasta que perdimos con Italia, que se convirtió en cuajada. No había terminado el partido y ya se estaba debatiendo sobre su continuidad como seleccionador, cuando solo una semana antes estábamos aprendiéndonos de memoria la canción de la Niña Pastori y pintándonos la cara de rojo y amarillo. Ahora ya nos parece que el mister está mayor, que su ciclo ha terminado, y buscamos un recambio más fresco y joven. Y así con todo. 

¿Recordáis a Teresa, la mujer de 74 años de Jarandilla de la Vera, que fue noticia durante un par de días por protagonizar un vídeo de Podemos? Cambiaba la estrategia, ya no se asociaba el partido emergente solo con gente joven, también sintonizaban con abuelos como esta mitinera que daba estopa al PSOE y en general a los políticos ladrones. Los seguidores de la formación elogiaban a aquella mujer mayor y ponían en valor la sabiduría que da la edad, la vida y la experiencia. Pero en cuanto Podemos se estrelló y no consiguió el éxito esperado, entonces resultó que la edad era un lastre que no te deja pensar con claridad. Los viejos ya no son tan sabios y tan pintorescos… Bueno, eso es lo que piensan algunos listos sobre algunos mayores, a los que tildan de miedosos, tontos y paletos por votar -dicen- a los de siempre aunque les roben. 

Me fastidia que la edad sea tan determinante para todo y que se acomode a los intereses y circunstancias de cada uno. Que haya que desconfiar por sistema de los jóvenes por ser inexpertos, pero luego laboralmente haya empresarios que se beneficien de esta mano de obra barata y dócil. Que se hagan chistes sobre los mayores, sus frecuentes visitas al médico a por recetas, su conservadurismo y sus excursiones, pero luego haya un amplio porcentaje de abuelos que sostienen a familias y favorecen la logística con los nietos. Que si el PP saca mejor resultado de lo esperado y Podemos peor, sea porque los viejos han votado a los de siempre. Y que se sigan haciendo chistes con Errejón y su aspecto de niño cuando ya ha demostrado que tanto intelectual como verbalmente se le nota mejor dotado que el 95% de los nuevos inquilinos del Parlamento. Y me fastidia que se vaya arrinconando a mentes privilegiadas porque tienen arrugas para poner en su lugar a rostros tan lisos como su encefalograma. Me gustaría poder escuchar, leer, ver en puestos de responsabilidad de cualquier ámbito a personas brillantes independientemente de su edad, no a mediocres colocados por obra y gracia de alguien que ha pensado que viste más un cantamañanas de 30 o un soplagaitas de 60.

No me gustan las prohibiciones, pero ya puestos yo prohibiría confesar la edad, desvelar ese dato no lleva asociados más que prejuicios. La infancia, la juventud, la madurez, la vejez son estados temporales y pasajeros, que conducen a donde ya sabemos. Todo aquel que desprecie a los mayores, que piense que en su pecado lleva la penitencia; un buen día, sin tardar mucho, se habrá convertido en aquello que detestaba. Y otra cosa más. La juventud se pasa, la estupidez no, así que todo indica que además de hacerse viejo, seguirá siendo estúpido. 

miércoles, 29 de junio de 2016

El largo número 13

Desde hace más de dos años nado con cierta regularidad, por lo general una vez por semana, durante media hora. Evidentemente no soy Mireia Belmonte, ni por técnica depurada ni por velocidad, pero avanzo a mi ritmo y con mi estilo. Me autoimpuse esta disciplina con la idea de practicar alguna actividad deportiva que complementara mi caminata diaria y no supusiera mucho sufrimiento. Cuando pasas la barrera de los 45 tu puñetero organismo decide ir por su cuenta y, como no te muevas, te conviertes en una masa amorfa de tejido adiposo. De modo que si era capaz de quemar mínimamente los excesos, me bastaba. Además dejaría de ser la apestada que no levantaba la mano en las reuniones cuando surgía la típica pregunta ‘¿Cuántos de aquí practican algún deporte?’.


