Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 31 de mayo de 2026

Cuidado con lo que le pides a la IA

Hace meses que no vuelco por aquí mis pensamientos porque la vida me arrastra y nunca encuentro el momento. Pero hoy me he obligado a romper esta sequía sermonera motivada por un caso que se ha conocido esta semana y que me da la impresión de que no ha encontrado la suficiente repercusión, al menos una difusión a la altura de su trascendencia. Tiene que ver con la inteligencia artificial y con la poca o nula conciencia de los usuarios sobre cómo funciona en realidad.

Voy al grano. El Ayuntamiento de San Martín de la Vega, un municipio de la Comunidad de Madrid, publicitó su Feria del Libro de este año con un cartel que mostraba una ilustración en la que se veía en primer plano la estructura de un libro abierto que simulaba ser una puerta de acceso al Parque V Centenario y Pasillo Verde del municipio, espacio donde se desplegaron las casetas el fin de semana pasado. 

La imagen se completaba con siluetas de vecinos visitando la feria y, al fondo, una fuente reconocible del municipio. Un cartel colorido y original, al menos a simple vista, para el común de los mortales. Porque quienes están metidos en el mundillo de la ilustración reconocieron rápidamente similitudes con el cartel de la Feria del Libro de Valencia del año pasado, una obra, para más inri, del dibujante Paco Roca, autor de célebres historias como ‘Arrugas’ o ‘La casa’, que ha compartido ambas obras con la frase “¿Qué es IA? IA eres tú... Pero sin cobrar”. Juzgad vosotros mismos si hay o no similitudes.



Conocido el escandalazo, al Ayuntamiento no le quedó otra que retirar la imagen y pedir disculpas públicamente.



Este episodio me provoca dos reflexiones. Por un lado, me gustaría que sirviera para que los usuarios entendieran que cuando recurren a la IA generativa para que realice algún trabajo “original”, será todo menos eso. Esta tecnología se limita a rastrear su potente base de datos integrada por trabajos ya existentes y, según lo que se le pida, copiar o reproducir algo previamente creado por alguien, por lo general, un ser humano, saltándose a la torera los derechos de autor. Al final, la IA actúa como un parásito que se alimenta del esfuerzo ajeno por indicación, lo que es peor, de otro ser humano con pocas ganas de darle a la cabeza. Que nadie se engañe.

La segunda reflexión tiene que ver con esa peligrosa costumbre que han adoptado los Ayuntamientos y administraciones públicas en general de ahorrarse el gasto de un creativo profesional encargándole la cartelería institucional a alguien de la plantilla, ya sea del propio Gabinete de Comunicación o a cualquiera dentro de la corporación que destaque mínimamente en el manejo de Internet, aunque no tenga las nociones mínimas de lo que requiere ese proceso artístico. Hubo un tiempo en que había concursos a los que se presentaban grandes profesionales para elegir el mejor cartel anunciador de este tipo de eventos. Pero, con la llegada de la IA, algún listo debió pensar que mantener esa buena costumbre era tirar el dinero público.

En su denuncia, Paco Roca trasladó que era socio de Vegap, una entidad de gestión colectiva de derechos de Propiedad Intelectual de los artistas plásticos, y que dejaba en sus manos cualquier acción que se pudiera emprender. En cualquier caso, estaría en su derecho y no sorprendería a nadie que demandara al Ayuntamiento.

Api Madrid, la Asociación de Profesionales de la Ilustración de Madrid, también se hizo eco de la retirada del cartel tras el escándalo y recordó que “el plagio no sólo es un acto deshonesto, sino que constituye un delito y está sancionado por el Código Penal, ya que vulnera los derechos de propiedad intelectual y atenta contra el derecho moral y económico del autor por el uso de su obra”.

Apuntaba también que “el Ayuntamiento de San Martín de la Vega, como institución pública, es conocedor del código de buenas prácticas sobre el uso de la IA que emitió el Ministerio de Cultura en 2021. Y sin embargo, en lugar de contratar a un ilustrador o sacar el cartel a concurso, escogió hacer uso de la IA y ahora tendrá que hacer frente a la demanda por plagio interpuesta por el autor. Una vez más, lo barato sale caro”.

Nada más que añadir.

sábado, 7 de marzo de 2026

Por mucho que odies a Pedro Sánchez

Por mucho que odies a Pedro Sánchez; por mucho que te fastidie que siga en la Moncloa; por mucho que envidies su capacidad para desenvolverse en una cumbre internacional hablando en inglés con otros mandatarios; por mucho que te joda su planta, su imagen y esa aparente seguridad en sí mismo de la que hace gala en cualquier situación; por mucho que te reviente verle compartir vídeos con recomendaciones literarias y musicales o jugando con sus perretes por los jardines del palacio; por mucho que pienses que no cuenta con los apoyos suficientes para gobernar o aprobar presupuestos; por mucho que esquives los buenos datos macro de crecimiento de la economía española durante su mandato y prefieras poner el acento en la inflación o la baja productividad; por mucho que pienses que se ha cargado el Partido Socialista y lo ha transformado en el Partido Sanchista; por mucho que sospeches que maneja todos los poderes y mueve sus hilos para desviar la atención a otros temas y dejar fuera del foco las distintas causas judiciales que afectan a su entorno; por mucho que estés convencido de que cada decisión que toma es electoralista; por mucho que veas en su “No a la guerra” una estrategia para robarle votos a la izquierda de la izquierda; por mucho de todo esto y más, me cuesta creer que tengas alguna duda sobre de qué lado posicionarte en el pulso entre Donald Trump y Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez (Foto: La Moncloa)


Creo que la mayoría, si no todos, hemos conocido en nuestra etapa escolar a algún ‘Donald Trump’, el típico abusón del que tratabas de alejarte para que no reparara en tu presencia y así evitar que te eligiera como víctima. Ese que robaba meriendas, pisoteaba carteras o se metía con los que veía más débiles con total impunidad. Ese que iniciaba los líos, pero se las ingeniaba para que la bronca le cayera a otro. Ese que respondía con amenazas a cualquiera que osara no plegarse a sus deseos. Ese que solo se podía neutralizar de dos maneras: con un plante general de sus posibles víctimas previa denuncia a un mayor o con la aparición de otro como él que le hiciera probar su propia medicina.

Me parece perfectamente legítimo que un presidente español se niegue a permitir que EEUU use bases militares en su territorio para una guerra iniciada por su cuenta (y la de Israel), saltándose el derecho internacional y la vía diplomática. Aunque el país bombardeado sea Irán, donde impera un régimen teocrático que reprime a su pueblo y discrimina a las mujeres. No creo que liberar a los y las iraníes haya sido lo que haya movido a Netanyahu y Trump a iniciar una operación cuyos efectos va a ser desastrosos para todos, menos para ellos.

El capítulo 2 del Convenio de Cooperación firmado en 1988 para el uso de las bases de Rota y Morón dice textualmente: “España concede a los EEUU el uso de instalaciones de apoyo y otorga autorizaciones de uso en el territorio, mar territorial y espacio aéreo españoles para objetivos dentro del ámbito bilateral o multilateral de este Convenio. Cualquier uso que vaya más allá de estos objetivos exigirá la autorización previa del Gobierno español”. Es decir, lo de no permitirle a los americanos su uso para esta guerra está perfectamente justificado. 

Lo que no tiene ni medio pase es que la reacción de Trump a esa negativa sea la de amenazar a España con aranceles como venganza. Y, desde luego, lo que clama al cielo es que a la oposición no se le caiga la cara de vergüenza cuando le echa la culpa a Sánchez de las posibles pérdidas económicas que vayamos a sufrir por no ser serviles al abusador en vez de ponerse del lado del país afeándole al presidente norteamericano esa amenaza de aplicarnos un correctivo totalmente arbitrario. Me pregunto a quién culparán de los efectos ya visibles de la guerra, como la bajada de la bolsa, la subida de la gasolina y el colapso en el transporte de todos tipo de mercancías por el estrecho de Ormuz, del que las principales beneficiadas -qué causalidad- están siendo las exportadoras de gas estadounidenses.

domingo, 1 de marzo de 2026

Lo mejor y lo peor de la última gala de los Goya

Llevo 40 años viendo la ceremonia de los Goya en televisión. No me he perdido ni un año la gala de los Oscar, desde que se emite en España a través de alguna cadena. A todas esas noches viendo entregar premios tengo que sumar también los Forqué y los Feroz que he seguido desde que los inventaron y alguna cadena o plataforma de streaming los ha retransmitido. Este es mi bagaje para poder hablar con cierta autoridad sobre este tipo de espectáculos o, al menos, con la experiencia que da ser espectadora recurrente. Desde ese lugar, voy a tratar de explicar dónde acertó y dónde falló la gala del 40 aniversario de los premios del cine español que pudimos ver este sábado 28 de febrero.

Antes de nada, soy contraria a la tendencia de elegir para conducir el evento a dos e incluso tres presentadores -como la edición de los Javis y Ana Belén-, a no ser que sean una pareja cómica con química, como Andreu Buenafuente y Silvia Abril. La elección de este año de emparejar a Luis Tosar y Rigoberta Bandini no la he entendido. No creo que empastaran bien ni tuvieran el perfil para conducir una gala así. Además, si lo de fichar a la cantante para este cometido era por hacer un guiño a Barcelona introduciendo a alguien catalán, se me ocurren miles de opciones alternativas.

A mi entender, basta con un buen maestro de ceremonias, con gracia y desparpajo, al estilo de la añorada Rosa María Sardá, y un guion inteligente para hacer de la gala un buen espectáculo. Y cuando hablo de presentador, me refiero a una persona que no solo abra y cierre la ceremonia, sino que también vaya teniendo breves apariciones de entidad a lo largo de la velada llevando un hilo conductor, no como ocurre últimamente, que llegas a olvidar quién presentaba la gala porque no vuelves a verlo sobre el escenario.



En cuanto a las interacciones con las estrellas del patio de butacas, soy partidaria de incluir pequeños gags con algunos de los asistentes previamente pactados, porque suele ser raro que ese tipo de encerrona funcione cuando pillas por sorpresa a alguien, siempre que no sea un rey de la improvisación, claro. Mejor contar con cómplices que sepan que van a jugar un papel en el espectáculo y que la sorpresa esté bien ensayada. Más que nada por el bien del espectador, del presentador y del sorprendido. Como ejemplo, el momento en el que Rigoberta Bandini interactuó con Óliver Laxe, que a mí me resultó incómodo y ortopédico. Sobre todo, cuando la artista, de repente, se puso a cantar dejándole de pie parado sin saber qué tenía que hacer.

Otros momentos donde el guion se revela como fundamental son aquellos en que las parejas ‘entregadoras de premios’ van presentando cada una de las categorías. Todos estos años de tragarme estas fiestas del cine me han enseñado que en solo un minuto se puede mantener un diálogo ingenioso entre los dos entregadores antes de dar la estatuilla. Sin embargo, en la última gala, salvo contadas excepciones, como la de Toni Acosta, que improvisó con ironía uno de los mejores chistes de la noche sobre la duración de la gala cuando dijo “Queda poquito. Porque empezamos en febrero y estamos ya en marzo", el resto se limitaron a que uno diera paso al vídeo con los cinco nominados y el otro a abrir el sobre y desvelar el nombre del ganador. Puede que haya sido ese papel tan frío que les ha tocado jugar este año el que haya influido en esa imagen de poca complicidad que mostraban los dúos. A saber quién y con qué criterio ha emparejado a los entregadores de este año porque no se ha dado mucho ‘match’. En vista del resultado, hubiera bastado con un único entregador. Ahí tenemos como ejemplo a Victoria Abril en solitario entregando el premio a la mejor actriz con un monólogo convertido en uno de los momentos más divertidos y brillantes de la gala.

Otro aspecto que no logro entender es por qué se empeñan en meter con calzador números musicales que no tienen nada que ver con las películas que compiten. Creo que funcionaría mejor que las cinco actuaciones fueran las canciones nominadas, interpretadas por los propios artistas o, en su defecto, un único montaje en el que se repasaran extractos de las candidatas en voces de otros cantantes.

En la última ceremonia no me sobró el inicio musical con el clásico de Joan Manuel Serrat ‘Hoy puede ser un gran día’, por sus múltiples simbolismos. También fue muy acertado el ‘Si te vas’ de Robe Iniesta como banda sonora del In memoriam. Pienso que con esos minutos musicales habría bastado. Y eso que la versión de 'Bámbola' que hicieron Ana Mena y Guille Milkyway de La Casa Azuel no estuvo mal, pero no venía a cuento. Sí parece que tenía más justificación ‘La rumba de Barcelona’ que se montaron Rigoberta Bandini, Bad Gyal y Arrels de Gràcia, aunque personalmente me parezca innecesario que haya que homenajear cada año a la ciudad donde se celebran los Goya introduciendo ‘algo muy de allí’ en el espectáculo.

Por otro lado, la cifra redonda de 40 años que cumplían los premios exigía un ejercicio de memoria como el que hizo la Academia mostrando imágenes icónicas de todas las galas vividas hasta ahora, de las películas premiadas en estas cuatro décadas y testimonios de sus protagonistas, aunque creo que se les fue la mano. En estos tiempos de inmediatez y consumo rápido de contenidos en redes sociales, para mantener la atención del público, los vídeos no deberían superar el minuto y medio. Ajustándose a esa duración, podrían haber ido soltando piezas para desengrasar y marcar el ritmo de la gala. En cambio, optaron por vídeos que, aunque interesantes, se me antojaron demasiado largos.

Quizá eligiendo la primera opción, habrían acortado la duración de la gala que, por mucho que se empeñan año tras año, no hay edición que no supere las tres horas. Esta duró tres horas y 10 minutos, 20 minutos menos que la del año pasado. Controlar lo controlable es la única manera de ajustar el tiempo. Si resulta incontrolable que, en medio de la euforia, el Goya de Honor, el Internacional o el propio presidente de la Academia, ciñan su discurso al tiempo que se les ha marcado, mucho más los es que los ganadores no se excedan del minuto que les dan para expresar sus agradecimientos y reivindicaciones bajo ameneza de ser expulsados del escenario a golpe de música si se exceden. 

De hecho, los emotivos discursos de Alba Flores al recoger el Goya a la mejor canción por la película ‘Flores para Antonio’, que puso a cantar ‘No dudaría’ al patio de butacas, y el de Miriam Garlo, mejor actriz revelación por su papel en la película ‘Sorda’, reivindicando la importancia de la lengua de signos, superaron con creces el tiempo asignado. Y estoy segura de que a nadie se le hicieron largos. El tiempo siempre es relativo.

domingo, 18 de enero de 2026

Convivir sin encontrarse

Mi hijo pequeño ha cumplido hoy 21 años. Cuando todavía era menor de edad y tenía cierta autoridad sobre él, un día como el de hoy, mucho más cayendo en domingo, lo hubiéramos celebrado comiendo su comida favorita en familia para terminar saboreando un rico helado, si era de caramelo salado, mejor. Al despertar le habríamos dado el regalo que había pedido y alguna sorpresa más. Habríamos cantado el cumpleaños feliz y tomado fotos o grabado vídeos soplando las velas.

Sin embargo, hoy no ha habido nada de eso. Hace años que decidió no sentarse más a la mesa con sus progenitores para no discutir y terminamos por normalizar los dos turnos para comer o cenar. Cuando le he pedido que hiciera un pequeño esfuerzo por comer juntos para celebrar su cumpleaños y le he prometido que evitaríamos los temas espinosos y la confrontación, se ha negado.

A pesar de esa cerrazón y su distanciamiento, yo, ilusa de mí, sigo tratando de mantener esas tradiciones de los buenos tiempos. Hace unos días le pregunté qué le gustaría comer en esta fecha tan especial, deseando que su corazoncito de piedra se resquebrajara un poco y recordara que no hace mucho tiempo yo era una de sus personas favoritas.

En esta ocasión, verbalizó que quería croquetas y empanada de pollo y setas. A esta corta lista de deseos añadí ensaladilla rusa, jamón del bueno, nachos con guacamole, relleno con carne picada y verduras para fajitas, además del helado.


Imagen: Freepik

Imaginaba que él comería antes y luego terminaríamos nosotros lo que quedara en la mesa. La sorpresa fue que decidió irse a comer con sus amigos a la casa de uno de ellos y llevarse en tapers sus raciones de cada cosa. 

Lo curioso es que por la mañana le había preguntado si necesitaba dinero para invitar a sus amigos a algo y su contestación fue: “Sí, claro, a un parque de bolas”, dándome a entender con ironía que ya no es un niño y que deje de intentar organizarle la vida. No me dio la oportunidad -ni ganas me quedaron- de explicarle que podía invitarles a comer por ahí unas pizzas que yo gustosamente costearía y luego por la noche cenar en casa el menú que había pedido por su cumpleaños.

Igual que con los platos favoritos, también he intentado, como siempre, que hubiera algún regalo, aunque en los últimos años él se empeñe en ponérnoslo difícil. Le gusta marcar los tiempos, así que tarda en desvelar sus deseos y pone tantas condiciones que cuesta conseguir que el regalo esté listo el mismo día del cumpleaños. Él insiste en que le da igual que no llegue para ese día, que prefiere estar seguro de que lo que pide es exactamente lo que quiere.

Este año dejó caer que necesitaba una cajonera para su habitación. Después de mucho insistirle, conseguí que me pasara las características y algunos enlaces de internet en los que aparecían muebles que se aproximaban a lo que estaba buscando. Yo lo ofrecí algunas otras posibilidades para que las valorara. Eso sí, me precisó que antes de elegir cualquiera, lo consultara con él. Ha llegado el día y, por supuesto aún no me ha dado su conformidad con ninguna opción. Dice que está demasiado ocupado con los exámenes. 

Como imaginaba que esto pasaría, compré un par de chorradas para mantener la tradición y que no se despertara hoy sin ninguna sorpresa que hiciera de este un día distinto: unas luces led que cambian de color para decorar su habitación y remplazar las que se le habían estropeado y una camiseta negra y lisa, conociendo su costumbre de despreciar toda la gama cromática que no sea la que va del negro al blanco pasando por el gris.

Si estaba emocionado y sorprendido al abrirlos, lo ha disimulado bien. Me he adelantado a cualquier posible exabrupto precisándole que ambos detalles eran un aperitivo del mueble que está por venir -cuando él decida de una vez cuál quiere- y que tenían su correspondiente ticket regalo por si no fueran de su agrado. En un ejercicio de contención, imagino, no ha protestado. Y ante la pregunta sobre si había acertado con la talla de la camiseta, me ha parecido que decía “está bien”. Pero, cuando he pasado luego por su habitación, la camiseta estaba doblada sobre la cama, no en una percha del armario, y el paquete de luces seguía sobre la mesa precintado.