Bueno, pues más de dos años después de iniciarme en este placentero ejercicio, ya puedo hablar con cierta autoridad de algunas de las sensaciones que se experimentan cuando uno avanza en el agua moviendo brazos y piernas. En concreto me centraré en una de ellas, por ser trasladable a mi situación actual. Hay un momento, cuando practicas la natación en una piscina de 25 metros, que la intensidad inicial deja paso a la fatiga y todo el esfuerzo de los primeros largos comienza a pasarte factura. Tu cuerpo quiere que pares, pero tu cabeza te dice que estás ahí para nadar al menos media hora, así que debes continuar. Ese amago de pájara a mí me sucede a la altura del largo número 13. En ese momento sientes que te pesan piernas y brazos, crees que tus fuerzas se han consumido, tu corazón bombea a tal velocidad la sangre a tu cerebro que presientes que va a reventar alguna de las venas encargadas del riego, te imaginas desmayándote y sumergiéndote al fondo de la piscina sin ser capaz de reaccionar, agarrarte a las corcheras o soltar un grito para alertar al socorrista. Es entonces cuando tienes que decidir si parar y tirar la toalla o seguir. Si superas ese momento crítico, ya eres imparable y puedes completar todos los largos que te apetezcan o te permita el tiempo que tienes reservado para esa actividad.

Pasa lo mismo en muchos momentos de la vida, como por ejemplo el que ahora atravieso yo, el extenuante proceso de la búsqueda de empleo. En este preciso instante yo me encuentro en el largo 13. Agotada de buscar y no encontrar, de postularme a todo tipo de puestos relacionados con lo mío y no recibir ni siquiera una cita para hacerme una entrevista. Arrastrada por la adversidad, que me hunde poco a poco y me impide pensar con claridad. A punto de tirar la toalla y parar, salir de la piscina, secarme y dedicarme a algo que requiera menos esfuerzo, por ejemplo, esperar y no hacer nada. Sé que si aguanto el tirón, luego soportaré lo que me echen y llegaré donde quiera, pero –¡joder!- vaya si cuesta.

lunes, 27 de junio de 2016

A comprar tampones a Canadá

Desde los 11 años, en que me vino a visitar por primera vez la regla, hasta el día de hoy, que aún se resiste a abandonarme, he calculado que me habré gastado más de 2.500 euros en tampax y compresas, tirando por lo bajo. Esperaba que mi hija se sumara más tarde a este club menstrual, para no coincidir y duplicar el gasto en la misma casa -una sangría en todos los sentidos-, pero ya estamos las dos gastando a lo loco puntualmente una vez al mes. Estos productos, que consumimos porque no nos queda más remedio, están sometidos a un IVA del 10%, el llamado tipo reducido, y lo peor es que hubo un tiempo que el impuesto que les aplicaban era del 21%. Es verdad que nos podríamos ahorrar el atraco prescindiendo de estos inventos y recurriendo al uso de toallitas lavables, como hacían nuestras abuelas, y abstenernos de refrescarnos en la piscina, o practicar algún deporte distinto al ajedrez, y si me apuras, podíamos quedarnos en casa en esos días -¡qué más quisieran algunos!-. Incluso podríamos habituarnos a la copa menstrual puesta de moda por la CUP, que aunque igualmente gravada, es reutilizable y así solo nos robarían una vez cada diez años. Pero me resisto a que los legisladores marquen mis costumbres higiénicas a la hora de afrontar mi condición no elegida de mujer.


Quien sea capaz de lograr los apoyos necesarios para gobernar este país deberá plantearse muchas cuestiones, en particular el espinoso asunto de los impuestos, y más concretamente los que afectan al consumo de productos de primera necesidad, como son los relacionados con la higiene femenina. Esta reivindicación no es nueva. Llevamos años lamentándonos de que se penalice a estos productos con la misma carga fiscal que a otros que son de auténtico lujo. Ahora, en un enésimo intento -esperemos que no fallido-, un grupo de mujeres ha lanzado Tampons from Canada, un movimiento para sensibilizar al nuevo gobierno sobre este tema y que de una vez por todas rebaje el IVA de tampones y compresas al tipo superreducido del 4%. De no ser así, planean hacer un pedido masivo de tampones a Canadá, país que el año pasado eliminó la tasas sobre este tipo de productos. La campaña está hecha con mucho sentido del humor y espíritu crítico, igual que el vídeo que la sustenta.