Cada día me pregunto qué será eso tan grave que le hemos hecho a esta criatura; qué trauma arrastra por nuestra acción u omisión; en qué momento de su infancia o adolescencia le fallamos tanto como para ser incapaz de hacer el esfuerzo de sentarse 15 minutos a comer con sus progenitores el día de su cumpleaños o simplemente relacionarse con normalidad con ellos, dado que conviven bajo el mismo techo y cubren sus necesidades.

De todos modos, yo he llegado a un punto donde me conformo con que no haya gritos ni portazos. Si el peaje que hay que pagar para ello es evitar coincidir alrededor de una mesa, barato me parece.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Qué raros son estos alemanes

Acabo de pasar unos días en Alemania. Con la excusa de visitar a mi hija, que se ha dio de Erasmus a la Universidad Técnica de Múnich, he aprovechado para hacer un poco de turismo por la zona. Durante mi estancia en aquel país he visto algunas cosas que me han llamado la atención. Por ejemplo, ni un solo tren de los que he tenido que coger ha salido o llegado a su hora, y a pesar de ello, ninguno de los pasajeros locales ha parecido alterarse. No he podido evitar acordarme de Óscar Puente y de quienes le maldicen en las redes sociales cuando hay incidencias en nuestras Cercanías.

También les he notado bastante respetuosos con las normas de urbanidad y aquello de ‘antes de entrar, dejen salir’. Y, a pesar de que en los autobuses, tranvías, metros y trenes no hay tornos o máquinas para validar el billete, me ha dado la impresión de que nadie se cuela en el transporte público, salvo -seguramente- los turistas. Es cierto que en los trenes es más habitual ver revisores comprobando que todos viajan con su título correspondiente, pero en esos casos no he asistido a ningún momento ‘delicado’. También es verdad que ellos disponen de una oferta envidiable, un bono llamado Deuchland Ticket con el que, por un módico precio, 58 euros al mes (en 2026 lo suben a 63), puedes viajar por todo el país en transporte público, así que te trae cuenta la inversión porque lo amortizas rápido.

Hablando de transporte, nos superan con creces en vehículos eléctricos y en moverse en bicicleta. Mientras aquí seguimos apostando por los aparcamientos disuasorios de coches, en Alemania los parkings que se ven repletos junto a las estaciones de tren son de bicis.

Y es que en el terreno medioambiental juegan en otra liga. Una de las primeras cosas que le sorprendieron a mi hija al llegar al país, y que me costó creer cuando me lo contó, es que no venden matamoscas en los supermercados. Desde comienzos de este año en Alemania está prohibido el autoservicio de insecticidas letales por sus consecuencias ecológicas y como medida para proteger a los insectos en el país. Así que como mucho, puedes encontrar productos para ahuyentar a mosquitos y otros bichos. La alternativa es recurrir discretamente a esa arma de destrucción masiva que es la zapatilla.

Por supuesto, su preocupación por el medio ambiente se nota también en el bolsillo. Cuando compras una lata de refresco o una botella de plástico o vidrio, pagas unos 25 céntimos más que recuperas si te tomas la molestia de devolver el envase. Es el sistema que emplean para involucrar a los ciudadanos en el reciclaje. Las botellas y latas se introducen en máquinas que suele haber en el exterior de los supermercados y que emiten un recibo canjeable por dinero o descuento en la compra.

No sé si considerar un punto ecológico el uso de estufa de aceite como modo de calefacción en el airbnb donde nos hospedamos. A mí me parecía retroceder a la época del brasero de mi abuela o la estufa de butano pero, por lo que contaba el dueño, era algo muy común y apreciado por ser sostenible.


Llama la atención que se priorice la salud del planeta sobre la salud de quienes lo habitan, porque toda esta preocupación por el entorno choca con unos hábitos poco saludables. Me refiero no solo a sus menús hipercalóricos a base de salchichas, asado de cerdo o ensalada de patata junto con el consumo cotidiano de cervezas de medio litro en los biergarten y cervecerías tradicionales. Es que, además, Alemania tiene una de las tasas de tabaquismo más altas de Europa y eso se ve en la calle. Para alguien que va desde España, choca ver, por ejemplo, un cuadrado pintado en el suelo de un andén de estación como zona de fumadores. Además, el uso recreativo del cannabis se legalizó el año pasado y ya se puede fumar en la calle. Mi olfato da fe de ello.

Otro aspecto llamativo es el libre consumo de alcohol en el espacio público. No resulta extraño cruzarse por las calles con gente bebiendo latas de cerveza, ver personas sentadas en un banco pimplando o coincidir en el metro con jóvenes que se dirigen a alguna zona de ocio o a hacer la previa con botellas de vino en la mano, sin ni siquiera disimularlas dentro de una bolsa, y dándoles lingotazos de vez en cuando. Esta práctica está prohibida en España. Y multada. De hecho, al regresar a casa del viaje, me encontré con un aviso de Correos en el buzón. Habían venido a entregar una carta certificada para mi hija. Era una multa del Ayuntamiento de Punta Umbría. Durante sus vacaciones este verano, la Policía Local les dio el alto en una zona de ocio cuando llevaban alcohol para consumir antes de entrar a una discoteca. Por cierto, gracias a esta experiencia me he enterado que el Ayuntamiento de Punta Umbría tiene externalizada la gestión de sus sanciones en una empresa de Cantabria. ¡Viva la globalización! En cualquier caso, la broma de la fiesta de mi hija le salía a 80 euros si pagaba cuanto antes o 100 si se hacía la remolona. Adivinad.

Me pregunto cuál de los dos países acierta con sus políticas: el permisivo o el sancionador. Solo sé que en los seis días que he pasado en Alemania no me ha parecido ver a ningún borracho por las calles, mientras que en Madrid no hay día que no sortee una pota en suelo.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Libertad sin ira

No sé por dónde empezar. No sé si romper el hielo abordando la cancelación del late show del humorista y presentador estadounidense Jimmy Kimmel. Todo porque se le ocurrió comentar en su programa de la cadena de televisión ABC que "la pandilla de MAGA (los del Make America Great Again, próximos a Donald Trump) se ha dejado la piel intentando retratar a este chaval que mató a Charlie Kirk (en alusión a Tyler Robinson) como si no tuviera nada que ver con ellos, mientras trataban de sacar tajada política del asunto". Lo que dijo ni siquiera es un chiste. Porque del pobre diablo que acabó con la vida del influencer ultraconservador norteamericano, ese famoso activista que argumentaba siguiendo los preceptos de la Biblia, solo se sabe que no milita en la izquierda y, sobre sus motivaciones, lo más que ha declarado es que la víctima “difundía demasiado odio”. Y que quede claro que nadie merece ser asesinado, ni siquiera quien pueda desearme el mal a mí por pensar distinto.

En un país cuyo Gobierno alardea de defender la libertad de expresión, su presidente ha celebrado la suspensión del programa por -dice- su baja audiencia. Aunque las cifras de espectadores a quien podrían preocupar es a Disney, dueño de la cadena, no a Donald Trump al que, en todo caso, no debería inquietarle lo que se diga en ese programa si, como comenta, realmente no lo ve ni el tato. Ya ha deslizado el mandatario estadounidense los nombres de otros presentadores de late show que deberían seguir el mismo camino, señalando a quien le molesta para que la opinión pública solo pueda nutrirse de quien piensa como él. Así de triste está el panorama.

En otra tierra de libertad, en Madrid, andamos enfrascados ahora en discutir si lo de Gaza es o no un genocidio

Foto compartida por Más Madrid del paso de uno de los coches de La Vuelta por el edificio de los grupos municipales del Ayuntamiento de Madrid con pancartas contra el genocidio en Gaza.

Sinceramente, no creo que en este momento haya que perder el tiempo en etiquetar la barbarie que el Gobierno de Benjamin Netanyahu está perpetrando a orillas del Mediterráneo. No concibo que haya alguien que discuta la realidad: el ejército israelí no tiene un plan para localizar a los terroristas de Hamas, hacerles pagar por los ataques del 7 de octubre de 2023 y rescatar a los secuestrados supervivientes. No. Eso quizá fuera al principio. Ahora en lo que está centrado es en otra cosa y no quiere testigos, si no permitiría el acceso de periodistas internacionales a la zona y no marcaría como objetivo a la prensa local, con la esperanza de que fuera no se sepa lo que está ocurriendo. Pero, en un mundo global e hiperconectado es complicado mantener oculta una operación que pasa por exterminar familias enteras de palestinos a base de bombas, hambruna, tiros de francotiradores cuando van a recoger la poca ayuda humanitaria que permite entrar y agotamiento en medio de un éxodo forzoso. El plan se completa con la destrucción de todos los edificios para dejar arrasada la franja y convertirla en un solar sobre el que levantar futuros resorts de lujo cuya explotación se repartirán a pachas con EEUU. Y no es ciencia ficción. Ellos mismos lo han confesado sin rubor.


Por eso, me siento un poco ‘gentuza’, como ha calificado el secretario general del PP en Madrid, Alfonso Serrano, a quienes boicotearon la etapa final de la Vuelta por la participación de un equipo costeado directamente por dinero de Israel procedente de bolsillos que justifican la masacre. La mayoría protestaron de forma pacífica frente a una reducida minoría que recurrió al vandalismo. Creo que hubiera bastado con llenar de banderas palestinas y pancartas el recorrido de la etapa por Madrid para que lo captaran las cámaras y lo viera todo el mundo, aunque no discuto que el impacto de reventar el evento ha tenido mayor repercusión.

La polarización en la que vivimos inmersos encuentra un perfecto caldo de cultivo en estos asuntos provocando debates con encendidas discusiones, algunas terroríficas. El resultado es que cada flanco ataca al que piensa diferente y trata de cancelarle. El propio exciclista Pedro Delgado compartió su postura crítica con las protestas. “Estos son grupos antisistema que les da lo mismo lo que pase en Gaza. Quieren violencia, bronca. No quieren proclamarse por esa paz ni buscar que el genocidio acabe. Quieren lío aquí, y me parece fatal que algunos partidos apoyen este tipo de manifestación violenta”, dijo. Sus palabras despertaron una corriente en contra de su continuidad como comentarista del ciclismo en RTVE, lo que me recuerda el caso de Jimmy Kimmel, salvando las distancias. Me gustaría pensar que vivo en un país donde a un experto en ciclismo se le contrata por sus conocimientos acerca de ese deporte y no por sus ideas de geopolítica, sean más o menos acertadas. A ver si vamos a reivindicar la libertad de expresión solo para los nuestros y la mordaza para el resto. Deberíamos empezar por educar el oído y ser capaces de escuchar planteamientos de los otros, aunque consideremos que están equivocados o son poco acertados. Reivindiquemos ese clásico que era la libertad sin ira.

En cualquier caso, el resultado, la suspensión del final de la etapa, incluido el fiasco de la entrega de premios, es incomparable con lo que se está viviendo en Gaza. Por eso me parece una broma que haya quien trate de victimizar a Jonas Vingegaard. Solo se vio privado de su momento podio, pero se embolsó sus merecidos 150.000 euros por ganar la Vuelta. En Palestina, sin embargo, la mayor gesta es mantenerse vivo. 

No se entiende que poco después de que Rusia invadiera Ucrania, los deportistas rusos quedaran apartados de todas las competiciones deportivas y que ahora no ocurra lo mismo con los representantes de Israel cuando el Gobierno de ese país ha hecho saltar por los aires el orden mundial y se está pasando por el forro los derechos humanos. Quien ahora argumenta que los deportistas de Israel no tienen la culpa de las atrocidades de su Gobierno, por coherencia, debería haber dicho lo mismo cuando prohibieron la participación a los rusos. No tendrán la culpa, pero los niños que mueren cada día en ese infierno tampoco, y creo que, entre quedarse sin competir o morirse, claramente los segundos salen perdiendo.

Quizá a algunos se les olvida que los presidentes de ambos países, Netanyahu y Putin, comparten el dudoso honor de haber sido señalados por la Corte Penal Internacional que ha ordenado su arresto por crímenes de guerra y de lesa humanidad.

Pues, a pesar de todo ello, de manera incomprensible, hay quien todavía defiende al primer ministro de Israel alegando que solo responde a la salvajada terrorista de Hamás, aquel ataque sorpresa en el sur de Israel que acabó con la muerte de más de 1.400 personas y el secuestro de 200 rehenes. Con la excusa de eliminar al grupo terrorista, ya han asesinado hasta septiembre a más de 67 000 personas, entre ellas casi 19.500 niños, unos 1.600 sanitarios, más de 300 trabajadores de Naciones Unidas y más de 250 periodistas. Y sé que las comparaciones son odiosas, pero el desequilibrio en los 'daños colaterales' de ambos ataques es evidente.


De modo que cualquier paso, gesto o iniciativa que ponga en el foco esta barbarie y que sirva para pararla debe ser bienvenida, desde el reconocimiento de Palestina como Estado hasta el plante a Eurovisión. Aunque en este caso lo que lamento es que los Big Five, (Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y España), los cinco países que más aportan económicamente a la Unión Europea de Radiodifusión (UER), organizadora del festival, no se hayan coordinado para tomar una decisión valiente: presionar para suspender la participación de Israel, como también se hizo con Rusia. Debe ser que la cosa es más complicada de lo que en principio parece desde fuera. O quizá, como diría H.L. Mencken, “para cada problema complejo existe una solución simple, clara y equivocada”.

domingo, 20 de julio de 2025

Una comida de aniversario en Sagasti Las Rozas para no olvidar

Llevaba mucho tiempo sin alimentar este blog y por fin he encontrado la excusa perfecta para reaparecer por aquí. Resulta que acabo de cumplir 24 años casada con la misma persona, un logro que tiene mucho mérito hoy en día y más tratándose de una familia poco modélica y un matrimonio un tanto turbulento. El caso es que nos merecíamos una comida en un buen restaurante para celebrarlo. Así que elegimos Sagasti, un vasco en el centro de ocio Heron City de Las Rozas.

Nada más sentarnos y abrir la carta, nos encontramos con un asterisco a pie de página que advertía de que se servía por defecto un aperitivo y pan por un importe de 2,50 euros por persona, un servicio al que debíamos renunciar si no lo deseábamos avisando antes de comenzar la experiencia culinaria. Como el aperitivo eran chistorras aceitosas, que me sientan fatal, y el pan ni a mí me interesa ni mi acompañante puede tomarlo por su intolerancia al gluten, avisamos al camarero de que no queríamos que nos lo sirvieran.

Todo parecía ir bien hasta que otro empleado nos trajo a la mesa una cesta con pan y un plato con chistorras, a pesar de nuestra advertencia. Pensamos que quizá este otro camarero desconocía nuestros deseos así que le explicamos que ya habíamos avisado a su compañero de que no estábamos interesados en ese servicio y que se lo llevara. Pero el tipo en cuestión nos replicó que, aunque no lo quisiéramos, igualmente nos cobrarían 2,50 euros por cabeza por el mantel. Sí, el mantel, habéis leído bien.

A mí la contestación me pareció tan surrealista que traté de razonar con él haciéndole ver que, primero, habíamos seguido las instrucciones de la carta avisando con antelación. Segundo, no me podía cobrar por algo que no había pedido porque, además, no podía consumir. Y tercero, que a un negocio como un restaurante, lo mínimo que se le exigía de serie era un mantel, cubertería, vajilla y cristalería. Pero el caballero en cuestión me dio a entender que estaba discutiendo con el otro comensal, que casualmente era un hombre, y que parecía ser un interlocutor más válido que yo, así que podía abstenerme de intervenir. Ha sido la primera vez en mi vida que me he sentido ninguneada por ser mujer. Inmediatamente le indiqué que quería hablar con el responsable del restaurante, a lo que él contestó muy ufano que era él. Resultó que era el jefe de sala.

Sospechamos que los camareros deben estar entrenados para que, cuando llegan parejas como la nuestra, que hace peligrar esos cinco miserables euros, se le avise para que entre en acción y presione hasta minar la moral de los clientes. A saber cuánta gente no interesada en ese servicio desiste de pelear para que no se lo cobren cuando en el establecimiento son tan insistentes.

Pronto descubrí que, en todo caso, mi estrategia, la de razonar con el jefe de sala, era totalmente inútil frente a la de mi compañero de mesa, que había optado por aludir a la legislación para tachar esa práctica de ilegal y se había tirado un órdago invitándole a llamar a la Policía para aclarar la situación. Finalmente, nuestro camarero se llevó el aperitivo y el pan de la discordia y el jefe de sala machirulo le aseguró a mi acompañante -no a mí, para él yo no existía- que le haría el favor de no cobrarle el servicio.

He estado revisando la normativa de consumo al respecto y, efectivamente, cobrar por el pan en restaurantes y bares de nuestro país es legal siempre que se informe claramente sobre su coste en la carta o el menú. En caso de que el cliente no lo quiera, tiene derecho a rechazarlo y no se le debe cobrar, que es justo lo que nosotros argumentábamos.

Sagasti no es el primer y único restaurante que pretende cobrar por poner mantel en la mesa. Facua-Consumidores en Acción ha detectado este cobro disparatado y abusivo en concepto de “servicio de lavandería” en algunos bares y restaurantes, según han denunciado clientes. “Se trata de una práctica tan ilegal y absurda como que cobraran un extra por limpiar la mesa, por que los vasos no estuviesen sucios o por el afilado de los cuchillos”, advertía en su momento el portavoz de la asociación, Rubén Sánchez. “Lamentablemente, en el sector de la hostelería hay establecimientos que cometen una larga lista de abusos ante los que los usuarios deben estar en guardia, denunciar y, por supuesto, negarse a abonar conceptos que supongan una vulneración de la legislación”, aconsejaba.

También desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) remarcan que el cobro por el servicio de mesa o el cubierto es ilegal, ya que se considera implícito dentro del servicio de hostelería ofrecido por el establecimiento, cobrarlo por separado no se ajustaría a las normativas de consumo.

Recuerdo otra vez que nos la intentaron meter doblada y en aquella ocasión lo consiguieron. Era un bar-marisquería en el Soho de Las Rozas y argumentaron que el extra era en concepto de cubiertos. Cuando salí de allí me prometí que la próxima vez llevaría mi propio tenedor para ver qué se inventaban para cobrarme como extra. No he podido averiguarlo porque no he vuelto. En aquella ocasión, los platos y raciones no eran excesivamente caros, más bien estaban a precio de mercado. En esta experiencia inolvidable, lo más sangrante es que en el precio de los platos ya puede ir incluido ese sobreprecio. O si no, que alguien me explique si este plato de pulpo a la brasa, con nueve trozos de cefalópodo y cuatro rodajas de patata, puede valer 24,50 euros.





domingo, 15 de junio de 2025

Vivir para olvidar

Imagina olvidar todo a los cinco minutos de vivirlo. 