Yo desde luego me apunto a esta iniciativa, asociada a la petición en este mismo sentido lanzada por la periodista Celia Blanco hace algunos meses a través de Change.org. Y la ampliaría a otros productos igualmente necesarios como los pañales, tanto de adulto como de bebé, los salvaslip y las compresas para pérdidas de orina. Que ya voy teniendo una edad y la jubilación que nos pueda quedar no va a dar para muchos lujos.

domingo, 26 de junio de 2016

Votantes de corazón

Dos hombres han muerto hoy en la 'Fiesta de la Democracia'. La parca les ha pillado en pleno colegio electoral. Uno, de 92 años, ha sufrido un ataque al corazón justo después de votar en el barrio de Tetuán, en Madrid. Al otro, de 79 años y con problemas coronarios, se le acabaron las fuerzas a la puerta de su colegio electoral en Santa Coloma de Farners, en la provincia de Girona. Ni siquiera le dio tiempo a llegar a la urna y enseñar el carné de identidad. El primero permanecerá en el recuerdo de quienes le conocieron como el hombre que lo último que hizo en su vida fue votar y cumplir así con sus obligaciones de ciudadano. Me hubiera gustado saber a quién votó. El segundo pasará a la posteridad como aquel que no pudo hacer realidad su última voluntad. Seguro que llevaba en la mano los sobres blanco y sepia. Los habría traído de casa, como acostumbran las personas mayores. Puede que por primera vez en su vida fuera a cambiar el sentido de su voto. Puede que hubiera estado meditando todos estos días, sintiendo que traicionaba a los suyos, pero convencido de que era el momento de votar sopesando otras razones, o puede que hubiera sido fiel a sus convicciones y al meter la papeleta se hubiera dejado llevar una vez más por el corazón, el mismo que se le paró antes de tiempo.


Cuando a partir de las 8 de la tarde llegue el recuento de votos, el votante fallecido en Madrid computará como uno de los millones de españoles que ejercieron su derecho en este segundo intento electoral, aunque ya no exista y cause baja en el censo; el otro, el de Girona, figurará dentro del porcentaje de abstención, aunque tuviera clara su intención de participar en la elecciones y sus votos se hayan desviado macabramente hasta cambiar la urna por la tumba.

Ambos decesos se incluyen en la lista de ‘anécdotas’ de una tranquila jornada electoral sin mayores ‘incidentes’. Los dos óbitos comparten protagonismo con el récord de Villarroya, en La Rioja, que ha vuelto a ganar el título del primer municipio en votar, con un censo de seis vecinos (tres mesa y tres suplentes) –así cualquiera-; y con el tipo que ha acudido a ejercer su derecho en Madrid vestido de espermatozoide; también con una vocal de mesa en Valencia que se ha puesto de parto; además de con Chacón y Garitano, que se han tenido que comer el marrón de pasarse el día en una mesa electoral; y, cómo no, con Odón Elorza, que ha sufrido un ramalazo de daltonismo y se ha confundido al meter las papeletas en las urnas, la sepia en la blanca y la blanca en la sepia. Pues por encima de todas estas anécdotas, la pérdida de estos dos votantes es la que más me ha llegado al alma. Sobre todo porque, Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera les robaron hace seis meses la posibilidad de ver un nuevo gobierno y, para colmo de males, se han ido al otro barrio con la intriga de conocer el resultado de estas segundas elecciones y sin saber si esos cuatro serán capaces de evitarnos unas terceras.

viernes, 24 de junio de 2016

La isla se aísla

Me preguntaba mi hijo esta mañana, aún confundido al ver mi preocupación por la noticia que sonaba en la radio, que si en Gran Bretaña había ganado la opción de irse de Europa, cuál era el resultado que había salido en el resto de países. O sea, qué habíamos votado en Europa sobre el tema. Le intenté explicar que los únicos que podían decidir sobre su permanencia o no en la Unión eran los británicos. Y él, en su inocencia, políticamente virgen, aún no maleado por ideologías de ningún tipo ni espíritu secesionista que valga, me contestó que no entendía por qué no podían opinar el resto de países europeos. Hubiera estado bien, no solo para posicionarnos sobre la salida de Reino Unido -según los sondeos más de la mitad queríamos que no se fueran-, sino sobre nuestra propia permanencia. Ese es el mayor temor de algunos, que cunda el ejemplo, haya un efecto dominó y el escenario geopolítico de la vieja Europa se vaya al carajo. Y es que, tal y como están las cosas, es más que probable que cualquiera de los países de la Unión comparta los motivos que han llevado a los partidarios de la salida a ganar este referéndum antieuropeista:

-Consideran que Europa es un freno a su crecimiento y quieren negociar sus propios acuerdos comerciales con otros países sin tener que someterse a las condiciones pactadas a través de la Unión.