Imagina disfrutar de un banquete con estrellas Michelín y a los cinco minutos no recordar esa orgía de sabores. 

Imagina que te alertan sobre un peligro y a los cinco minutos nada, ni siquiera tu instinto de supervivencia, te conduce a tomar precauciones. 

Imagina no saber que te has duchado, aunque notes el pelo mojado. 

Imagina haber pasado por un hospital tras una caída y cinco minutos después del alta ignorar de dónde vienes y lo que ha pasado. 

Imagina enamorarte y a los cinco minutos olvidar esas mariposas en el estómago. 

Imagina enfadarte con alguien que te ha herido y a los cinco minutos ser incapaz de sentir nada de rencor. 

Imagina despertar cada día sin tener claro dónde estás. 

Imagina no poder terminar nunca un libro porque cuando acabas el primer capítulo ya no recuerdas cómo empezaba. 

Imagina no retener en tu mente nada de lo que escuchas o te dicen, no atesorar ninguna experiencia, ya sea agradable o traumática, no guardar un solo recuerdo más.

Mi madre no tiene que imaginarlo. Lo vive. Nadie ha emitido un diagnóstico que ponga nombre a su dolencia, salvo el manido “deterioro cognitivo” que todo el mundo asocia con sus 90 años. Pero los ratos que comparto con ella me dan la pista sobre ese borrado mental a corto plazo que la tiene sumida en el desconcierto y que coincide con lo que sufre el personaje de Marcela en el libro de Claudia Piñeiro 'Catedrales' y lo que el ‘doctor chat gpt’ define como amnesia anterógrada: “un tipo de amnesia en la que la persona no puede formar nuevos recuerdos después del evento que causó la amnesia. La memoria a corto plazo puede estar parcialmente conservada, pero la información no se consolida en la memoria a largo plazo. Las personas pueden recordar su pasado, pero tienen dificultades para recordar lo que acaban de hacer o decir hace unos minutos”. Exactamente como ella. Un estado que yo, sin tener ni puta idea, achaco a alguno de los varios golpes en la cabeza que ha sufrido tras caerse en varias ocasiones en el último año y medio.

Por mucho que trato de meterme en su piel, no llego a hacerme una idea de cómo se puede gestionar algo así. En ocasiones sus circuitos cerebrales parecen reconectar y verbaliza lo que está viviendo. “Me desaparecen los pensamientos”, me dijo un día. Sin embargo, la mayor parte del tiempo en su mente impera una desconexión que le hace farfullar, expresarse con las palabras incorrectas o dejar de hablar en medio de una frase porque el olvido la ha dejado sin saber qué quería decir. Noto que eso la hunde. Entonces solo me sale abrazarla y tratar de restarle importancia. Después, creo ver en su mirada vidriosa que recuerda quién soy y que no ha olvidado que me quiere.

sábado, 29 de marzo de 2025

Cuando el hospital te cura pero te condena

En cuatro meses he vivido el ingreso en un hospital de dos personas mayores muy cercanas a mí y en ambos casos he llegado a la conclusión de que los centros sanitarios deberían revisar el protocolo que siguen con los pacientes ancianos.

Antes de entrar al hospital, esas dos personas caminaban, eran capaces de seguir una conversación e iban solas al baño cuando sentían la necesidad. Sin embargo, durante el tiempo que estuvieron ingresadas, una por una operación para extirpar un cáncer en una encía y la otra por molestias y confusión tras una caída sin aparentes mayores consecuencias, se les limitaron los movimientos, se les impuso hacer sus necesidades en un pañal para no salir de la cama y se les suministraron fármacos tan potentes para descansar que las dejaban KO hasta la tarde del día siguiente.

El resultado fue que ambas desarrollaron un síndrome confusional con delirios y agitación y perdieron masa muscular, con los consiguientes problemas de movilidad posteriores que las han condenado a una a sufrir doble incontinencia y a la otra a llevar protección ante la posibilidad de que no llegue a tiempo la ayuda para trasladarla al baño en su silla de ruedas. Sí, los médicos curaron su dolencia, pero su estancia en el hospital aceleró su deterioro hasta hacer casi imposible devolverlas a su estado anterior.



Una sociedad cuyo sistema de atención a la dependencia está prácticamente colapsado, con listas de espera que se multiplican, no puede permitirse ampliarlas aún más por la manera en que se aborda la recuperación en un hospital de los pacientes de edad avanzada.

Cuando asistes a episodios como estos te da por pensar que quizá el sistema sigue el orden natural de las cosas y, sin ser conscientes, todos seamos piezas de ese endiablado engranaje. Quizá en esta sociedad envejecida, la manera de contrarrestar ese aumento de personas que consumen pero no aportan es ir equilibrando la balanza a base de protocolos que las van apagando poco a poco. Porque imagino que si yo dejara de tener autonomía, de ser capaz de controlar mi propia vida, y notara que mi cabeza ya no rige como antes, sería inevitable que me invadiera la tristeza y me diera igual morirme.

domingo, 2 de marzo de 2025

A la mierda la diplomacia

Las reuniones de mandatarios al más alto nivel tienen sus tiras y aflojas, mucho más si el tema a tratar es delicado. Pero los trapos sucios se ventilan en privado, en la intimidad de un despacho sin cámaras. Luego, en la rueda de prensa posterior, se explica a los medios de comunicación el resultado de la negociación de manera diplomática, sin hacerse sangre, como marca el orden mundial.

Por eso a la mayoría nos impresiona tanto el espectáculo que ofrecían recientemente Donald Trump y J.D.Vance frente a Volodímir Zelensky delante de los periodistas en pleno despacho oval. Lo que iba a ser un encuentro para negociar sobre las llamadas tierras raras de Ucrania terminó con reproches, acusaciones y malos modos contra el presidente del país invadido por Rusia, sin importarles que hubiera testigos. Quizá precisamente por eso, porque el hecho iba a trascender, se vinieron tan arriba, para escenificar quien manda y cómo se van a hacer las cosas a partir de ahora.


Con ese simple episodio, el presidente y el vicepresidente de los EEUU mandaron a la mierda siglos de diplomacia y protocolo. Vamos a ir teniendo que asumir que es lo que podemos esperar del nuevo mandato Trump. Las reglas del juego que han marcado las relaciones internacionales durante siglos no van con él. Ha venido a desestabilizar y eso pasa por romper reglas establecidas y hacer lo que le apetezca o se le ocurra.

Un ejemplo es el propio comentario con el que recibió al presidente Zelenski en su llegada a la Casa Blanca. "Te veo bien, te has arreglado hoy", le soltó, para añadir mirando a los periodistas: "Se ha vestido para la ocasión". Dirigirle un comentario sobre su atuendo a otro mandatario, más cuando viene de un país en guerra, no parece lo más apropiado ni lo más ajustado al protocolo. Pero a Trump se la suda.

Por si no fuera suficiente humillación, un periodista de la corte ‘trumpista’ decidió que era buena idea preguntarle a Zelenski delante de todo el mundo sobre su indumentaria. "¿Por qué no lleva traje? Está al más alto nivel, en la oficina de este país y rechaza llevar un traje. ¿Tiene un traje?", remarcaba Brian Glenn, de la cadena ultraderechista 'Real America's Voice'.

"¿Algún problema?", le replicaba el ucraniano, a lo que el agitador le respondía: "Muchos estadounidenses tienen problemas con que usted no respete el Despacho Oval”. El presidente ucraniano zanjó la cuestión asegurando "Llevaré un traje cuando acabe esta guerra, quizá uno como el suyo, quizá algo mejor, no lo sé, ya veremos. Quizá algo más barato, gracias".

He intentado encontrar algún momento en el que este periodista interrogara sobre su modo de vestir al magnate Elon Musk, a quien ha puesto al frente del nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental y que se pasea por el despacho oval no precisamente con traje, sino con camiseta y gorra.

Junto con esa nueva estirpe de políticos, que vienen a conquistar el mundo saltándose reglas del juego, normas de convivencias, diplomacia, cortesía y mínima educación, están los que se hacen llamar periodistas pero son más bien activistas agitadores que presumen de lo mismo. Hablan el lenguaje tabernario de las redes sociales, se alimentan del público rabioso que las frecuenta, difunden bulos que luego no desmienten y se distinguen de los verdaderos periodistas en que son más impertinentes, tendenciosos y solo disparan en una dirección. Quizá me equivoque, pero no recuerdo que Vito Quiles haya acosado a Carlos Mazón para preguntarle sobre el 'Ventorrillo' el día de las riadas. En cambio, nos tiene aburridos de reventar ruedas de prensa en el Congreso y perseguir por la carrera de San Jerónimo a líderes políticos de la izquierda como si fuera un reportero de agencia del corazón o del programa irreverente y desenfadado Caiga Quien Caiga.

El periodista político también se rige por unos códigos de conducta. Más allá de hacer preguntas atinadas, interroga en todas las direcciones para cumplir con su obligación deontológica de ofrecer una información veraz, aportando contexto y todos los puntos de vista, sin perder nunca la compostura. Tiene mucho más mérito hacer que sea el entrevistado quien se ponga en evidencia ante una pregunta inteligente que darle la escusa de escapar espantado por una provocación manifiesta.

La semana pasada, la Asociación de Periodistas Parlamentarios (APP) convocaba una concentración a las puertas del Congreso de los Diputados para defender su trabajo frente a los comportamientos ‘cansinos’ de Vito Quiles o Bertrand Ndongo. La gota que ha colmado el vaso tiene que ver con este último. El activista político de Vox, que también juega a ‘informador’, compartió en sus redes un video de una periodista de La Sexta con la frase "Quédense con su cara, es una sinvergüenza sin escrúpulos". En la imagen se la escuchaba pedir a su cámara que no grabara las preguntas de Vito Quiles en el Congreso.

No es el primer encontronazo del periodismo ‘serio’ con este nuevo ‘seudoperiodismo’ activista, pero este señalamiento ha traspasado todos los límites. La APP argumentaba que estos agitadores "se presentan como víctimas de un acoso generalizado cuando son ellas las que provocan, insultan, amenazan a periodistas y publican sus fotografías en las redes sociales, y no respetan en el Congreso las normas deontológicas y democráticas que desde siempre aceptan todas las y los periodistas”. Actúan lo mismo que la mano que les da de comer, esos que desde los despachos mandan a la mierda la diplomacia esperando provocar con ello el desorden mundial.

martes, 4 de febrero de 2025

Cuando el diminutivo no suaviza el golpe

Hace unas semanas fui a mi médica de familia para consultarle sobre unos chasquidos que suenan en mi columna cuando me doblo y un dolor lumbar que me despierta en medio de la noche y va desapareciendo al levantarme y reanudar la actividad física. Nada más describirle los síntomas, sin necesidad de hacerme prueba alguna ni recomendar ningún análisis, emitió un diagnóstico claro y contundente: “Estás viejita”, me dijo.


En aquel momento pensé que, si lo que pretendía empleando el diminutivo era suavizar el golpe, no lo había conseguido. Y caí en la cuenta de todas las veces que usamos diminutivos para restarle importancia a una situación. Para engañarnos o engañar sobre la gravedad de algo. Pensando que así somos más diplomáticos y vamos a resultar menos impertinentes. Pero ya os digo que nada de esto funciona.

Si a un chaval que mide 1,50 le dices que es ‘bajito’ le va a fastidiar lo mismo que si le llamas enano. Si a una chica con sobrepeso le dices que está un poco ‘gordita’, ten por seguro que la vas a hundir en la miseria igual que si la calificaras de ballena. Denominar ‘arruguitas’ a los pliegues de la piel o ‘barriguita’ a un vientre prominente de cualquiera que no seas tú es un atrevimiento innecesario que a ti no te va a reportar nada más que la antipatía de la diana de tus comentarios y a ella le va a hacer pasar un mal rato. De modo que deberíamos evitar juzgar o verbalizar nuestras opiniones sobre el físico de los demás, sea o no con diminutivos.

Hay otros muchos ejemplos de ‘ito-ita’ que empleamos de manera habitual para normalizar hábitos poco saludables, aunque la realidad es tozuda. Puede que cuando vamos a tomar unas ‘cañitas’ o un ‘vinito’, no queramos pensar en que estamos enchufándole tóxicos a nuestro organismo. Pedir unas ‘patatitas’ de aperitivo o un ‘heladito’ de postre no enmascarará los efectos negativos para la salud de estos productos como alimentos procesados. Podremos darle unas caladas a un ‘porrito’, pero el diminutivo no borrará el hecho de que estamos consumiendo droga. Como el ‘piquito’ de Luis Rubiales a Jennifer Hermoso fue un beso no consentido, por mucho que él siga pensando que no tuvo ninguna importancia.

viernes, 27 de diciembre de 2024

Adiós al alma del colegio Los Jarales

Un cáncer fulminante se ha llevado en dos meses a la primera figura de autoridad que conocieron mis hijos, por encima de sus propios progenitores. Se llamaba Roberto Arevalillo y era el conserje del colegio público Los Jarales de Las Rozas. Este buen hombre desempeñó un papel fundamental entre los 3 y los 12 años de vida de mis retoños y de todos los niños y niñas que han pasado por este centro en sus más de tres décadas de existencia.

Al poco tiempo de escolarizarles en Los Jarales, no recuerdo muy bien cuál de los dos chavales llegó a casa hablando del “director del colegio”. A su padre y a mí nos extrañó, porque creíamos que era una mujer la que dirigía el centro. Poco después entendimos que, para ellos, quien mandaba era Roberto. Él era quien les miraba las manos antes de entrar en el comedor para comprobar que estaban limpias y “no había ni virus ni bacterias”. Curiosamente, cuando había más jaleo y poco espacio donde sentarse, Roberto realizaba un examen de manos más concienzudo en la fila de espera y enviaba con mayor frecuencia a los escolares a lavarse mejor.



No he conocido a nadie con tanta capacidad memorística como para aprenderse el nombre y los dos primeros apellidos de todos y cada uno de los alumnos que han jugado en esos patios y bajado al trote esas escaleras.

Con una sonrisa permanente en la boca, Roberto era locuaz, ingenioso y siempre encontraba la palabra precisa en el momento adecuado. Cuando les mandaba hacer algo a los críos, no sonaba a ultimátum, pero la orden iba revestida con tal carga de autoridad, que la acataban sin rechistar.

Antes de que aterrizara el bilingüismo en el colegio, él ya había instaurado el ‘spanglish’ y como DJ no tenía precio. Mítica era su selección musical por megafonía y sus llamadas al “comedore”.

La Asociación de Padres y Madres del Colegio tenía un chollo con él. Nunca dejó de colaborar y echar una mano en cualquier cosa que necesitáramos. Allí estaba, al pie del cañón, a la hora de decorar el colegio para las fiestas de extraescolares e incluso atendiendo la barra de las bebidas. Le recuerdo siempre vestido con un polo de manga corta. Porque no le vi nunca con un abrigo, ni en lo más crudo del invierno. Como mucho, una chaqueta.

Para Roberto, las familias de los Jarales éramos sus familias, los niños eran sus sobrinos y el colegio era su casa. Nunca mejor dicho. Allí seguía viviendo con su mujer Merche, crió a su hija Mirella y malcriaba a su nieta Maia, mientras se acercaba el momento de la jubilación que no ha llegado a disfrutar. Nos ha dejado a los 61 años sin poder ir a darle un abrazo de despedida. Sé que hay intención de rendirle tributo en el recinto escolar donde pasó toda su vida. Algo así como un homenaje alegre a una persona alegre. Es lo mínimo que se merecía alguien que ha dejado tanta huella en tantas personas. Cuando llegó la noticia a nuestros móviles por WhatsApp, mi hijo solo fue capaz de preguntar “¿Pero es verdad?”. Lamentablemente, sí.

martes, 17 de diciembre de 2024

El acompañante del enfermo en un hospital, ¿ventaja o molestia?

He frecuentado pocos hospitales, por suerte. Como usuaria, solo dos veces y por motivos felices, dar a luz. Como acompañante, sobre todo ha sido por ingresos de mis padres. La última vez que he pisado uno ha sido por la convalecencia de mi suegra tras una intervención. El tiempo que me ha tocado pasar con ella ha sido muy inferior al que le han dedicado sus hijos, pero me ha bastado para plantearme qué pasaría si familiares o amigos no pudieran permanecer al lado de los pacientes durante el tiempo que están ingresados.

Siempre había pensado que el que hace el favor de acompañar a un enfermo molesta a los sanitarios que se encargan de tratarle. Sin embargo, después de esta experiencia y de los episodios que he presenciado yo misma o que me han relatado quienes los han vivido en primera persona, me he convencido de que es al contrario. Un paciente acompañado es un premio gordo.

Tanto es así que uno accede a un hospital como simple acompañante de un paciente y sale preparado para que le convaliden un módulo sociosanitario, con la cantidad de labores que termina aprendiendo a realizar, bien porque dan por hecho que las va a querer hacer o bien porque, si espera que las haga alguien del personal justo cuando lo necesita, puede esperar sentado.

En estos días de estancia hospitalaria, no han sido ni una ni dos las llamadas al control de planta para trasladar una necesidad del paciente que obtenían como respuesta un “ahora vamos” seguido de una espera prolongada. Si después de un tiempo prudencial sin respuesta acudías al mostrador de enfermería, te encontrabas caras de fastidio detrás de un cartel que señalaba expresamente que no pintabas nada allí y que si querías algo, llamaras desde la habitación. Me han contado que alguna ‘profesional’ ha soltado un “que se espere” desde la sala de descanso de enfermeras cuando algún familiar solicitaba, por enésima vez y con media hora de retraso sobre el horario marcado, que le facilitaran alimento para la nutrición enteral prescrita a un paciente con sonda nasogástrica.

He asistido a varios olvidos o retrasos en la administración de protocolos pautados -aunque fueran unos simples aerosoles-, quiero creer que porque había otras prioridades más urgentes. Observando, he llegado a la conclusión de que la peor hora para necesitar ayuda en la planta de un hospital es el cambio de guardia. Unos están derrotados y los otros no han entrado aún en calor, así que procura no cagarte ni caerte ni convulsionar de dos a tres ni de nueve a diez de la noche.