-No están dispuestos a verse obligados a acoger más extranjeros en su país. Quieren controlar sus fronteras, decidir quién entra y quién trabaja en su territorio.

Me juego una caña a que piensan lo mismo la mitad de los europeos. Aún así, en el fondo esperaba que a Cameron le saliera bien el experimento y no la liara parda con esto del referéndum, pero cuando uno le da voz al pueblo se arriesga a saber lo que opina el pueblo. Qué podíamos esperar. Y eso que Reino Unido era un socio privilegiado de la Unión. Todos tuvimos que renunciar a nuestra moneda, pero ellos siguieron manejando sus libras. Incluso ahora, ante la amenaza de su salida, desde Europa se les llegaron a ofrecer muchas más prebendas de las que nunca podrán soñar ninguno de los países asociados en este club que cada vez está más lejos de ser un reflejo de los Estados Unidos de América.


Sin entrar en el análisis de los datos macroeconómicos -que me superan- si se analizan con tranquilidad y con perspectiva las consecuencias que pueda acarrear este resultado sobre la vida cotidiana de nuestro entorno, la gravedad se disipa. Aunque la primera reacción de las Bolsas ha sido el batacazo, estoy segura de que le seguirá una recuperación, con lo que espero que no se resientan planes de pensiones, paquetes de acciones o depósitos bancarios, y mientras los especuladores habrán pescado en río revuelto e incrementado su fortuna. Pensemos además que esto no es inmediato. Hay dos años como mínimo para hacer efectiva esta escisión. Los miles de trabajadores españoles que residen en aquel país no van a perder sus derechos por las buenas. Tampoco van a cerrar ahora sus puertas a los estudiantes de otros países de Europa. A Gran Bretaña le interesa mantener acuerdos recíprocamente beneficiosos con países como el nuestro. No olvidemos que somos el lugar donde viven más británicos después de su propia nación de origen, no vamos a mandarlos de vuelta a casa y privarles del paraíso que son nuestras playas. Y a ver de dónde van a sacar ellos mejores au-pairs que las españolas, limpias, educadas, divertidas, cariñosas y dispuestas a dejarse explotar. Y dónde van a encontrar los ingleses mejor destino low cost de vacaciones gamberras que Magaluf... ¿Alguien imagina una Eurovisión sin ‘Guayominí’ y una Champions sin el Manchester United, el City, el Liverpool, el Chelsea o el Tottemham?

Nunca me he sentido muy europea. De hecho carezco del gen que regula el sentimiento de pertenencia a algo más grande que uno mismo. Me gustaría poder circular por el mundo sin necesidad de tener que sacarme el pasaporte y pedir visados en las embajadas. Así que cuando entramos en Europa aplaudí la ventaja de viajar solo con el DNI, pero me fastidió tener que enterrar mi moneda por el euro común. Luego vi que esta uniformidad podía ser una ventaja, no había que ir al banco a cambiar las pesetas, aunque en función del país de procedencia unos pudieran comer de restaurante y otros tuviéramos que darle al bocata. Al abrigo de Europa han florecido muchos caraduras, no solo en sus instituciones, también a la sopa boba de sus ayudas. Dicen que la Unión hace la fuerza, pero se me escapa si al ir de la mano hemos conseguido mayor poder y crecimiento económico, sospecho que no cuando en el seno de esta institución desde el principio ha habido países de primera y de segunda, una clasificación que no se ha corregido con el tiempo, incluso ha ido a peor… y no quiero señalar a Grecia, Portugal, Bulgaria…

Voy terminando. Si uno escucha a los estudiosos del proceso, ve que con el Brexit han ganado los viejos británicos temerosos de que invadan su territorio y han perdido los jóvenes profesionales que consideran una ventaja en todos los sentidos la libre circulación por el continente. En un mundo globalizado y virtual las fronteras cada vez son más un elemento mental que otra cosa. Dibujar y desdibujar territorios me suena a cartografía y clase de geografía.

De modo que pediría tranquilidad, sobre todo a los catastrofistas que ven cerca el apocalipsis y les recomendaría que se den una vuelta por las redes sociales para comprobar cómo este acontecimiento tampoco nos ha hecho perder el sentido del humor.