Me pregunto qué harán los enfermos que están solos porque no tienen familiares o amigos que puedan turnarse para hacerles compañía de día o velar su sueño de noche. Cuánto tendrán que esperar para que una enfermera les retire un gotero que lleva más de media hora vacío. Cuánto tendrán que retener el pis hasta que alguien acuda a su habitación a ponerles la cuña o cuánto tendrán que aguantar con un pañal mojado y sucio hasta que les limpien el culo irritado. Cuántos días pasarán sin ducharse porque a las auxiliares les resulta más cómodo asear en la cama. Quién les ayudará a alimentarse si no lo pueden hacer por sí mismos o a moverse para no perder el tono muscular. Quién tratará de calmarlos cuando, al caer la noche, se muestren alterados por un síndrome confusional posquirúrgico. Seguro que en esos casos no tardan nada atarlos a la cama y administrarles un calmante para que no les amarguen el turno.

Me da la impresión de que el personal que trabaja en las áreas de hospitalización se ha malacostumbrado a que los acompañantes de los pacientes les ahorren trabajo y, al final, su presencia favorece que estén menos alerta.

Por supuesto, generalizar es injusto y en todos los ámbitos, también en el sanitario, hay de todo: gente muy profesional y otra no tanto. Será que hemos coincidido con más de esta segunda categoría. O quizá sencillamente lo que pasa es que el que está preocupado por la salud de un familiar tiende a pensar que todos los cuidados que recibe su ser querido nunca son suficientes.

domingo, 27 de octubre de 2024

Decepción total: Errejón era fake

Lo de Íñigo Errejón me ha dejado descolocada. Yo era una de las que lo tenían idealizado. Le admiraba como orador parlamentario y me creía su discurso de izquierdas, siempre al lado de los que sufren, defensor de causas nobles, impulsor de la jornada laboral de cuatro días, aliado de las mujeres contra el machismo patriarcal y del colectivo LGTBI+ frente a los homófobos. Ver cómo encajaba las bromas que le hacían por su aspecto aniñado me hacían militar en su equipo. He de confesar también que me parecía uno de los políticos más atractivos de hoy en día -el nivel tampoco está muy alto… Semper, Sánchez, Rufián y para de contar- y hasta despertaba en mí cierto morbillo.

Pero el jueves pasado se pinchó la burbuja. El exportavoz de Sumar en el Congreso no era más que un fake. Decepción total. Se me hundió el mito. Y no fue porque le guste esnifar cocaína sobre el culo de una tía ni porque imponga a sus parejas sexuales reglas dignas de ‘Cincuenta sombras de Grey’. Fue porque me demostró no ser tan inteligente como creía. Primero, escribiendo una carta en la que se escudaba en la salud mental y eludía hablar a las claras del motivo de su renuncia. En cambio, se enredaba en expresiones y frases hechas -la subjetividad tóxica, el patriarcado, el modo de vida neoliberal, la persona y el personaje- autoexculpándose de algo que no se atrevía a verbalizar a las claras y que había que descifrar en una lectura entre líneas.


Tampoco demostró mucha inteligencia cuando pensó que todas las mujeres a las que tiraba la caña hasta que picaban y ejercía sobre ellas de macho dominador iban a mantenerse calladas y nunca desvelarían los muy particulares usos y costumbres sexuales de un personaje público tan destacado.

Las fantasías sexuales de cada uno son eso, deseos privados. Ahí no me meto. Que cada uno sueñe y lleve a la práctica en la intimidad lo que le pida el cuerpo sin infringir ninguna ley ni dañar a nadie. Pero cuando esas fantasías van más allá del onanismo y requieren de la participación de otra persona, lo mínimo es que conozca las reglas del juego y las acepte. A tenor de los testimonios que circulan, Íñigo daba por hecho que a sus parejas sexuales les iba su rollo y se saltaba el paso de pedir el consentimiento. Y como, a pesar de la incomodidad del momento, la sombra del personaje pesaba mucho, las supuestas víctimas no salían por patas. Imagino que ellas eran las primeras desconcertadas, incapaces de disociar como él entre la persona y el personaje, contemplando ante ellas al mismo que demonizaba la violencia sexual contra las mujeres con una mano en su pene y la otra manoseándoles por sorpresa las tetas.

De todos modos, me temo que el código penal todavía no castiga el machismo. Y, por lo que hasta ahora se va sabiendo del caso, su comportamiento en la intimidad podía ser inapropiado y moralmente reprobable, pero no ilegal.

De todos modos, si de algo me ha servido el caso Errejón es para confirmar que las mujeres tendemos a romantizarlo todo y, aunque está mal generalizar, idealizamos cualquier encuentro sexual. Mucho más si se trata de un personaje público, a priori inaccesible. Pensaba que ahora ya no era así, que las tías de hoy en día eran más pragmáticas, que iban al grano, que buscaban lo que buscaban sin mayores ataduras y que se acostaban con hombres sin imaginárselos en el altar. Pero, leyendo la declaración de la actriz Elisa Mouliaá, la única que hasta ahora le ha denunciado en una comisaría y no de forma anónima en redes sociales, y la de otras mujeres cuyo testimonio ha trascendido, detecto demasiada inocencia emocional.

También es verdad que los tiempos han cambiado en otro sentido. Antes te rozaba el culo en el Metro un guarro, le mirabas con odio y te movías a otro lado del vagón. Ahora si les ocurre eso, hacen un vídeo y denuncian el sobeteo en las redes sociales.

Antes, terminabas en la cama con un tipo que prácticamente acababas de conocer y si te salía con alguna petición sexual inesperada o que no te convencía, tenías dos posibilidades: pasar por el aro y a ver qué pasaba o reconducir la situación con mano izquierda. Cualquiera de las dos opciones te dejaba el poso justo para comentar la aventura en una sobremesa con amigas y punto. Ahora, la experiencia te genera un trauma que da para un podcast de 12 capítulos.

Antes si no te llamaban después de haberos enrollado o te ponían los cuernos, asumías que te había tocado un gilipollas, estabas un par de días mustia y al tercero te autoconvencías de que te habías librado de una buena. Ahora si ocurre eso, escriben hilos en X hablando de toxicidad y piden una sesión de urgencia con su psicóloga.

No cabe duda que hemos evolucionado, espero que a mejor, aunque entonces y ahora, a unos y a otras, nos haga falta más inteligencia emocional.

lunes, 2 de septiembre de 2024

Así se vacía la España vaciada

Hace más de 35 años, cuando dejé mi pueblo para estudiar en Madrid, disponía al menos de cinco frecuencias de autobús para desplazarme entre Toro y la capital cuando lo necesitaba, que solía ser en fines de semana y vacaciones, para mantener el vínculo con el hogar, la familia y los amigos. Algunos de los servicios eran directos, los llamados exprés. Por un poco más de dinero llegabas antes al evitar las paradas intermedias y viajabas en buses más cómodos, con más espacio entre asientos y una fila con plazas individuales. Por aquel entonces no había ni estación de autobuses en mi pueblo. El punto de salida y llegada era la puerta de un hostal ya desaparecido, el Doña Elvira. Auto Res era la empresa que operaba la línea Zamora-Madrid y en días puntuales, coincidiendo con fechas de alta demanda, llegaba a llenar dos autobuses en algunas de las frecuencias.

Con el paso del tiempo, Auto Res pasó a integrar el Grupo Avanza, yo me establecí de manera permanente en Madrid, entró un vehículo propio en mi vida permitiéndome regresar por mi cuenta cuando quisiera y dejé de ser una clienta asidua de estos buses que siguieron dando un servicio esencial a los vecinos de la zona, con cuatro frecuencias de ida y otras tantas de vuelta, cubriendo todos los horarios, y cambiando la puerta del hostal por una flamante estación de autobuses para descargar y cargar viajeros. Pero llegó la pandemia y parece que también hizo mella en este sistema de transporte público por carretera.

Estación de autobuses de Toro

A mediados de este mes de agosto, Avanza dejó de prestar este servicio y cedió el testigo a Alcalábus y Vigo Barcelona SAU, dos empresas del grupo gallego Monbus. Fueron las únicas interesadas en gestionar la línea regular entre Madrid y Zamora a la que había renunciado Avanza por ser un servicio poco rentable e insostenible. Según esta compañía, el escaso número de pasajeros diarios hacía inviable su continuidad económica. Hace más de un año, diez después de finalizar la concesión oficial, comunicó su decisión a la Dirección General de Transporte Terrestre y ha sido ahora cuando se ha materializado el traspaso tras completar el proceso de licitación del nuevo contrato.

El cambio de operador no ha estado exento de incidencias. Se han dado casos de viajeros que habían comprado billete de ida y vuelta en pleno periodo de migración, que realizaron el primer viaje con Avanza y perdieron su viaje de vuelta porque ya no existía ese autobús al coincidir su regreso con el estreno de Monbus. Por no mencionar que algunos de los viajes inaugurales han sido eternos porque los conductores desconocían los itinerarios que llevaban a los puntos de cada una de las paradas y tenían que dejarse guiar por los propios viajeros. Además, por lo que comentan los usuarios, el servicio no está destacando por su puntualidad, entre otras cosas porque un solo coche cubre la línea y va acumulando retrasos de un trayecto al siguiente. 



Sin embargo, el mayor problema de esta transición radica en las frecuencias. A diario, Toro se queda solo con dos y en horarios poco operativos. Se elimina el autobús más tempranero y que mayor utilidad tenía para estudiantes, trabajadores y enfermos: el de las 6:25 horas. De este modo, el primer coche del día parte ahora a las 10:55 y llega a su destino a la hora de comer, lo que no ayuda a compatibilizar la vida en Toro con los estudios o el trabajo en la capital. Tampoco les sirve a pacientes que están siendo sometidos a tratamientos médicos en hospitales de Madrid y que son citados generalmente a primera hora de la mañana.

No es que hayan eliminado frecuencias, sino que han suprimido la parada en Toro. Es decir, a las 6:00 y a las 17:00 salen desde la ciudad de Zamora buses directos a Madrid, pero que no entran en Toro para recoger viajeros. Igualmente, de vuelta, a las 21:00 horas se puede ir de Madrid a Zamora, pero no apearse en Toro.

El otro servicio diario pasa a las 21:25 y llega a las 00:30 horas a Madrid. Los viernes y domingos se suma a estos dos otro bus que sale a las 21:05. Resulta inevitable preguntarse qué sentido tiene programar dos frecuencias con media hora de diferencia y no a las tres o las cinco de la tarde.

Desde Madrid el primer autobús para llegar a Toro está programado a las 06:30 horas. Teniendo en cuenta que el Metro empieza a funcionar a las seis de la mañana, el margen para llegar a la estación es bastante ajustado. El otro servicio con parada en Toro tiene su horario de salida por la tarde, a la 16:30 horas, el único que mantiene cierta utilidad.

A raíz de la pandemia mucha gente decidió regresar al pueblo aprovechando el teletrabajo. Posteriormente, algunas empresas facilitaron el modelo híbrido, que combina el trabajo presencial una parte de la semana con el trabajo en remoto el resto de días. En estos casos, el autobús de las 6:25 horas resultaba ideal para desplazarse cuando tocaba. Lo mismo les ocurría a los estudiantes universitarios. La eliminación del servicio no deja más remedio que optar por el coche privado, acercarse a otros puntos de la zona con más oferta, aumentando el tiempo y el coste del viaje, o directamente abandonar el pueblo por las malas comunicaciones. Y luego que si la España vaciada.

Las quejas de los usuarios toresanos de momento no han servido de nada. Ahora el Ayuntamiento de Toro y la Diputación de Zamora han anunciado que van a reunirse con Monbus para intentar recuperar las frecuencias perdidas. Todo apunta a que la única solución a este problema está en manos de las administraciones, mediante ayudas, subvenciones o incentivos. No tiene sentido que a los políticos se les llene la boca con la lucha contra la despoblación y luego no se aseguren de que todos los ciudadanos, independientemente del territorio en el que habiten, tengan los mismos derechos y las facilidades para desplazarse a los puntos donde se concentran los servicios y la actividad.

Por acabar con buen sabor de boca y destacar algo positivo del cambio de operador de la línea, el precio del billete ha bajado casi 5 euros. Además, se ha incluido una parada en el Intercambiador de Moncloa, lo que evita ir hasta la Estación Sur de autobuses en Méndez Álvaro, hasta ahora punto de partida y destino. Pero eso es poco consuelo.

martes, 20 de agosto de 2024

Decepcionada con la visita gratuita al Monasterio de las Descalzas Reales

Llevaba tiempo sintiendo curiosidad por conocer el interior del Monasterio de las Descalzas Reales, un palacete enorme ubicado en pleno centro de Madrid, por donde paso cada día para ir a trabajar. Allí nació en el siglo XVI Juana de Austria, la hija menor del emperador Carlos V, y allí descansa su cuerpo. Pertenecía al tesorero de su padre y tras su regreso de Portugal, donde fue princesa, decidió instalarse allí y convertirlo en un monasterio de monjas clarisas. Hoy en día siguen viviendo allí una decena de religiosas que se enclaustran unas horas al día en una zona del monasterio mientras Patrimonio Nacional realiza visitas guiadas por el resto del complejo.

Alguna tarde vi que se formaban colas a la puerta del convento. Coincidía en miércoles o jueves. Luego supe que eran las franjas en las que la visita era gratuita, lo que te permitía ahorrarte los 8 euros de la entrada.

Hace unos días, aprovechando que estaba de vacaciones, allí me presente media hora antes de la hora de apertura confiando en que no hubiera mucha gente y pudiera entrar. Unas 25 personas aguardaban en las pocas sombras que había frente a la puerta. Se habían ido dando la vez unas a otras e hice lo propio. Precisamente ese es uno de los principales inconvenientes de esas visitas gratuitas, que no se puede reservar el tramo horario en el que deseas acudir a través de la página web de Patrimonio Nacional, como ocurre con las entradas de pago. Sería una manera de asegurarte que podrás entrar y ahorrarte una cola de espera que no te garantiza que accedas. El caso es que durante media hora bajo un sol de justicia y con más de 30 grados soporté la espera viendo cómo iba creciendo el número de visitantes que, como yo, aspiraban a conocer el palacio sin que nos costara un euro.

Hasta que no dieron las 4 de la tarde en el campanario del convento no se abrió la puerta. Para entonces ya habíamos abandonado las sombras en las que nos habíamos estado refugiando de una insolación segura y habíamos formado una fila delante de la entrada. Los primeros visitantes empezaron a entrar al recinto mientras crecía el rumor en la fila de quienes esperábamos turno de que cada visita estaba limitada a 20 personas. Y así fue. Cuando casi nos iba a tocar el turno, un amable caballero que luego resultó ser el guía nos informó de que la visita de las 16:00 horas estaba completa y que esa tarde solo habría otra más a las 17:00 horas. Ante la sorpresa y las quejas de los que nos habíamos quedado con la miel en los labios, el tipo alegó que solo estaban disponibles dos guías, solo se permitían las visitas guiadas y que no podían hacer otra cosa. La sola idea de tener que esperar una hora más bajo el sol se me hacía muy dura. Casi estaba a punto de tirar la toalla cuando afortunadamente se nos informó de que a los siguientes de la cola se nos daría una entrada con la que se reservaba nuestro acceso en la siguiente visita. Al menos podíamos irnos a tomar un café o recuperar el ánimo en algún establecimiento con aire acondicionado mientras hacíamos tiempo.

Llegada ya la hora, accedimos al convento donde nos aconsejaron que, mientras se incorporaba todo el grupo, nos sentáramos en una sala para coger fuerza “porque la visita dura una hora y es toda de pie”, nos explicó una mujer que nos daba la bienvenida. En contra de lo que podría pensarse, los muros del convento no aislaban de la temperatura exterior, así que en el interior hacía tanto calor como fuera. Los abanicos echaban humo entre los 18 afortunados que finalmente decidimos quedarnos, incluidos dos pobres niños. “Pueden darles agua para beber, porque hace mucho calor en el monasterio y esta mañana se nos desmayó un pequeño”, añadió la ‘amable’ empleada. Para rematar y hundir en la miseria a quienes iban con ganas de ir al baño, se adelantó a su pregunta y sentenció: “Aquí no hay lavabos, quien lo necesite que vaya a los de El Corte Inglés”. Una de las personas del grupo comentó que precisamente era lo que había hecho ella antes de que comenzara la visita y que le había tocado esperar una cola de 15 minutos. “¿Para mear?”, preguntó tan asombrada como desinhibida la empleada de Patrimonio Nacional.

Por fin apareció la guía que nos había tocado en suerte, una mujer estirada, que se limitó a recitar como un papagayo nombre de pintores y años, que apenas aportó datos o anécdotas que nos ayudaran a conocer la historia del convento y que, en cambio, no hacía más que llamar la atención con tono robótico a los visitantes que se acercaban demasiado a las verjas de pan de oro o que, para no desvanecerse, se sentaban en “bancos históricos”. Llegó a montarle bronca al padre de un niño que llevaba un pequeño ventilador porque pensaba que estaba bebiendo algo que no era agua. Previamente nos dejó bien claro que no quería salir en ninguna de nuestras fotografías y que nos abstuviéramos de disparar cuando ella estaba explicando. Todo esto deambulando tras ella por corredores y salas asfixiantes por la alta temperatura y lo recargado de sus paredes, repletas de cuadros, tapices y arte sacro, mientras un guardia de seguridad nos pisaba los talones para asegurarse de que no tocábamos nada.

La visita resultó larga, pesada, aburrida e incómoda. Salvo la monumental escalera principal del edificio, de estilo renacentista español, decorada con pinturas murales del siglo XVII, el resto me dejó fría (es un decir). Ni siquiera me sentí conmovida con los majestuosos tapices colgados en la sala donde antiguamente se ubicaban las celdas de las monjas. Entre otras cosas por la temperatura. No podía dejar de pensar en las monjas asfixiadas en verano y congeladas en invierno. Dudo que con esas temperaturas se puedan conservar de manera adecuada piezas tan valiosas. Quizá Patrimonio Nacional podía plantearse instalar algún sistema de climatización en esas partes del monasterio.

Ignoro si la visita de pago incluye la iglesia del monasterio, donde reposan los restos de Alfonso, Gonzalo y Francisco de Borbón. Desde luego, la versión ‘gorrona’ no. De hecho, veo que la de 8 euros dura alrededor de una hora y cuarto, mientras que esta no llegó (afortunadamente) a la hora, de modo que imagino que nos escatimaron rincones destacados del edificio. Es igual. No creo que en esas condiciones y con esa guía hubiera soportado más tiempo de visita.